El amor romántico —con su fuerza suficiente para superar cualquier obstáculo, enmarcado en la idea de que, si se quiere de verdad, puede ser para siempre—, es llevado a la pantalla todo el tiempo. Su exploración permite cumplir todos los deseos que la vida real por sí misma no siempre satisface.

La nueva adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas (1847), en cambio, va en otra dirección. Su directora, Emerald Fennell, eligió adaptar una tragedia. Un clásico de la literatura que ya en aquel 1847 resultaba impactante y fuera de lo común. Las libertades que se tomó para adaptar la novela homónima siguen dando mucho de qué hablar e indignaron a gran parte de sus lectores, y es que, en términos de adaptación como tal, se seleccionaron ciertos lugares comunes para contar prácticamente otra historia.

Como ya dijeron muchos críticos y fanáticos, se dejó afuera la crítica social que proponía la novela. Se decidió obviar el hecho de que los personajes originales casi ni llegan a tocarse para sumergir al espectador de la película en un entramado sexual tóxico muy estridente. Si el objetivo es marcar las infidelidades al relato original, estas son abundantes. Pero, más allá de las decisiones concretas de su construcción, es inevitable preguntarse por qué hay éxito en estas historias. Por qué ofrecen materia fértil para seguir siendo adaptadas hoy, tantos años después.

La película no pasó para nada desapercibida. Entre quienes la odiaron y quienes se sintieron profundamente conmovidos, llenó las redes sociales de comentarios y críticas, en su favor y en su contra. Se dividieron en dos discursos principales: aquellos que leyeron la novela y no solo se sintieron profundamente decepcionados, sino que la catalogan como un show pornográfico totalmente reduccionista de una historia muy compleja, y los que no la leyeron. Este segundo sector del público, conmovido por la historia, señaló el carácter eterno del amor que percibieron, que para muchos parece ya estar perdido. El rompimiento de las estructuras en función de algo que se siente en las entrañas. Y las citas de los diálogos llenaron internet.

Tampoco faltaron los trends de TikTok. Grupos de amigas que se grababan saliendo de la sala: la mitad, atónitas y prácticamente asqueadas. La otra mitad llorando desconsoladamente. ¿De dónde viene el ruido?

Dos jóvenes se crían juntos desde niños y establecen una amistad irremplazable. Pero la llegada de la adolescencia arroja luz sobre algo que estaba implícito para ellos mismos: lo que sienten no es amistad. Pero nunca se lo dicen, y el drama radica ahí. La tragedia en Cumbres borrascosas no está en la decisión equivocada, sino en la falta de la misma. Tanto el problema como el poder del vínculo está en lo no dicho y en lo no saboreado. No solo se padece la realidad, sino que la fantasía de lo que podría haber sido se idealiza y crece de manera incontrolable. Las palabras llegan, pero cuando lo hacen ya es tarde. No encuentran lugar para asentarse sin que muchos salgan lastimados.

A diferencia de lo que proponen las comedias románticas promedio, ya no hay tiempo de reparaciones. Solo hay un arrebato desesperado, y después, resignación. Cathy, su protagonista, en búsqueda de una mejor estabilidad económica, se casa con un hombre acomodado. Heathcliff, su amor de la infancia, huye por el dolor. Cuando regresa, lo hace con una brutal violencia posesiva hacia Cathy y la familia que formó por haberse resignado a su verdad interna.

Luego de que Hollywood nos haya acostumbrado a que todo puede arreglarse, que todo tiene solución y que el amor siempre vence, aparece en la pantalla un clásico de retrogusto amargo. La idea de que el amor no solo no es suficiente en muchos casos, sino que en ocasiones es profundamente destructivo. Que hay cosas que nos exceden, que la intensidad de lo vivido cuesta cara, y que el amor en sí mismo no siempre es algo edificante.

En el siglo XIX la sociedad tenía otro orden. El carácter económico-contractual de los matrimonios pesaba mucho y definía varias cosas, y la diferencia entre clases tenía resultados brutales. Hoy la realidad es otra y, en teoría, cada uno se casa con quién quiere. Entonces, ¿dónde está el punto de actualidad? Hoy hay libertad formal, pero aparecen otras realidades invisibles que hacen que esta intensidad no sea atrapable dentro de moldes específicos.

