Por Catalina Zabala
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La búsqueda artística de Martín Buscaglia es una búsqueda filosófica. Es un músico que no le teme a la experimentación, de hecho, la describe como su zona de confort. A 20 años de El evangelio según mi jardinero (2006), álbum del que salieron varios éxitos de su carrera, recuerda ese espíritu que formó la obra. Canciones como "Cerebro, orgasmo, envidia & Sofía" delatan ese conflicto existencial. Un dilema entre lo intelectual y lo espiritual.
Entiende el mundo de lo sobrenatural como una pieza clave de nuestro mundo, pero no le pone nombre. Esa fuerza que lo supera tiene que formar parte de la obra del artista: él lo llama misterio. Una cuota de ignorancia que vuelve a la propuesta inexplicable. Y en el marco del intento humano de trascender, aparece la música.
No comulga del todo con las corrientes más actuales de la producción musical, ve un problema en los algoritmos. Separa la obra del artista y entiende a la música como una forma de habitar el mundo. De decodificarlo.
Ha colaborado con artistas como Julieta Venegas o Kiko Veneno. Este 2026 se cumplen 20 años de El evangelio según mi jardinero, disco que se prepara para volver a tocar en vivo este jueves 4 de junio en la Sala del Museo del Carnaval. Las entradas se encuentran disponibles y pueden adquirirse aquí.
Hace 20 años lanzaste El evangelio según mi jardinero, un álbum que se considera que marcó tu personalidad musical. ¿Estás de acuerdo con eso?
Puede ser, pienso que es una buena puerta de entrada a lo que hago. Si alguien viniera y me dijera que no me conoce de nada pero que me quiere escuchar, no le daría ningún consejo. Le diría: "Manejate". Por donde entren voy a ser yo, porque todos los discos que he hecho de verdad los hice como quise, en el pleno dominio de mis facultades y obsesiones de cada momento. En ese sentido me gustan todos y creo que arman un buen dibujo. Pero sí creo que este es el que condensa lo que probé y lo que intenté en mis dos discos anteriores. Este es mi tercer disco, y este año, que se cumplen 20, también se cumplen 30 años de mi primer disco, que salió en 1996. También estoy grabando un disco nuevo, o sea que es un momento lindo como músico, sentir el oficio y el paso del tiempo es precioso. Hay discos que se celebran, y al mismo tiempo ya hace añares estaba en esta y sigo teniendo ideas y ganas de probar cosas. Es una sensación linda.
Veo que mi primer disco, Llevenlé (1996), fue un disco salvaje, te diría. Un disco en una época prehistórica. Lo hice con 22 años, que los 22 de esa época no son los de un músico de ahora. Ahora un músico a esa edad, si es prolífico, ya puede haber sacado varios discos que grabó en su casa y que suenan bien. En mi época era ensayar, grabarte en un cassette, corregir lo que no te gustó en el siguiente ensayo, y un día ir a un estudio y aprovechar esas horas límite que tenías para grabar ese disco. En el segundo hice un poco lo contrario, aprendí de esa primera experiencia y quise hacerlo con un productor, Gustavo Montemurro. Fue un disco hecho como en una cámara hiperbárica, controlado. Preproducción, arreglos, maquetas, demos de los temas.
Creo que este tercero, El evangelio según mi jardinero, reúne esas dos facetas, que me interesan las dos. Me interesa la libertad que te da la música, la música es un territorio para la libertad. Podés ser mucho más libre de lo que podés ser en tu vida. Todos queremos ser libres en nuestra vida, y sos un poco libre y un poco esclavo. Y en la música podés ser totalmente libre, podés equivocarte y no pasa nada. En la vida podés equivocarte y a veces no lo podés reparar nunca. En la música sí, entonces siempre me relacioné con ella de esa manera. Con los discos tenía esa cosa que está muy patente en mi primer disco, la libertad, y esa cosa de laboratorio que está en mi segundo disco. Conocer el estudio y dominarlo. Creo que en el tercer disco conviven esas dos cosas. Conozco el estudio, sé cómo hacerlo, y al mismo tiempo estoy relajado. No por dominar un instrumento deja de dominarme la emoción y las inspiraciones del momento.
