Documento sin título
AgregarSuscribite al canalWhatsApp AgregarAgreganos en GoogleGoogle
El gozo de escribir

Lucía de León: “Me liberé cuando entendí que no tenía que escribir algo genial”

La escritora uruguaya regresa con un texto fragmentario que reflexiona sobre la escritura, el género y la vida.

15.09.2026 10:52

Lectura: 15'

Compartir en

Por Ivonne Calderón | @malenamoon13

Decía el peruano Julio Ramón Ribeyro en su libro La tentación del fracaso (2003) ––a propósito de lo que para él sería el libro más importante que alguna vez pudiera escribir––: "Este libro lo compondré no solo con los fragmentos de mi vida, sino con los fragmentos de mis estilos y todas mis posibilidades literarias". Una pequeña felicidad (2026) de Lucía De León es un libro fragmentario no solo en su forma, sino en sus temas: la escritura, la maternidad, el espacio, el amor, el cuerpo y el deseo, por mencionar algunos. Ya lo dijo Ciorán: "El pensamiento es fragmentario", por ello el fragmento se adapta bien a nuestra consciencia, a las nuevas formas de vida y a algunas experiencias de ser mujer.

Una pequeña felicidad sea quizá un texto inclasificable. Está conformado por 21 entradas de "El diario de Blanes, tras las pistas de Bolaño" ––escrito en el viaje de la autora por Cataluña––, y por un sin número de fragmentos en el que la narradora (la propia Lucía) se vale de su cotidianidad en Montevideo para reflexionar sobre vida y escritura. Un libro con notable vuelo poético y textos que gozan de la potencia y brevedad del microrrelato. En él aparecen 13 poemas que, a lo largo de las páginas, funcionan como hilos que entretejen.

Acá las impresiones de un momento, de un acontecimiento cercano, se vuelven material narrativo. Es la forma en que el tiempo y las cosas son observados por De León: con solemnidad, pero también con desenfado. Un modo de observar con asombro. Este es un libro de recuerdos y evocaciones, regido por el ritmo de lo cotidiano. Quizá la manera en que Lucía De León habita el espacio ha terminado reflejándose en su proceso creativo. La vida transcurre entre fragmentos, silencios y pausas. Aun así, cada uno de esos fragmentos vitales, llevados a la hoja en blanco por la autora, son perfectamente una unidad de discurso, una narración intercalada que tiene como trama la vida misma. "Una novela de los días", diría el español Andrés Trapiello.

"Escribir es desnudarse", sostiene la autora. Expone sus miedos, sus recuerdos y deseos para contar, desde su perspectiva, la manera en que las mujeres cohabitamos el espacio doméstico, laboral y creativo; las formas de construir el tiempo, nuestro propio tiempo. ¿Cómo conciliar la creación con la pareja y la maternidad? ¿Es posible lograrlo sin que uno de esos yoes sea sacrificado?

De León vive la escritura como un acto trascedente y a la vez como un medio para conservar la inocencia de la infancia, la sencillez y el arrebato de la juventud. En este libro propone la escritura como un goce que puede llegar a perderse por la comparación, la duda y la espera pretenciosa del premio y el reconocimiento: las enfermedades del escritor, según la autora. Ella es consciente del fracaso inherente al oficio de escribir. A fin de cuentas, en la nada que emerge con el fracaso se produce el verdadero autoconocimiento. Probablemente, parafraseando a De León, hay que aprender a mirar las imperfecciones de la escritura, de la creación. "¿Serán esos momentos de ruptura donde surge la verdadera emoción? ¿Será en lo que no se puede controlar donde aparece algo que se sienta real?". En ese silencio de lo que no funciona, de lo que no es como se esperaba, brota la respuesta. "Lo curioso es que, aunque la duda te devore, aunque la perfección te paralice, seguís y seguís escribiendo, porque terminar un texto trae una fuente inagotable de gozo y felicidad". Escribir como antítesis del rendimiento.

Foto: Tania Hachim

Foto: Tania Hachim

Si pienso en una metáfora estética y estructural para tu libro, esa es la "colcha de retazos". Un patchwork de reflexiones sobre la vida y la escritura, fragmentos y pequeñas escenas hiladas por una emocionalidad que apela a lo tierno, al asombro.

