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Contenido creado por Catalina Zabala
Literatura
Los libros y sus autores

Mariana Font: “Estoy convencida de que la memoria siempre es ficción”

La autora publicó "Autoreverse" por Estuario Editora.

22.05.2026 16:45

Lectura: 7'

2026-05-22T16:45:00-03:00
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Mariana Font es uruguaya, pero vivió en Canadá, México y España. Cursó el máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y desde entonces ha sido parte de antologías de relatos publicadas en Barcelona y Montevideo. 

Hoy publica Autoreverse (2026), un texto difícil de clasificar en términos de géneros literarios. Coquetea con la ciencia ficción, y permite entrever una prosa interesada en la memoria que busca intencionalmente la distorsión. Porque para Mariana, la memoria no es otra cosa que ficción. La separación entre el recuerdo y la imaginación es una línea muy delgada. 

En palabras del autor mexicano Juan Villoro, es en Autoreverse "donde la urgencia de narrar encuentra insólito acomodo". Allí, los hechos dependen menos de sí mismos que de la forma en que son recordados. El autor español Jorge Carrión, por su parte, destaca su capacidad de crear "personajes agrietados" y las "estructuras narrativas que idea para darles vida". 

Si tuvieras que describir tu libro en una sola frase, ¿cómo la formularías?

Un experimento, sensorial y a ratos fragmentario, en torno a la memoria, la imaginación y, como dice Juan Villoro, “el enigma de tener seres queridos”.

En el libro aparece varias veces la idea de que “hay cosas que no se pueden narrar”. ¿Qué fue lo más difícil de poner en palabras y qué decidiste dejar afuera?

El libro juega, precisamente, con lo que no se puede poner en palabras, con lo que habita en la evocación y se desprende de lo no dicho. Quizás lo más difícil fue el pasaje del aborto (creo que no es spoiler, habrá que encontrarla entre los textos). Y lo que decidí dejar afuera fue todo aquello que no me pareció que tuviera suficiente fuerza o cualidad evocadora.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

¿Qué libro de otro autor/a te afectó de tal manera que te gustaría generar ese mismo efecto en tus lectores?

Me parece imposible generar el mismo efecto, pero voy a citar no uno, sino dos librazos: La invención de la soledad (1982), de Paul Auster, porque trata del duelo y tiene esa cosa imperfecta de la ópera prima, y Matadero cinco (1969), de Kurt Vonnegut, por esa idea de que todos los instantes coexisten a un tiempo.

La escritura oscila entre diario, ensayo, relato y algo que por momentos se nombra como “poema”. ¿En qué momento sentiste que esa mezcla dejaba de ser experimento y se volvía forma?

No siento que haya dejado de ser experimento en ningún momento. Ese tenor experimental es una de las cosas que más me gusta de este libro, su forma extraña.

Si pudieras meterte en una de las “versiones” de tu vida que aparecen en el libro por un día, ¿cuál elegirías?

La de “Un cuento de Navidad”, esa época de navidades analógicas con mi abuela.

Hay una tensión muy fuerte entre escribir como juego y escribir como necesidad vital. ¿En qué momento del proceso se convirtió en algo serio para vos?

En todo momento, escribir para mí siempre es ambas cosas. Un juego serio, digamos, casi como un partido de la Selección.

¿Qué libro nunca te aburrís de releer?

Un libro de poemas y canciones de García Lorca para niños.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

El libro trabaja mucho con versiones posibles de una misma vida. ¿Escribir fue una forma de elegir una versión o de sostener todas a la vez?

De sostener todas a la vez, sin duda alguna.

La memoria aparece como algo inestable, incluso ajeno por momentos. ¿Confiás en lo que recordás cuando escribís o te interesa justamente esa distorsión?

Me interesa la distorsión. No confío nunca en lo que recuerdo, pero cuando escribo, ni confío ni me interesa confiar en la memoria, sino trascenderla y convertirla en ficción. Estoy convencida de que la memoria siempre es ficción, pero además, en el libro la trasciendo y me despego hacia la imaginación.

