En 1943, un dibujo de América del Sur dado vuelta lo dejaba claro: “Nuestro norte es el Sur". La pluma era del uruguayo Joaquín Torres García y la obra se llama América invertida.
Este 6 de febrero, el artista puertorriqueño Bad Bunny cerró su presentación de medio tiempo del Super Bowl diciendo “Dios bendiga a América” para luego recitar, uno por uno y de sur a norte, los países de todo el continente. Detrás un cartel en el que se leía “lo único más poderoso que el odio es el amor”.
Dentro del mainstream, Bad Bunny se ha consagrado como la figura más relevante de las últimas semanas. Por un lado, por ser el primer artista latino en ganar Álbum del año en los Premios Grammy con un trabajo enteramente en español. Luego, por haberse presentado en el medio tiempo del Super Bowl en el día de ayer.
Esto último ha traído cola desde su anuncio el 28 de septiembre de 2025. Desde el cuestionamiento de la elección por parte de sectores conservadores, hasta quejas por el hecho de la barrera idiomática. Incluso, Turning Point USA (la organización fundada en 2012 por Charlie Kirk que adquirió más peso luego de su asesinato), llevó a cabo un espectáculo alternativo en modo de protesta, con presentaciones de artistas como Kid Rock.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, criticó la presentación en su red social Truth Social, sosteniendo que fue “una de las peores de la historia”.
El fenómeno cultural del puertorriqueño va a contramano del contexto sociopolítico estadounidense. Lejos de mantenerse al margen, el proyecto musical de Bad Bunny subraya problemáticas como la gentrificación en su país y enaltece costumbres cotidianas que son propias de países latinoamericanos. Incluso, al recibir sus premios en los Grammy, condenó la actuación de ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).
Todo esto lo convierte en una figura de tensión en el contexto actual, al punto de que se rumoree en redes sociales que en sus últimas apariciones públicas habría utilizado un chaleco antibalas e invertido en seguridad adicional.
Su presentación en el evento probablemente más yankee que existe comenzó en un cañaveral. Tuvo guiños a festividades, negocios como barberías y salones de uñas y la presencia de figuras latinas como Pedro Pascal, Karol G y Ricky Martin interpretando “Lo que le pasó a Hawaii”.
Mientras los estadounidenses parecen haber descubierto la pólvora, de este lado del continente vemos conceptos conocidos. Por supuesto que varios también entran en discusiones sociales sobre qué tan representados se ven en el espectáculo (cuando el rasgo constitutivo de América del Sur es la diversidad cultural) en redes sociales.
Pero, sobre todas las cosas, cuando los yankees se encuentran en los primeros estadíos de descubrimiento de géneros como el reggaetón y el dembow, nosotros —quienes ya los consumimos hace décadas— presenciamos su evolución. Desde las letras aspiracionales al sueño americano, pasando por el cuestionamiento del papel femenino en ellas, hasta este presente en el que los ritmos urbanos parecen ser interpretados como nuevas formas de protesta y representación.
No se trata de una cuestión de elección: es lo que está sucediendo. Es decir, poco importa si a usted le gusta o no el género o qué opina del mismo.
Sin embargo, tras años de movimientos sociales enraizados al star system que parecen traer la solución definitiva a cuestiones sociales para luego diluirse, no es raro optar por el escepticismo de qué tanto puede mover esto la aguja.
La presentación de Bad Bunny rompió récords con 135 millones de espectadores. Fue más vista que el propio partido (127 millones como pico). En definitiva, no solo gana el artista y a quienes representan, sino también la NFL, sus anunciantes y todo aquel que se asocie comercialmente. La disrupción cultural, una vez más, también es negocio.
Pero sí fue una elección por parte del artista no querer amoldarse al público mayoritario del Super Bowl, o al menos acercarse a las preferencias de este. Una decisión similar a la que tomó para su gira “Debi tirar más fotos”, en la que no agregó fechas para Estados Unidos. Invitar a Lady Gaga para hacerla versionar una canción de su repertorio en salsa, como incluir a Ricky Martin, un artista que tuvo que adaptarse al mercado norteamericano en sus comienzos, marcan una intención: si toda la vida nos tocó jugar bajo sus reglas, leer subtitulados, aprender su idioma, ahora les toca a ustedes.
Bad Bunny no va a resolver el conflicto actual ni la desigualdad histórica. ¿Cuánto de esto excedera el plano simbólico? No se sabe. No por eso deja de ser valioso que lo haya expuesto en su epicentro, haciendo enojar —o como se dice en las redes, ragebait— a su principal figura. Y, dejando bien claro, que América más que un país: es un continente.