¿Qué tiene que ver Macbeth (1606) de William Shakespeare con el asesinato de John F. Kennedy? Para Diego Araújo y María Dodera muchas cosas, pero la principal es una: la sed de poder en su versión más negativa. La necesidad humana irrefrenable de dominio, de absorber cada día más. 

Lady Macbeth: sobre el poder en las sombras (2026) es una unipersonal. Con autoría de Diego Araújo, dirección de María Dodera e interpretación de Sebastián Silvera Perdomo, la premisa es trasladar lo que contaba el clásico de Shakespeare a la política estadounidense de los años sesenta y el asesinato de Kennedy. Así, Lyndon y Lady Bird Johnson trepan una escalera de influencias y conspiraciones tejida por figuras oscuras como Allen Dulles, J. Edgar Hoover y Earl Warren.

LatidoBEAT conversó con María Dodera, su directora. Sobre el estreno, comentó que se trata de una "obra moderna" que más que moralista tiene un carácter enunciativo, que plantea preguntas en torno al ejercicio del poder desde las sombras : "¿Quién paga? ¿Qué costo tiene para el mundo, para la sociedad? ¿Qué sacrificios hay?". 

La obra se estrena este sábado 1° de agosto en el Teatro Stella D´Italia. Las entradas están disponibles y pueden adquirirse aquí

¿Cómo dialogan la obra de Shakespeare y la historia de Kennedy en esta obra?

Acá tenemos una Lady Macbeth moderna. Es una versión que ubica a los Macbeth en la política de los años sesenta, entonces hace un paralelismo entre Lady Bird Johnson (la esposa de Lyndon Johnson) y Lady Macbeth, y Johnson con Macbeth, Kennedy con Duncan. Ese matrimonio de los Johnson es el que escala desde las sombras para tener el poder absoluto de los Estados Unidos. Un país que en los sesenta era totalmente intervencionista, como lo ha sido siempre. Pero en ese momento era el auge de la conspiración, cuando el poder llega a lugares absolutos, entonces Lady Birth es una Lady Macbeth que manipula a Johnson y a todos, inclusive a los fatídicos, que vienen a ser las brujas: el del FBI, la CIA y la Suprema Corte.

Shakespeare es muy actual. Es una historia que fue contada hace 400 años, ahora está situada hace 60 y puede ser también contada hoy en día, en la actualidad. Tiene esa particularidad de los Macbeth por el tema del poder, de la manipulación, de qué pasa cuando no se sospecha ni en qué sombras está el poder y cómo se manipula desde lugares totalmente inimaginables. ¿Quién paga? ¿Qué costo tiene para el mundo, para la sociedad? ¿Qué sacrificios hay? También habla de las cosas no claras; si bien hay mil sospechas sobre el caso Kennedy, todavía hay cosas por develar. La impunidad que tiene el poder de los Johnson para poder ocultar todo con guantes blancos y que no necesiten pruebas, o que nadie tenga las pruebas para poder verificar los hechos del crimen.

Es una versión inteligente y sumamente humana, porque muestra a los personajes desde la humanidad, con sus blancos y oscuros. En este matrimonio de los Johnson había mucho amor, en cierta forma Lady Bird se sentía orgullosa de que Johnson viviera siendo tejano y de donde venían, hubiese tenido ciertos avances en el poder dentro de esa escalinata. Hay situaciones también como en Lady Macbeth, esta mujer de mucha fragilidad, y se la muestra en todo su estatus de humanidad. Es una obra moderna, política al estilo shakespeareano; es enunciativa, demostrativa. Levanta imágenes continuamente. Está trabajada a nivel de puesta en escena al estilo shakespeareano también, con mínimos elementos, trabajando desde los estados actorales diferentes. El actor, Sebastián Silvera Perdomo, que hace cinco papeles, actúa de forma extraordinaria.

¿Qué tanto lugar hay entonces en la obra para las teorías conspirativas que conocemos en torno a hechos históricos? ¿Toma postura sobre esto?

