Por Catalina Zabala
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Las coincidencias temporales suelen ser el caldo de cultivo para el recuerdo. Este 2 de febrero comenzó la restauración de El juicio final (1541), el fresco de Miguel Ángel que dio vida al altar de la Capilla Sixtina. Su creador, fallecido el 18 de febrero de 1564, se convirtió, sin imaginarlo, en una de las figuras centrales de la cultura visual global.
Hoy, a casi 500 años de su realización, El juicio final se convirtió en un ícono artístico del catolicismo y uno de los grandes pilares del patrimonio histórico del Vaticano. La restauración que atraviesa actualmente es la más grande en los últimos 30 años de su historia, desde 1994. Según la directora de los Museos Vaticanos, Barbara Jatta, la idea es remover una capa de sal que se formó sobre la obra con el paso de los años y las miles de visitas que recibe el recinto a diario, ya que es uno de los principales atractivos turísticos de Roma.
Los procesos de restauración son tema de debate. Están quienes consideran que una pieza histórica debe tocarse lo menos posible, como una suerte de amuleto imperturbable. Para otros, su valor histórico no reside en el objeto material en sí mismo, sino en la carga cultural y estética que lo llevó a marcar la historia: si los dibujos y colores que conforman El juicio final no se ven, pierde su valor. Es por esto que, mediante el uso de técnicas delicadas y no invasivas, se recurre a su recuperación.
¿Pero por qué es tan importante? ¿Qué fue lo que hizo que un escultor en mármol que realizaba encargos periódicos para la Iglesia católica pasara a la posteridad como uno de los artistas más importantes de todos los tiempos?
"La pietà" (1499), Miguel Ángel
La popularidad de sus obras es aplastante: el David (1504), hoy presente en películas, memes, mil camisetas y artículos de fast fashion; La pietà (1499), otro ícono del arte católico que se encuentra en la primera capilla de la Basílica de San Pedro y da la bienvenida a todos sus visitantes desde antaño.
Lo que impactaba a críticos e ignorantes, fanáticos y rivales de aquel entonces, eran dos elementos principales: la precisión del tallado en la piedra de mármol y su increíble conocimiento de la anatomía humana. Dos rasgos de la obra de Miguel Ángel que marcaron para siempre los parámetros de la historia del arte y que subirían los estándares de manera insuperable para sus colegas artistas de aquel entonces.
Los mitos y anécdotas en torno a su figura son abundantes. Que vestía con harapos llenos de la suciedad propia de su taller, que era antisocial y solitario, y que reconocía no participar solo en la producción de sus obras: el rol de lo divino era fundamental en forma de inspiración. Pero como todos los cuentos y rasgos de carácter en torno a las figuras históricas, la mayoría son incomprobables en el estudio del pasado. Y entre las numerosas teorías sobre su vida destacó, por supuesto, el más entretenido para el público: su rivalidad con Leonardo da Vinci.
Considerarlos opositores claros en su campo no es tarea fácil porque, para empezar, Leonardo fue un polímata. No se trata de una guerra entre dos pintores y sus escuelas: uno fue de los mejores artistas de todos los tiempos. El otro, en cambio, fue de los mejores pensadores de todos los tiempos. Es imposible reducirlo a un campo, por lo que esta extraña guerra se convierte en un sinsentido.
"David" (1504), Miguel Ángel
Ambos se encontraron compitiendo, en repetidas ocasiones, por los favores de los mecenas de Florencia, la capital renacentista del arte. Pero su oposición, que ya resultaba popular por sí misma, decantó en los frescos del Palazzo Vecchio. Ambos fueron contratados por la República de Florencia para pintar dos frescos contrapuestos: para Leonardo, La batalla de Anghiari. Para Miguel Ángel, La batalla de Cascina. Ninguno de los dos pudo terminar su encargo.
La aparición de sus diferencias se puede intuir desde la naturaleza de sus inquietudes. ¿Por qué Leonardo era un polímata? Porque era un enamorado de la experiencia. De salir, de conocer, de entender el mundo y formular principios a través de la experiencia empírica. Fue un revolucionario, porque no veía las áreas del conocimiento como materias separadas, sino como partes de un todo que quería entender y asimilar. Ese todo era el mundo. Esto lo llevó a cambiar el rumbo de la cultura visual posterior con La Gioconda (1503), a representar las proporciones ideales del “uomo universale” con su Hombre de Vitruvio (1490) o a desarrollar los primeros dibujos y planos de máquinas voladoras que serían retomados siglos después.
El interés de Miguel Ángel, en cambio, nacía de su amor por la creación. Pero el poder de llevarla a cabo no residía en él, sino en la intervención divina. Por eso formulaba explicaciones que sobreviven hasta el día de hoy, como la famosa idea de que sus obras ya estaban ahí, en el mármol, esperando a ser descubiertas. Decía que su tarea consistía únicamente en quitar el material que sobraba alrededor.
"La Gioconda" (1503), Leonardo da Vinci
¿Son ambas escuelas irreconciliables? Lo cierto es que pertenecer a escuelas diferentes no es sinónimo de enemistad. Pero los artistas dependían del favor de los mecenas, y su trabajo, más que tallar la piedra, muchas veces era lograr que estos simplemente los miraran. Así, los debates populares y las discusiones se volvían sumamente relevantes. Era de vital importancia determinar quién tenía la razón.
Tener en cuenta el contexto cultural de estas figuras es crucial para entenderlas. Ambos fueron figuras del Renacimiento: aquel movimiento artístico que fue lo suficientemente trascendente como para cambiar el curso de la historia. Se le atribuye la responsabilidad de terminar con la Edad Media y dar paso a la Época Moderna, un período que, a diferencia de su antecesor, le soltaba la mano a Dios. Este dejaba de ser el centro de la existencia, y en él se ubicaba, por primera vez, el hombre. Estos elementos son fáciles de reconocer en los artistas que nos convocan. Tanto Miguel Ángel como Da Vinci estaban obsesionados con el expertise y el conocimiento exhaustivo de la anatomía humana, porque, de repente, esta era la protagonista de toda la existencia. Y así, mientras Miguel Ángel se encargaba de esculpir figuras en mármol que parecían tener la capacidad de levantarse y salir caminando, Da Vinci se concentró en el funcionamiento del cuerpo y el diseño de artefactos que lo hicieran evolucionar y facilitaran su vida.
Estos acontecimientos dan sentido hoy, 500 años después, al impacto que genera esta restauración. Por qué un fresco ubicado en el mismo lugar desde hace cinco siglos implica tanto debate y planteamiento. No se trata de una obra, ni de una persona o dos, ni de una capilla. Se trata del conjunto de elementos que hicieron posible una revolución dentro de la cultura visual. No es novedad decir que el misticismo del arte se encuentra ahí: en su capacidad de escaparse del tiempo. Es gracias al arte que el hombre puede, por un momento, olvidarse de su amarga limitación física. Es en las imágenes que los miembros de una comunidad se sienten parte de la misma; la entiendan o no, les interese o no. No hay nadie que no identifique a la figura del David o a las dos manos que casi se tocan en el célebre fresco de La creación de Adán (1512). Restaurar El juicio final no es intervenir un muro. Es volver a afirmar que, cinco siglos después, seguimos mirando las mismas imágenes para entender quiénes somos.
Por Catalina Zabala
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