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Sarmiento vive

Jorge Consiglio, escritor argentino: hoy la barbarie “está en el centro del poder”

El autor de “La Circunstancia”, “Sodio”, “Hospital Posadas” y más, visitó Montevideo por el festival literario Constelaciones eternas.

01.09.2026 16:17

Lectura: 18'

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Por Gastón González Napoli
ggnapoli

Jorge Consiglio no es un tipo de campo. Es porteño y habla como porteño. Pero en su novela más reciente, La Circunstancia, de 2024, se dedica a narrar el campo. Al ser un hombre de ciudad, claro, lo que hace es tomarlo como algo espiritual más que como un lugar: como fuente de poder. Económico y social. Y como algo oscuro.

Su protagonista, la señorita Kendell, arranca el libro en una comisaría, detenida, y decidida a prestar declaración sobre un crimen. Pero antes, entre que respira y arranca a confesar, en su mente reproduce su historia de vida completa, que nace en la estancia familiar: La Circunstancia. Esa es la novela. Su relato en primera persona abarca personajes campestres, un peón acosador, una suerte de Secreto en la montaña, amores enrevesados, crueldad casual, y el descubrimiento de una pasión por el arte pictórico. Kendell se vuelve galerista y hay piezas de arte, especialmente El despertar de la criada, de Eduardo Sívori, que juegan un papel trascendente también desde lo espiritual.

La entrevista —muy animada y que caminó por por qué ya no es posible escribir una novela realista en el sentido decimonónico, la nueva aristocracia argentina, el binomio civilización-barbarie y por qué para él son intrínsecos a lo argentino— tuvo lugar en el café de la librería Feltrinelli, con la excusa la participación de Consiglio en Constelaciones eternas: un festival literario que organizó la semana pasada la editorial argentina Eterna Cadencia junto con Escaramuza. Con Consiglio comenzamos conversando sobre Ruben Rada, fallecido en la tarde del día anterior (“me di cuenta de que lo quería mucho”, dijo con tristeza en la mirada), para pasar luego a la temática de la mesa que compartiría un rato después con los escritores uruguayos Tamara Silva Bernaschina y Felipe Polleri.

Adelantaba Consiglio que conversarían sobre “textos extraños”, y que él pensaba tomarlo por su deseo de “escapar del realismo”. O, más bien, “no escapar: quebrar el relato a través de cosas que no son tan verosímiles”.

Eso era algo que tenía para preguntarte: has planteado que estabas en un proceso de irte alejando de tus comienzos más realistas. En La Circunstancia está en el personaje del capataz, que es casi inmortal, ¿no?

Claro, exactamente.

Como un Dorian Gray.

Como una especie de Dorian Gray. No es que vengo de un realismo estricto, pero sí, en los textos, el imaginario representaba más la realidad tal cual nosotros la conocemos. Y lo que me parece interesante es hacer como pequeños sabotajes en el texto, que tengan que ver con el quiebre del sistema causal que la realidad nos tiene acostumbrados. Es decir, causas y efectos tipo tirás una cosa y se rompe.

En el caso del capataz, yo lo que pensaba es, ¿con qué se asocia la enfermedad? Obviamente, con la desgracia, caíste en la mala, y con la cuestión de que te volvés muy pobre. La desgracia en todos los órdenes: la física, la económica, en todos los órdenes. Yo lo que empecé a pensar es cómo podía subvertir ese sistema causal, que es: enfermedad-desgracia, que es real. Enfermedad-decrepitud-te va todo mal. Entonces, lo que pensé es una patología: un timoma, que es un cáncer en el timo, que en lugar de producirte desgracia te produjera todo lo contrario. El timo genera anticuerpos durante la adolescencia y después va desapareciendo. Lo que yo pensé es: si ese timo sigue presente, se lo confunde con un tumor, y después —que es bastante realista en algún punto, es llevar la realidad a ciertos extremos que da la vuelta— eso te blinda, porque sigue generando anticuerpos; esos anticuerpos, además, te mantienen joven; y, por otra parte, los laboratorios, como son perspicaces y están siempre al borde de captar el negocio, descubren que este tipo tiene eso; entonces le compran la sangre y se vuelve próspero… De esa forma, hinchando un poco las pelotas, me pareció que estaba bueno dar la vuelta por ese lado.

