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Conspiracionel Messi

Opinión | El delirio de los argentinos que no aceptan la derrota es señal de los tiempos

El segundo puesto de la selección de Messi en la final del mundo derivó en una catarata de teorías conspirativas… con una pizca de verdad.

21.07.2026 16:30

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Por Gastón González Napoli
ggnapoli

Al papa Francisco le gustaba contar un chiste: “¿Cómo se suicida un argentino? Se sube a su propio ego y se tira para abajo”.

La idea del argentino (más bien el porteño) como agrandado, infumable, convencido de ser el mejor en todo, que mira a los demás desde arriba y siempre te va a tratar de ventajear, no arranca con Catar 2022.

Pero el nivel de palo que les han dado, con progresiva mayor virulencia desde el comienzo del Mundial, escapa de la chicana futbolística e incluso supera la realidad. Entra en el terreno de la leyenda negra. Y eso puede tener consecuencias más allá de si Enzo Fernández estuvo o no bien echado en la final con España (sí lo estuvo).

A la vez, la derrota en la final disparó un volumen de teorías conspirativas que explicarían por qué los liderados por Lionel Messi se vieron tan superados por España. Van desde el clásico “el fútbol es un negocio, a la FIFA no le convenía que ganáramos”, otrora tan repetido por uruguayos, hasta la intervención de fuerzas oscuras, demoníacas, pasando por aprietes mafiosos e intereses masónicos.

El combo resulta en que estamos viendo a los argentinos perder la cabeza ante nuestros ojos, víctimas del conspiracionismo rampante pospandemia.

Racistas y nazis

De un tiempo a esta parte, es notorio en las redes sociales que en EE. UU. se ve a Argentina como un país ultrarracista y nazi friendly. Como el fútbol es una gran vitrina, por ahí se canaliza mucho del hate. Por ejemplo, en 2022, el Washington Post preguntaba: ¿por qué no hay negros en la selección argentina? Pero el colmo fue este domingo: el comentario no lo hizo un anónimo en Twitter (X), sino el actor Samuel L. Jackson. Pidió a sus seguidores que no hincharan por Argentina ante España, porque era uno de los países más racistas del mundo.

¡Un yanqui acusando a otro país de racista!

A ver: que los jugadores de la selección albiceleste hayan cantado aquella canción en la que acusan a los futbolistas franceses de ser “todos de Angola”, mientras festejaban haber logrado la Copa América 2024 (no se dieron cuenta de que uno de ellos estaba transmitiendo en vivo), digamos que no les suma puntos.

Tampoco les suma que los argentinos usen “boliviano” o “veneco” como un insulto. O el punto de que esté normalizado decir despectivamente “negro”. La excusa de que no es una referencia al color de piel (“es por negro de alma”) no ayuda en nada.

Pero, muchachos. Racismo hay en todos lados. Un país que tuvo a su población afrodescendiente segregada hasta los años sesenta en varios estados no puede venir a sacarse carpeta con nadie. Menos con la recurrencia con la que sus fuerzas del orden matan sin mayores consecuencias a personas de piel negra y marrón. Los europeos tampoco pueden hacerse los otros. Sin retrotraerse a la historia, a ver no más cómo están lidiando con sus “crisis migratorias”.

La acusación de nazismo contra Argentina ni siquiera es debatible. ¿Fueron decenas de nazis recibidos de buena gana o por lo menos tolerados por el gobierno de Juan Domingo Perón, después del fin de la Segunda Guerra Mundial? Sí. Incluido Adolf Eichmann, secuestrado por Israel casi una década más tarde y Josef Mengele, el Ángel de la Muerte, que al ver lo que pasaba con su coterráneo huyó a Paraguay y luego a Brasil, donde murió décadas más tarde. La simpatía de Perón con el fascismo no es ningún secreto, como tampoco lo es la de subsiguientes gobiernos argentinos de facto.

