Quienes dominan la lingüística, explican que los idiomas son más que una mera herramienta. Sus efectos, lejos de ser únicamente utilitarios, llegan más lejos de lo que uno podría creer. El manejo de una lengua y otra puede determinar pensamientos, idiosincrasias, dar contenido a los mensajes. 

Martín Bentancor es consciente de estos efectos, lo fascinaron desde que comenzó a escribir. Hoy, a 11 años de la exitosa publicación de El inglés (2015) y siete de Los colores primarios (2019), se encuentra preparando una gira para presentar su traducción en Francia. Pasará por varias librerías y ferias del libro en diferentes ciudades del territorio, con el objetivo de promover no solo las obras propias, sino dar a conocer un poco más la literatura uruguaya en territorio francés. 

El inglés, le valió el Premio Nacional de Literatura 2014, y se centra en la tradición oral y las historias construidas en torno a una figura que nunca aparece en carne y hueso. Los colores primarios, por su parte, reúne varios cuentos ambientados en su ficticia Tercera Sección, en el Canelones rural. Con una prosa exigente para nada simplificadora, incomoda a quien lo lee. En sus propias palabras en entrevista con LatidoBEAT, se interesa por darle diversas formas al propio lenguaje, "complicarle un poco la vida al lector". 

¿Cómo se dio la traducción de estos libros? ¿Por qué al francés?

Los dos libros se publican en Francia, en una editorial de Marsella que se llama L´atinoir. Es una editorial que tiene mucha vinculación con Uruguay, a raíz de que hace unos años apareció por acá un francés, Antoine Baril. Firmaba como Antonio pero se llamaba Antoine. Estaba muy interesado en la literatura uruguaya contemporánea, entonces empezó a contratar editores y escritores. Acá en Uruguay hay una ventaja y es que nos conocemos todos, es fácil ubicarse. Entonces hizo una especie de nexo entre la literatura uruguaya que a él personalmente le interesaba y algunas editoriales de Francia. Siempre hablando de editoriales pequeñas, en el sentido de que no son multinacionales. Es como si acá habláramos de Planeta y de Estuario. Editoriales consolidadas, pero pequeñas.

A partir de ese interés empezó a traducir algunos autores. Acá en Uruguay existe una opción de traducción que se llama IDA, del Ministerio de Educación y Cultura, que todos los años selecciona entre 10 y 12 obras para traducir a otras lenguas. Pero para eso, la editorial o el autor tiene que presentar un contrato de una editorial extranjera que esté interesada en publicar. Lo que hicimos nosotros en ese caso, primero con la editorial Estuario, que publicó mi novela El inglés, y con + Quiroga, que publicó este libro de cuentos, fue presentarlos a ese llamado, y en ese contexto surgió lo que sería el apoyo a la traducción. Los libros llevan por supuesto un costo para publicarlos, entonces la idea es que se subvencione una parte de esa publicación. El inglés se tradujo por ese programa, y este libro fue un interés particular del traductor que quiso hacerlo por cuenta de él. Yo no manejo francés, ni una palabra. Entonces me mandaron las pruebas, yo se las pasé a gente que sí leía francés, para tener también una idea de cómo venía la cosa. Así surgió la traducción, y de la mano de eso apareció la posibilidad de presentarlo allá.

Por supuesto, si hablamos de que en Uruguay hay una gran cantidad de autores, alguien puede decir maliciosamente que hay más autores por cabeza que lectores. Pero por suerte; eso habla bien de que hay un hábitat en el que puede darse que haya muchos autores. Pero imaginate lo que es Francia, entonces siempre es de celebrar que una literatura que podemos llamar periférica tenga la posibilidad de entrar en un mercado literario como el de Francia. Entre el editor y el traductor, lo que hicieron fue armar un cronograma de lugares donde presentar. En principio son cinco ciudades, y la idea es presentarla en ferias regionales del libro y librerías.

¿Cómo decidieron qué obras de tu autoría se iban a traducir?

El inglés es una novela que se publicó en 2015, ganó el Premio Nacional de Literatura en 2014, tuvo cierta prensa por decirlo de alguna manera. Tuvo cuatro reediciones, que eso también es bastante para nuestro mercado. A Estuario cuando la publicó le resultó redituable, y ganar el Premio Nacional te da cierta visibilidad. Acá nos conocemos todos y te llaman de la radio, de la tele, tu libro se hace más visible. Creo que esa fue una de las razones que estuvieron atrás de que eligieran al libro, más allá de los valores literarios que yo creo que tiene.

A la hora de escribir te has centrado en novelas y cuentos cortos. ¿Qué posibilidades encontraste en estos dos géneros y cómo dialogan entre sí?

