El arte atraviesa a José Arenas desde varias disciplinas: la escritura, la música, el periodismo cultural. En términos de géneros literarios, sus publicaciones van desde novelas, como Maricas muertas (2021) y La furia de los hombres (2024), libros de poesía, como Sofía, el tango y otros desaciertos (2016) y Teoría de la milonga (2020), o cuentos en Si ves alguna lágrima, perdón / El chico del delivery y otros poemas (2020), así como perfiles periodísticos. Obtuvo el Premio Nacional de Música en varias oportunidades.

En esta ocasión, presenta El niño envuelto y otras novelas uruguayas (2026). Un libro que reúne tres novelas: "El niño envuelto", "El tango en el Tercer Reich" y "Uruguayan Blues: tres biografías breves". Ejemplos seleccionados que permiten comprender de primera mano cómo funciona la literatura de este autor. 

Las imágenes poéticas inundan tanto esta como varias de sus obras, oscilando entre el encanto y el espanto. Nació en Montevideo en el año 1989, y continúa siendo una figura activa de la literatura. 

Este libro construye un universo muy particular, entre la música, la noche y ciertos márgenes. ¿Cómo empezó a aparecer ese mundo mientras escribías?

Si bien esos mundos pueden hermanar a las tres novelas que aparecen en el libro, cada una apareció en tiempo y forma diferentes. La primera que apareció fue “Uruguayan Blues: tres biografías breves” en medio de la pandemia, cuando no podía escribir nada. No me salía contar algo de manera fluida e inventarle situaciones, descripciones, firuletes, etc. Entonces me propuse contar unas biografías con los datos justos, con base en frases y escenas. Era lo único que podía escribir. Luego, cuando me volvió la voz, les di algo más de forma.

Con “El niño envuelto” fue algo más normal, si se quiere: quise hablar de mi adolescencia en la crisis del 2002. De cómo fue para mi generación atravesar eso desde unos años en que coincidía la entrada a la educación secundaria. Como a mí no me sale hablar con seriedad total acerca de cosas dramáticas, le puse escenas de delirio. Pero sin dejar de hablar de la sociedad, del cuerpo, del deseo, las aceptaciones y los asombros de un adolescente. 

Finalmente, en “El tango en el Tercer Reich”, se me ocurrió que una orquesta uruguaya pudiera haber sido convocada por Hitler para hacer la música de su proyecto nazi. La maldad uruguaya se encarna en una orquesta de tangos y sus miembros. Eso sirvió para dos cosas: hablar de los 70 y escribir una historia de amor entre dos nerds.

El universo del tango aparece como algo vivo pero también bastante oscuro, incluso reaccionario por momentos. ¿Qué te interesa discutir o desarmar de ese mundo?

Es exactamente eso. El tango —género al que me dedico en estudios, investigación y crítica— ha sido, especialmente en Uruguay, un género ligado a lo reaccionario y a los milicos. No todo, claro. Han existido músicos, poetas y difusores presos por la dictadura; Miguel Ángel “El Cristo” Olivera —por poner un ejemplo— estuvo preso, fue torturado y escribió su Tangata desde la cárcel (1986) y sus tangos tupamaros. Pero mientras existían él y otros compañeros periodistas o difusores que también eran perseguidos o marcados, estaban las orquestas, los cantantes que iban a los cuarteles a cantar y a tocar para los milicos. Al mismo tiempo, la estética del tango uruguayo a lo largo de su historia supo ser bastante reaccionaria; con excepciones, claro. Pero en los grupúsculos de viejos tangueros que retrato en la novela todavía hay veteranos a los que no les gusta Piazzolla. Piden que las radios públicas difundan la música de Miguel Villasboas, que murió hace poco, y que además de un músico innecesario era pedófilo y abusador. Viejos que huelen a alcanfor y usan pelucas. Me gusta reírme de eso. 

Si este libro fuera un tango, ¿cómo se llamaría?

Se llamaría como un tango de Eduardo Rovira, “Serial dodecafónico”.

Hay una construcción muy fuerte de voces: entrevistas, documentos, relatos cruzados. ¿Cómo trabajaste esa idea de “archivo” sin que perdiera intensidad narrativa?

Creo que cuando escribí especialmente las dos novelas, en las que los archivos, las entrevistas y las fotos aparecen como parte de la narrativa de los textos, se me vinieron dos ideas a la cabeza. La primera, errada, fue que podía sacrificar un poco de la intensidad que me gusta manejar habitualmente en mis libros. Después me vino la idea correcta, y fue que la intensidad está en la esencia y no en la apariencia. Una frase sola puede ser tan destructiva como páginas enteras de relato. Las diferentes voces que aparecen aquí, bajo la forma que sea, son textos que no pierden fuerza. No por mérito mío, sino por las cosas que cuentan. Esos archivos que se manifiestan para crear una pluralidad de voces narran lo mismo que otros personajes o voces narrativas; una historia que siempre es dura porque a las tres novelas las atraviesa la maldición uruguaya.

¿Qué libro de otro autor/a te afectó de tal manera que te gustaría generar ese mismo efecto en tus lectores?