Pero EE. UU. puso en práctica la Operación Paperclip para llevarse más de 1.600 científicos, ingenieros y técnicos nazis apenas terminada la guerra. Querían su saber y no les importó en lo más mínimo los crímenes que hubieran cometido. Entre ellos, estuvo Wernher von Braun, que venía de desarrollar los misiles balísticos V-2 usando mano de obra esclava, en el campo de concentración Mittelbau-Dora. Más personas murieron fabricando los V-2 que como víctimas de su uso. En EE. UU., Von Braun se sumó a la NASA y por su trabajo en el diseño de los cohetes Saturn V, con los que se lanzaron las misiones Apolo, es considerado uno de los padres de los viajes espaciales. Nunca pagó consecuencias por su involucramiento en las SS.

La Unión Soviética hizo algo parecido con la Operación Osoviajim.

Dos cosas más: Argentina extraditó criminales nazis luego del retorno de la democracia, como Erich Priebke y Josef Schammberger. Y el país vecino es hogar para una enorme comunidad judía. Acusarlos de nazis es un absurdo histórico y actual.

¿Y qué pasa con Israel?

Es inevitable mencionar la relación tan cercana del gobierno de Javier Milei con el de Israel, que se hizo extensivo a la selección argentina sin mayor motivo.

Entre un progresismo internacional pro Palestina, donde “sionista” equivale a “genocida” (a Lionel le pusieron Sionel Messi, un poco en joda, un poco en serio), la selección argentina era la villana.

Parece, la verdad, una forma bastante barata de licuar y banalizar lo que viene ocurriendo en Medio Oriente desde hace casi tres años.

Qué es una leyenda negra

Se insiste, sin embargo. Tanto que se está construyendo una leyenda negra.

Esto no es tan raro en el ambiente del fútbol. Los latinoamericanos los vemos a los argentinos como a rivales, como el hincha de Peñarol que no quiere que Nacional pase de fase en copas internacionales (y viceversa); en este colectivo se venía tramando —desde la cantidad de penales favorables que tuvieron en Catar— la idea de que Argentina era favorecida por los arbitrajes. Recordemos un gol anulado ante Egipto o la revisión del VAR que culmina en la expulsión de Embolo ante Suiza.

Una leyenda negra futbolística, el equipo del poder. Como se dice del Real Madrid en tiempos de Franco. La turbiedad de Claudio Chiqui Tapia, presidente de la AFA, y los tejes y manejes que siempre se sospechan de la Conmebol, echaban leña al fuego.

Lo raro es que a partir del fútbol crezca una leyenda negra que manche a todo un país.

Es, también, paradójico que esto llegue a su cénit en un partido con España, víctima de la más conocida leyenda negra en la historia: la exageración de los horrores cometidos en la época de esplendor de su monarquía. El alcance casi mitológico de los horrores de la Santa Inquisición, los espantos durante la colonización. El pueblo español pintado como bruto, fanáticos religiosos sedientos de sangre. Los chistes de gallegos, que han hecho convencer realmente a una buena cantidad de personas de que los españoles son estúpidos. El pueblo que nos dio al Quijote, Goya, Lorca, Almodóvar, los huevos rotos y “Lobo-hombre en París”, y que ha recibido a tantos de nosotros que llegaban con una mano atrás y otra adelante.

Para que se termine de entender el concepto, también tenemos nosotros la leyenda negra de Artigas. Apenas don José perdió y se exilió en el Paraguay, en Montevideo, como relató Pivel Devoto, se comenzó a hablar de la “tiranía doméstica” que el general había supuestamente ejercido. “Mis paisanos no saben leer”, había dicho Artigas para explicar por qué no recurría a la imprenta para expandir sus ideas. Sus contrarios sí usaron las letras para pintarlo de villano hasta que se dio la vuelta y se lo ensalzó, cuando el joven Estado oriental precisó un héroe por encima de las divisas blancas y coloradas.

Por motivos que no quedan claros, a Argentina le están haciendo sufrir algo parecido. Un país hermoso, diverso, que siempre tiene algo por descubrir, con un pueblo sanguíneo, imposiblemente gracioso, admirable. Un país sufrido, atravesado por cicatrices hondas, algunas autoimpuestas y otras no. Un país que camina desde la salida de la última dictadura por un pretil, siempre al borde de caer, pero sosteniéndose en pie quién sabe con qué fuerzas. ¿Este es el villano?

