En enero de este año se estrenó, como una especie de ritual condenado a repetirse para siempre, la temporada 22 de Grey's Anatomy. La serie, una de las más constantes y aclamadas por el público desde el año 2005, volvió con personajes centrales que estuvieron siempre, como Meredith Grey —Ellen Pompeo—, y presentó algunos nuevos que integran la última generación de internos, como Simone Griffith o Benson Blue Kwan. El mismo mes también recibió la segunda temporada de The Pitt, serie de 2025 estrenada en Amazon Prime que se centra en un Departamento de Emergencias que debe lidiar con un turno de 15 horas en el Hospital Médico de Traumas de Pittsburgh.

Desde los tempranos 2000, las series de doctores se mantuvieron firmes. Si bien las ocasiones en las que ocuparon los lugares más importantes del mainstream no fueron tantas, nunca perdieron el lugar que se ganaron en la pantalla desde su invención. Pero como todo fenómeno, tuvo una fecha de inicio.

Hoy quizás sea Grey´s Anatomy la primera serie que salta a la mente cuando se piensa en doctores en la pantalla, pero no fue la pionera. Antes es necesario recordar, por ejemplo, a ER Emergencias (1994). El show que retrataba la adrenalina que se experimentaba en las puertas de emergencia y que llevó a George Clooney al estrellato total. La falta de exploración de los hospitales como un escenario rico para la pantalla grande hacía que todo fuera novedad, que todo se volviera visualmente atractivo. Así, se escogió la primera línea de defensa de la salud como el objeto esencial de la serie. Lo principal eran las urgencias: una quebradura, un accidente, consultas cotidianas, pero gráficamente explosivas. En el medio, relaciones humanas. Amistades, vínculos amorosos o enemistades entre doctores. El hospital funcionaba como experimento o tablero en el que se ponían todas estas piezas a jugar en simultáneo.

Pero una vez ya consolidado el género, el cambio estridente apareció con Dr. House. Una serie de 2004 que hoy también es un clásico, pero que, en su momento, introdujo un montón de novedades. Elementos narrativos que cambiaron la dinámica que había contado las historias de doctores hasta el momento. David Shore, su director, eligió un formato conocido en el cine y la literatura, pero nunca antes aplicado en un hospital: el método detectivesco para resolver casos sanitarios.

Esta decisión parece ser la respuesta a un problema muy práctico que quizás enfrentaron los cineastas: la medicina como un mundo inaccesible que solo es comprendido por sus expertos. ¿Cómo integrar al público a una trama cuyos problemas principales solo pueden resolverse con el conocimiento de materias que desconoce? Las chances de dejarlo afuera sin desearlo eran muy altas. Ante el aburrimiento de la audiencia, como amenaza constante del programa, se le dio un giro a lo más básico. Se decidió trabajar cada caso médico como un misterio policial. Así nació el Departamento de Diagnóstico del doctor House. Una sección ficticia dentro del Princenton Plainsboro de Nueva Jersey enfocada en tratar aquellos casos que otros médicos no lograban resolver.

Acertijos, palabras escritas en un pizarrón como un enigma a resolver. Médicos que se escabullen en las casas de los pacientes sin su consentimiento buscando pistas. La realidad es alterada a favor de la construcción de una atmósfera que poco tenía que ver con la medicina, y que sin embargo la devolvía renovada y doblemente atractiva a la pantalla. Para la elaboración de este formato innovador fue clave diseñar un personaje que no solo lo sostuviera, sino que llevara las riendas del juego.

El doctor Gregory House se lleva toda la atención de manera constante porque es un antihéroe, otro aspecto no tan explotado por el cine en aquel entonces, y mucho menos con bata blanca y bisturí. A la figura de médico intachable y omnipotente que se codeaba con Dios se le agregaron traumas severos, arrogancia, habilidades sociales nulas, ironía casi cruel y una adicción a los fármacos para paliar el dolor que le causaba su discapacidad física. Es el mejor a nivel profesional, sí, pero eso no lo hace mejor persona. No es suficiente. La serie fue exitosa porque puso al cuerpo médico en el mismo nivel que sus pacientes: cometían errores, tenían deseos injustificados, eran miserables. Así, el espectador podía identificarse con aquel doctor que mejor lo representara. La hostilidad de House, la fidelidad de Wilson, la bondad de Cameron, lo desafiante de Foreman o lo pragmático de Chase. Cada uno representaba a un sector diferente de su público, integrándolo a un escenario poco democratizado hasta el momento. Los médicos son humanos y también fallan.

El intento de acercar al espectador a un mundo hasta el momento exclusivo se nota en cosas muy tangibles, como los diálogos. Sobreexplicaciones, menciones repetidas de términos y enfermedades específicas. Las conversaciones entre doctores en este tipo de series muchas veces suenan inverosímiles. En un contexto en el que hablan dos expertos de la misma materia en privado, difícilmente se volverían a detallar procesos simples o se verbalizarían todas las decisiones que se toman de forma explícita. Lo que suelen hacer este tipo de series es buscar un punto medio ideal entre dos fuerzas que tiran en direcciones opuestas: la construcción de un mundo médico realista y la necesidad de involucrar a un público poco conocedor de la terminología.

Grey´s Anatomy fue aún más allá. Durante sus 22 temporadas se enfocó en un drama más humano, separándose un poco del foco que sus predecesoras habían puesto en la explicación de procesos medicinales como un fenómeno lo suficientemente atractivo. Con Grey´s Anatomy el público se enamoró de Meredith Grey y Derek Shepherd, así como de la incontable cantidad de médicos e internos que desfilaron durante tantas horas de metraje. La medicina pasó a un lugar más secundario. Para algunos, esto fue muy bueno, cosa que se tradujo en el éxito global de la serie como ninguna otra de su género y durante tanto tiempo. Otros, en cambio, consideran que en Grey´s Anatomy el hospital funcionó como una mera excusa para hablar de amoríos, amistades, conflictos interpersonales, la vida humana como la conocemos.

Más allá de las diferencias, lo que estas series permitieron en su totalidad fue, por un lado, rescatar la humanidad de los pasillos blancos y fríos de la ciencia, y por otro, contemplar en términos materiales la fragilidad de la vida humana. Que no importa si somos malos o buenos, inteligentes o ineptos, amigables o retraídos. La muerte es una realidad que iguala cualquier aspecto que componga a la humanidad, y en cualquier momento nuestro cuerpo puede fallar. El ser humano busca conocer, entender, crecer, impactar en su entorno o, en otras palabras, trascender. Pero sin importar su persona ni sus logros, está intrínsecamente amarrado a un trozo de materia que no puede dejar de funcionar, pero que eventualmente lo hará.

Aunque las series de hospitales tuvieron su auge en los tempranos 2000, es un género que nunca se va del todo y siempre vuelve a las pantallas y plataformas de streaming con algún pretexto. Ya sea de la mano de caras conocidas con una nueva temporada de Grey´s Anatomy o con personajes nuevos como en The Pitt (2025), los bisturís se renuevan, se acomodan en nuevos cuerpos, cambian direcciones, pero siguen buscando la conquista del espectador.