A mí no me gusta tomar postura, sino enunciar. Yo no creo que el arte sea didáctico ni moral. Yo creo que es enunciativo, que son espejos de la realidad y que el propio espectador cierra la historia. Más allá del texto dramático hay una dramaturgia de dirección que toma esa postura enunciativa, buscar espejos rotos en la actualidad. Shakespeare está hecho para momentos de crisis y refleja parte de nuestra humanidad, por eso es que yo creo que son espejos rotos que nos reflejan. Las posturas, las cuestiones y las conclusiones las va a terminar el público. En ese sentido, vamos a recibir a un público muy diverso y se va a ir de la sala un público quizás con más diversidad aún, discutiendo más posturas. Eso es lo que yo espero, no me gusta el adoctrinamiento ni tampoco hacer un teatro de pancartas, panfletario. Propongo un teatro de pensamiento que busque la discusión, el espacio de amplificación de ideas.

Es una obra unipersonal. ¿Cómo fue tu trabajo como directora con Sebastián Silvera, el único actor en escena? ¿En qué te centraste para que funcionara?

Con Sebastián nos conocemos hace tiempo, no es la primera vez que trabajamos juntos. Empezamos con textos bastante disruptivos y de ciertas complejidades físicas, intelectuales, afectivas y emotivas. Nos llevamos fantástico, hacemos una pareja artística impresionante. El escenario máximo que yo tengo es todo su cuerpo, de su cuerpo salen ocho papeles. Y lo va tejiendo el ser teatral, que es él mismo, que por momentos hace de narrador y va traduciendo el texto dramático en espacio temporal para construir una ubicación clara y una señalación de los personajes. Se van a encontrar con un texto que está muy bien traducido, muy bien actuado. Tiene una música de Álvaro Pérez maravillosa, la iluminación de Nicolás Amorín, que es impresionante, el vestuario muy adecuado de Catalina Peraza. Hay un equipo impresionante de la producción del Stella D´Italia que ayuda también a que sea un espectáculo orgánico, de suma actualidad, un espectáculo de impacto emocional.

Hace un rato hablabas de la vigencia de las obras de Shakespeare y su relación con estos momentos históricos. Teniendo en cuenta que son historia de otros países, ¿cómo fue tu trabajo para rescatar esa universalidad y trasladarla a un público uruguayo?

Se rescata solo. Shakespeare habla por sí mismo y se rescata, y es como yo digo: tengo mi línea de pensamiento y me gusta enunciar, de forma tal que sea el espectador quien pueda completar su dramaturgia espectacular. Es la forma de que sea un teatro activo, provocativo, de juego, y no uno moralista, que me aburre muchísimo. Ni didáctico ni egocéntrico desde una forma de pensamiento única.

Te dedicaste a la dramaturgia por muchos años. ¿Cómo es pasar de la dramaturgia a la dirección y viceversa? ¿Qué te ha dado cada rol y qué has aprendido de uno y del otro?

A mí generalmente me interesa la dramaturgia desde la escena. Yo la he experimentado así, incluso en la dupla que he tenido con Gabriel Calderón. Él en el rol de dramaturgo y siempre lo hicimos desde la escena y para la escena. Yo creo que es en la escena donde se habla y donde surge la verdadera dramaturgia. Fue en el momento de la pandemia que se me privó de la escena y escribí desde el escritorio El último encuentro, pero realmente también lo escribí desde mi cuerpo; transpirando, o sea, mi cuerpo era el que hablaba. Se necesita el barro, se necesita la sangre, el sudor. El texto dramático es un texto que está deseoso, está ansioso de ser traducido por el actor, por los cuerpos, se escribe para cuerpos. Y si se escribe desde la escena, mejor. Cuando dirigí mi propia obra, El último encuentro (2021), traté de divorciarme de la que escribió en el momento de la pandemia. Traté de agarrarlo como un texto dramático que tenía el deseo de ser reeditado, retraducido con los propios actores que me estaban acompañando.