Por Catalina Zabala
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El suspenso es una herramienta que seduce sin cansancio; queremos mirar de cerca aquello que eventualmente podría dañarnos. El monstruo que espera a saltar desde cualquier rincón insospechado. Freud lo llamaba “pulsión de muerte”: un impulso muy humano y primitivo que nos arrastra a perseguir el peligro. A la desintegración y a la repetición del sufrimiento. A través de una pantalla, podemos enfrentar este peligro sin sufrir sus consecuencias.
En ese sentido, The Housemaid (2025) es el cóctel perfecto. Uno ya servido muchas veces, pero que sigue deleitando. Un gusto culposo. ¿Qué pasa cuando el peligro está en la propia casa? ¿Qué sucede cuando el vínculo más cercano es el más tormentoso de todos? Paul Feig, su director, elige un escenario muy cotidiano a simple vista para poner a jugar a todas estas fichas: un matrimonio millonario que contrata a una joven para que se haga cargo de sus tareas domésticas. Orden, limpieza, cuidado de una niña. Nada llama la atención.
El gusto placentero está en lo improbable, en lo obsesivo, en la apariencia sana que sorprende, y en los contrastes: luz y oscuridad. Pulcritud y suciedad. Status y anormalidad. Estructuras rotas, sexo y violencia. Con esta mezcla de ingredientes, se va trazando una línea inadvertible y serpenteante de los acontecimientos. Una explosión adictiva para el espectador. La película es una adaptación cinematográfica de la novela homónima de Freida McFadden, de 2022.
La primera línea del elenco ya sugiere por dónde van los tiros: Amanda Seyfried y Sydney Sweeney, dos caras de una misma moneda. La primera encarna a Nina Winchester, una esposa devota claramente aletargada por la costumbre a los lujos y privilegios que su adinerada situación le proporciona. Una “mujer de bien” para los círculos que frecuenta, ahogada por sus propios beneficios. Hermosa, prolija, etérea. Todo esto a simple vista, porque en los minutos que le suceden a su presentación, el suspenso de la película se concentra en torcer y oscurecer cada vez más su figura. Hasta ese punto, nuestra atención está en su deformación. Sydney Sweeney —Millie Calloway en la película— es su alter ego, una femme fatale. Misma cabellera rubia de ojos claros, pero con un esquema que se sitúa del otro lado del camino. Vida marginal y problemas con la ley, espíritu adolescente y figura seductora. Carácter autodestructivo. Ambas comienzan puestas en el mismo tablero, por azar o conveniencia.
La apariencia idílica y la pantomima del orden absoluto se desmoronan en el primer día de trabajo de Millie, y la luz que irradiaba la casa de los Winchester se va tornando cada vez más turbia. The Housemaid funciona en términos de entretenimiento por los giros de su narrativa: uno tiene la constante sensación de saber qué va a pasar después, pero esta intuición siempre pasa a sentirse frustrada. Cada 10 minutos de película los acontecimientos en pantalla toman un camino alternativo.
"The Housemaid" (2025), Paul Feig
Como sucede con constancia en el cine de suspenso, el trastorno psicológico es el gancho inicial de la película. ¿Por qué volvemos siempre al mismo lugar? Lo explicó el psicólogo forense Vicente Garrido y muchos expertos más: la atracción que sentimos por la psicopatía y los asesinos se remonta a nuestra historia evolutiva. En la prehistoria, el enemigo estaba afuera. El hombre se defendía de los animales salvajes que lo acechaban, y vivía con la constante preocupación de ser atacado. Hoy, siglos después y con el mundo prácticamente dominado, encuentra el peligro dentro de su propia casa. El miedo a un desperfecto en el uso de la razón es un recurso utilizado en incontables ocasiones por el género del terror. Porque la imprevisibilidad, la pérdida de control y el atentado contra la propia especie despierta morbo y nos quita el sueño. Uno no está a salvo ni en la intimidad de su hogar. Este puede ser, incluso, el responsable de aniquilarnos.
