Por Delfina Montagna | @delfi.montagna
La escritora Samantha Schweblin, nacida en argentina y radicada en Berlín desde 2012, fue condecorada con el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana el pasado miércoles 8 de abril. Este galardón apunta a destacar lo mejor de narrativa hispanoamericana publicado durante el año anterior, es decir, en 2025. Además del prestigio, implica una recompensa de un millón de euros que generó bastante conversación.
Ya su primera publicación, El núcleo del disturbio (2002), había sido galardonada con el Premio del Fondo Nacional de las Artes. Atrajo todavía más la atención con los cuentos de Pájaros en la boca (2008), que habilitó un in crescendo con la novela corta Distancia de rescate (2014). Un concepto que, además, quedó patentado en el imaginario —con una madre que tiene presente mantener siempre la distancia de rescate necesaria con su hija Nina—. Siete casas vacías (2015) son, como su título indica, siete cuentos que abordan la temática de una casa vacía desde distintos lugares, y ya podría categorizarse como un hit editorial. Esta antología fue condecorada por el National Book Award en la categoría de Literatura traducida en 2022. Kentukis (2018) implicó un salto en mayor escala al formato novela, aunque todavía con algunos resquicios cuentísticos: en cada capítulo saltamos en la historia de distintos personajes de alrededor del mundo —que se van desarrollando en cada una de sus apariciones—, interactuando con una inquietante tecnología nueva: unos peluches con cámaras y controles a distancia que dividen repentinamente a todos entre quienes quieren ver y quienes quieren ser vistos.
Desde hace tres años, Schweblin también ejerce su profesión dictando un seminario en Lago Puelo de la Patagonia argentina, donde también reside su familia. Este seminario es casi un retiro o una residencia artística. Sus participantes son cuidadosamente seleccionados poniendo un ojo en la química y complementariedad del grupo, configurando una actividad que se volvió nuclear en el trabajo de la escritora. “Jugar a perderse, pensar abiertamente con los otros con el riesgo alucinante que implica cambiar de opinión, convertirse en otro, volverse porosos, dejar de ser quienes pensábamos que éramos para convertirnos en algo más grande. Estar, de verdad, con otros. Antes me daba miedo dejar de escribir, porque, si no escribía, ¿cómo iba a ser feliz? Este seminario me liberó de ese miedo: pensar con otros de esta manera me hace igual o incluso más feliz que escribir”, comentó sobre esta labor en sus redes sociales.
Como vemos desde aquella primera publicación que fue destacada por el Fondo Nacional de las Artes, su destreza estuvo acompañada de reconocimiento: su nombre incluso se rumoreó —insistencia que solo parece aumentar— como uno de los próximos candidatos al Nobel de Literatura.
Su última publicación, aquella que ameritó el Premio AENA, fue una antología de cuentos titulada El buen mal (2025). Tal como detalló en la presentación del libro en el MALBA 2025, estos cuentos estuvieron regidos en gran medida por preguntas técnicas y desafíos auto-impuestos. ¿Cómo puede la muerte estar al principio y no al final de un cuento? ¿Cómo hacer hablar a alguien sin voz? En los cinco cuentos que componen este libro, la destreza de Schweblin para generar una tensión inusitada moviéndose en el orden de lo real está tan presente como en todo el resto de su obra, pero las operaciones narrativas están pensadas en términos de cada implicancia, de cada movimiento, urdiendo una narrativa con la complejidad de un arma nuclear.
Los niños tienen una forma de pensar que encuentra lógicas cosas que no lo son, de la que nos desconectamos mucho cuando somos adultos y conocemos todos los peligros de la vida. Esta lógica disparatada aparece en El buen mal (“La mujer de Atlántida”), pero también mucho antes en Siete casas vacías (“Un hombre sin suerte”). Aquel cuento de 2015 tiene, posiblemente, una de las aperturas más contundentes y graciosas de la historia del género: “El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina”.
Todo lo que sucede después es tan desesperante como verosímil y lógico: por qué no comentaría la protagonista a un extraño en la sala de espera que es su cumpleaños y que no tiene bombacha —la usaron como bandera blanca camino al hospital—, por qué no aceptaría su invitación a conseguir un repuesto. En “La mujer de Atlántida”, este leitmotiv de la racionalidad demente de los niños es retomada una vez más (sin spoilers) en una travesura que se convierte en el fosforito que empieza el incendio. El efecto más avasallante de esta gimnasia en la narración es el vaivén que se siente entre la comprensión – dos nenas inocentes, jugando a escaparse de la casa de vacaciones en la costa durante la noche – a la terrible angustia que genera su escalada y el punto ciego que siempre tenemos los adultos.