Foto: A. Perischetti
Tenés un sonido distinto al de la escena uruguaya. A la hora de trabajar, ¿cómo vivís esto de probar sonidos nuevos? ¿Te gusta salir de lo que conocés?
Lo del sonido nuevo nunca lo pienso a priori así, nunca busco hacer algo diferente a los demás. Y de hecho, cuando veo artistas que cambian tan adrede me repele un poquitito. Cuando te dan toda una explicación conceptual de un álbum, que es algo que veo mucho ahora, cuando te dan como una coartada antes de escuchar un disco, ya te quieren convencer de que está buenísimo antes de que lo escuches y que lo sientas. Ahora me parece que hay un pavor a desaparecer que es mentira. Por eso ahora todo el mundo saca singles y feats todo el tiempo, hay un miedo a desaparecer. Pero ese miedo es inculcado, vos desaparecés si dejás de relacionarte con la música.
Desaparecer en la música es el ideal para mí, pero si te distanciás de la música es que ya te perdés en este sendero. No si estás constantemente alimentando a un monstruo. Así como ahora estamos regidos por los algoritmos, vos ves todo lo que te interesa a vos o hasta lo que te enoja, pero lo seguís viendo. A mí me salen las cosas de Gaza y me sigo calentando, pero en algún punto algo me genera eso que me mantiene vivo también. Y a otro le saldrán otras influencias, otros llamadores, otros estímulos. Pero eso también se ha trasladado a nuestras vidas, entonces ahora hay mucha gente, y específicamente en lo artístico, que se comporta como un algoritmo. Que quiere dar lo que piensa que el otro está necesitando o pidiendo. Eso es lo más antiartístico que vi, vos tenés que llegar lo más profundo de lo que vos querés, y lo que vos querés va a conectar con otros. Nadie es tan extraño ni original ni raro, porque vivimos en el mismo mundo. Eso de tener un sonido peculiar, que me doy cuenta de que lo tengo y me lo hacen saber, no lo busco, es lo que me interesa. No me interesa hacer un género determinado, me interesa entender el género.
El evangelio según mi jardinero tiene una impronta bastante funk, de reggae en los bajos, son géneros que me interesa entender, los he estudiado. Me gusta ver cuándo funcionan, cuándo no. No para reproducirlo exactamente, sino por una cosa más antropofágica. Devorármelo y que sea también parte de lo que yo tengo para dar. En mi caso yo no busco salir de mi zona de confort, no lo veo así. Mi zona de confort es estar siempre en un lugar nuevo. Yo estoy tranquilo porque vivo en la música, conozco el territorio, tengo mis herramientas.
Foto: A. Perischetti
¿Ves un problema en esta nueva forma de entender la música?
Me parece que hacer música y ser un artista, fácil no puede ser nunca. Cada época tiene sus batallas, sus combates, sus vicios y prejuicios. Eso es así, va variando. Músicos talentosos hay siempre, y cada uno en cada momento se relaciona con el entorno. El evangelio según mi jardinero en su momento quizás no estaba muy relacionado con lo que sonaba en Uruguay, que era la época más del rock cuadrado. Yo me crié con la cultura del rock y del pop, la rebeldía en tu vida, la desobediencia, todo eso es lo que me formó. Pero, por ejemplo, a veces la gente dice que no le gusta el reggaetón porque suena siempre igual, y el rock también suena siempre igual. Siempre hay 4x4 con una guitarra eléctrica y un solo. El problema me parece que es inherente al artista, tiene que haber una fricción con el entorno. Eso pasa con los que me gustan, por lo menos. Y para mí también tiene que haber un misterio, es una condición. Parte de lo que me interesa es no llegar a comprender del todo. Hay un escritor muy capo de novelas policiales que se llama Raymond Chandler, y el loco decía que solo podés aprender de los mediocres, porque de los realmente cracks no entendés cómo lo hacen. Algo de eso hay, el misterio tiene que estar presente siempre, lo cual no significa tirarse y ser un corcho en el altamar de la inspiración y la fuerza lírica. No es eso; estás armado en ese territorio nuevo, y ahí te relacionás con eso.