Para los espectadores a los que la película les resultó atractiva, la respuesta parece estar implícita en nuestra propia memoria cultural. Lo dijo Lacan hace ya muchos años: el deseo se sostiene en la falta. Lo que no puede asirse con la mano da hambre, expone la propia limitación. Esto no nació hoy ni con Lacan, de hecho es tan antiguo como la propia humanidad. Sin embargo, el punto de actualidad con esta historia quizás apareció con la muerte de un ideal. Conectar esta historia con nuestro presente fue posible cuando el concepto de la pareja estable que dura hasta la muerte dejó de ser nuestro último deseo. Así, este deseo sin cauce tuvo que tomar otras formas. La idea de lo perfecto mutó y eligió ejemplos muy distintos para perseguir.

Cumbres borrascosas funciona como un síntoma del presente social que atravesamos. Sumamente camuflado, aparece un concepto que no solo es el conflicto total de la película, sino que, curiosamente, también es la realidad del amor romántico actual en las generaciones más jóvenes: la intensidad sin estructura. Una profundidad sentimental que cala los huesos y que atenta con la integridad física de quienes la atraviesan, pero que no tiene un lugar claro para ser; un espacio sano para asentarse. Se mueve de manera salvaje y rompe todo a su paso. Cada vez hay menos matrimonios, y aún menos son los que perduran para siempre. En medio de una cultura de consumo veloz, comida rápida y fast fashion, a veces el público quiere reconectar con algo que trascienda lo circunstancial. Con algo sensorial que se sienta real y que arrastre todo a su paso.

La actualidad de la película también está en la fantasía sexual femenina, censurada hasta hace poco. Un dedo que se mete por la boca de un pescado que espera a ser comido en una mesa. Los golpes de mano abierta en la masa cruda que prepara un cocinero. El pasto en la boca y el bozal de un caballo. O, directamente, escenas de sexo explícito desenfrenado. Ya sea con la literalidad o con lo conceptual en torno a un objeto inerte, la química sexual se cuela en el film y lo dirige por completo, porque es la única consumación de un vínculo que no puede consumarse. El único momento en el que lo material le otorga un ratito de realidad. Así como la sexualidad en la pantalla complació a la mirada masculina durante tantos años, hoy, en casos como este, lo hace para la mujer. Ofrece el marco perfecto para dar rienda suelta a la proyección y la imaginación.

Esto no nace con Cumbres borrascosas, ya se vio en plataformas como Wattpad y el fenómeno fanfiction. Por mucho tiempo las mujeres lectoras se refugiaron en la escritura de sus propias historias, porque solo así podrían ver sus fantasías satisfechas. Frente a una industria que solo alimentaba la visual masculina y limitaba a las mujeres a soñar con el romance, liberaban sus impulsos en plataformas más alternativas. La adaptación visita con frecuencia este lugar. El casting de Margot Robbie y sobre todo de Jacob Elordi no es coherente con la narrativa de la novela, pero lo es con el deseo de un público femenino ajeno a la historia original.

La fidelidad histórica de las películas de época pocas veces es tomada en serio. En este caso tampoco hay una búsqueda implicada en este sentido, porque la decisión es otra. Se apunta al carácter humano de este tipo de vínculos, uno que excede un tiempo o espacio determinado: mientras haya humanidad, siempre van a existir vínculos. La visual está muy cuidada, se apunta a lo grotesco y por momentos surrealista. Vestidos rojos brillantes que parecen de cuerina; en otras ocasiones, brillantes y artificiales. Glitter en la cara. A veces se agradece, a veces hace ruido. Pero lo que queda claro es que nunca hubo una búsqueda de fidelidad narrativa ordenada, y esto da lugar a tantas opiniones como espectadores. La fotografía es un punto fuerte. Composiciones simétricas y balances muy cuidados. Hay una propuesta histriónica y teatral en varios de los planos, principalmente en los momentos de muerte.

Adaptar un clásico es peligroso en sí mismo. Y elegir una perspectiva subjetiva para enfocar una historia globalmente conocida es todavía más osado. Las licencias respecto a la obra original son determinantes y en muchos momentos proponen un camino discursivo paralelo. Decide excluir puntos dramáticos y preocupaciones en torno a las cuales giraba el manifiesto de Emily Brontë. La decisión —que puede ser alabada o destruida—, estuvo en rescatar el tipo de vínculo amoroso concreto que desarrollaba la novela, y hacerlo de una forma en la que se viera reflejado el espectador de hoy. Atrapa lo eterno de un amor violento pero muy intenso y lo saca de su coyuntura, porque se lo puede ver habitando cualquier fragmento de la línea temporal. Respira en cualquier rincón.