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Los libros y sus autores

Mateo Piaggio: “Hay que dialogar con la época en la que uno vive”

El autor publicó "El baño de Whitney" por Estuario Editora.

10.09.2026 14:47

Lectura: 8'

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A sus 27 años, Mateo Piaggio debuta en la literatura con El baño de Whitney (2026), un libro compuesto por cinco relatos que parten de los códigos del policial para llevarlos hacia terrenos más delirantes, oscuros y líricos. Escritor, poeta y periodista, Piaggio trabaja en prensa escrita desde 2022 y actualmente integra la sección Nacional de El País.

Fiestas, drogas, agentes infiltrados, pequeñas mafias, traumas emocionales y horror atraviesan las historias de este primer libro, en las que conviven el desparpajo juvenil y una mirada crítica sobre el sistema. Con una prosa ágil y diálogos naturales, Piaggio construye personajes y atmósferas que, como señala Mercedes Estramil, hacen que definir El baño de Whitney simplemente como un conjunto de relatos policiales sea apenas una aproximación.

El libro se mueve dentro del policial, pero también aparecen el realismo absurdo y ciertos matices del thriller e incluso el horror. ¿Qué te interesaba explorar más allá de las convenciones del género?

Me aburro fácil, así que esto de lidiar con distintos subgéneros al mismo tiempo que el policial me servía para mantenerme enganchado en la escritura. Además, me gustaba el desafío de que cada cuento fuera distinto. Me exigía cierto virtuosismo.

¿Cómo surgió el cuento que da título al libro? ¿Hubo una primera imagen, personaje o situación que haya funcionado como disparador?

El disparador fue la portada del disco Daytona (2018) de un rapero llamado Pusha T. Es una foto de un baño de un hotel donde se quedó Whitney Houston, y es bastante ilustrativa de la vida de excesos que estaba llevando. En fin, ese disco definió estéticamente al cuento. Otras canciones de hip-hop aportaron más en el contenido.

Hay policías, delincuentes, agentes infiltrados, drogas y pequeñas mafias. ¿Qué te atrae de llevar a tus personajes a esos lugares límite?

Es la gracia de manejarle la vida a personajes ficticios, ¿no? Los tratás horrible y los llevás hasta el borde de sus capacidades y ves qué pasa ahí. Así salen las historias que valen la pena contar.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

El libro tiene una mirada bastante joven sobre la violencia, el delito y las instituciones. ¿Qué cosas de tu generación aparecen, incluso sin buscarlas, en estos relatos?

Supongo que el lenguaje, la mirada, los ritmos actuales. Esto lo escribí para gente que tiene TikTok, Instagram y Tinder. En cualquier momento pueden soltar el libro para ver un reel o intentar hacer un match, así que yo no puedo dejarlos ir. Los cuentos tienen que engancharlos. Además, creo que hay que dialogar con la época con la que uno vive, y esa fue mi forma.

Hay algo muy cinematográfico en las escenas y en las atmósferas del libro. ¿Alguna película te inspiró para escribirlo?

The Batman (2022) de Matt Reaves fue muy importante, especialmente las escenas en las que va a una fiesta a buscar al Pingüino. Después, los últimos capítulos de la serie Better Call Saul (2015). La fluidez con la que manejó la relación entre el pasado y el presente a través de flashbacks me inspiró mucho.

¿Cuál fue el último libro que leíste?

Va a parecer marketing, pero el último libro que leí fue de Estuario, de la colección Cosecha Roja: Caballo regalado (2025), de Cecilia Ríos. Pero para compensar voy a decir que actualmente estoy leyendo la biografía de Elon Musk, escrita por Walter Isaacson. Es una de las personas más poderosas del mundo y hay que tratar de entender qué hay en esa cabeza.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

¿Hubo algún libro en específico que te despertara las ganas de escribir? ¿Por qué?

Creo que no. Porque las ganas de escribir siempre vinieron, y vienen, por una idea primero. Llega el principio de una historia que quiero conocer, y la forma de conocerla es a través de la escritura.

¿Qué aprendiste sobre escribir ficción a partir de tu trabajo como periodista? ¿Qué cosas tuviste que desaprender?

Aprendí que lo primero es que la gente entienda lo que está leyendo. Si querés tener personajes profundos, dinámicas complejas, tramas innovadoras, tenés que ponerle la menor cantidad de trabas a los lectores. La prosa simple sirve para eso. Después, para escribir este libro no tuve que “desaprender” nada del periodismo porque era bastante nuevo todavía. Recién había empezado a trabajar en un diario. Ahora, para el próximo libro en el que estoy trabajando, capaz que sí estoy teniendo que hacer eso…

Tus relatos tienen diálogos muy naturales, pero también una prosa muy trabajada. ¿Cómo encontrás el equilibrio entre oralidad y literatura?