Esa pregunta está buena, porque yo siempre escribo breve. Exceptuando una novela que salió en 2022, Baumeister, mis obras siempre son cosas de corto aliento. Que sean de corto aliento no significa que sean de fácil lectura; a mí me interesa mucho trabajar el lenguaje y complicarle un poco la vida al lector. Yo por ejemplo uso oraciones largas con muchas subordinadas; no por capricho ni para complicarla sin razón, sino porque me interesa explotar al lenguaje en todas sus posibilidades. No escribo telegráficamente. Si bien las obras son breves, están cargadas. Baumeister es una novela que no está dividida en capítulos. Son 200 y poco de páginas todas de corrido. Por supuesto que hay párrafos, pero no hay cortes. Describe lo que pasa en una sola noche. A la hora de decidirme por el cuento o la novela, me muevo en esa zona de brevedad en la que me siento muy cómodo.

Sos periodista cultural, y en el periodismo está la premisa de simplificar la información, transmitirla de manera sencilla y explicativa. ¿Cómo trabajás con eso? ¿No influyó en tu manera creativa de contar historias?

Es que sí, escribo así justamente por lo que vos acabás de decir. Si yo utilizara el mismo sistema de escritura para mi trabajo periodístico y literario se me complicaría, me aburriría. Me pondría a escribir una nota para La Diaria y, si empezara a abrir subordinadas, primero que al editor no le gustaría. Pero además se pisaría con lo que yo quiero hacer literariamente, entonces se volvería muy monótono. En el periodismo pasa un poco eso que vos decís, el periodista tiene que explicar. Por más que yo escriba en las páginas culturales de Brecha y en el suplemento de La Diaria, es para un público especialmente interesado, como la gente que lee LatidoBEAT. Ya tiene una formación, y no le tenés que explicar con tanto detalle. Hay cosas que se dan por entendidas. En el periodismo cultural, si escribo una reseña de un libro, una entrevista o lo que sea, trato de ser preciso. Ese es el oficio. Pero cuando hago literatura, me gusta más tomar notas a otros tiempos y otros espacios.

¿Te considerás más periodista o escritor?

Cuando era joven quería escribir, y escribía. No me leía nadie, ni mi familia. Cuando llegás a los 17 años —que justo es la edad de mi hijo mayor—, ese momento en el que tenés que decidir qué vas a estudiar, hay cierta exigencia. Yo dije que quería estudiar algo que tuviera que ver con la escritura, y sabía que de la escritura no iba a vivir, salvo que me volviera un escritor famoso. Empecé a buscar alguna otra cosa que me permitiera conectar con el lado de la escritura, y lo más cercano era el periodismo.

Empecé a estudiar Ciencias de la Comunicación, la antigua carrera, y eso me abrió un panorama impresionante. No solamente las asignaturas te hacían escribir realmente mucho, sino que también había un cuidado por el estilo del lenguaje. Una materia de primer año que se llamaba Lengua Escrita era bastante clavo, porque era muy teórica. Pero te abría un panorama amplísimo que vos después aplicabas al periodismo. Igualmente yo estaba en segundo año de la facultad, y un día fui a El País Cultural, que lo leía siempre, y les mandé una nota por cuenta mía de puro atrevido. Se ve que les gustó y la publicaron, y ahí empecé a vincularme con algunos medios sin tener título. Lo hice una forma de vida. Me encantaría vivir de mi escritura y de mis libros, pero no lo puedo hacer. Pero sí conseguí un trabajo vinculado a lo que me gusta hacer, y el periodismo estuvo siempre.

Yo además de escribir para estos medios de prensa soy editor de un diario en Canelones, un diario de la ciudad que se lee solo allá. Ahí trabajo hace como 20 años de editor, entonces estoy permanentemente vinculado con el texto creativo. Manejás todas las realidades. El periodismo es una cosa muy interesante, porque ningún día es igual al otro. La agenda cultural suele ser a lo que se le da menos espacio, el deporte o la política se llevan la atención.

¿Dónde encontrás buenas historias? ¿Cuánto dirías que intercede tu vida personal en tu creatividad?

Yo tengo la convicción de que las historias ya están todas contadas, no hay nada nuevo. Vas a ver una película que se estrena, y por más de que sea novedosa, la historia alguna vez la viste, la leíste, la viste en una serie. A mí me parece que el núcleo de las historias es siempre el mismo, lo interesante es cómo las contás. Ahí me parece que es donde el escritor puede mostrar su arte. Le saldrá bien o mal, pero está en cómo cuenta la historia. Yo hace 12 o 13 años que empecé a escribir historias. No todo lo que escribo es así, pero la gran mayoría están ubicadas en el mismo lugar. Tampoco es nada novedoso, gente muy conocida como García Márquez ubicaba sus historias en Macondo, Onetti en Santa María, no es ninguna novedad. La novedad está en que manejo un universo que es acotado.

