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Contenido creado por Gaston Gonzalez
Literatura
Capitalism will tear us apart

Mark Fisher: el hombre que escuchó el futuro en una canción de Joy Division

El crítico, escritor y docente británico convirtió su depresión en el diagnóstico más preciso del capitalismo tardío.

10.06.2026 16:56

Lectura: 9'

2026-06-10T16:56:00-03:00
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Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

“Hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, escribió el filósofo marxista Fredric Jameson, pero fue Mark Fisher quien la agarró, la puso dentro de un libro delgado y feroz llamado Realismo capitalista en 2009 y se la entregó al mundo con una actualidad que sería algo así como la marca registrada de Fisher: su habilidad premonitoria. La frase circuló por universidades, fanzines, conversaciones de madrugada y perfiles de Instagram con la misma naturalidad con la que circulan las canciones que te marcan cuando estás desarrollando tu sensibilidad. Como tropezarse con una canción oculta en el mp3 viejo que le encontraste a tu hermano en el cuarto que compartían.

En su adolescencia, a Mark Fisher alguien le mostró el recién salido Unknown Pleasures de Joy Division y ahí empezó un trayecto largo y sinuoso por las profundidades del pensamiento. Hijo de un técnico en ingeniería y una limpiadora, nació en 1968 en Leicester, una ciudad semiindustrial del centro de Inglaterra, y creció en la vecina Loughborough. Allí vio en primera fila cómo el thatcherismo le arrancaba la esperanza a su generación de clase trabajadora, esa que se había hecho fan del punk y del pospunk no por postureo estético estrictamente, sino porque esa música hablaba de lo que les pasaba; les hablaba a ellos, a los jóvenes olvidados entregados a las garras de una sociedad que no sabía cómo hacerles un lugar.

Reconoció en Joy Division el sonido de su propio hundimiento, de su propia imposibilidad. En Los fantasmas de mi vida, que publicó Caja Negra en 2018, le dedica un capítulo a la banda con el título de “No más placeres”. Escribe: “Escuchen a Joy Division hoy y tendrán la ineludible impresión de que el grupo estaba catatónicamente conectando con nuestro presente, su futuro”. ¿Y qué nos dice esa idea? Bueno, que estamos frente a un tipo que escucha una canción de 1979 y te convence de que fue grabada esta semana. Para él, Ian Curtis no era una figura trágica del rock (las catalogadas como malditas, que integran diferentes clubes según la edad de su fallecimiento), sino el termómetro de una enfermedad colectiva, la depresión que el capitalismo produce en masa y que después vende como si fuera un problema tuyo, individual, íntimo, una falla de carácter.

Antes de los libros y antes del blog, Fisher pasó por uno de los experimentos intelectuales más raros y fértiles de los años noventa: la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética de la Universidad de Warwick, conocida como CCRU. Había estudiado Humanidades en la Universidad de Hull y enseñado filosofía en un liceo, alejado de la academia universitaria, hasta que en 1995 llegó a Warwick para hacer su doctorado, atraído por la órbita de Sadie Plant —pionera del ciberfeminismo que por entonces lideraba ese colectivo— y Nick Land. Terminó siendo parte del núcleo de algo que mezclaba Deleuze con cyberpunk, jungle music con numerología, filosofía con horror cósmico, y que la propia universidad terminó desconociendo oficialmente.

Lo que la CCRU produjo —textos intencionalmente ilegibles para la academia convencional, llenos de neologismos propios y referencias cruzadas que parecían diseñadas para hacer colapsar el lenguaje académico desde adentro— marcó a Fisher para siempre. Aunque no de la manera que hubiese esperado Land, el llamado padre del aceleracionismo.

La tesis doctoral de Fisher de esos años fue publicada décadas después por Caja Negra en 2022 como Constructos Flatline. Utilizaba este término, flatline, la línea plana de los electrocardiogramas, para describir una suerte de estado en suspensión entre la vida y la muerte. Analiza allí cómo las máquinas y los humanos pueden llegar a interactuar en un mundo donde la línea definida entre la vida y la muerte es difusa. Pero, como comenta en una de las entradas de su blog, lo más importante que se llevó de Warwick fue la certeza de que la teoría no tenía por qué sonar diferente a una canción de The Fall. Fisher nunca renegó de esa etapa, pero sí se distanció del aceleracionismo procapitalista que Land abrazó cada vez más a partir de los noventa —corriente que celebraba al capital como fuerza de transformación radical— y fue ese alejamiento el que lo empujó a crear un blog.