Es un personaje secundario, aclaremos. La novela no gira en torno esta enfermedad.

En la novela no, es un personaje secundario. Pero no tan secundario, sería del primer coro. Viste que hay dos o tres coros por afuera.

Coro qué decís, ¿tipo coro griego?

El coro de personajes. Tenés los protagonistas, el primer círculo de personajes allegados, los segundos, y el tercer círculo es lo más alejado. Y escribí otra novela que se llama Sodio [de 2021], en la que aparece algún tipo de personaje mitológico, que se asimila a una sirena. En todos los casos lo pide el texto, ¿viste? El lenguaje te va empujando el relato para donde quiere. Lo elegís, pero también lo elige el lenguaje. Es una tensión, me parece, entre el lenguaje y el autor. O sea, hay decisiones narrativas que, por supuesto, son absolutamente conscientes, pero hay decisiones narrativas que son empujadas por esa cuestión medio voluptuosa que tiene el lenguaje. En ese caso, un tipo ve este personaje medio anfibio, y cobra un poco más de valor simbólico, si querés, en esa en esa novela. El tipo está completamente atraído por ese fenómeno, por curiosidad, pero también por algo del orden del deseo, pero se da cuenta de que si avanza se ahoga, de modo tal que regresa. Entiendo que esas cosas nunca terminás de saberlas, si están del todo conscientes o no. En este segundo caso, la figura del monstruo me parece ultraatractiva. Esa figura de lo anfibio, de los dos umbrales, de un sujeto —o un personaje que represente un sujeto— que esté en dos mundos. Es muy atractivo para narrar.

Tapa de “La Circunstancia”. Crédito: Eterna Cadencia

Tapa de “La Circunstancia”. Crédito: Eterna Cadencia

¿Lo inscribirías en la tradición de realismo mágico?

No, no, no. Pero sí algo más del orden de lo fantástico. Porque la novela realista, digamos, la novela de carácter, la novela psicológica —no es nuevo lo que voy a decir—me da la sensación de que se agotó en el siglo XIX, que fue la gran época de la novela. Y a partir de las vanguardias entraron algunas cosas que uno no se puede hacer el boludo, ¿no? No hay forma de que escribas ese tipo de textos. Con la realidad que nos toca vivir, y con la tradición que venimos recorriendo, es una estética que el texto empuja. Sería como un clima de época. Por eso me parece que se asimila más a lo fantástico.

Lo fantástico, si vos lo pensás en la literatura argentina, Borges es una de las claves. Pensando en cómo reelabora el extrañamiento de los textos que escribe a propósito de dos vertientes: de ese contacto que él tiene en los ‘20 con el ultraísmo, con las vanguardias, y medio el criollismo también. Y esta segunda línea, que son los cuentos ingleses, con esa afiliación oriental, donde lo que importa es lo extraordinario.

Sí, sí, leí la antología de cuentos fantásticos que hicieron con Bioy y con una de las Ocampo.

Con Silvina. Viste que ahí lo que eligen es formato breve y lo extraordinario. Y son unos textos que-

Que están buenísimos.

¡Que están buenísimos! Me parece que ahí lo que hace Borges es abrir la vanguardia de una manera distinta. Y, por supuesto, criticar, como en Otras inquisiciones; empieza a criticar la novela de carácter, a Proust, a Flaubert, a Dostoievsky, o sea, le empieza a bajar línea. “Basta de”, decía así como “de esta batería de saberes cotidianos inútiles”. Ya sabemos que los personajes abren la puerta, ya sabemos que a las 12:30 se come una cosa por el estilo. Un poco en esa tradición, jugando libremente y desviándome para donde me pide el texto.

Me pareció interesante eso que de que el texto te lo pida, porque pensé que salía más de una búsqueda tuya de “quiero romper con esto”.

