El oso (The Bear, 2023) vivió su momento de gloria y popularidad, y después cayó. La quinta y última temporada, estrenada recientemente en Disney+, merece recuperarla a su sitial elevado en la guía de qué hay que ver. Es un gran final, intenso y satisfactorio, que la sella como una gran serie.
La serie creada por Christopher Storer, sobre un joven chef muy exitoso que vuelve a su ciudad y se hace cargo del restorán familiar luego del suicidio de su hermano, fue ganando seguidores con su primera temporada y explotó con la segunda, por su retrato realista de una cocina profesional, por cómo balanceaba un estrés desesperante con carcajadas, por personajes detestables que uno terminaba queriendo. Catapultó a la fama a sus actores protagonistas: Jeremy Allen White, que interpreta a Carmy; Ayo Edebiri, que hace de Sydney; y Ebon Moss-Bachrach, el primo Richie. Alcanzó la marca de popularidad más evidente hoy por hoy, la estrella Michelin de la cultura pop: se tradujo en memes.
Pero en sus tercera y cuarta temporada perdió popularidad. Fue víctima en parte del formato en que Disney+ la publica: cargar todos los episodios juntos impide que se genere momentum. No se debate cada episodio en redes sociales y juntadas con amigos, no se genera expectativa. Sale, la gente la ve en dos sentadas, y adiós. También fue víctima de un menú televisivo imposiblemente recargado. Cuando apareció en 2022, El oso era una novedad en la reciente y ya finada plataforma Star+. Ahora es un plato más en Disney+.
Más que nada fue víctima de su propia deriva. El oso se expandió más hacia las vidas personales de sus personajes, sobre todo la de Carmy, y se alejó de la cocina. El alivio cómico de la familia Fak se llevó a un extremo caricaturesco que rompió con la ternura que despertaban en un comienzo (olvidémonos de la participación de John Cena; la de Brie Larson estuvo un poco mejor). La relación entre Carmy y Sydney, que tan central había sido, con su mentoría, su amistad y sus teorías de que podía redundar en romance, se corrió a un costado y se volvió frustrante.
La quinta y última tanda de episodios se enfoca al máximo y recorta toda la grasa que se había ido acumulando. Siete de los ocho capítulos transcurren en un mismo día, en un formato casi de tiempo real, y prácticamente que por entero dentro de la cocina del restaurante The Bear. Como si les hubieran sacado presupuesto y hubieran tenido que reducir las porciones de la misma forma que sus personajes. Tanto si lo hicieron apretados como si fue una decisión libre, funciona.
Es el día después de que terminó la cuenta atrás, el deadline en que se quedarían sin plata. Será, entonces, su último día abiertos. Las provisiones no alcanzan para más; apenas alcanzan para esa jornada. Es también el día después de que Carmy le confesara a Sydney que renuncia, que no quiere ser más un chef y que ella será la nueva jefa. De por sí un día bajón, se da en medio de una lluvia torrencial apocalíptica en Chicago, que hace que todo lo que pueda salir mal salga terriblemente mal.
Es un estrés. Cada segundo cuenta, y eso está buenísimo.
Si bien siempre está presente en los márgenes, la temporada zafa del melodrama familiar en el que supo caer en demasía. Es como si el episodio especial "Gary", que se subió separado de la serie y es un flashback extendido, una mini road-movie de Richie con Mikey, el hermano mayor de Carmy (un siempre bienvenido Jon Bernthal), operase como un vórtice de ese aspecto de la serie, que nos dio el tan recordado episodio de la cena de Navidad pero que también suponía apartarse de lo que había hecho popular a El oso: la dinámica en la cocina. Parece una decisión acertada.
La música está a cargo del colectivo Bleeding Fingers Music y producida por Hans Zimmer, uno de los compositores hollywoodenses más reputados (últimamente compuso la banda sonora de la saga de Duna o la de F1 (2025). No se recurre a tirar temazos en momentos clave, como hicieron antes muy memorablemente con “Love Story” de Taylor Swift o “If You Want Blood (You’ve Got It)” de AC/DC, y un poco se extraña. Pero está muy bien utilizada para la tensión, para que bullan las ganas de que de una vez por todas le bajen la cortina a ese restorán del demonio... o le encuentren la vuelta.
Cómo se desenvuelve la relación entre Carmy y Sydney es de los puntos más satisfactorios. Ebon Moss-Bachrach saca a relucir todo su carisma y dice muchísimo con una media sonrisa. Es muy lindo cómo manejan a Neil Fak, siempre el tonto gracioso que tiene un momento para lucirse (aplausos para Matty Matheson, que lo interpreta y es además un chef con varios restaurantes y libros de cocina en la vida real).
Hoy, que tan difícil es que una serie cierre dejando contentos a sus fans, como si esperaran o quisieran que salga mal para poder quejarse, esta sale airosa. Y si vos no salís de verla con ganas de probar las costillas a la Coca-Cola de Sydney y de comprarte una remera de The Original Berf of Chicagoland, no sé qué más decirte.