Es una búsqueda para mí desde hace un tiempo. Me habrás escuchado decir en otros lados: "Yo escribí toda la vida, pero como un gesto íntimo", aunque decididamente empecé a escribir a los 38 años, que es una edad desde el punto de vista artístico bastante madura. Realmente pienso que no hay un momento ideal para empezar a hacer las cosas. Si bien no hace muchísimo que escribo, al menos siendo consciente de que estoy escribiendo, hace años busco una simpleza en el lenguaje. Hay una escritora argentina que se llama Jacqueline Golbert que dice: "Escribir fácil es difícil", y esa es una de mis obsesiones. Otra es el tema de la brevedad. Como creo que mi pulso narrativo tiende a lo explicativo y tengo tendencia a hablar un montón, a explicar un montón, mi búsqueda es lo breve. En este libro por momentos lo logro. Es una novela escrita en fragmentos, y va en sintonía con mi momento vital: una mujer ––en ese caso de 42 o 43 años, que era la edad que yo tenía cuando lo escribí––, que va a trabajar, es mamá y además sostiene una relación de largo aliento. Fue liberador cuando me sinceré de que podía escribir a fragmentos y que mi vida estaba hecha de fragmentos. Nunca se sabe qué está primero, si el huevo a la gallina. Si es una búsqueda estética que termina siendo una búsqueda para mí, porque de alguna manera me estoy adaptando a lo que puedo, o si la realidad termina siendo una especie de consigna para la forma de lo que una hace.

Este libro no pretende un relato de gran complejidad narrativa, y sin embargo germina de forma orgánica. Me pregunto por lo que sentiste en este proceso creativo, que, entiendo, es nuevo para ti. ¿O esta forma ya la habías probado antes?

Lo más sincero que te puedo decir al respecto es que fue un proceso de liberación. Me liberé en el momento en que entendí que no tenía que escribir algo genial ni original, y que podía generar insumos para la escritura acercándome al corazón de las cosas que tenía a mano en mi vida. Fue liberador entender que mi vida cotidiana, las cosas que veía todos los días, las personas que veía todos los días, los lugares, podían ser un territorio literario. En ese sentido la libertad viene de la mano de entender que no hay que tener un gran tema o partir de la intención de escribir sobre los grandes temas: la revolución, el amor y la muerte. Podés hablar de cosas que tenés a mano y aun así terminás hablando igual de los grandes temas, aunque en un libro en el que te da la sensación de que no pasa absolutamente nada. Los grandes temas nunca llegan en mi libro. Hay un montón de cosas que no se resuelven; pero hay una elaboración, algo que se va procesando, y de eso sí fui consciente en un momento. Fue un proceso en el que me basé más en la intuición que en la imaginación. Fue algo distinto, un recurso liberador respecto a cómo había escrito el primer libro.

¿Tu libro de cuentos Mañana (2023)?

Claro, un libro de cuentos, donde también el impulso primario era la brevedad. En lugar de lanzarse a la aventura de escribir, te hace buscar encajar lo que hacés en estructuras reconocibles. En ese caso para mí fueron los cuentos. Dije: "Bueno, ¿lo que escribo qué es? ¿Son relatos?". En este libro, Una pequeña felicidad, me pasó distinto. Fui más consciente de que iba a ser un material híbrido, medio inclasificable, con la certeza de que en las escrituras que están al límite entre una cosa y la otra, incluso entre lo bien escrito y lo mal escrito, hay algo interesante. No quiere decir que yo lo logre. Es una aspiración, una búsqueda.

Foto: Tania Hachim

Foto: Tania Hachim

En efecto, tu texto es híbrido. Tiene entradas de un diario de viaje, entradas de lo que has llamado "Diario de escritora". Hay poemas, reflexiones, aforismos. Breves imágenes de tu cotidianidad. Incluso algunos fragmentos que funcionan como microrrelatos. Te escucho hablar de lo híbrido y presiento que nos vamos acercando a una escritura que se atreve más a esta forma: una en la que los límites se van desdibujando. Hablemos un poco de esos bordes porosos entre géneros.

