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Deriva urbana

Metapaisajes, la colección de cuadernos de Pez en el Hielo: las ciudades que duelen

Los dos primeros títulos fueron "Una montaña entró en mi cuerpo", de Lourdes Silva y "La zona enferma", de Leo Giráldez.

19.10.2026 15:18

Lectura: 10'

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Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

Al cumplir una década de tracción independiente, el sello editorial Pez en el Hielo inaugura una serie de cuadernos ensayísticos a cargo de Gonzalo Baz y Claudio Burguez. El proyecto apuesta a la deriva urbana, la crónica y el cruce de saberes para desarmar la fisonomía de las ciudades. Los dos primeros volúmenes (firmados por Lourdes Silva y Leo Giráldez) operan como sismógrafos de un territorio atravesado tanto por la intemperie corporal como por el avance implacable del capital inmobiliario.

Y es que las ciudades se explican a veces en los planos o en las declaraciones estéticas que ostentan las balaustradas, los frontispicios, pero las verdaderas se dejan descifrar a través de la fiebre, el desgaste de las suelas y el temblor de los cuerpos. Cuando Iván Chtcheglov escribió Formulario para un nuevo urbanismo en 1953 —rescatado hoy en toda su dimensión en el volumen Nos aburrimos en la ciudad editado por La Felguera—, no buscaba ser un manual técnico ni un tratado de arquitectura funcionalista (como puede sospecharse gracias a su título), sino que esbozaba un mapa de deseos y lo que perfectamente podemos marcar como uno de los inicios (ya que hay varios) de lo que hoy se conoce como psicogeografías.

Chtcheglov, el "Pequeño Príncipe" de los letristas parisinos (también conocido como Gilles Ivain) que, entre otras cosas bastante simpáticas y divertidas, soñaba con dinamitar la Torre Eiffel, entendió a los 19 años que la psicogeografía constituía una trinchera política. Guy Debord insistía en que bastaba con que Chtcheglov sometiera la ciudad a su mirada para transformarla de raíz: para él y para los situacionistas (que compartían esta deriva política con el pequeño Ivan), el espacio urbano no tenía que verse como un trazado estrictamente diseñado para el desplazamiento productivo, sino que en sus grietas y baldosas flojas que esconden sorpresas existe un campo magnético de emociones, deseos y atmósferas donde cada barrio debía corresponderse con un estado del ánimo específico.

Esa obstinación por una arquitectura mutante y onírica, pagada al altísimo precio de la fractura mental y el encierro psiquiátrico que consumió gran parte de su vida, dejó una huella que atravesó décadas de agitación cultural, desde esas iniciales derivas parisinas hasta el pulso eléctrico del club The Hacienda en Manchester (donde tocaron, entre otros, Oasis, Primal Scream, Stone Roses), y que hoy resuena como el latido de una ballena en las esquinas menos pensadas del sur.

Esa estirpe de la intemperie urbana encuentra un espejo donde mirarse las arrugas en Metapaisajes, la nueva colección de cuadernos impulsada por Gonzalo Baz y Claudio Burguez bajo el sello de Pez en el Hielo, que este año celebra una década de existencia. Si se trata de aprender a narrar los lugares despojándolos de la fría asepsia técnica, la gran crónica moderna nos dejó varios mojones y, para no recaer en lugares comunes tales como en el periodismo gonzo de Hunter S. Thompson, en Leila Guerriero y sus suicidas del fin del mundo, habría que detenerse en El puente (2018) de Gay Talese.

Talese siguió de cerca el levantamiento del Verrazano-Narrows, esos más de cuatro kilómetros de acero que unirían Brooklyn con Staten Island. Pero lo curioso y el punto de contacto entre estos dos mundos es que Talese no escribió un reporte de ingeniería ni una oda al cálculo estructural. No se detuvo a esgrimir un texto para que los ingenieros cumplieran sus más profundas fantasías sexuales. Su mirada se detuvo en la epopeya humana: en los hombres que trabajaban sobre vigas a alturas de vértigo desafiando el abismo, en las vidas que bebían whisky con cerveza en habitaciones alquiladas y en los acuerdos a puerta cerrada que desplazaron vecindarios enteros para dar cabida a la bestia de acero. Talese demostró que narrar una infraestructura es registrar el drama invisible de quienes la construyen y la padecen.