¿Cómo viviste ese furor del rock de los 2000 como género? ¿Sentías que ibas a contracorriente?
No me pegó ni mal ni bien, no hay ningún momento en que todo lo que suene te parezca buenísimo. Eso no pasó nunca, ni siquiera cuando estaban los Beatles. Ahí también había un montón de bandas espantosas, y si vivías en Grecia en el auge de la filosofía griega seguro que también había algunos filósofos que eran unos cantamañanas medio truchos, que igual iban al ágora y filosofaban. No creo que haya una época idílica. Siempre encontré pasión en la música, y encontré pares. Más allá de que la corriente fuera por otro lado, yo iba por otra absolutamente diferente, e igual había material para todos, hay motivo de celebración, la música te da para todo. Motivos de reflexión, de celebración, de emoción. Eso te lo dan todos los géneros, ya sea que te guste el folclore, la plena, para mí la música siempre es buena, incluso la que no me gusta. Es un ecosistema en el que sos parte y podés ver lo que te atrae, lo que no, por qué no te atrae, podés cambiar de opinión también, que es precioso. Cosas que detestabas con los años te parecen buenísimas, o al revés: cosas que amabas con los años las escuchás y ya no te copan.
¿Te ha pasado mucho eso?
Me ha pasado sí, claro. Me pasó con el rock uruguayo posdictadura, que lo curtí muchísimo. Yo era muy muy chico, y era medio Forrest Gump. Estuve en la despedida de Los Estómagos, estuve cuando les tiraron cosas a Los Tontos en el Montevideo Rock, estuve en el primer Montevideo Rock también, cuando tocó Guerrilla Urbana. Estuve en un montón de eventos así, estuve en el Arte en la Lona, que era una especie de festival under hace muchos años. Y ahora, si escucho música de la época, en general me provoca emoción y ternura, pero no me conmueven ni me parecen tremendos temones como me parecían en ese momento. Pero eso está bien, a mí me encanta Led Zeppelin, pero porque lo conocí en un momento determinado, que fue cuando yo tenía 15 años. Si ahora me mostraran esa banda por primera vez, no me interesaría. No le dedicaría el tiempo que necesita cualquier artista para enamorarte de él. A veces ligás y te enamorás de una canción, pero si la cuota de misterio es alta, muchas veces lo que más te genera es una intuición. Sentir que lo vas a volver a escuchar porque puede estar bueno, aunque esa primera vez no hayas entendido mucho las letras ni la manera de cantar. Cuando te pasa eso es precioso, y cada vez nos dan menos oportunidades de que suceda. Pero muchas veces descubrís joyas de ese modo.
Foto: A. Perischetti
Mencionás mucho esto de la "cuota de misterio". Como compositor, ¿cómo hacés para darle esa cuota de misterio a tus canciones?
Bueno, no sé cómo explicártelo, pero están las dos cosas. Yo puedo laburar muchísimo una letra, y con muchísimo me refiero a años, y la gracia es que después vos la leas y no te des cuenta. Que no te preguntes si me llevó años. Para mí un elogio es que me digan que lo que hago lo puede escribir un niño de cinco años. Eso que se usa como un insulto en general, es tremendo elogio. Me encantaría, es uno de los objetivos. Un niño tiene un grado alto de pureza y de arrojo, de valentía, no le importa nada. Si le gusta se copa y se trepa al escenario, y si no le gusta se pone a hacer otra cosa. No existe lo malo desde lo moral ahí. Le decís que es divino el dibujo que hizo, pero lo arruga y no le importa porque hace otro, no pasa nada, lo tiene adentro eso.