Por supuesto tomás decisiones, por supuesto que decís, “che, mirá, quiero escribir esto”, qué sé yo. Pero hay algo en la literatura en particular y en el arte en general, que es que estamos laburando con un material bastante inconsciente, con lo cual vos tomás decisiones, pero hay muchas otras decisiones que no. Que medio que te lleva por delante lo que estás haciendo. Y me parece muy interesante darle bola a eso. Si uno es cuidadoso con eso, es como si fueras cuidadoso con un sueño. No podés decidir lo que vas a soñar. Por lo tanto, tampoco podés decidir lo que carajo vas a escribir. Por eso te hablaba de la tensión que hay entre lo inconsciente y lo consciente. Sí —cuando estás con un texto largo, con una novela— hay una cosa volitiva, pero también hay una poderosísima corriente que es absolutamente inconsciente. Uno tiene que tener oreja ahí para saber cómo moverse en esas dos aguas, que son un quilombo.

Me acuerdo de leer a Stephen King, que decía que escribir ficción era como una cosa arqueológica. Como que vos lo encontrás y tenés que ir sacándolo con un cepillito.

Exactamente, exactamente. Pero nunca tirarle la pala, porque si le tirás la pala lo hacés mierda. Si forzás, tipo, “yo quiero…”; yo quiero, nada. No, no, esas formas preestablecidas me parece que frigidizan el texto, que le quitan erotismo, y si le quitás erotismo cagaste la fruta. No tenés ninguna posibilidad de que el texto levante.

Yendo a la temática de La Circunstancia, supongo que estás podrido de hablar de civilización y barbarie…

No, no.

No sé si viste en el Mundial, no sé cuán usuario sos de redes sociales, que se hablaba de que había una especie de campaña antiargentina.

Sí.

Y que se lo encuadraba en la perspectiva de civilización y barbarie.

Ah, eso no sabía.

El argentino sucio, los jugadores pendencieros, que supuestamente roban con los jueces, Argentina como el enemigo del Mundial; y los españoles que jugaban fútbol atildado y que eran como los que iban a salvar el fútbol de estos villanos. No era casualidad que unos son argentinos y otros son españoles. Con La Circunstancia estuve reflexionando sobre eso y escuché una nota que le diste el año pasado al programa Oír con los ojos, donde contabas que era muy difícil para un escritor argentino escapar de la dicotomía de civilización y barbarie.

Sí, es cierto.

Yo tendía a verla como algo, no sé si perimido, pero que ha sido muy discutido, ¿no? En el Facundo Sarmiento ensalza lo europeo contra lo gauchesco, lo federal. Que el tema federal-unitario acá en Uruguay se replica con otros nombres. Mi pregunta, entonces, ¿vos te metiste con esto porque te salió, como decías, porque era inevitable ser argentino, porque tenías algo para decir sobre el tema…? Me interesa reflexionar sobre sobre la cuestión, cómo la ves la cuestión de civilización y barbarie hoy.

Dos cosas. Si querés te cuento por qué me metí con el tema.

Perdón lo largo de la pregunta…

No, no, me encanta. Por una parte, se me presentó el argumento. Me pareció atractivo narrar eso.

Jorge Consiglio en Feltrinelli. Crédito: Javier Noceti

Jorge Consiglio en Feltrinelli. Crédito: Javier Noceti

¿Ya con el recurso narrativo se te había ocurrido? Eso de que empieza a confesar pero antes sucede toda la novela.

No, esa cuestión de la vuelta la pensé después. ¿Sabés de dónde empecé a…? Viste que todo se te mete por figuras recontra pelotudas. Alguien que está por morirse, que se tira de una de un 5º piso.

…y en ese momento ve toda su vida.

Entonces, digo, que la novela entre en los tres o cuatro segundos, que son cuando vos tomás aire y lo expelés. Pero una vez que empecé a laburar con eso, empecé a pensar en este binomio, no como una expresión dicotómica, como en realidad ocurre en casi todos los autores que yo leí. Argentinos, me refiero. El Facundo —que es un libro incómodo, porque nunca sabés bien si es un ensayo, si es una diatriba, si es una novela, que eso me parece que es genial, que se mezcle todo eso y que tengas un texto difícil de clasificar— no se da como una cuestión binómica, sino que, en realidad, la barbarie que primero está encarnada en la figura de Facundo Quiroga, después está encarnada en la figura de Rosas. Y Rosas está en el centro del poder. Yo lo que pensé es, qué paradójico, porque en la actualidad ocurre algo de esto en Argentina. La barbarie está en el centro del poder, es decir, la figura de Milei, que está cubierta de algo relacionado con la civilización, porque fijate el vínculo que tiene con Estados Unidos —si vos pensás la civilización en este momento, todos parecen mirar a Estados Unidos: la ciencia, el desarrollo de las distintas inteligencias-

La cultura pop.