Sabemos cómo son

A la vez, la leyenda negra también es una excusa. El historiador español Ricardo García Cárcel dijo a La Vanguardia que no es que haya una especial aversión hacia España, sino que ellos han sufrido una “manía persecutoria” y se han obsesionado con lo que otros piensan de su país.

A Argentina le pasa bastante lo mismo. Se aferraron a esta leyenda negra para construir una narrativa: la de “nosotros contra todos”. Sirve, en el fútbol, tener un enemigo. Mire si no cómo se encendió esta selección que venía con rendimientos mediocres, salvo por Messi, cuando tuvieron en frente a su tan odiada Inglaterra.

En las redes sociales comenzó a especularse con que había una campaña antiargentina financiada, circulaban capturas de cuál empresa estaba poniendo la plata (el medio argentino de chequeo de datos Chequeado lo desmintió). Veían que se los pintaba como los compadritos, cancheros, violentos.

Una columna en la revista New Yorker que los calificaba de los “malos” del Mundial por ser el Goliat que parecía ganar en forma inevitable todos los partidos, en la que se comparaba desfavorablemente a Messi con Maradona en tanto íconos fuera de la cancha (en forma bastante indiscutible) y señalaba la cercanía de Milei con Trump, se metió en la misma bolsa de “miren cómo nos odian”.

Otro ejemplo fue un tuit del griego Yannis Varoufakis, exministro de Economía y autor del best seller Tecnofeudalismo, quien celebró que junto con España “triunfó también el multiculturalismo funcional y saludable”; aunque no hizo referencia explícita a Argentina, se interpretó como una crítica velada, como que en el país vecino no existiera ese multiculturalismo o al menos no en forma funcional. Pero también se puede entender como un contraste con la administración Trump y su masiva campaña de deportaciones: miren cómo acá los que ganaron tienen en su elenco a varios hijos de migrantes.

Sucede que el ego y el sufrimiento están entrelazados en la nacionalidad argentina: es un país condenado al éxito. Saben que en tanta cosa no son los mejores, se ríen de sus muchas desgracias, se aferran a los triunfos y los elevan y los celebran con un orgullo que a veces da envidia.

La derrota de Argentina en la final del mundo permitió respirar a varios futboleros de la región que no tenían ganas de aguantarse a nuestros vecinos agrandadísimos por cuatro años más. Cualquiera que viniera siguiendo las transmisiones de DirecTV para Latinoamérica, con el relato muy poco profesional de Gustavo Kuffner y los comentarios de Sergio Goycochea, indistinguibles de los que haría cualquier espectador fanático, realmente quería escucharlos llorar. Porque sufriendo también son los mejores. Lo transforman, quieran o no, en otro show.

Quizás porque Catar les había dejado el ego más alto de lo habitual, o por lo particular de esta campaña antiargentina que existió y que también se exageró, la reacción ante la derrota fue contestataria. “Hay algo en la irreverencia argentina que no toleran, no soportan, no pueden aceptar”, escribió el conductor de streaming Pedro Rosemblat en respuesta a las críticas. “Nos llaman cancheros, tramposos, sucios. Y a nosotros nos encanta, nos infla el pecho”.

A algunos los enojó esta postura. Pero sabemos cómo son, no van a cambiar, y el que se caliente porque sean así, que sea consistente y no consuma más nada proveniente de Argentina ni se tome el buque para comprar en el Farmacity. Ya querría yo que Uruguay tuviera algo de ese orgullo en vez de verse perpetuamente como el paisito triste.

También pasó algo sorprendente.

Por el agujero de conejo

La naturaleza del argentino hace que no sean los mejores perdedores —como, seamos sinceros, tampoco somos los uruguayos, armando lío en la cancha o imaginando que la FIFA no nos quiere porque somos pocos—, pero esta vez se está viendo en las redes sociales el desliz hacia un delirio místico peor que aquel de Matías Alé.

