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Love is embarrassing

Olivia Rodrigo trae canciones tristes de amor que no son solo para chicas centennials

“You seem pretty sad for a girl so in love” es el tercer álbum de la joven cantante californiana, una evolución de sus temas de ruptura.

03.07.2026 17:41

Lectura: 8'

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Por Gastón González Napoli
ggnapoli

En “Teenage Dream”, cierre de su segundo disco, GUTS (2023), Olivia Rodrigo se pregunta: “¿Cuándo voy a dejar de ser buena para mi edad y simplemente empezar a ser buena?”. Se estaba quejando por adelantado. La respuesta era: ya sos buena, reina. Su nuevo álbum se llama you seem pretty sad for a girl so in love y cumple el rol de confirmación. Olivia Rodrigo es buena.  

Como publicó su debut, SOUR (2021), con 18 años, era natural que se la considerara un talento adolescente. Un talento de la escuela Disney que rompió rápida y limpiamente con la imagen prístina de la Casa del Ratón, sin el trauma que sufrieron otros para sacarse el peso de arriba (quizás porque tampoco lideró ningún éxito ahí). Un talento inseparable de TikTok, donde su primer single, “Driver’s license”, fue un hitazo por pegadiza, por empalagosa, por chusmerío (tenía que ver con su ex, con el que estuvo involucrada en un triángulo con otra hoy superestrella, Sabrina Carpenter), y por los azares del algoritmo. “Traitor”, su canción con más reproducciones en Spotify, es imposible, insoportablemente teen.

Pero era un talento. Y junto con Dan Nigro, el productor con el que coescribe todos los temas mano a mano, construyeron una personalidad musical vagamente distinta a la media del Top 50, con influencias pop punk (“Good 4 U”), una sonoridad más dream en temas como “Deja vu”, cierta desprolijidad en la apertura de “Brutal”. Además, Rodrigo aparecía como una letrista con voz propia. Era un disco de breakup adolescente como hay mil, pero la mirada ácida (que eso significa el título del disco) en temas como “Happier” y “Favorite crime” la despegaban de la masa.

Su inclinación rockera se profundizó en GUTS (que se traduce como “tripas” y también como “agallas”, en el sentido de “valentía”) y terminó por conformar esa identidad distinta de la media. Como la Avril Lavigne, Alanis Morisette o Paramore de los 2020. Sin que su estética se acerque a la de ellas: en pinta —morocha flaquita, con su ascendencia filipina, con sus babydolls, sus polleras cortas o sus push-ups— no sale del look estrella pop sexualizada que abunda. A la vez, tampoco juega con eso, como la antedicha Carpenter, ni profundiza tampoco.

“All-american bitch”, “Ballad of a homeschool girl”, “Love is embarrassing” parecen salidas de mediados de los 2000, en el buen sentido; “Bad idea right?”, “Get him back!” y “Obsessed” (este último editado en la versión deluxe del disco, spilled) son ruidosas, graciosas, y van a ser mucho más altamente consideradas por la intelligentsia musical cuando pasen unos años y se difumine el pudor de que te guste una artista pop de 20 años.

GUTS es otro disco de breakup pero desde la “madurez” de quien no hizo terapia: es furioso, roto, el corazón lo arreglamos luego. La única casi canción de amor (aparte de la más olvidable “Logical”) es “Lacy”, dirigida a una chica a la que la protagonista le tiene una envidia que va confundiéndose con atracción. Estar enamorado da vergüenza, canta Olivia, ya de vuelta de todo. “Vampire”, el primer corte de difusión, marcaba la tónica: sobre un piano que acelera hasta estallar como el de “Common People” de Pulp, Rodrigo le canta a alguien (un ex, ¿o quizás Taylor Swift, de la que fue protegida y con la que se distanció? Hay teorías, busque) de quien otras mujeres le advirtieron, que la buscó por su fama, que terminó chupándole la sangre.

Que esto no era una estrategia comercial calculada para diferenciarse sino quien Rodrigo es verdaderamente se notó en la edición 2025 del festival Glastonbury en el Reino Unido. Fue una de las cabezas de la grilla, la rompió, hizo espacio a solos de guitarra, invitó a cantar con ella a Robert Smith de The Cure.

you seem pretty sad for a girl so in love (“parecés bastante triste para una chica tan enamorada”) es otro escalón sutil. En cuanto al sonido es quizás más similar al primero, con repetición de recursos como el salto de octavas en la recta final de las canciones y el casi rapeo/recitado en los versos posteriores al estribillo, pero temáticamente es el más complejo. Y, la verdad, esos recursos le salen bárbaro. Lo mismo con la reiteración de sus inseguridades, sus neurosis y su humor centennial.

