El autor del libro dedicado al disco “Mateo solo bien se lame” investigó cada canción y visitó las casas donde fueron compuestas..

El autor del libro dedicado al disco “Mateo solo bien se lame” investigó cada canción y visitó las casas donde fueron compuestas.

El Mintxo (se puede pronunciar ‘mincho’) no puede creer lo caro que te cobran una tortilla un viernes de noche en cualquier bar de moda de los que abren todos los días por la zona del Parque Rodó. Le parece casi la mayor de las injusticias, porque primero sabe que el cocinero cómplice, en el tramposo negocio, no puede demorar una hora en tener pronto un plato tan sencillo.

“Yo le digo a mi novia”, y me explica ahora a mí, mientras caminamos por la calle San José, con más gestos que palabras, lo fácil y barato que resulta hacer una tortilla, y cómo aprendió a hacerla al vuelo cuando vivió en Euskadi y trabajó como mozo y jardinero, en el medio de los años dos mil.

“Siempre me resultaron muy fáciles los números, hoy también”, reconoce entre sus virtudes, y se tira un poco para atrás como cocinero.

Fermín Méndez, Mintxo, es mercedario con todas las credenciales. “No me adapté a Montevideo, me tapó el agua”, cuenta sobre sus primeros años de estudio y juventud en la capital.

En 1998 había llegado para estudiar economía, pero al final le tuvo que confesar a su padre que no estaba estudiando nada. “Me puse a mirar el Mundial”, le estampó por teléfono, con la valentía que puede nacer entre la desidia y la depresión.

Se volvió a Mercedes y se puso a laburar con un tío herrero “limpiando varillas”. Ese ejercicio lo convenció de salir de ahí corriendo lo más rápido posible. Supo entonces que el periodismo era una carrera con futuro.

Hizo televisión y prensa escrita en Mercedes. Le vieron condiciones en Montevideo. Leyó muchísimo, “cualquier cosa” en la biblioteca de AEBU, y en el encierro y la soledad de Euskadi. Cuando volvió de España en 2005, estudió narrativa, hizo algunos talleres.

Entrega 2000 se llamaba el semanario donde Mintxo publicó su primera nota periodística, una historia sobre un visitante ilustre, el Vasco, Santiago Ostolaza.

Descubrió un programa en la radio, El deportivo Uruguay, donde hablaban de fútbol del interior como si se tratara de un asunto importante. Así conoció, entre otros, a su conductor, el periodista Rómulo Martínez Chenlo, quien también era jefe de deportes en La Diaria, y lo invitó a cubrir algunos partidos de Soriano.

Mintxo casi no acepta, pero al final terminó escribiendo la crónica, luego un libro de relatos y otro de cuentos, y hoy trabaja como editor de deportes de La Diaria.

Su encuentro con Eduardo

Hace pila que andaba en la vuelta con el proyecto de este libro de Mateo, que le provocó por mucho tiempo cierto mal humor y dolores de cabeza, hasta que dio con lo que estaba buscando.

En paralelo a su historia versión A, convivió con otra, supongamos, versión B, que podría resumirse en una inabarcable novela que ocupó más de 10 años en su vida y que de repente terminó de escribir de un tirón, en un mes. Se llama El tiempo que nos pertenecía (Ediciones Del Berretín). Y hasta hace unos pocos días no había contado nada del asunto.

Habíamos quedado en un bar de Rondeau y Colonia, me dijo que Mateo iba para ahí: “Dicen que en ese bar paraban Macunaíma y Jorge Abuchalja (del grupo Los Delfines) y que Mateo pasaba por ahí y les decía: ‘¿En qué andan ustedes?, hablan mucho, pero nadie entiende nada’. Pedía agua y se iba”.

El bar ya no está más. Bah, el local no cambió mucho, pero alguien decidió abrir ahí un gran negocio de tatuajes y pintarle todas las paredes de un negro inmundo. Mintxo se fue para el Hispano. No sé si me avisó, pero al rato me cuenta del cambio con sorpresa, sin apuro, como una más de sus reflexiones sobre la vida.

Mateo solo bien se lame/Eduardo Mateo es un libro dedicado al más emblemático álbum del artista uruguayo, cuya primera edición se lanzó en mayo 2022, y es parte de una colección dedicada a grandes discos de nuestra música, editada por editorial Estuario y curada por el periodista Gustavo Verdesio.

“Descubrí a Mateo en la libertad de la calle y por eso no me interesa encasillarlo, hablar de su vida de a cuadrados como si fuera una rayuela”, dice Mintxo.

“Cuando me vine a estudiar para acá, vivía en el hogar de AEBU, en la calle Convención, al lado de Pícaros”, explica también.

Eso está expresado en el libro, en tardes de tambores por el Barrio Sur, todavía, el naciente periodista y escritor, algo perdido, pero muy curioso. “Empecé ahí, pucho, crisis. Después de unas llamadas, nos quedamos en una esquina, había un loco con un tambor y empezó a tocar un candombe. Cuando terminó le pregunté: ‘¿Qué es eso?’, ‘Mateo, La mama vieja’. Y ahí empecé a averiguar, fui llegando a Mateo por canciones sueltas”.