En ese sentido lo veo como un elogio, lograr algo que parezca muy sencillo y que lo puede cantar cualquiera en la ducha. Pero no lo puede cantar cualquiera en la ducha, la gracia y parte del arte está en eso. Que te lo creas, pero el arte es un engaño. Creo que se llamaba Gorgias, un filósofo de estos de Grecia. Decía que el arte es una especie de engaño en donde es más inteligente el que se deja engañar que el que descubre el engaño. Es más sincero el que engaña. Es otra situación, es un corrimiento de lo cotidiano que deja exacerbado tu raciocinio y tus sentidos. Ves más las cosas en realidad. Estás más cerca de una especie de verdad, y por eso dura un ratito.
Por eso una canción dura tres minutos y nada más, por eso un concierto dura una hora y media o dos, y nada más. Porque todavía no nos da el cuerpo para vivir todo el tiempo en ese estado, pero es un acercamiento a eso, para mí, y lo podés lograr con una canción para bailar. No tiene que ser solo una canción religiosa o súper solemne con una letra profunda. También te puede pasar con una letra así, pero es cuando aparece ese misterio, esa cosa superior. Por eso no hay reglas fiables para hacer un disco que esté divino o un concierto que esté divino. Vos podés cumplir con todos los requisitos y que no pase nada. O por el contrario, podés tener los requisitos destartalados pero generar algo.
¿Algo místico?
Algo místico, exactamente. Parece que hay un miedo ahora a nombrar ese tipo de términos. Pero es verdad, es lo que te pasa. No tenés que ser músico para eso ni megamelómano, tenés que ser un ser humano. La música que te emociona es porque movió algo adentro de vos, y a otro le pasa con otra canción, no hay una regla y es divino que eso sea así.
Foto: A. Perischetti
Has colaborado con muchos músicos nacionales e internacionales, desde Julieta Venegas hasta Kiko Veneno. Al mismo tiempo se habla mucho del perfil del músico uruguayo. ¿Qué has aprendido de los músicos de afuera y cómo describirías al músico uruguayo?
Tengo mucho para decir de ambas cosas. Tuve una época después del disco siguiente a El evangelio según mi jardinero, el Temporada de conejos (2010), que fue una década en servicio. Se dio por casualidades y por encuentros de la vida que estuve trabajando mucho con colegas de diferentes países, edades y estilos. Hice un disco con Kiko Veneno, sí, un compositor andaluz sublime que anda por los 70 y largos. Hice un disco con Antolín, que es un artista uruguayo fuera de foco, un poeta de locos, otra cosa. No se parece a nada. Y aunque no grabé, hice giras y conciertos con Lisandro Aristimuño, con Julieta Venegas, con Fernando Cabrera, Mandrake Wolf. El aprendizaje ahí es tremendo, porque vos no vas y das. Das lo mejor de vos, pero eso no tiene que ser lo que más refulja. Tiene que ser lo que más sirva a esa situación, en este caso a ese dúo.
A veces tenés que ser más alfa y pasar al frente y llevar la carga del concierto, y a veces al revés. Tenés que ser más gamma, beta, épsilon, y estar más de escudero, ser más un Sancho Panza y servir de soporte. A veces tenés que plegarte a la manera del otro, si es más solemne y vos más extrovertido tenés que bajar un cambio. A veces el otro es más caótico y vos también, pero capaz que vos tenés la posibilidad de no serlo y colocarte en un rol más ordenado. Fue un aprendizaje musical enorme.
Por otro lado, creo que el músico uruguayo tiene esa cualidad dada por el tamaño de nuestro país, que es riquísimo en artistas. No solo músicos: florecen poetas, escritores, bailarinas, dramaturgos, actores, hay por todos lados. Al ser muy pocos los que podemos salir del país y desarrollar un poco nuestro laburo afuera, es muy común que quedándose acá un músico haga muchas cosas. Nico Ibarburu, con quien produje El evangelio según mi jardinero, toca candombes con Jaime y toca funk conmigo. Toca tango con Cobelli y eso no es raro, Nico no es una rareza. Le pasa a Guzmán Mendaro y a otros músicos que tienen proyectos disímiles.