En la tapa, Olivia está capturada en pleno vuelo en una hamaca, con un babydoll rosa viejo y zapatos de charol (con tacos kilométricos), guarda algo de la seducción pero con más juego e inocencia; difícil pensar una diversión más inocente que hamacarse en un parque. A la vez, al quedar cabeza abajo, como una equilibrista, da la idea de peligro. De que no todo está bien. Simboliza así la temática del disco, que casi podría dividirse en dos lados a la manera de los vinilos: una primera de atracción, de enamoramiento, de crush, una segunda en la que se revela que ese amor la estaba consumiendo y todo se viene abajo. Es un álbum que pretende que salgas con moretones de escucharlo.

“Drop dead”, el primer sencillo, hacía prever un tono más de amor, más luminoso, con los sintetizadores preciosos con los que abre. Pero en escuchas repetidas se entiende que el encaprichamiento que siente Olivia es problemático: el deseo que siente es ansioso, la hace sentirse mal, él la atrae tanto que se le revuelve la panza. “Maggots for brains”, una que a primera escucha pasa de largo pero que te va ganando, la muestra ya en pareja con él pero tan, tan enamorada, que si él no está se convierte en una zombie, en alguien que no sabe qué otra cosa hacer que pensar en él.

Es menos ruidoso, con raíces en el new wave de los 80 y menos pop-punky. Como en “U+me=<3”, una sucesora sonora más alegre de “Deja vu”, que la muestra extasiada con su novio y tiene un aire al The Cure más pum para arriba. De todos modos el disco guarda espacio para el rock en una venia más New Order que Paramore: “My way”, con la protagonista celosa y enojada con una chica que le revolotea alrededor a su novio, y “Expectations”, el rebote, el clavo saca a otro clavo, después de la separación, son propulsadas por sintetizadores bellamente feos.

Pero cuando se pone balada pop, a la “Driver’s license”, apunta directo al estómago: “Stupid song” (la más Taylor de todas, mal que le pese a ambas), “Honeybee”, “Less”, “Begged” y en particular “The cure”, la tienen con los sentimientos descarnados, de un lado y otro del alambrado del desamor. Ella misma describió el disco como uno de “canciones de amor tristes”. “The cure” puede acelerar y construir hacia clímax que hasta podría ser bailable pero es dolorosa porque la protagonista entiende que el problema no está en cómo la trata el otro sino en ella misma. El puente del último tema, “Cigarette smoke”, es devastador.

Las anclas del disco son “Purple”, que arranca como una canción de amor y sorpresivamente da vuelta en el aire sobre el final, y “What’s wrong with me”, que le sigue en el tracklist a la debacle emocional de “The cure” y “Begged”, y tiene como invitado justamente a Robert Smith. A sus 67 años, el vocalista oriundo de Blackpool encaja con la californiana de 23 mucho mejor de lo que parecería a priori. Smith y su banda están en un gran momento, como se vio en la gira que los trajo por el Antel Arena y con su último álbum Songs of a Lost World; acá Olivia le abre una puerta para llegarle a generaciones más jóvenes pero también le ofrece más espacio que solo el de su voz. Toca la guitarra, el bajo y el piano, y le imbuye una sensación de bajón a lo que a primera escucha es una cancioncita simpática en acordes menores, como si fuera una hija de “Pictures of You”.

Insistamos con que es una cantante y escritora de 23 años. Que además está armando Daisy Chain Fields, un festival a beneficio con grilla enteramente femenina que tendrá lugar en agosto en Irvine, al sur de Los Ángeles. En una entrevista con la revista Pitchfork, Olivia dijo que todavía no está del todo segura de qué tipo de artista quiere ser. “Mientras crezco y mi cerebro se desarrolla”, dice, “se va volviendo más claro” que no quiere ser solo una hacedora de hits. Mientras su cerebro se desarrolla. Y es capaz de escribir un disco con esta visión tan complicada del amor y las relaciones. Olivia Rodrigo es muy buena.

Por Gastón González Napoli
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