La belleza de Norma Jeane Mortenson, alias Marilyn Monroe, sigue siendo el estándar a un siglo de su nacimiento. A 73 años de Los caballeros las prefieren rubias y de que Hugh Hefner consiguiera fotos inéditas suyas y las publicara contra su voluntad para el primer número de la revista Playboy. A 71 de que su vestido blanco volara sobre un ducto de ventilación en La picazón del séptimo año (1955). A 64 de que Andy Warhol la multiplicara en su díptico. A 41 de que Madonna la homenajeara en el video de “Material Girl” y a 32 de que una moza vestida como ella pasara junto a John Travolta en Pulp Fiction (1994). A 26 de que el American Film Institute eligiera Una Eva y dos Adanes (1959) como la mejor comedia estadounidense del siglo y a nueve de que la BBC volviera a ponerla en la cima como la mejor de todos los tiempos.
Es el estándar porque es inmortal. Pero ser el estándar la rompió en vida.
El centenario, cumplido el 1° de junio, sirve para reflexionar: seguirla elevando, ¿es un homenaje o una afrenta a las otras mujeres, las actuales, las que se siguen rompiendo hoy por no alcanzar ese estándar?
A Norma Jeane la masticaron sistemas varios. Ya se lo cantó Elton John en “Candle in the Wind” en 1973: “Me parece a mí que viviste tu vida / como una vela al viento / sin saber nunca a quién aferrarte / cuando empezaba a llover”.
Su infancia es de un dramón. La madre, Gladys Monroe, la tuvo con 24 años cuando ya iba por el segundo divorcio. Encima, Norma era fruto de un affaire con su jefe, entonces la entregó a una familia de acogida. Cuando la niña tenía siete años, Gladys se pudo comprar una casa y llevársela consigo, pero al poco tiempo le diagnosticaron esquizofrenia paranoide... Pasaría el resto de su vida en hospitales psiquiátricos. Norma quedó al cuidado de amigos de su madre, los Goddard; vivió años en un orfanato, luego vivió con los Goddard, con parientes, con amigos de los Goddard, volvió con ellos…
Las idas y vueltas se cortaron recién cuando Norma tenía 16. Los Goddard se iban a mudar fuera de California, pero como no la habían adoptado no podían llevársela. Resolvieron el problema a la vieja usanza: la casaron con un vecino.
Cuando ya era Marilyn, contó que se aburría mucho con él, un joven de 21 años llamado James Dougherty. Qué distinto hubiese sido todo si no.
Mientras él estaba en el frente asiático en la Segunda Guerra, Norma fue parte de la camada de mujeres que dijeron we can do it y entró a trabajar en las fábricas. Hasta que, en contra de los deseos de su esposo, comenzó una carrera de modelaje como chica pin-up. Es decir, le sacaban el tipo de fotos que los soldados llevaban consigo. Se cortó el pelo, se lo tiñó de rubio y después de más rubio, trabajó y estudió mucho.
En 1946 logró su primer contrato con la Fox. Era habitual en aquel tiempo cambiarse el nombre para trabajar en cine, no había chance de negarse si el estudio lo mandataba. Un ejecutivo dijo que le recordaba a una actriz de Broadway, Marilyn Miller; ella combinó el nombre de pila con el apellido de soltera de su madre.
Se divorció de Dougherty ese mismo año y escondió a Norma Jeane.
Luego del de protección social, el segundo sistema que llegaba para masticarla era el sistema de estudios de Hollywood.
La industria en Los Ángeles funcionaba como un régimen totalitario. Los guionistas tenían que entregar determinado número de páginas por día, como contó Billy Wilder; no valía echarle la culpa a la falta de inspiración, no existía el síndrome de la página en blanco. Los directores encaraban las películas como laburos de oficina: el húngaro Michael Curtiz tenía 40 años y más de 60 películas cuando lo llevaron a trabajar a EE. UU.; ahí dirigió otras 102. Casi que por casualidad una de esas fue Casablanca (1942).
Los actores, que son los que importan en este texto, cuando firmaban contrato se entregaban por entero al estudio. Su identidad, su sexualidad, su estética les dejaba de pertenecer. Pero eran vitales para que funcionaran los engranajes del sistema, más todavía que hoy. Por eso, además de studio system también se le llama star system.