En otros países, cuando viajás ves que está mucho más compartimentado todo. El músico que hace pop solo toca pop y se mueve en una escena en la que hay de boliches que escuchan pop. Lo mismo el de rock y el de folclore, el cantautor y el jazzero. Acá es una mezcolanza total. Y eso, que puede ser visto como un engorro o como obstáculos que te brinda el tercer mundo, son herramientas musicales. Te hacen mejor músico, te hacen políglota en la música, hablás más lenguajes. Te podés combinar con más gente y podés solucionar intríngulis musicales con más recursos. Esa es una virtud del músico uruguayo, y creo que es parte de por qué somos un poco un país de culto. Así como hay artistas de culto, Uruguay es un país de culto. Eso implica que sea para poca gente pero muy apasionada con lo que pasa en Uruguay, y lo puedo entender.
Es fascinante, a mí me emociona mucho la música de acá. Incluso la que no escucho o la que no me gusta tanto, es el hecho de hacer música en Uruguay, sobre todo si está conectada de algún modo con la tradición uruguaya. Por eso no hay bandas de pop acá, no les sale aunque quieran. No lo intenten más, la gracia de copiar algo es que no te salga. No tiene ningún sentido que lo hagas. En el rock hay cosas más parecidas a cosas de afuera; lamentablemente, para mí gusto. Hay cosas buenas pero que son más indistinguibles. Tenemos algo real, para mí, y eso existe, no es un mito.
Foto: A. Perischetti
Destacás que la obra debe ser suficiente por sí misma, que no necesita explicación. ¿Qué opinión te merece? ¿Ves muchas obras sobreexplicadas en la actualidad?
Sí, tiene que ser suficiente por sí misma. Después tenés que hacerte cargo de lo que hacés, no es un acertijo. Mis canciones suelen tener varias lecturas, como tantas canciones que me gustan de otra gente. Capaz que siempre la pensaste como un tema emotivo y un día te das cuenta de que hay un humor subyacente, o al revés. Después, me encanta conversar sobre las canciones, y puedo defender los discos y el concepto que está atrás, lo que no me gusta es cuando lo veo como una coartada. Cuando me querés explicar algo para convencerme sin dejarme sentirlo. Después, cuando toco en vivo sobre todo, hablo y muchas veces cuento algo antes de alguna canción. Pero nunca es explicarla, es simplemente poner un foco en una de las varias facetas que tiene ese diamante. Pero es adrede, intento nunca hablar al pedo en un concierto, aunque hable mucho a veces.
Por eso la música te emociona incluso aunque no entiendas el idioma en el que está cantada. Las palabras son importantísimas, pero igual de importantes son los acordes. Son vitales. Los temas de El evangelio según mi jardinero si querés te explico cómo fueron compuestos. "Cerebro, orgasmo, envidia & Sofía" habla del pensamiento y cómo liberarse de la mente. Dice algo así como "gracias por no estar en mi rodilla así puedo arrodillarme, así puedo conectarme con algo espiritual sin que la mente me diga que no hay nada espiritual más allá". Esa es una explicación que te puedo dar, pero también me gusta que la escuches y te parezca una asociación libre de palabras, y que pienses que es un divague que grabé en la ducha. Me encanta que pienses eso, no pasa nada, porque creo que el mensaje igual subyace. Toda la laboriosidad que vos le pongas a la canción llega al que la escucha, sepa o no por qué está ahí. Yo conozco a gente divina, muchos son grandes artistas y hay muchos que no son tan buenos, pero son muy buena gente. Obvio que separo la obra del artista, siguen siendo buena gente, siguen siendo conocidos que saludo con cariño real, aunque su música no vaya conmigo.
