Para sus fans, el artista más importante de la historia; para sus detractores, un monstruo. Una víctima; un victimario. Todas estas cosas a la vez.
Hay artistas que se recuerdan por su obra y artistas que se recuerdan por sus escándalos. Michael Jackson pertenece a una categoría mucho más incómoda: ninguna de las posturas logra imponerse sobre las demás. Es una figura tan extraordinaria culturalmente que la simple mención de su nombre genera ruido, incluso 17 años después de fallecido. No deja a nadie indiferente, sería imposible. Y cada 25 de junio, se revive la polémica.
El 2026 fue particularmente efervescente para su figura. Michael (2026), su biopic, se estrenó a fines de abril y tuvo un éxito imprevisible: casi mil millones de dólares de recaudación, lo que la convierte en la segunda película biográfica más exitosa, apenas por detrás de Oppenheimer (2023). Un mes después, en Netflix se estrenó el documental Michael Jackson: el veredicto. Dos versiones muy contrapuestas de la misma persona.
Aunque se especula que Michael tendrá su segunda parte, las decisiones que se tomaron para la primera parecieron, al menos, muy cómodas. La superproducción se centra más que nada en su infancia y sus años como integrante de The Jackson Five, la relación conflictiva con su padre y su lanzamiento y explosión como solista en la industria musical. Pasa por Thriller (1982), hasta la fecha el álbum más vendido de todos los tiempos, y culmina a las puertas de la gira de presentación de Bad (1987), un disco que cuenta con una absurda cantidad de éxitos concentrados en una misma obra.
A dos meses del estreno de la película, “Billie Jean” está en la cuarta posición dentro del top 50 global de Spotify; “Beat It”, en la posición 13; “Chicago”, en la 23; todas intercaladas entre éxitos actuales de Bad Bunny, Taylor Swift o los temas del nuevo disco de Olivia Rodrigo, que lleva apenas unas semanas publicado. Michael Jackson es un fenómeno que tiene sus rachas, pero que nunca termina de desaparecer; un fenómeno contagioso. Pero evaluar la vigencia de Michael Jackson simplemente en cifras y reproducciones en plataformas sería burdo y reduccionista. La pregunta es otra.
¿Por qué Michael Jackson sigue siendo una conversación? ¿Por qué es tan difícil de cerrar?
Extenderse un párrafo más para explicar por qué fue tan valioso a nivel artístico ya sería redundante. Es una de las figuras más retratadas, escritas e indagadas de la historia. A nivel musical, ya se analizó todo, pero su actualidad no está ahí. No reside solo en su legado como figura aclamada, sino como alguien que nunca generó consenso. Diecisiete años después de su muerte sigue siendo imposible hablar de él sin que aparezcan las mismas preguntas. No porque falte información, sino porque existe demasiada. Su revolución no solo de la música, sino del concepto de estrella pop. Su creación de los videoclips como grandes producciones cinematográficas, como el fragmento de una peli. Su elevación del estándar del espectáculo pop, consolidándolo como fenómeno global. Su impresionante voz y su talento inigualable en el baile. Todo esto es lo que cuenta Michael, el retrato de un genio aniñado.
Por otro lado, sus ensordecedores cambios físicos, los comportamientos extraños que acompañaban y todas las teorías al respecto. Los acontecimientos de su vida parecen una concatenación de coincidencias improbables, una red de efectos mariposa autodestructivos que nunca se detuvo: la violencia doméstica conocida públicamente que sufrió durante toda su infancia. Su accidente grabando el comercial de Pepsi, que terminó en una quemadura grave en la cabeza que le generó dolor crónico y la necesidad de injertarse cuero cabelludo y pelo. Su diagnóstico de vitiligo, sus incontables cirugías estéticas —aunque él las negaba rotundamente—, todo eso conjugado con extrañas decisiones. La construcción de Neverland, un parque de juegos con zoológico dentro de su propia casa a la que invitaba a múltiples niños con quienes tenía muy buen trato. Su obsesión con Peter Pan y la coincidente modificación de su nariz —que también se prestó para múltiples teorías, como esa que decía que coleccionaba prótesis de narices con diferentes formas para intercambiarlas—. Que dormía en una cámara hiperbárica. Sin quererlo, el imaginario que había construido se prestaba para mucho.
Y a eso se le agrega el capítulo más sentido: las acusaciones de abuso sexual. Para algunos, delitos reales jamás imputados gracias a su poder e influencia. Para otros, jugadas malintencionadas, intentos de obtener dinero de su persona y de ensuciar su imagen para siempre, ¿por qué? También por su poder y su influencia. Entonces, Michael Jackson no es un fenómeno en sí mismo porque genera discusión entre dos frentes, sino porque concentra múltiples discursos en todas direcciones que se oponen entre sí y que hasta el día de hoy no se resuelven.