Marilyn entró y salió de la industria —en uno de esos parates hizo una sesión de fotos desnuda, la que Hefner compraría años después— hasta que en el cincuenta firmó contrato a largo plazo con Fox. La ayudó a negociar su representante, que era también su amante.
Ganó popularidad muy rápido, encasillada como la rubia tonta, o más bien despistada, y en roles que se apoyaban en su estatus de sex symbol. Se valió de las columnistas chimenteras de la prensa de la época para hacer ruido: ¡Marilyn no usa ropa interior! ¡Marilyn y su escote profundo en la alfombra roja! La revelación de que se había tomado fotos desnuda podría haberla descarrilado, pero lo acomodó en su estrategia publicitaria: tuvo que hacerse esas fotos porque no tenía plata. Pobrecita. Su romance con el muy popular beisbolista Joe DiMaggio era más carbón en la locomotora.
El año 1953 fue consagratorio, con Los caballeros las prefieren rubias (1953) y Cómo pescar a un millonario (1953). De este período sale el look de pelo platinado, labios rojos, piel pálida salvo por la beauty mark. Ese lunar tan famoso que a los piercings que lo imitan se les dice “Monroe piercing”.
También empezaban los rumores de que era “difícil”. No se aprendía los diálogos. Tenía siempre su coach de actuación propia en el rodaje y a los otros les molestaba. Llegaba tarde. Empezaba el consumo de pastillas para los nervios, para el insomnio. El matrimonio con DiMaggio se complicó enseguida: puertas para afuera eran la power couple definitiva, pero él quería una esposa tradicional de delantal encerrada en la cocina y ella era Marilyn Monroe.
Aunque luchaba con su timidez y su inseguridad en el set, en las negociaciones se plantó contra el estudio hasta conseguir un nuevo y mejor contrato. Era un imán de gente, como comprobaron las casi dos mil personas que se reunieron en Manhattan avenue para verla hacer la producción de fotos promocional de La picazón del séptimo año: el vestido blanco, el ducto de ventilación; imágenes más conocidas que los fotogramas de la propia (y muy divertida) película.
A DiMaggio no le gustó. Pelearon. Se puso violento. Ella pidió un divorcio ante la Justicia.
La que mejor comprendió el volumen de su atractivo fue ella misma: decidió romper con Fox y montar su propia empresa productora. Quería hacer otras cosas, salir de la bomba rubia, boluda y adorable. En ese momento era una locura. Le tomaron el pelo en la prensa, la parodiaron, pero Marilyn aprovechó para tomar clases de actuación con el legendario Lee Strasberg y consiguió un acuerdo de coproducción con una Fox que no quería perderla.
Más todavía sorprende que les ganara la cuereada en el plano romántico. Estrellas homosexuales como Rock Hudson se sometían al studio system y accedían a matrimonios arreglados; Marilyn rechazó la presión para que rompiera su relación con el dramaturgo Arthur Miller, a quien el FBI tenía en la mira por posibles actividades comunistas. Hoy sabemos que el FBI la investigó también a ella. Solo pudo establecer que tenía posturas de izquierda.
En 1956 se cambió legalmente el nombre y guardó a Norma Jeane bajo llave.
Los últimos seis años de su vida fueron los de mayor éxito y los más turbulentos. Se casó con Miller, perdió varios embarazos, tuvo una sobredosis, lideró las primeras películas independientes de su productora.
Fue tan insoportable en el rodaje de Una Eva y dos Adanes que Tony Curtis (el papá de Jamie Lee) dijo que besarla era “como besar a Hitler”. Pero es también su performance más recordada y aplaudida. Se la considera hoy como uno de los últimos clavos en el cajón del Código Hays, el código de censura que Hollywood se venía autoimponiendo desde la década del treinta.
Miller le escribió un papel dramático en Los inadaptados (1961), criticado entonces, pero bien considerado hoy.
Se divorció por tercera vez, anduvo con Sinatra, tuvo affaires con los hermanos John y Robert Kennedy. Al primero de ellos le cantó la versión más famosa de todos los tiempos del “Feliz cumpleaños”; el vestido que usó esa noche es tan icónico que cuando Kim Kardashian lo usó en 2022 armó un escandalete.
