La búsqueda artística de Martín Buscaglia es una búsqueda filosófica. Es un músico que no le teme a la experimentación, de hecho, la describe como su zona de confort. A 20 años de El evangelio según mi jardinero (2006), álbum del que salieron varios éxitos de su carrera, recuerda ese espíritu que formó la obra. Canciones como "Cerebro, orgasmo, envidia & Sofía" delatan ese conflicto existencial. Un dilema entre lo intelectual y lo espiritual. 

Entiende el mundo de lo sobrenatural como una pieza clave de nuestro mundo, pero no le pone nombre. Esa fuerza que lo supera tiene que formar parte de la obra del artista: él lo llama misterio. Una cuota de ignorancia que vuelve a la propuesta inexplicable. Y en el marco del intento humano de trascender, aparece la música. 

No comulga del todo con las corrientes más actuales de la producción musical, ve un problema en los algoritmos. Separa la obra del artista y entiende a la música como una forma de habitar el mundo. De decodificarlo. 

Ha colaborado con artistas como Julieta Venegas o Kiko Veneno. Este 2026 se cumplen 20 años de El evangelio según mi jardinero, disco que se prepara para volver a tocar en vivo este jueves 4 de junio en la Sala del Museo del Carnaval. Las entradas se encuentran disponibles y pueden adquirirse aquí

¿Dirías que es tu mejor álbum?

No. Diría que es un álbum muy hitero, que tiene muchas canciones que sigo tocando y que es una buena puerta de entrada para lo que hago, eso sí. Hay otros discos más específicos, el de Kiko la gracia es que es un disco hecho a dúo, entonces es como de otra persona. De un tercer ser. El de Antolín es un disco que adoro, pero que es para un público muy reducido y muy apasionado. A los que les gusta ese disco lo aman a un nivel zarpado, pero son poquitos. Somos libres (2014) es solo guitarra, es otra impronta. No tiene la cosa bailona que tiene este. El Basta de música (2020), que es el último, es más minimalista. El primero es más salvaje, el segundo es más pop, cada uno tiene su manera. Creo que todos tienen su mojo y que todos juntos son un buen cardumen. Ninguno queda por fuera en el pelotón, ninguno queda rezagado ni parte solo.

Los Bochamakers están conformados por nombres ya instalados en la música y con proyectos propios. ¿Qué sentiste que podía aportar cada uno desde su lugar?

Bueno, eso es muy uruguayo, tiene que ver con lo que hablábamos hoy. Es eso, en los Bochamakers tocó muchos años Mateo Moreno, que tiene varios discos y que tocaba en otras bandas. Ni que hablar Nico y Martín Ibarburu, que han tocado con todo el mundo. Herman Klang tiene sus discos, los Bochamakers se formaron para El evangelio según mi jardinero. Ese disco lo grabé en Madrid, y antes de irme a España tocaba con otra formación acá. Ahí tocaba Cheche Etchenique la batería, gran baterista, pero bien diferente a Martín. No había bajo, tocaba Andrés Ibarburu el chelo; no había guitarra, tocaba Nico Ibarburu el tres cubano, era otra formación.

Cuando volví, vi el rastro de funk que cubría a todo el disco. Un género que me interesa, que lo entiendo y que lo toqué mucho. Necesitaba un grupo funkero bien apretadito, y ahí convoqué a Nico, con quien produje el disco; a Martín, con quien ya había grabado discos anteriores, y a Mateo Moreno, a quien no conocía yo. Lo convoqué solo para terminar el disco y terminó tocando 10 años hasta que se fue a vivir a Argentina, donde vive ahora. Siempre aprendí mucho de los músicos con los que he tocado, y siempre convoqué a músicos mejores que yo en algún aspecto como mínimo, siempre.

Me parece que eso ayuda a la música, hay un nivel de exigencia recíproco. Lo que les pido lo hacen en seguida y lo que me proponen siempre está bien. Me exigen a mí también estar a su nivel, entonces mejoramos todos. Con alguien que toca muy bien, tocás mejor. Si quedás devorado es porque ese otro músico no toca tan bien. Tocar bien es tocar para la música, no para vos y ni siquiera para el público. Es otra cosa. Cuando Mateo se fue a Argentina entró Nacho Mateu en el bajo y Matías Rada en la guitarra. También Herman Klang en los teclados, ahora está Coby Acosta en la percusión, y todos van a estar en este toque. 

Comentás esto de tocar para la música. ¿Cómo se controla el tema de los egos de cada músico en ese sentido?

Lo que pasa es que hay algo más grande que vos, que es la música. Para mí el ego es importantísimo, tenés que tenerlo. Si no, hay un montón de casos de artistas que son muy buenos, pero que no se tienen la suficiente fe como para subir a un escenario, que es duro. Hasta dar una entrevista es duro, porque después siempre hay algún troglodita comentarista muy solo en su casa que no tiene novia y que solo come comida chatarra. Así me los imagino yo, por lo menos. Esos te escriben maldades, y así está el mundo. Me da mucha desesperanza en el futuro de la humanidad cuando veo eso, entonces hay una piel que tenés que tener dura y un convencimiento. Un cope. Creer que lo que estás haciendo aporta algo.

Si te creés que vas a hacer un Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967) sos un demente, pero si decís: "Tengo un disquito y unas canciones nada más", no, no es necesario un disquito y unas canciones más. Ya hay suficientes para todos. Hay más que nunca en la vuelta, estamos nadando entre chatarra estelar esquivando aerolitos. Si vas a proponer algo, tiene que ser precioso. Se necesita ese ego, pero después, mejorar como músico —que es un camino para mí infinito, hasta que te morís—, implica saber cuál es tu rol y tu lugar en cada situación. Saber cuándo tenés que comandar el barco, cuándo tenés que remar y nada más, cuándo tirarte al agua y buscar una isla para construir un barco nuevo. Es así, para mí un gran músico hace que los demás toquen mejor, y un gran músico idealmente es como una gran canción. Ni te das cuenta de que es una gran canción. Te parece que la podrías haber hecho vos o tu hijo.