Quise poner varios para no ser injusto, y terminé siendo mucho más injusto de lo que esperaba. Así que reformulo y voy a decir Tangos (1926), de Enrique González Tuñón. Me generó lo que más me gusta en un libro: sorpresa. No pude creer la forma en la que el hermano de Raúl manejaba el lenguaje, la crónica y la prosa poética en la década de los 20. Y hablando de tangos específicamente, que no hay cosa que me seduzca más. Sus libros –porque después fui tras todos ellos– son algo hacia el futuro. Es un lenguaje de pasado mañana.

En el libro hay escenas muy crudas —violencia, abuso, muerte— contadas con una naturalidad que incomoda. ¿Buscabas ese efecto o apareció en la escritura?

Buscaba ese efecto. Como las tres novelas breves están bajo el aura de la crónica, la biografía o el documental, no podía dejar de hacer aparecer aquello que es muy impactante de una forma natural para la narrativa. De la misma manera en que uno ve un documental. Al mismo tiempo, creo que esa crudeza y “lo fuerte” aparecen aquí bajo algo más que la naturalidad; rozan lo naif y eso fue deliberado. En mis primeras novelas, hace 10 años, usaba muchas “malas palabras” para escenas de lo más intrascendentes. Ahora me gusta hacer el proceso inverso: narrar con cierta asepsia aquello que puede dar miedo, escandalizar, enamorar o romper el corazón. Me gusta más eso.

Muchos personajes se mueven entre lo grotesco y lo trágico. ¿Te interesa que el lector empatice o más bien que se incomode?

Si todo sale bien, el lector será empático con los personajes que correspondan y se incomodará con los que han sido escritos para incomodar.

La masculinidad en el libro aparece atravesada por violencia, deseo y también ridiculez. ¿Desde dónde te interesaba escribir a esos varones?

Desde esos lugares: el deseo, la violencia y la ridiculez. Los varones me cansan, son repugnantes aún cuando no pretenden serlo. Está en nuestra matriz. No importa hacia dónde esté guiado nuestro deseo; somos patéticos, no lo podemos evitar. Cada vez son menos los que lo quieren evitar, son un asco.

El lenguaje es muy oral, muy directo, incluso agresivo por momentos. ¿Cuánto hay de escucha real y cuánto de construcción? 

En la lectura de los registros orales que pueden hacerse de las cosas que escribo suele haber muy poco de construcción. En general casi todo está oído en alguna parte, tengo muy buen oído para eso. Me gustaría tenerlo para la música, pero lo tengo para el voyerismo literario. Casi todas las grandes frases que la gente cita de las bocas de mis personajes se las escuché a alguien. La construcción está en los narradores que, en general, suelen traducir a la ficción mis pensamientos habituales. 

Si tuvieras que armar una “orquesta imposible” con personajes del libro, ¿quiénes la integrarían y qué tocaría cada uno?

Tabaré Guardia tocaría el primer Bandoneón, y Nerd el segundo. Lorena el primer violín, y la chica triste el segundo. La Señora Y el contrabajo, y Antonio Di Tomasso estaría en el piano y la dirección. Por último, el niño envuelto estaría en el canto. 

¿Qué libro nunca te aburrís de releer?

Releo muchos. Y si me aburro no es por el libro, sino quizá por la circunstancia que me hace tener que releerlo. 

Hay una relación muy fuerte entre música y cuerpo. ¿Pensás la escritura también como algo físico?

Sin duda, escribir es algo corporal. Podría hablar desde lo simbólico o lo metafórico pero lo hago desde lo concreto, para mí escribir es un esfuerzo físico. Escribo una nota para el diario o unos párrafos de un libro y quedo liquidado. No sé si es por la exigencia cada vez más grande del hecho de escribir —antes escribía de manera totalmente inconsciente—, o es que ya no tengo 20 años. Pero escribir demanda cuerpo, horas, enfrentamientos.

En varios pasajes lo histórico y lo ficticio se mezclan sin aviso. ¿Te interesa que el lector dude de lo que está leyendo?

Muchísimo. Quiero que crea que le miento allí donde digo la verdad, y que crea que es verdad ese capítulo que no es otra cosa más que invención.

¿Qué libro prestaste de tu biblioteca y hasta el día de hoy no fue devuelto? ¿Y al revés?

Presté el Facundo (1845) de Sarmiento y nunca me lo devolvieron: Diego Bobadilla, si estás leyendo esto, te lo presté para un parcial de Literatura Iberoamericana. Y me prestaron un libro de crónicas de Enrique Symns, que me lo quedé.

¿Cuánto tiempo te llevó escribir este libro, desde la concepción de la idea hasta la publicación final?

Siete años, y no en el Tíbet.

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Fragmento de El niño envuelto y otras novelas uruguayas 

Tengo catorce o quince años. Soy demasiado responsable como para quitarme la vida. Si me suicido no voy a poder estudiar y si no estudio no voy a ir a la universidad ni voy a tener un título y menos aún un trabajo que me saque de este lugar de mierda que comparto con gente que escucha cumbia todo el día con un hilo de baba cayéndole y los ojos rojos. Las viejas que enseñan no me perdonarían matarme y no hacer los exámenes escritos. Mi madre no me permitiría dejar de estudiar por un simple suicidio. Me gritaría mucho. Mi hermano se burlaría de mí. No. No puedo suicidarme aún. ¿Cómo lo haría? La gente de mi edad tiene que ser feliz, crecer, sentir el paso del tiempo como una aventura, no andar por ahí flotando en un río como una bolsa pálida de fracasos, comido por los peces. No, no tengo tiempo para matarme. No queda bien.

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