Vas a revisitar El evangelio según mi jardinero a sus 20 años, y ya lo hiciste a los 10. ¿Cómo es revisitar el disco desde diferentes etapas de tu vida?
En este caso es curioso, porque son canciones que sigo tocando. El disco trae 15 temas y la mitad, quizás siete y media de esas canciones, las sigo tocando hasta el día de hoy. Son contemporáneas. Siguen vigentes, se mezclan con un tema nuevo que podemos presentar en un concierto, y no pasa nada, ninguna es vieja ni nueva. Son todas de hoy. La vez anterior que lo presenté fue más under, porque la hicimos en un sótano ahí. Estuvo buenísimo, pero fue más como un documental del postpunk en Inglaterra. Todos sudando, hacía mucho calor, estuvo bárbaro.
Para mí es interesante por un lado volver, porque creo que como la mayoría de mis colegas, casi nunca volvés a escuchar tus discos. Los tocás en vivo, ya te los sabés, porque los escuchaste mucho cuando los estuviste haciendo y mezclando, que es una parte muy obsesiva y laboriosa, entonces no los escuchás a menos que suenen por ahí. Una cosa que me gusta y que por suerte me pasa con todos mis discos es volver a escucharlo. Por suerte nunca me arrepiento de ningún acorde ni de nada que haya dicho, está todo bien. Podrían ser discos que sacaría hoy. Ahora estoy pensando en otro disco que no va a ser como El evangelio según mi jardinero, pero podría ser.
Eso me encanta: el pensar. Porque hablamos mucho de no pensar, pero en realidad me encanta el sentir la obra. Que todos los discos que vas haciendo conformen una gran obra, eso me encanta. Como los artistas que me gustan, te digo héroes, semidioses. Me gusta que Eduardo Mateo tenga como ocho discos; tiene el que hizo más acústico, el más con máquinas, el más colaboración, el clásico y el loco. Y todo lo arma él, eso me pasa con todos los que me gustan, y es una manera antigua. Creo que ahora, con la proliferación esta de subir todo el tiempo colaboraciones, feats y singles, se disgrega un poco eso y cuesta más encontrar discos completos que se incorporen a tu vida. Hay un montón de artistas que me gustan, y me paso pidiendo que me recomienden cosas nuevas.
Es muy difícil encontrar un disco entero que te guste ahora, pero un poco por esa obligación de estar todo el tiempo presente que te saca energía para marcar una obra. A los escritores creo que les pasa un poco eso también, porque se toman su tiempo entre libro y libro. Pero ahora los hacen sacar libros de cocina, entonces también están entrando en la misma, creo. Con el cine todavía sobrevive un poco ese tiempo más humano, sacás una película y hasta dentro de unos años no sale otra. Entonces les podés seguir la carrera a los cineastas. Ese tiempo es más humano, porque me da tiempo a mí de ósmosis con eso. De poder decodificarlo, interiorizarlo, ver en qué anda esa persona y si sigue siendo afín a mí o qué camino lateral tomó.
¿Dirías que es tu mejor álbum?
No. Diría que es un álbum muy hitero, que tiene muchas canciones que sigo tocando y que es una buena puerta de entrada para lo que hago, eso sí. Hay otros discos más específicos, el de Kiko la gracia es que es un disco hecho a dúo, entonces es como de otra persona. De un tercer ser. El de Antolín es un disco que adoro, pero que es para un público muy reducido y muy apasionado. A los que les gusta ese disco lo aman a un nivel zarpado, pero son poquitos. Somos libres (2014) es solo guitarra, es otra impronta. No tiene la cosa bailona que tiene este. El Basta de música (2020), que es el último, es más minimalista. El primero es más salvaje, el segundo es más pop, cada uno tiene su manera. Creo que todos tienen su mojo y que todos juntos son un buen cardumen. Ninguno queda por fuera en el pelotón, ninguno queda rezagado ni parte solo.