Y aparece una vez más el eterno debate en torno a la obra y el artista. ¿Es responsable separarlos? ¿La creación debe rendir cuentas ante las decisiones, opiniones y acciones de su autor durante su vida? ¿Pierde valor, o son entidades separadas? Con él no se pudo, porque convirtió su propio cuerpo en un espectáculo. Él mismo se convirtió en su obra. Todo parecía una performance permanente. Incluso hoy cuesta separar qué era estrategia, qué era sufrimiento y qué era construcción artística.
Podía clasificarse como un fenómeno; como una figura, por lo menos rara. Y como era de esperarse, muchos sectores del público lo usaron en su contra. Los medios, principalmente ingleses, lo mencionaban despectivamente como Wacko Jacko. Una mezcla denigrante que sale de “wicked” y “Jackson”. Muy periodístico, muy imparcial. El polémico documental Living with Michael Jackson (2003) de Martin Bashir, que más tarde desataría gran parte del revuelo en torno a las acusaciones de abuso sexual, era sensacionalista desde la premisa inicial. El cineasta buscaba mostrar cómo era un día normal con él, una persona extraña que vivía en un lugar extraño y hacía cosas extrañas. El enfoque podría haber sido genuinamente curioso y centrado, pero Michael no estuvo de acuerdo con el resultado. Se lo mostraba como un bicho raro luego de meses de convivencia. Le habían tendido una trampa. Todos estos elementos alimentaban el mito, para bien y para mal.
Así, decía que había perdido su humanidad. En Moonwalk (1988), su autobiografía, dejaba ver un poco de esto: “Soy de las personas más solitarias del mundo”.
Michael hizo resurgir un enorme fanatismo por su música y su arte. Pero el sector más crítico no tardó en aparecer con una acción que parece casi que una respuesta directa. Netflix lanzó Michael Jackson: el veredicto, un documental de tres episodios que reconstruye el mediático juicio penal que enfrentó en el año 2005. Se reviven cuestiones que fueron un antes y un después para la credibilidad de la carrera de Jackson, como también lo hizo el documental Leaving Neverland (2019), lanzado varios años después de su muerte. El nuevo documental de Netflix pretende mostrar de manera objetiva cómo fue ese juicio (el segundo que enfrentó, del que fue declarado inocente), pero las imágenes que se eligen son sugerentes, amarillistas. Los recortes de los testimonios son muy emocionales. Se incluyen anécdotas que poco tienen que ver con el veredicto del juicio, como la llegada de Michael Jackson a la corte en pijama luego de ser llevado directo desde un hospital. Detalles de color que suman a la narrativa, sí, pero solo se eligen las que tienden más a humillarlo que a engrandecerlo. Pero para ver esto es suficiente con la intro: imágenes oscuras de Neverland, casi como una casa embrujada. Juegos abandonados, música siniestra. Recuerda a la introducción de Jeffrey Epstein: asquerosamente rico (2020). Tampoco es muy imparcial: los hechos ya son lo bastante oscuros como para oscurecerlos más desde lo estético.
Michael Jackson no sigue siendo relevante solo porque hizo grandes canciones. Sigue siendo relevante porque encarna algunas de las preguntas más incómodas de la cultura contemporánea: ¿hasta dónde llega el genio artístico? ¿Qué hacemos cuando la admiración convive con la sospecha? ¿Es posible separar una obra de quien la creó? Diecisiete años después de su muerte, esas preguntas siguen sin respuesta. Y mientras sigan abiertas, también lo estará la conversación sobre él. Porque con su muerte, las preguntas, en vez de terminar, se triplicaron. Un deceso extraño, teorías conspirativas y This Is It, su gira final. Una que prometía 50 conciertos a todo trapo y que nunca se llevó a cabo. En su lugar, una película de los ensayos (This Is It, de 2009, también el documental más exitoso de todos los tiempos). Porque siempre había oportunidad de seguir haciendo dinero.
No es casual que incluso se haya lanzado Xscape en 2014, un disco póstumo con canciones inéditas modernizadas y producidas por figuras como Timbaland, L.A. Reid y Rodney Jerkins. Michael Jackson fue convertido en una fuente de ingresos económicos desde los seis años, cuando empezó a cantar. ¿El primer responsable? Su propio padre. Después, todo el mundo. Y mientras el mundo sea mundo, Michael Jackson va a seguir siendo un maestro de la música y un nombre que hace ruido, mucho ruido.