El sexo juega un rol importante en The Housemaid, que coquetea con la violencia y construye un tono enfermizo difícil de mirar. La presencia de actores como Sydney Sweeney o Michele Morrone son guiños de lo que se viene; uno puede advertir el contenido sexual antes de toparse con él. Un erotismo que, mezclado con peligro y terror, genera algo incalculable, incómodo.
"The Housemaid" (2025), Paul Feig
Durante la película, esta carga sexual va creciendo en paralelo con la tensión y el miedo ya fermentado. El sexo gana por un momento, cambiando por completo el tono de lo que se estaba ofreciendo hasta el momento de una manera casi inverosímil, hasta que la trama vuelve a girar. Y cuando lo hace, suele hacerlo con mucha más energía.
El sexo y el terror se dieron la mano en muchas ocasiones en la historia del cine. Desde sagas clásicas como Viernes 13 hasta ejemplos más recientes como Nosferatu (2024), parece ser el escenario perfecto para exponer todos los morbos. Todas aquellas tentaciones no reconocidas. The Housemaid es una réplica de lo mismo: un ritual dionisíaco donde se extirpan las culpas y se incineran los pecados. Y entre gritos desesperados y la frenética necesidad de querer escapar, se escabulle una fuerza erótica difícil de nombrar pero fácil de retratar, consiguiendo simpatizantes.
La gracia narrativa de The Housemaid está en poner al espectador en el mismo nivel de conocimiento que Millie, que es prácticamente nulo. La amenaza cambia de frente de manera constante: nunca se sabe quién es el villano. Cuando Millie tiene un sueño, lo vivimos junto a ella. Cuando es engañada, el aura completa de la escena se transforma para que seamos engañados junto a ella.
"The Housemaid" (2025), Paul Feig
Pero la película intenta también poner un pie en la crítica social, y ahí se vuelve ambiciosa. El discurso feminista es claro: los problemas que enfrentan los personajes femeninos son consecuencia directa del maltrato de los hombres con los que se cruzaron, y la historia siempre se repite. El mensaje se mete con calzador en una trama que quizás le queda chica.
Otro intento de moralidad es el que gira en torno a la diferencia de clases. Ese abuso de poder que se ejerce en torno a quienes no tienen otra opción: Millie desde el inicio, Nina más adelante. Expone a los poderosos y su poder de extorsión en un mundo en el que quien no tiene nada, pierde. El que sí tiene, en cambio, le debe su estatus al daño ejercido hacia otros. Solo así se llega a la cima. Y es acá cuando vuelve a aparecer la psicopatía como un personaje importante de la película. El psicópata se ve encantador al principio, pero más tarde la falta de empatía se apodera de sí. Endulza el oído, consigue lo que quiere, para luego destruir y utilizar sin remordimientos. Ejerce su poder a toda costa. Y por eso funciona el efecto del miedo, porque los psicópatas reales no persiguen con cuchillos. Están en los hogares, en las empresas, en las universidades. Nadie parece estar a salvo.
"The Housemaid" (2025), Paul Feig
La película se para muy bien en este esquema: una figura que disfruta de dañar a otros porque su ego solo se alimenta del ejercicio de su poder. Endulza al desposeído, lo convence, le ofrece todo aquello que necesita y de lo que no se podría desprender más adelante. Le quita incluso sus facultades racionales y lo hace dudar de sí mismo. Y vive, así, del consumo de vidas ajenas.
El objetivo de la película es entretener, y parece tener la fórmula para hacerlo. Sabe perfectamente qué ingredientes está mezclando y lo hace con precisión quirúrgica. Busca abrir puertas hacia la reflexión y cuestionamientos éticos de otro calibre, pero esto le queda un poco grande. Acá la búsqueda que consigue el éxito es mantener al espectador sentado en el borde del asiento. Toca directo en esta pulsión de muerte, una tan primitiva que reside en todos y supo ser aprovechada por los creativos desde que el género nació. Sin ánimos de exigirle más de lo que aporta, intenta competir con cada contenido audiovisual y fuente de entretenimiento del mundo actual como cada estreno, y mediante una fórmula conocida se lleva, por dos horas, la atención completa de la sala.
Por Catalina Zabala
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