Totalmente radicado en Montevideo, supongo, Mintxo todavía parece medio perdido, o, más probablemente, con la cabeza en otra cosa, hasta que se acuerda de alguna historia, poco conocida, muy buena, y ahí se puede quedar horas narrando de principio a fin, ese cuento que quizás lo termine haciendo libro, si es que ya no lo hizo.

En este libro, Mintxo tampoco cuenta otro dato clave y es que tocó el tambor piano en La Tangó: “No, me daba vergüenza. Lindísimo, pero de ahí a la música hay una distancia muy grande”. Parece que se ataja, aunque no.

Eso tiene que ver con otra de sus virtudes: su oído musical. “Eso lo hablé bastante con mi madre. Porque cuando me metí en una cuerda de tambores, tenía idea, me daba cuenta si alguno estaba tocando mal”.

La música estaba en la casa de Mintxo desde que nació. Estudió piano y “como todo gurí me mandaban a solfeo; en un momento dije ‘chau, nos vemos’”, recuerda.

“Yo agarro un acordeón y sé las notas. El otro día me puse con ‘Seguir viviendo sin tu amor’, de Luis Alberto Spinetta. Fui probando, y en media hora ya la podía tocar”, agrega.

A Mintxo, de Mateo le fascina su capacidad para “ensanchar un compás”, igual que como hacía Miles Davis. Por esas rarezas sonoras es que llegó sin saber muy bien cómo al músico, y, también por ahí, fue que encontró el camino que buscaba para avanzar en la investigación de este libro, centrado en las canciones, y en la reconstrucción de los momentos de composición de Eduardo Mateo.

La madre de Minxto daba clases de todos los instrumentos: “Era una especie de prodigio. Siempre se acuerda que mi abuela la traía para acá [Montevideo] siendo niña, porque venía a estudiar piano con Luis Batlle, y después había un día que se iban a La Comercial, donde un indio guaraní le enseñaba a tocar el arpa”, rememora.

Y agrega: “A mi madre le quedó grabado a fuego ese momento. Le daba mucho miedo entrar a la casa del guaraní, era un lugar con muchas piezas y en cada una había una monja tocando el arpa”.

Mateo de vuelta en la vuelta

“¿Cómo hago para que este tipo ande en la calle? Si querés hacer un libro de Fernando Cabrera, vas y hablás con él, pero con un muerto es más difícil”. La pregunta no lo dejó dormir por mucho tiempo. Para terminar de encontrar el libro que quería escribir, tenía que sacar a Mateo de cualquier tipo de lugar solemne y lograr la improbable hazaña de acercarnos al músico en sus momentos de mayor paz e intimidad.

“Cuando yo hablo con Mandrake, él me saca el temor con el libro y me da para adelante”, explica. “Me dijo: ‘Buscalo a Álvaro Salas, nadie habló con él’”.

“Álvaro me recibe en Mundo Afro, en Ciudad Vieja, con todos los tambores, y ahí ya me gustó. Toda la veta de investigación que tenía que ver con lo afro se volvió más palpable, y los cuentos de él [Álvaro] me transportan a un mundo que no es tan conocido”, relata al respecto.

“Ahí me fui metiendo en esa historia de lo afro, que me parecía muy interesante por los golpes de Mateo, que tiene que ver con el candombe, pero también con la religión umbanda”, explica el autor.

En la página 116, Mintxo cuenta algunas historias de “La Chola”, el tema 5 de Mateo solo bien se lame.

La Chola, a la que el músico le dedicó esta canción, es María Hortensia Gularte, la madre de Álvaro, que le decía a Mateo: “Tenés que hacer candombe de arrastre”, lo peleaba un poco, y le pedía que tocara “los cultos afro”; sabía mucho, así que Mateo pasó mucho tiempo en su casa escuchándola. Esta es una de las mejores partes del libro.

“Ella me dice que sos una buena persona”, le dijo Álvaro a Mintxo, que todavía no conoce a María, salvo por los cuentos de su hijo.

“Eso me llega hasta la emoción”, dice el escritor, agradecido por la generosidad del percusionista Álvaro Salas y la de su mamá, dos protagonistas muy importantes de este libro.

“Lo que pasa es que a este loco [Mateo] los caciques le abrieron las puertas, y no es simplemente porque tocaba bien candombe. Creo que ahí es cuando conecto con esa historia y decido recorrer ese camino de investigación”, dice Mintxo, para comprender más profundamente hasta dónde llegó, interesado por los golpes y las sonoridades musicales.

Sobre el disco, explica: “Mateo solo bien se lame dejó una sabiduría gigante. Lo escuchás hoy, lo escuchás mañana, pasado o traspasado y podés encontrar cosas diferentes. Desencadenar eso es para gente que nace con estrella. No todos dejan un legado de ese calibre. Mateo sí, porque fue un talento de la puta madre”.

Y sobre Mateo, dice: “Por mucha luz que tuvo, no quiso ser estrella. Por eso Mateo se parece a la verdad. Tal vez haya sido la verdad, ese tipo que hizo algo de verdad. No una música de culto o popular. Mateo fue otra cosa. Lo conoce la gente que tiene que conocerlo en el momento que tiene que conocerlo. Puede ser injusto, lo sospecho, pero parece ser así”.

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