En varios momentos aparece el desdoblamiento. Versiones de una misma voz, diálogos con una misma. ¿Te resultó más liberador o más incómodo escribir desde ahí?

Más liberador. Así es como me funciona la cabeza y, además, es una manera de no cerrarse a elegir solo un camino, esa fantasía de eludir las encrucijadas.

¿Qué libro prestaste de tu biblioteca y hasta el día de hoy no fue devuelto? ¿Y al revés?

Un sinfín. Más recientemente, Ahora tendré que matarte (2001), de Inés Bortagaray. También las memorias de una india lakota cuyo título no recuerdo, y La novela luminosa (2005). Y al revés no sé, porque parece que lo digo por quedar bien pero de verdad que intento devolver siempre los libros que me prestan. Hubo uno, eso sí, que me quedé deliberadamente de la biblioteca de un chico: Los perros negros (1992), de Ian McEwan.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

¿Cuánto tiempo te llevó escribir este libro, desde la concepción de la idea hasta la publicación final?

Hasta esta publicación, más de 10 años. Hubo vicisitudes diversas, pero también creo que este libro necesitó muchos años de distancia y de otras experiencias hasta que conseguí creer en él inquebrantablemente, como es ahora el caso.

Después de haber escrito Autoreverse, ¿sentís que te acercaste o te alejaste de esa “novela de ciencia ficción” que aparece como deseo en el libro?

Seguramente me alejé. Pero esa novela de ciencia ficción es una quimera, una manera de explicar que yo no escribo lo que quiero sino lo que puedo, que al fin y al cabo no es otra cosa que honrar la voz propia y las identidades –artísticas y vitales– que me atraviesan. También es una broma y un guiño. Yo no soy una friki de la ciencia ficción, pero está muy presente en mi origen como lectora y admiro profundamente algunas obras de ese género. Dicho esto, creo que después de este libro me siento aún más libre de experimentar, pero no creo que vaya por el lado de la ciencia ficción, sino más bien de la forma y las estructuras.

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Fragmento de Autoreverse

Hubo una niña en Rivera. Tenía seis hermanas y un padre que le daba alguna paliza preventiva cuando, entre viaje y viaje, regresaba a casa a preñar a su madre. Pobres como ratas. Un día la encontraron colgando de un sauce. La cuerda estaba hecha de un filamento trenzado. Eran cáscaras de naranja secadas al sol, como las que usaban para darle sabor al mate y para rallar en la masa de los bizcochuelos. ¿Cuántas naranjas hacen falta para conseguir una cuerda que abarque todo el cuello? ¿Cuántas tardes para secar y luego trenzar las cáscaras? ¿Puede esto ser verdad? Fue Alejandra quien preguntó por la cuerda. Ella siempre se estaba fijando en esos detalles.

-¿De dónde sacó la cuerda, abuela?

La abuela tiene la mirada perdida, los ojos anegados. La pregunta la hace apartar la mirada de su prima que cuelga de un sauce. Gira ciento ochenta grados y lo primero que encuentra son unas cáscaras de naranja secándose al sol en el patio del fondo.

-Qué sé yo, mi amor. De cualquier lado. La habrá hecho con cáscaras de naranja, con cualquier cosa.

Y la abuela engendró la leyenda. Alejandra se tomaba al pie de la letra las explicaciones de los adultos. Literalmente. La abuela había descrito una verdad: tardes de oprobio. Una niña pobre embarazada del respetable cura del pueblo. Tardes de laberinto sin salida para una niña de dieciséis años. No, el suicidio no es un segundo decisivo. Hay que meter piedras en los bolsillos, conseguir una cuerda, abrir el gas y esperar, meter las balas. Sí, el suicido es un segundo decisivo, un único segundo que los que quedamos vivos soñamos una y mil veces con poder rebobinar.

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