No solo se maneja que el arbitraje habría favorecido a España (¿qué partido vieron?), sino que se entra en dos territorios muy pospandémicos: el conspiracionismo y la espiritualidad New Age.

En el ángulo conspiracionista, alentado por periodistas como Eduardo Feinmann y caras conocidas de los medios futbolísticos online, como Pablo Carrozza y el expresidente de Independiente Andrés Ducatenzeiler, comienza en un clip breve de la arenga de Messi antes de salir a la cancha, en el cual les dice a sus compañeros “olvidémonos de todo”. Alguien que ve fútbol regularmente y no tiene el cerebro quemado por el conspiracionismo pensaría que es un símil de “los de afuera son de palo”. Concentrémonos en jugar. Pero de eso se dispara un abanico de explicaciones extrafutbolísticas de la derrota: que los futbolistas supieron en el vestuario que el FBI se aprestaba a arrestar al Chiqui Tapia, tal la versión de Feinmann; que Tapia “entregó” la final para zafar de que lo detuvieran (¿por qué le importaría el resultado al FBI, no?); que a EE. UU. le conviene que España modifique su postura crítica con Israel y que por eso le entregó la final, tal la versión de Carrozza (imagínense a Pedro Sánchez dejando de apoyar a Palestina solo porque vio al hermanito de Lamine Yamal con la Copa del Mundo); que hubo aprietes mafiosos a las familias de los jugadores, porque la FIFA quería un ganador europeo por algún motivo que no queda del todo claro.

“El fútbol es un negocio” es la única justificación que se da cuando uno cuestiona estas visiones.

En el ángulo New Age, estamos viendo la contracara de la ola de “brujitas” que se habían visto en Catar. En aquel Mundial se hizo costumbre en Argentina poner en el freezer fotos o nombres de jugadores de selecciones contrincantes para que jugaran mal, y otra gama de, llamémosle, “trucos”. Quedaba en la misma esfera que las cábalas, cosas muy atadas al fútbol, particularmente en Argentina, que uno racionalmente sabe que no importan, pero ni loco se anima a romper. En la previa de la final, circulaban relatos fundados en el tarot y la numerología que aseguraban que Argentina iba a ganar. Sin embargo, posderrota, en lugar de simplemente pensar que el tarot y la numerología no sirven para predecir el futuro, en TikTok numerosas “brujas” aseguraron que había habido energías oscuras en juego. En Twitter (X), decenas de comentarios aseguraban que durante el partido no habían podido rezar. “El Padre Nuestro no me salía!!! Alguna energía re contra negra había, a mí no me jodan”, se lee en un tuit.

Le piden información a Yanina Latorre, periodista de chimentos casada con el comentarista y exjugador Diego Latorre, sobre qué pasó en el vestuario. Nada, dice ella, estaban emocionados porque era la despedida de Messi. No le creen.

Movileros le preguntan al DT Lionel Scaloni si pasó algo en el vestuario. “No sé de qué hablan”, dice. ¿Hubo problemas entre los jugadores? Scaloni se ríe. “No puedo creer lo que me estás preguntando”. Lo toman como un mensaje velado: ¡No dijo que no! ¡Eludió la pregunta!

Cuando uno compra el discurso conspiracionista, ni que hablar cuando se lo pinta con una capa de pintura New Age, no hay cómo salir. Es un túnel de una sola mano. Un agujero de conejo.

Abajo de la espuma

Es fútbol. Es la más importante de las cosas menos importantes. En décadas escucharemos de algunos que la final de 2026 se entregó, como los uruguayos que todavía lloran el partido contra Holanda en Sudáfrica 2010. No pasará de esa, la espuma va a bajar como baja siempre.

Ahora, es sorprendente hasta qué punto se compró este delirio. No es de mal perdedor. Es algo más. Hay un resquebrajamiento de la razón.

¿Es muestra de cómo sacudió mentalmente la pandemia, son sus consecuencias a largo plazo? Es posible. Y si es así, es muestra, también, de cómo nuestra realidad se está partiendo en dos.

Por Gastón González Napoli
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