Convertir el sufrimiento privado en análisis político se volvería el leitmotiv de su escritura. Lo practicó antes de tener libros, en este blog que arrancó en 2003, mientras atravesaba uno de sus episodios más oscuros de depresión. Lo llamó k-punk, y lo que empezó como una manera de seguir conectado con el mundo cuando la vida “apenas era soportable” se convirtió en un ejercicio crítico por demás interesante. Fisher escribía sobre The Fall y sobre Foucault en la misma entrada. Sobre The Wire y sobre Deleuze. Sobre Burial y sobre la precariedad laboral. Los conecta, genera puntos de contacto que no aparecen a primera vista. Desarrolla su prosa sin la solemnidad académica que suele matar ese tipo de conversaciones cuando empiezan a tirarse nombres de filósofos desconocidos o intelectuales pomposos.

Los tres volúmenes de K-Punk que editó Caja Negra reúnen lo mejor de ese material, publicados entre 2019, 2020 y 2021. Son el documento más honesto de cómo funciona una mente que no puede separar lo que escucha de lo que piensa, de lo que siente. El primero abarca libros, películas y televisión. El segundo se mete en música y política. El tercero es el más tardío y el más actual, escrito en los años en que las redes sociales empezaban a mostrar su peor cara, ese ejército de trolls y moralismo de caza de brujas que Fisher veía como el nuevo instrumento de parálisis de la izquierda.

Pero si hay un libro por donde entrar a Fisher es Realismo capitalista. La tesis central es simple y un tanto seductora: el capitalismo logró convencernos no solo de que es el mejor sistema posible, sino de que es el único sistema imaginable. Usa para probarlo ejemplos que van desde Niños del hombre (2006) a Kafka, de Cobain al sistema de salud mental británico. Argumenta que la depresión masiva de nuestro tiempo no es una epidemia de debilidad individual, sino el síntoma cultural de un sistema que destruye toda capacidad de proyectar un futuro diferente. Si la enfermedad es colectiva, la cura también tiene que serlo.

El otro libro imprescindible de Caja Negra es Los fantasmas de mi vida, que funciona casi como la cara B de Realismo capitalista. Acá Fisher desarrolla el concepto de hauntología —tomado de Jacques Derrida y reencarnado en términos musicales— para hablar de cómo nuestra cultura está obsesionada con el pasado porque le resulta imposible imaginar el futuro. Se pregunta dónde está el equivalente a Kraftwerk en el siglo XXI: si pensamos en música futurista, dice, puede que todavía pensemos en ese dúo electrónico alemán, aunque hoy resulten tan antiguos para nosotros como lo era para ellos el jazz de big band de Glenn Miller. El argumento se vuelve más filoso todavía cuando Fisher lo lleva a los Arctic Monkeys: escuchó por primera vez “I Bet You Look Good on the Dancefloor” y en lugar de ver un grupo joven y con energía, vio el síntoma perfecto de una cultura sin presente. “Si los Arctic Monkeys no se posicionaron como un grupo retro fue parcialmente porque no había un 'ahora' con el que contrastar su retrospección”, escribe.

Después vinieron Deseo postcapitalista —las clases de posgrado que Fisher estaba dictando en Goldsmiths durante el año académico 2016-2017 al momento de su muerte, y que no llegó a completar, publicadas por Caja Negra en 2024— y Constructos Flatline que, como decíamos, es su tesis doctoral de 1999, que circuló como objeto de culto en la blogósfera antes de que la editorial la rescatara. También está Jacksonismo, una compilación de ensayos sobre Michael Jackson que Fisher editó con Zero Books en el año 2009 y que es, en el fondo, otro ejercicio de lo mismo: usar la cultura popular como palanca para entender algo más grande que ella misma, ejemplificando todo esto con la carrera del rey del pop.

Mark Fisher se suicidó el 13 de enero de 2017, a los 48 años, en Felixstowe. Estaba escribiendo Comunismo ácido, un libro que iba a ser su obra más ambiciosa y de la que solo quedan fragmentos deambulando por rincones oscuros y luminosos de internet. La depresión, esa misma que él diagnosticó como enfermedad del sistema, lo alcanzó antes. En el prólogo a la edición de Caja Negra de Los fantasmas de mi vida, Pablo Schanton lo describe como una nota suicida. E invita a pensar que “es imposible no pensar un suicidio como un acting out: un sacrificio personal que señala una demanda a los demás”.

Lo que queda es una obra que, leída hoy, sigue siendo más actual que buena parte de lo que se busca escribir ahora en ensayos cyberpunks y distópicos, muchos de los cuales le deben todo (o casi) a Fisher y en gran medida también a Ballard. Fisher fue adquiriendo adeptos por su capacidad y habilidad para comunicar ideas que son complejas, pero que encuentran conexiones con cosas cotidianas y más cercanas. Y mientras siga siendo más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, vamos a seguir necesitando gente que escuche Joy Division a las tres de la mañana y encuentre ahí no solo tristeza y atracciones estéticas, sino una teoría del presente.