Los diálogos tienen que sentirse naturales. Sí o sí. Me molesta mucho cuando leo diálogos que parecen mails. Y sobre el equilibrio… la prosa tiene que ser correcta, pero si no querés que suene a literatura de hace 200 años o que contraste demasiado con los diálogos, tenés que mantenerla fresca. Hay que sacarle adjetivos y solemnidad.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

¿Con cuál de tus personajes no te gustaría cruzarte nunca?

Félix, el protagonista de "La flor de Montevideo", es bastante mala onda. Y bueno, tampoco me gustaría que Marco Gabito, del primer cuento, me prendiera fuego un gato en la cara.

En varios momentos aparece una crítica al sistema, pero sin abandonar el humor ni el desparpajo. ¿Qué cosas del mundo que te rodea sentís la necesidad de cuestionar desde la ficción?

No siento la necesidad, porque para mí la literatura tiene que ser buena literatura y listo. Ese es el deber. Pero después puede tener otras cosas también, como crítica social. En mi caso no busco tanto decir “esto me parece mal”, sino mostrar que pasan algunas cosas o que pueden pasar. Creo que eso viene del periodismo.

Si uno de estos relatos fuera una canción de Bob Dylan, ¿cuál sería?

Qué buena pregunta. "Ballad of a Thin Man", por eso de “algo está pasando acá y vos no sabés qué es”. Creo que nos pasa mucho, y les pasa a estos personajes, de llegar a un lugar desconocido con la expectativa de llevarse algo y es tan iluso... porque a veces llegás a un lugar y ese lugar te da vuelta.

¿Qué lugar ocupa la música en tu escritura?

Un lugar protagónico. Todo lo que hago lo hago escuchando música. La música hace que todo sea disfrutable y a la hora de escribir me ayuda a delimitar estéticamente una historia. Y como varios de estos cuentos los escribí en simultáneo, me hice playlists para cada uno. Cuando me tocaba escribir "Los casetes de Belén" ponía la música de ese cuento y, al otro día, cuando tenía que avanzar en "El viaje de Whitney" escuchaba otra lista.

¿Como lector, qué buscás en un policial?

No sé. Necesito que tenga esas feromonas de detective roto y cautivador. Tiene que atraerme, aunque piense que odiaría vivir en esa realidad.

Si tuvieras que definir El baño de Whitney en una sola frase, ¿cuál sería?

Algo está pasando acá y vos no sabés qué es.
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Fragmento de El baño de Whitney

"Los casetes de Belén"

Era gris con vetas blancas, como si la hubiesen pintado con un lápiz y sin voluntad. Al lado había una cerca, pero ningún animal. Henry y Martín bajaron y aplaudieron. Un viejo abrió la puerta y levantó el mentón como preguntando: ¿qué quieren?

—Venimos por el cordero —gritó Martín.

El viejo cerró la puerta. Los muchachos se miraron.

—¿Será acá?

—¿Por qué no? —contestó Henry—. Hay olor a podrido.

Desde atrás de la casa aparecieron el viejo alto y flaco, su mujer baja y gorda y el cordero balanceándose entre las cuatro manos. Llegaron hasta Henry y Martín y tiraron el animal a sus pies. Después los miraron.

—¿Cuánto es? —preguntó Henry.

—Lo que tengas —dijo el padre de Esteban.

Había algo que no tenía sentido con esos viejos. Parecía que habían nacido del mismo lápiz que había dibujado la casa. Como si los hubiesen inventado segundos antes de que llegara la camioneta. No sabían qué estaban haciendo y, de seguir existiendo cuando se marcharan los jóvenes, se quedarían sentados en la casa aprendiendo a parpadear.

Martín sacó la billetera. Tenía la plata que habían juntado entre todos. Sacó los billetes y los extendió, pero Henry le puso la mano arriba.

Eso no era un cordero. Había algo en lo musculoso de las patas, en el tórax, en la forma de ese cuerpo que… Escucharon el grito de Aníbal.

Henry y Martín corrieron hasta la camioneta.

—¡La reputísima madre que lo parió!

Aníbal había bajado a fumar. Se tomaba la frente con el cigarrillo entre los dedos.

—¿Qué pasó, mongólico? —dijo Martín.

—Mirá eso —señaló la maleza al costado del camino.

La piel del perro reptaba sin vida por el pasto. La cabeza negra tenía los ojos abiertos.

Henry se dio vuelta y exhaló una y otra vez como si algo le ardiera. Los viejos lo miraban desde el otro lado del camino. Apenas dio unos pasos hacia ellos, se metieron para la casa. 

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