Coincido en que cada vez aparece más literatura hibrida en general. En el arte a esta altura está todo muy mezclado. Particularmente mi recorrido artístico está mezclado. He pintado, he trabajado en el teatro. Por lo general los artistas que me interesan son los que se nutren de otras cosas. Me interesa que se entrecrucen los mundos estéticos. Me interesa lo colectivo. No creo en un artista exclusivamente basado en su inspiración que se sienta en su casa solo, creo en un magma donde está todo mezclado. Creo que hay una búsqueda más amplia dentro de la literatura que lleva a mucha gente que está escribiendo en este presente a formatos híbridos. A mí me gusta eso. Me parece que hay que innovar no solamente en los temas, es necesario y político que haya innovación en los temas. Hay un recambio político en cuanto a ellos, pero cuesta más en las formas.

A lo mejor seguimos pensando más en términos de género que de texto. En el tuyo, hibrido, fragmentario, la brevedad suscita el vuelo poético, si se entiende lo poético como una experiencia contemplativa que se mueve entre la síntesis y la brevedad. Poder decir en pocas palabras, emocionar. Tu texto lo consigue. Lo dijiste en entrevista para La Diaria Radio: que el "Diario de Blanes" que compone tu libro es más elaborado en ese sentido. Y, sin duda, los otros fragmentos que corresponden al diario de escritora, también proponen esa mirada de contemplación.

Yo escribí "El diario de Blanes" estando en Blanes en 2023. Fue como el primer material que generé para el libro. Luego empecé a escribir lo que sería el diario de la escritura. Dentro de este aparece registrado el intento de querer hacer literario "El diario de Blanes". Eso fue algo que se me ocurrió que podía hacer leyendo a Lydia Davis, que tiene un libro que se llama Ni puedo ni quiero (2013) donde combina microrrelatos y cartas que escribe, con entradas de un diario de Flaubert que ella está traduciendo. A veces lo inclasificable, en la búsqueda de las etiquetas ––que igual entiendo que son para poder hablar de las cosas––, conceptualmente termina siendo complejo.

El "Diario de Blanes" es tu búsqueda de Roberto Bolaño. Un intento por seguirle la pista, acercarte a su fantasma, por decirlo de algún modo. Aunque ese diario también partió de tu deseo de recorrer el espacio habitado por tus ancestros catalanes.

Yo con Bolaño me fasciné al leerlo por primera vez en Los detectives salvajes (1998). Es un libro alucinante de un autor consagrado. Por lo general esos autores no despiertan tanto mi interés, siempre soy más curiosa de la literatura de los bordes. Pero claro, ante una cosa tan espectacular terminé fascinándome con él. Entré en ese modo en el que no era claro si quería saber cómo escribía así, o si me lo quería comer directamente, tocar sus cosas, respirar lo que él respiraba, oler lo que olía.

Foto: Tania Hachim

Foto: Tania Hachim

¿Eres muy de la música? El texto tiene musicalidad per se, pero la música aparece en diferentes momentos en una suerte de intertextualidad, un diálogo con ciertas canciones.

Para mí la música es el arte más elevado. Una canción puede ser un teletransportador. La música de por sí no es pretenciosa, no tenés que entender de música o saber académicamente cómo funciona para poder experimentar un cambio de estado a partir de ella. Eso no sé si se logra con otras cosas. Capaz que en segundo lugar vendría la poesía. Yo soy muy fan de estudiar las cosas. Si me gusta una música siento la necesidad de saber su contexto, cómo llegó a eso. Lo real es que las canciones son la banda sonora de nuestra vida, son los poemas de los días de nuestra vida. Nadie puede escapar porque la música está en todos lados. En algún momento me enteré de que me gustaba mucho más el pop que el rock o que otros géneros. Eso está relacionado con que crecí en los 80 y 90. Las canciones de Charly… Lo escuchaban mis papás cuando yo era niña. Son canciones que te van acompañando. Esa musicalidad te termina constituyendo como artista. De repente una frase de esa canción aterriza, un poco transfigurada, en un poema o en algo que escribís.

Pensando en esa conexión con la música, también hay intertextualidad con autores, especialmente rioplatenses. Aparecen Cecilia Pavón, mencionas a Rita Chiabo, entre otros.

Cada vez que escribo siento como si estuviera acompañada por una constelación de artistas, de gente que está escribiendo. Me interesa que en esa constelación haya gente que escriba en el presente; pero también están los muertos.