La cultura pop. Parece ser que la civilización tiene en su matriz un nido de barbarie. Algo está muy presente en ese sentido. Si vos lo pensás también en- perdón que vuelva a Borges…

¡Cómo va a estar mal volver a Borges!

En Borges hay algo de lo especular. El tipo nunca excluye la civilización o la barbarie. Sí veo que las conjuga; o no sé si las conjuga, las articula. Entonces, un poco jugando con esta tradición, porque no es otra cosa que jugar con la tradición, para, ni siquiera para discutirla, para plantearla, empecé a laburar con esta cuestión de cómo se expresa el campo. Porque, en realidad, en la protagonista, lo que aparentemente se ve —daría para discutir— es que su educación sentimental, porque ella se cría en un lugar rural, tiene que ver con la crueldad como factor de-

Cotidiano.

Como factor cotidiano. “Para relacionarte con el mundo, está bueno que seas cruel”. Esta es mi lectura de la novela: lo que yo veo es que, como clase social, la aristocracia toma esto, la crueldad como… La aristocracia y el poder, ¿no? Fijate lo que es la figura de Milei. Pero la aristocracia argentina está acostumbradísima a tratarte mal. Vos estás por debajo de él.

Igual también me gustó algo de la novela: que no vas por el lado de lo absurdo o de lo grotesco. La crueldad se ve, ponele, en el trato a las a las empleadas domésticas, pero es más por abajo, más sutil. No es que le dicen “negra de mierda”. Hay una cosa más vivida.

Sí, sí, sí. “No quiero que me compliques la vida y punto”. No te considero. Hay algo de ese orden: está naturalizado, ni siquiera está reflexionado.

Por otra parte, me da la sensación de que también hay algo dentro de la aristocracia en general, te diría, que tiene que ver con una instancia medio tanática, como que se muerde la cola. No solo te desprecio, sino medio me desprecio. Si no tengo una base —como los católicos, ¿viste?, esta instancia católica que me preserva porque encuentro sentido en la religión—, si no tengo esa instancia, y estoy de frente al vacío, hay algo medio tanático: como que no le encuentro sentido a la vida. Ahí empieza, quizás, el encontrar en la crueldad por lo menos algo del orden del divertimento. Del goce. Todo esto se me mezcló en el texto.

Volviendo a Milei, que habla de “los argentinos de bien”. Vos decís: “La barbarie está en Milei”. Él no se ve como barbarie, claramente.

En absoluto.

Para él, la barbarie está en el peronismo. O, veo mucho en redes, que tratan a otros de “marrones”, le dan un componente racial a esa otra barbarie que describen.

Exactamente. Incluso antes de Milei. Macri hablaba de los orcos, ¿entendés? Para referirse a esas masas oscuras y... Es más viejo que la injusticia. En la Odisea hay una escena en la que Ulises, que tiene la responsabilidad del heroísmo, se expone a las a las sirenas, pero la anónima masa de remeros, que son esos negros del orto que están ahí abajo remando, “tápenle los oídos, ¿qué me importa?”. Ahí también está. Encuentra diferentes expresiones, porque algunas más sutiles y otras mucho más brutales, pero no puedo dejar de regodearme, de ver esta cuestión tanática y querer narrarla.

Y, por otra parte, quería narrar Recoleta. Que es un barrio de Buenos Aires…

Es como el barrio cheto tradicional.