Los Bochamakers están conformados por nombres ya instalados en la música y con proyectos propios. ¿Qué sentiste que podía aportar cada uno desde su lugar?
Bueno, eso es muy uruguayo, tiene que ver con lo que hablábamos hoy. Es eso, en los Bochamakers tocó muchos años Mateo Moreno, que tiene varios discos y que tocaba en otras bandas. Ni que hablar Nico y Martín Ibarburu, que han tocado con todo el mundo. Herman Klang tiene sus discos, los Bochamakers se formaron para El evangelio según mi jardinero. Ese disco lo grabé en Madrid, y antes de irme a España tocaba con otra formación acá. Ahí tocaba Cheche Etchenique la batería, gran baterista, pero bien diferente a Martín. No había bajo, tocaba Andrés Ibarburu el chelo; no había guitarra, tocaba Nico Ibarburu el tres cubano, era otra formación.
Cuando volví, vi el rastro de funk que cubría a todo el disco. Un género que me interesa, que lo entiendo y que lo toqué mucho. Necesitaba un grupo funkero bien apretadito, y ahí convoqué a Nico, con quien produje el disco; a Martín, con quien ya había grabado discos anteriores, y a Mateo Moreno, a quien no conocía yo. Lo convoqué solo para terminar el disco y terminó tocando 10 años hasta que se fue a vivir a Argentina, donde vive ahora. Siempre aprendí mucho de los músicos con los que he tocado, y siempre convoqué a músicos mejores que yo en algún aspecto como mínimo, siempre.
Me parece que eso ayuda a la música, hay un nivel de exigencia recíproco. Lo que les pido lo hacen en seguida y lo que me proponen siempre está bien. Me exigen a mí también estar a su nivel, entonces mejoramos todos. Con alguien que toca muy bien, tocás mejor. Si quedás devorado es porque ese otro músico no toca tan bien. Tocar bien es tocar para la música, no para vos y ni siquiera para el público. Es otra cosa. Cuando Mateo se fue a Argentina entró Nacho Mateu en el bajo y Matías Rada en la guitarra. También Herman Klang en los teclados, ahora está Coby Acosta en la percusión, y todos van a estar en este toque.
Comentás esto de tocar para la música. ¿Cómo se controla el tema de los egos de cada músico en ese sentido?
Lo que pasa es que hay algo más grande que vos, que es la música. Para mí el ego es importantísimo, tenés que tenerlo. Si no, hay un montón de casos de artistas que son muy buenos, pero que no se tienen la suficiente fe como para subir a un escenario, que es duro. Hasta dar una entrevista es duro, porque después siempre hay algún troglodita comentarista muy solo en su casa que no tiene novia y que solo come comida chatarra. Así me los imagino yo, por lo menos. Esos te escriben maldades, y así está el mundo. Me da mucha desesperanza en el futuro de la humanidad cuando veo eso, entonces hay una piel que tenés que tener dura y un convencimiento. Un cope. Creer que lo que estás haciendo aporta algo.
Si te creés que vas a hacer un Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967) sos un demente, pero si decís: "Tengo un disquito y unas canciones nada más", no, no es necesario un disquito y unas canciones más. Ya hay suficientes para todos. Hay más que nunca en la vuelta, estamos nadando entre chatarra estelar esquivando aerolitos. Si vas a proponer algo, tiene que ser precioso. Se necesita ese ego, pero después, mejorar como músico —que es un camino para mí infinito, hasta que te morís—, implica saber cuál es tu rol y tu lugar en cada situación. Saber cuándo tenés que comandar el barco, cuándo tenés que remar y nada más, cuándo tirarte al agua y buscar una isla para construir un barco nuevo. Es así, para mí un gran músico hace que los demás toquen mejor, y un gran músico idealmente es como una gran canción. Ni te das cuenta de que es una gran canción. Te parece que la podrías haber hecho vos o tu hijo.
Por Catalina Zabala
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