Dices en tu libro: "Una piensa como la ciudad en la que vive". Definitivamente el espacio nos configura emocional y psicológicamente. ¿Cómo piensa un montevideano? No soy de acá, pero viviendo en Montevideo pienso, siento distinto, aun cuando habito mi espacio de infancia desde los recuerdos.

Voy a decir lugares comunes.

Hay lugares comunes acertados.

Hay algo muy nostálgico en la forma en que los montevideanos habitamos la ciudad. La equidistancia, que es bien interesante. Esta autoimagen de percibirnos como unos latinoamericanos diferentes, con una herencia más europea que latina e indígena. Eso es algo contra lo que he luchado en el pasado. He querido saber más de nuestras culturas de origen. Acá es fuerte la presencia del discurso de la "Suiza de América": venimos de los que bajaron de los barcos. Yo creo que hay algo de eso que tiene que ver con la realidad, y hay algo que tiene que ver con un relato que es una ficción. Cada nación construye su ficción de origen. La nuestra es que todos venimos de los barcos, y la nostalgia está relacionada con eso. Es como si estuviéramos todo el tiempo extrañando algo que no está en donde estamos nosotros. También por el hecho de ser un país muy chiquito, todo el tiempo tenemos la sensación de que la fiesta está ocurriendo en otro lugar, eso trae cierta ansiedad.

Siempre se habla del mito fundante, el mito de origen del oficio de la escritura. Ese momento en el que, desde una mirada retrospectiva, se piensa, "ahí me hice escritora". Si tuvieras que buscar ese mito, ¿dónde lo encontrarías?

Los niños no tienen prejuicio de lo que significa ser escritor. El prejuicio lo tengo ahora, que me cuesta decir "soy escritora". Pero de niña no lo tenía, y tengo el recuerdo muy potente y vívido de un día en la escuela. La consigna era escribir un mensaje para poner en una botella ficticia y lanzar al mar, yo tendría ocho años. Me acuerdo de lo que escribí…

¿Qué escribiste?

Algo como: "No soy poeta, ni navegante, solo quiero que por primera vez alguien me escuche". No sabía de dónde había venido. Era abstracto, no lo típico que escribe un niño buscando la rima.

Lo tuyo era un grito desesperado.

Se me metió dentro Lautréamont o no sé quién. Y recuerdo la reacción de la maestra cuando lo leyó. Recuerdo que me asustó, fue inquietante esa reacción. En ese momento tomé consciencia de que tenía una suerte de superpoder, que podía generar en el otro una emoción. Dije: "¡Mirá, puedo hacer esto!". Eso pensé en ese momento y me acompañó toda la vida ese recuerdo. Nunca dejé de ser consciente de que era una herramienta que tenía, algo que podía hacer. El siguiente momento fue en el taller con Daniel Mella. Todavía estaba el COVID. Escribí un cuento que luego se publicó en mi primer libro Mañana. Recuerdo la devolución de Daniel. Yo pegué un salto cuántico en ese cuento.

Para cerrar, dime una canción con la que estés habitando este momento, y un libro que estés leyendo y puedas recomendarles a los lectores de LatidoBEAT.

Hay una canción que he escuchado desde que arrancó el año, y hasta hace dos semanas. Me hice muy fan de un cantante jovencísimo gay. Me interesa mucho el mundo de los gays. En el mundo queer, fuera de lo heteronormativo, me parece que hay diferencia en cómo sufre una persona heterosexual (ahora que estoy atravesando un duelo por una separación). Hay un sufrimiento queer y uno cis. Fernanda Laguna, una poeta que me gusta mucho dice eso. El sufrimiento cis es quedarse anclado ahí, esta cosa del varón sufriente o la mujer que padece. Y el sufrimiento queer cree que el arte puede transformar la tristeza en algo bello. Este cantante se llama Guitarricadelafuente y la canción es "Futuros amantes". En cuanto a literatura, hay una escritora que se llama Sheila Heti, canadiense. Escribió un libro que se llama Maternidad (2018). Llegué a ella por Karl Ove Knausgård, ella lo ha entrevistado mucho. En ese libro se cuestiona su deseo de ser madre o no. Leí y dije "ok, te creo todo". Hay otro de Cecilia Pavón, Desolación (2026), que ha estado hermosamente en mi propia desolación, lo he tenido todos estos meses muy cerquita. Un libro de poemas que te acompaña en un momento vital también puede ser un libro de autoayuda.