Hay una diferencia entre una historia que merece ser continuada y una historia que simplemente puede serlo. El Hollywood contemporáneo perdió el gusto por ese matiz. Funciona con una lógica extractiva: si algo generó afecto, puede generar dinero. Si algo tuvo público, puede tener secuela. Y si ese algo involucra a dos actrices que el tiempo trató con una generosidad que parece injusta, mejor. Practical Magic 2 (2026), dirigida por Susanne Bier a partir de un guion firmado por Akiva Goldsman, Georgia Pritchett y Kelly Marcel, llega a las salas 28 años después del original con la misma pregunta que toda secuela tardía debe responder sin responder del todo: ¿a quién le hace falta esto?

La respuesta honesta es que a nadie le hace falta, y que aun así vale la pena verla. Ese es el territorio extraño en el que se mueve esta película.

La Practical Magic de 1998 no fue un éxito. Griffin Dunne dirigió una película que, con un presupuesto de entre 60 y 75 millones de dólares, recaudó apenas 68 millones a nivel mundial. Los críticos la despacharon con la misma mezcla de condescendencia y perplejidad que suelen reservar para las películas que no saben en qué cajón meter. El problema que señalaron era formal: la combinación de géneros, la comedia romántica y el drama sobrenatural, nunca terminaba de cuajar en una sola cosa. Tenían razón y se equivocaban al mismo tiempo, porque esa indecisión genérica era también lo que le daba a la película su textura particular, esa sensación de estar viendo algo que existe a destiempo, como si hubiera sido concebida para otro momento del cine o para un público que todavía no había llegado. Las propias protagonistas lo reconocieron en la Rolling Stone en 2024: estaban orgullosas de la película a pesar de su trayectoria comercial.

El público que la encontró después, en televisión por cable y luego en streaming, la convirtió en lo que es hoy: un clásico de culto con una lealtad desproporcionada a su recepción original. La escena de las margaritas de medianoche, Sandra Bullock y Nicole Kidman bailando en la cocina a las tres de la mañana tiene más vida en internet que muchas películas con mucho mejores críticas. Ese capital simbólico es exactamente lo que Warner Bros vino a canjear, la pregunta es si el canje resulta digno. Y acá hay que separar varias cosas que el entusiasmo y la nostalgia tienden a mezclar.

La película está basada en The Book Of Magic (2021), una de las novelas posteriores de Alice Hoffman en su saga de las hermanas Owens, y sitúa la acción 25 años después de los eventos del original. Sally y Gillian, interpretadas de nuevo por Bullock y Kidman, cargan con el peso de una maldición familiar que sigue siendo el motor narrativo central: la estirpe de brujas que no puede amar sin consecuencias, la herencia que se transmite como una forma de pérdida. La incorporación de Joey King, Maisie Williams, Xolo Maridueña y Solly McLeod como representantes de la generación siguiente funciona como una estrategia generacional legible. Traer sangre nueva sin soltar la sangre vieja, capturar al millennial que tiene 40 años y el Gen Z que descubrió el original en TikTok.

Lo que la película hace bien, y hay que reconocerlo sin condescendencia, es tratar a sus protagonistas como lo que son: dos de las actrices más consistentes de su generación, con una presencia física que no tiene nada de caprichoso ni de gentil. Sandra Bullock tiene 62 y Nicole Kidman 59. La cámara no las esconde ni las celebra con ese patetismo con el que Hollywood suele mirar a las mujeres de cierta edad, esa mezcla de asombro condescendiente y melancolía que implica que lo notable no es cómo se ven sino cuánto tiempo llevan viéndose así. Susanne Bier, directora danesa que ya demostró con Bird Box (2018) su capacidad para manejar tensión en registros populares, las filma con una naturalidad que le hace bien a la película.

La banda sonora merece una mención que no suele recibir, porque tiende a quedar sepultada bajo el debate sobre si la secuela es necesaria. La música original corre a cargo de Rupert Gregson-Williams, y el trabajo es sólido: hay una coherencia de registro que la primera película, con su soundtrack de Alan Silvestri mezclado con una selección de canciones que iba de los Doors a Hank Williams sin demasiada lógica de conjunto, no siempre tuvo. A ese trabajo se suman dos incorporaciones de peso: "Landslide" de Fleetwood Mac, en la voz de Stevie Nicks, y "The Cure" de Olivia Rodrigo. Nicks ya tenía historia con la franquicia. Su canción "Crystal" apareció en el original de 1998. La convivencia de Nicks y Rodrigo en el mismo soundtrack es también, en términos generacionales, una declaración de intenciones sobre a quién le habla esta película.

Donde Practical Magic 2 no consigue resolver sus tensiones es en la arquitectura del guion. Goldsman ya estuvo en el original y no fue la voz más precisa de ese proyecto. Con Pritchett y Marcel como co-escritoras, la película tiene momentos en que la emoción está bien colocada y momentos en que está señalada con demasiada ansiedad, como si no confiara en que el espectador vaya a entender lo que siente sin que alguien se lo explique. Las escenas que funcionan mejor son las que dejan respirar a las actrices. Las que funcionan peor son las que confunden la mitología interna de las Owens con la necesidad de explicar la mitología interna de las Owens.

Pero el problema de fondo de Practical Magic 2 no es estético. Es estructural, y es el mismo problema de casi toda secuela tardía. Existe porque la industria encontró que podía existir, no porque la historia la estuviera pidiendo. Hollywood recicla de la misma forma que recicla cualquier sistema económico bajo presión: porque es más barato que crear. Las propiedades intelectuales establecidas tienen audiencias preaseguradas, maquinarias de marketing que ya conocen el terreno y actores que cargan con décadas de afecto acumulado. El riesgo se reduce. El retorno, en teoría, se optimiza. Lo que se pierde en ese cálculo es más difícil de cuantificar pero no por eso menos real; la posibilidad de que ese presupuesto, ese talento y ese espacio en las salas existiera para algo que no estuviéramos esperando.

No todas las películas merecen una secuela. No todas las historias tienen una segunda parte. El amor del público por el original de 1998 era, en parte, amor por algo que terminaba cuando terminaba. Reabrir esa paz es una decisión que tiene su propio costo narrativo, y la película lo paga sin siempre estar segura de si el gasto valió.

Y sin embargo, la película no puede evitar ser lo que es: el producto de una industria que tampoco sabe cómo romper su propio hechizo. La maldición de las Owens condena a las mujeres de esa estirpe a perder lo que aman. La maldición de Hollywood condena a sus estudios a amar solo lo que ya perdieron, a perseguir con presupuestos enormes el fantasma de algo que funcionó una vez, en otro momento, con otro público. Practical Magic 2 es, en ese sentido, más fiel a su material de lo que parece. Una historia sobre una familia que no puede dejar de repetir sus errores, hecha por una industria que tampoco puede. El círculo no se cierra, se hereda.