Los cinco cuentos que salen en este libro trascurren en ese lugar, pero no significa que tengas que leer los demás libros para entender. Cada historia es independiente, pero transcurre en un mismo lugar que se llama Tercera Sección, que es una zona rural uruguaya. Hay personajes que se cruzan, el que es protagonista de una novela es un secundario en un cuento de acá, o el que es protagonista en un cuento de acá cruza a una novela. Eso me da una sensación de dominio de un pequeño universo. También escribo otras cosas, la novela que va a salir ahora no tiene nada que ver. Va por otro lado. Pero sí me gusta esa cosa de dominar el espacio, y tengo la ilusión de que a los lectores les guste eso y se interesen, entonces viene un poco por ahí.

Yo tuve la suerte de tener a mis cuatro abuelos vivos hasta muy viejitos. Para mí fueron una especie de referencia, y yo hablaba mucho con ellos. Una cosa que rescato de ellos es el relato oral, las historias que se cuentan oralmente. Yo te cuento algo y a vos te sorprende, nos despedimos. Vos te encontrás con alguien al rato y le contás mi historia. Si bien reproducís lo que te conté, lo vas a hacer según tu visión. Y en esa visión capaz le hacés algún agregado, porque mientras yo te lo contaba vos imaginabas a un personaje de determinada manera. Eso es muy común, es la oralidad pura. A mí en mis libros me gusta que siempre haya alguien que cuenta una historia, y que esa historia se convierta en el centro de la cuestión.

La novela El inglés transcurre en un velorio de campaña, en el que se va todo el mundo y quedan cuatro tipos al rededor del cajón pasando toda la noche. La historia se basa en las conversaciones que se empiezan a cruzar entre ellos, aparece este elemento de la oralidad que te estaba diciendo. Yo lo que trato siempre de evitar es caer en el costumbrismo. Es todo un problema, y en la literatura uruguaya, en las décadas de los 40 y 50 había muchos autores de Montevideo que escribían sobre el hombre de campo y reproducían su forma de hablar, y era como una caricatura. Yo trato de no caer en eso, es un peligro que tengo muy presente.

La construcción de mundos en la literatura existe desde Tolkien, con El señor de los anillos, y es una herramienta que retomaron múltiples autores. ¿Qué figuras se convirtieron en referentes creativos para vos en ese sentido? ¿Qué te moldeó para escribir como lo hacés hoy?

Sí, está buena la pregunta. En Uruguay, el escritor que hizo eso de la mejor forma y que no salió más de ahí fue Onetti, que creó a Santa María. En un momento de una novela que se llama La vida breve (1950), un personaje tiene una vida espantosa y empieza a imaginar una ciudad a la que él se iría si fuera posible, para dejar todo ese mundo atrás. Empieza a imaginar esa ciudad con todo lujo de detalles, hasta ve a los tipos que andan en la calle, la plaza, y le pone Santa María. A partir de su siguiente libro las historias transcurren en esa ciudad, y se quedó ahí hasta su última novela.

Eso no lo inventó Onetti, te pongo un ejemplo de un autor reconocido que lo hizo. Pero en mi caso particular, yo me inspiro mucho en un escritor argentino que se llama Juan José Saer, que hizo algo parecido en algún momento y creó un lugar al que le puso La Zona. Ambientó todas sus historias en ese lugar, y los personajes también se cruzan de un libro a otro. La diferencia con una saga, es que requiere que se lean todos los libros y que se haga en orden, porque son todos piezas de una misma historia. Mi idea es que los libros no saquen al lector. Si conocés al personaje que aparece, bárbaro; pero si no, no pasa nada. La historia va a circular igual.

Trabajás mucho con la tradición oral y el poder de los dialectos. En lingüística se discute mucho en torno al poder que tienen los idiomas de determinar el pensamiento y el contenido de los mensajes. ¿Qué opinión te merece? ¿Qué papel juegan estas ideas en tus textos? 

Sí, es cierto eso. Te lo voy a traer a un ejemplo de nuestro entorno, un poco para ejemplificar y no irme al lado de la teoría. Nosotros somos un país que se formó por un crisol de inmigrantes, principalmente españoles e italianos, pero hubo de todo. Todas las culturas tienen en el lenguaje un elemento determinante, ningún lenguaje es puro. Yo creo que el idioma que uno habla —que en el caso de un escritor es el idioma con el que escribe y su herramienta de trabajo—, está permanentemente intervenido por eso. Sería muy aburrido leer un libro escrito en una especie de español neutro sin inflexiones. Y más en historias como ésta, donde la oralidad está tan presente. El elemento del idioma tiene que estar necesariamente. Hay un elemento lingüístico que tiene que ver con cómo se construye una lengua literaria. En la novela El inglés, el personaje nunca aparece de carne y hueso, pero se habla de él constantemente. Cuando yo armé esa historia sabía que los personajes que hablaban de él no podían caricaturizarlo. Ese fue un buen desafío; el tipo estaba muerto y nunca lo veíamos, pero conocíamos las historias a su al rededor, muchas de idiosincrasia.