Pero ni ella podía con el sistema de estudios. Enferma y padeciendo las consecuencias de su drogadicción, Marilyn no podía trabajar, pero Fox se negó a posponer el rodaje de su siguiente película, Something's Got to Give (1962). Aún más, le hizo campaña en contra en la prensa. ¡Sus propios jefes! La acusaban de estar falseando su enfermedad. Cuando filmó una escena en la que se bañaba desnuda en la piscina, invitaron a la prensa a sacarle fotos. Sin embargo, como el rodaje se cortaba por sus problemas de salud, la terminaron echando. La mataron en la prensa. Le hicieron un juicio.
Luego negociaron y acordaron retomar la filmación. El 3 de agosto se publicó en Life una de las entrevistas que dio en una breve gira de prensa para rehabilitar su imagen: "La fama es caprichosa”, decía. “Ahora vivo en mi trabajo y en unas pocas relaciones con las pocas personas con las que realmente puedo contar. La fama pasará, y entonces, adiós, te tuve, fama. Si pasa, siempre supe que era caprichosa”.
La madrugada del 5 de agosto la encontraron muerta en su cuarto, a los 36 años, en su cama. Desnuda, la mano en el tubo del teléfono, a su lado frascos de las pastillas con las que tuvo una sobredosis, aparentemente intencional.
Y enterraron a Norma Jeane.
Elton John modificó la letra de “Candle in The Wind” en los noventa para dedicársela a Lady Di. Otra mujer hermosa consumida por la prensa y fallecida en forma trágica, también a los 36 años. Porque Marilyn es parte de una línea de mujeres devoradas por la fama. Se valió de ella, la disfrutó. Con la posible excepción de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes (1961), el suyo es el rostro más reconocible del Hollywood clásico. Pero la fama es caprichosa. Así como no inventó el estereotipo de la rubia tarada, pero seguramente sea su exponente más famosa, lo mismo con esa línea de mujeres que fueron velas al viento.
¿Sería Marilyn todavía un ícono si hubiese vivido? Seguramente; Brigitte Bardot lo siguió siendo. Jane Birkin, también. Congeladas en el imaginario colectivo en las fotos de la juventud. Pero Marilyn está por encima de todas ellas. A Norma Jeane la enterraron varias veces, con Marilyn no pueden.
Ni quieren. Es una postal colgada como sus fotos de pin-up. La propia maquinaria que la fagocitó la sigue usando. Por eso Lindsey Lohan imitó su última sesión de fotos desnuda en 2008, por eso Kim usó su vestido del Happy Birthday, Mr. President por solo cinco minutos en 2002 (después se puso una réplica), por eso Sydney Sweeney usó en 2026 un vestido blanco parecido a aquel que flotaba en el viento. Por eso Sabrina Carpenter imitó una foto suya con Arthur Miller en la tapa alternativa de Man’s Best Friend (2025).
Que la industria la siga usando no es ni bueno ni malo (sí es malo que Hefner haya comprado la tumba a su lado en el mismo cementerio para que lo enterraran ahí como una broma perversa). Así funciona la cosa y ella ya lo sabía cuando decidió trabajar en Hollywood. Lo que sí es complicado es cómo ese estándar de belleza imposible hasta para ella —que ya era tan linda en las fotos que le sacaron trabajando en la fábrica con 18 años, su pelo castaño y con rulos— se sostiene y amplifica en la cultura instagramera. Carpenter explota su sexualidad en forma exagerada, draggeada, con un guiño de ironía, pero no deja de tocar en babydoll. Sweeney es hoy propietaria del escote más polémico de los EE. UU. Lohan es otro caso de una joven hermosa reventada por el sistema en el que se crió.
Kardashian ha tenido la capacidad de salir indemne, porque convirtió su cuerpo en una empresa y logró que el sistema se amoldara a ella. Ahora, ¿la explotación comercial de su sexualidad? ¿La venta de estándares de belleza solo alcanzables con los millones de dólares que ella y su familia tienen? No dista demasiado de lo que el studio system hizo con Marilyn. Solo que las Kardashian se lo hacen a sí mismas.
Por supuesto que nada de esto está lejos de nosotros en esta región del mundo. Al igual que en Brasil, el estándar en el Río de la Plata supo ser más voluptuoso. Ahora la idea de mujer bella es la misma en todo Occidente. A la vez, la fama es más accesible y todavía más pasajera y caprichosa. Hoy ya no existe el sistema de estudios, pero el sistema de la industria de beauty llega a todo el mundo.
El ascenso y la tragedia de Marilyn es muestra de cómo en un siglo el mundo cambió mucho y a la vez no cambió nada.