Esa misma intuición de entender la arquitectura no como un conjunto de fachadas aisladas sino como infraestructura social encuentra otro contacto o caricia en el trabajo de Laura Alemán y Laura Cesio en Arquitectos Uruguayos 01 (2025), especialmente al rescatar la visión de Juan Antonio Scasso, que entendía el territorio como espacio vivo y colectivo. Bajo esa misma vocación de mirar los intersticios, Metapaisajes desecha el corsé universitario para apostar a un ensayo híbrido (cruzado de crónica, destellos poéticos, observación y caminata) que busca miradas interesantes sobre cómo habitamos este territorio.

El primer volumen de la serie, Una montaña entró en mi cuerpo de Lourdes Silva, parte de un gesto: borrar la falsa frontera que separa el adentro del afuera. Silva teje una red asociativa deslumbrante donde la museografía, la geología y la medicina tradicional china dialogan todo el tiempo. En principio uno puede pensar que este telar de disciplinas podrían marear al lector, aburrirlo, pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte Silva se ha destacado justamente por su capacidad a la hora de conectar estas cuestiones y hacerlas llegar a buen puerto, de hecho a un excelente puerto. Recordemos que Lourdes Silva es licenciada en Filosofía y Psicología, magister en literatura latinoamericana, realizó estudios de doctorado en Teoría de las artes comparadas, entre otras cosas.

El libro arranca siguiendo el rastro de una acuarela de Conrad Martens (el pintor de la segunda expedición del Beagle junto a Charles Darwin que pasó por Montevideo en 1833) para comprender cómo la humedad del estuario, del Río de la Plata, modela la materia. Todo esto a partir de una fuente que se encuentra en los subsuelos del Cabildo. Allí emerge esta idea: una fuente, que probablemente haya abastecido de agua a toda la Montevideo colonial, hoy en día irradia humedad, destruyendo o aportando para la destruccion de obras patrimoniales. Desde allí, con un salto poético notable, cruza hacia la música popular uruguaya, trayendo los versos de "Pago" de Eduardo Darnauchans (aquel "colgaste un esqueleto en la azotea") como un talismán para recordarnos que nuestros huesos son apenas sedimentos de historias mucho más antiguas. Luego ahonda en ese famoso telar del que venimos hablando, sin dejar de sorprender, sin dejar que el ritmo flaquee y sin dejar que el lector consiga escaparse de su hipnotismo, de su capacidad narrativa que, más allá de que la autora mencione varios ejercicios sonoros y esto pueda sonar a comparación temática, recuerda por momentos a la de Valeria Luiselli con su Desierto sonoro (2019).

Para sumar otra arista a este telar, la autora decide fundamentar varios de los conceptos que trata (además de citar a los autores y los libros) entrevistando a varias personalidades como a Nubel Cisneros, entre otros tantos especialistas de diversas materias que van desde arquitectos, restauradores y conservadores de patrimonio, geólogos hasta residentes de traumatología en el hospital de clínicas.

La tesis de Silva opera desde una fisicalidad rotunda: la humedad del Río de la Plata no se limita a corroer los revoques del Cabildo Histórico ni a cristalizar sales en los cimientos de la ciudad vieja, sino que asciende por capilaridad hasta la carne. Apoyándose en el concepto ch'ixi de Sylvia Rivera Cusicanqui, la autora lee Montevideo como un organismo abigarrado donde conviven en tensa contradicción el art déco, el grafiti, el abandono inmobiliario y la herida abierta de quienes transitan las mutualistas. Demuestra por qué el abandono es un gran artista. Cuando en las páginas asoman la artrosis, las operaciones de cadera o los dolores articulares que se anticipan a la tormenta, el cuerpo entero muta en un mapa meteorológico. El recorrido de Silva ensancha el mapa hasta las salitreras de Chacabuco en Chile, donde el desierto preserva lo que el agua montevideana descompone, confirmando que la arquitectura cambia de función pero guarda en sus muros la memoria indeleble del dolor y el trabajo humano. Es entonces que la humedad, plantea Lourdes Silva, al menos la de Montevideo, forma parte de nuestro patrimonio.