Muy cheto tradicional. En ese barrio yo viví, y lo que sentí… es muy difícil, porque en las calles hay algo del orden del vacío, hay algo del orden de lo despiadado, las miradas… Parece que hubiera algo limado en las relaciones. Tiendo a romantizar por ahí; con romantizar quiero decir, armo estas cosas en mi cabeza. Tiendo a ver una cofradía que finalmente no es tal. Bueno, así funciona mi cabeza y me cuesta desautomatizar esas cosas. Me parece que va por ese lado. No puedo dejar de, como si me doliera una muela, de mirar eso. ¿Viste cuando te duele un diente y hacés así? [se tantea un diente con la lengua] O sea, no puedo dejar de estudiarlo, mirarlo como si fueran bichitos y vos fueras un entomólogo.

Esto que me decís de Recoleta y el tema aristocrático: la novela, aunque no está muy explícito, está situada en los 90. Pero la aristocracia de hoy en Argentina, que muchos viven acá en Uruguay, ya no son del campo, ¿no? Hay una aristocracia nueva.

No obstante, la cuestión más tradicional, lo del campo, está siempre presente, es increíble. Es una cultura. Está. Por supuesto que hay otras; lo financiero, por ejemplo, también es una pata, pero lo del campo como factor tradicional… siempre me da la sensación de que hay un corazoncito para el campo. Tipo, “bueno, carajo”. Hay algo de la…

De la patria.

Exacto, del imaginario del patrón. Un patrón que está al lado tuyo. Esa cuestión tradicional parece que es una expresión… de la derecha. Es una cosa así, muy fuerte.

Fue lo que rompió a Alberto, ¿no? Que no pudo nacionalizar la empresa aquella [la cerealera Vicentín, que Fernández trató de expropiar en junio de 2020].

Exactamente. Bueno, con Alberto… Hablando fuera de la literatura, Alberto tiene responsabilidad sobre el acceso de Milei. Todos nos comimos un bluf grande con Alberto. Yo pensaba, te lo juro, se lo dije a mis hijas, “este vas a ver que es el mejor presidente”, un pelotudo total. Tengo una lectura de mierda. Una cosa de locos. ¿Viste cuando decís “¡ay, Dios! No podés ser tan pelotudo”? Qué sé yo, el poder es todo un quilombo. Que por supuesto es indefinible, pero hay cosas que por lo menos son narrables. Porque son grotescas también, porque en algún punto entra la risa.

Te traigo de regreso a la novela. ¿Va presa al final la protagonista de La Circunstancia para vos?

Mirá, en principio, es un- para mí, no tiene que ver con el texto… Si tenés una lectura realista, es inevitable que vaya presa. Pero tiene un punto de fuga que la preserva, y ese punto de fuga es la locura.

Y esa capacidad de construir la historia…

Exactamente.

La última: ¿vos tenés mucho interés por el arte pictórico? Que aparece mucho de la mano de la protagonista, que es galerista.

No, no, no. Soy un neófito. Lo que armé es un verosímil.

Yo el cuadro ese de Sívori no lo conocía, y me hice acordar a los pre-vanguardistas, como Manet, que pintaban las clases bajas.

Totalmente. Además de pintar las clases bajas, también, que es lo que a mí me pareció genial, el tipo quiebra el realismo con ese muslo larguísimo. El tipo era consciente de que estaba rompiendo varias cosas. En principio, “si pintás también, ¿por qué no te dejás de hinchar las pelotas y pintás a la señora?” [en lugar de pintar criadas] En segundo lugar, “vamos a romper con esa ortodoxia de armonía apolínea”. Las dos cosas me parecen geniales, pero no soy un especialista ni en pedo. Me parecía funcional para el texto, y lo mandé.

Me hizo acordar a una pintura de Blanes, que es el pintor nacional nuestro, que retrata un episodio de la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, y es una mujer tirada en el piso con un bebé, está parado el médico en la puerta, y si vos mirás, el tipo no proyecta sombra. O sea, técnicamente está mal. O realísticamente está mal, porque tiene la luz atrás. Pero queda bárbaro. La sombra le hubiera estropeado.

Está buenísimo el ejemplo. ¿Ves? Eso escapa al realismo, pero en realidad está obedeciendo al texto, en este caso a la obra. Si vos le tirás sombra… Eso es lo hermoso, tener esas lecturas y obedecer eso. Aunque te corras de las reglas del realismo, porque es lo que lo que merece, lo que dispone. El artefacto te lo exige. No es que vos lo elegís.

Por Gastón González Napoli
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