En el cuento “Bienvenida a la comunidad”, como comentó tanto en la presentación como en una entrevista con Eugenia Zicavo en Futurock, la impulsó en gran medida la pregunta técnica de si la muerte podía estar al principio y no al final de un cuento. Pero esta misión no se resuelve con el simple recurso de volver hacia atrás en el tiempo. Sin analepsis, Samantha fuerza a esa protagonista que se quería suicidar a salir del agua y hacer cosas mundanas: prepararle el almuerzo a las hijas, cuidar de su mascota.
En sus ficciones, la escritora argentina reconoció siempre no querer cruzar el límite de lo fantástico, sino maniobrar con el verdadero temor. La verdadera amenaza de lo que si no es real, es aunque sea posible. Como bien indica su epígrafe tomado de Silvina Ocampo, “lo raro siempre es más cierto”. Es casi como un juego de escondite: Schweblin se sale de la mente de la redactora para pensar en dónde está la mente del lector, y así engañarlo o marearlo un poco, para tomar siempre una dirección distinta a la esperada, encontrar un nuevo truco, un agujero en la lógica que logre lo imposible dentro del marco de lo viable. “Me gusta pensar que tengo cierto control de lo que estoy haciendo. Y con control a lo que me refiero es a estar anticipando el circuito que está haciendo el otro, el lector. Es un juego muy sutil, un movimiento que hasta presiento en los autores que más me gustan cuando los estoy leyendo”, comentó en Futurock, ilustrando a la perfección esa coreografía silenciosa entre el escritor y quien lo consume.
También en “El ojo en la garganta” estaba presente el desafío de narrar desde alguien que no tiene voz. Puntualmente, ese agujero en la voz está encarnado por un niño que se traga una pila de litio. Este relato estuvo acompañado de una labor de investigación extensa; Schweblin llegó a contactar a una mujer cuya especialidad era así de específica: los accidentes de pilas de litio en niños de esa edad. Y comenta que, al momento de la ingesta, la saliva activa el litio, es decir, enciende la pila. “Me parecía una metáfora tan grande que tuve que cuidar que no se coma al resto del texto”. El cruce entre este elemento y la operación narrativa radica en que estos accidentes ocurren precisamente cuando esos niños empiezan a hablar. Se quedan sin lenguaje en el instante en el que empiezan a adquirirlo. “Esto autoriza a un tipo de narrador que está y no está”, desarrolló.
Todo este delicado ensamblaje motorizó sin dudas gran parte del éxito de esta última publicación, que la llevó prácticamente en una gira mundial para presentar El buen mal por distintos países e impresionó al jurado del Premio Aena, presidido por la española Rosa Montero e integrado por los españoles Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca, José Carlos Llop, los argentinos Jorge Fernández Díaz y Leila Guerriero, y el mexicano Élmer Mendoza.
En su discurso de aceptación, la escritora le dedicó el premio a “la descuidadísima y abandonada Universidad Pública de Buenos Aires”, aludió a algunas preocupaciones contextuales y de coyuntura, con los grados elevados de violencia histórica que estamos atravesando. Pero cerró en una nota esperanzadora sobre qué tipo de relación puede guardar la ficción y una realidad tan desalentadora con las siguientes palabras:
“La literatura no cambia las cosas de un día para el otro, no salva vidas en peligro. Creo que no hay de verdad ser humano circulando por este mundo que no esté cruzado y comandado por las fuerzas de las historias. No alimenta a los famélicos, no da respuestas finales. Somos todos, la humanidad entera sobre este mundo, un inmenso buque flotando en el mar. La literatura es el minúsculo timón que responde al volante, un 0,0% del buque. Pero es lo que hace que en días y días de navegación este buque llegue a un continente o a otro. Lo que celebramos hoy, de cara a un mundo quebrado y violentado por unos pocos, es la contrafuerza. La conexión con los otros, la empatía, el sentido común. Parafraseando a la poeta polaca Wislawa Szymborska, ‘peor que ponerse a leer y a escribir en un momento como este, sería no ponerse a leer y a escribir en un momento como este’”.