En la otra orilla de la colección, La zona enferma de Leo Giráldez desplaza la mirada del cuerpo a la mutación violenta del tejido urbano. Si Silva rastrea los sismos internos de la humedad, Giráldez se instala en la zona del Buceo (alrededor del World Trade Center y el Montevideo Shopping) para registrar cómo la especulación inmobiliaria y los espejos atérmicos, esas ventanas a las cuales por momentos les da el sol, de las torres corporativas barren la memoria afectiva. La realidad es que se trata mucho más de una crónica pero que a la vez también dialoga con los vientos, con la humedad, con el clima. Los edificios laten, respiran, pero también lo hace el cuerpo del narrador que va metiendose por los rincones, que atraviesa esas zonas enfermas. Mientras el británico Ian Sinclair convirtió la psicogeografía en una autopsia forense y paranoica de la megalópolis, Giráldez traslada ese instrumental de trinchera a la escala menor de Montevideo.

En el libro podemos ver cómo la deriva no persigue mitos imperiales, sino el asfalto de Buceo y el subsuelo fantasmal del viejo Hospital Fermín Ferreira. Caminando la noche con la estirpe de los viejos flâneurs, el cronista se sumerge donde las calles vacías y las fachadas mudas lambetean las orejas dejando un llamado extraño, onírico y divino, sintonizando con aquel axioma de Leonard Cohen cuando recordaba que si supiera dónde están las buenas canciones, iría para ahí más seguido. Esa caminata sin destino fijo responde al pulso que cantaba Calamaro en "Bohemio", encarnando a ese "bohemio que prefiere que la noche lo acompañe a caminar" entre edificios y sombras. Entre la paranoia de las cámaras de videovigilancia y los guardias de seguridad privada que custodian el hormigón limpio, el autor desentierra los fantasmas que yacen bajo el asfalto (o, como dice su contratapa, hace un libro sobre "lo que late bajo los escombros"): el antiguo emplazamiento del Hospital Fermín Ferreira, dedicado al aislamiento de tuberculosos, y el cauce sepultado del arroyo de los Chanchos.

Durante su paseo nocturno en bicicleta o a pie, Giráldez encuentra en la música un contrapunto exacto para su desconcierto, a la vez de que la misma funciona como una pausa o como una extensión correcta para las propias caminatas. Al atravesar la explanada vidriada de las torres, resuena la letra de Bill Callahan en "Too Many Birds", un eco que acentúa la extrañeza de un paisaje donde los edificios de lujo conviven con los plásticos chasqueantes de las obras en construcción y el viento que desarticula el sonido ambiente. Giráldez se escapa por la tangente, le escupe al panfleto nostálgico para entonces entregar una crónica a ras de suelo, como si se tratase de un soldado que escucha que le mandan desde el frente enemigo, de regalo, una granada, y se tira cuerpo a tierra. Expone el choque brutal entre la vida comunitaria y los colmillos, los dracu dracu del capital financiero.

Con Metapaisajes, Pez en el Hielo consolida una forma de hacer editorial que entiende los libros como cuadernos de notas abiertos a la intemperie que pueden estar todo el tiempo respirando, con grietas específicamente diseñadas para que la humedad y el dolor sirvan como mutaciones. Tanto Silva como Giráldez demuestran que pensar la ciudad es un acto de resistencia poética y política: desconfiar de las postales oficiales, escuchar las grietas de los muros y aceptar que los lugares, al igual que nosotros, están hechos de cicatrices, fantasmas y un persistente deseo de revelarse contra el tedio.