Canelones que humean en la mesa y un suicidio posterior. Esa secuencia breve, por más fuerte que pueda sonar, fue real. Sucedió en Mercedes, Argentina, y Hernán Casciari fue su protagonista. 

Los canelones humeantes inspiraron su famoso cuento que se llamó, justamente, "Canelones". Una broma telefónica como juego adolescente: una señora mayor que atiende el teléfono, cree haber encontrado a su hijo, del que hacía mucho que no tenía noticias, y le prepara unos canelones para esperarlo. 

Pero todo era una broma, su hijo nunca llega. Años después, como una necesidad anatómica de paliar su culpa por haber hecho una broma tan vil, Casciari publica el cuento en el diario local como forma de pedir perdón. 

Lo que comienza como una broma y un cuento publicado termina en una cuasicatástrofe: tiempo después, el hijo de aquella señora secuestra a la madre de Casciari para vengarse de él. ¿De qué se vengaba? Su madre, la protagonista de aquel cuento, se había suicidado poco después de recibir la llamada telefónica. 

Todo esto se cuenta en Canelones (2026), la película producida por Orsai Audiovisuales (del propio Casciari). Como punto de partida toma el cuento, pero luego relata hechos reales de la vida del autor argentino y su madre. Consecuencias de la publicación de aquel cuento famoso.

Hernán Casciari siempre escribió respondiendo a una necesidad. "Cuando escribo algo es porque siento nostalgia, culpa, rabia, son resortes muchísimo más personales y no tanto marketineros", contó en entrevista con LatidoBEAT. Recordó también que su personalidad lo llevó a publicar en internet directamente, sin intermediarios, y que eso le dio una voz propia. La descripción de pensamientos sin ornamentos lingüísticos. 

La película, que maneja un humor negro constante, está protagonizada por  Verónica Llinás, que interpreta a Chichita, y Darío Barassi hace de su hijo, Hernán Casciari. Está disponible en cines y las entradas pueden adquirirse aquí. 

La película está basada en hechos reales de tu vida personal y la de tu madre, ¿pero hasta qué punto? ¿Hay algo que sea ficción?

Todo lo que se cuenta es real, la estructura del relato es una cosa que pasó la noche del 15 de octubre del 2015 en Mercedes. Por supuesto que hay muchas cosas maquilladas, el nombre del secuestrador de mi mamá no es su nombre verdadero, los personajes de Chiri y Hernán en la película tardan tiempo en descubrir lo que está pasando y en la vida real no fue tan elaborado ni tan complejo, ni tuvieron que buscar acá y allá. Lo descubrieron bastante más rápido. Esas licencias son cinematográficas, para darle un poco de espectacularidad al relato. Pero lo relevante del asunto es absolutamente cierto porque si no, no lo habríamos contado. No es una historia que nació de un guion para ser contada, sino que es una cosa que pasó y que dijimos: "Esto lo tenemos que contar". Es todo real.

Uno no dimensiona que el arte propio pueda tener un impacto de este tipo en la vida real. ¿Cómo fueron estos años para vos, desde que sucedieron los hechos y tu mamá te pidió que no lo contaras, hasta ahora? ¿Quisiste dejar de escribir sobre tu vida?

Ni siquiera fue tan relevante porque yo no vivía en Argentina en esa época, fue una cosa que me pasó acá en un viaje. Fue muchísimo más relevante para Chichita que para mí. Chichita lo vivió con mucha intensidad, por supuesto, pero yo me volví a Barcelona inmediatamente después de eso. Esto pasó en octubre del 2015, y en diciembre tuve un infarto en Montevideo que me cambió la vida por otra razón. Fue mucho más relevante y también en una serie de televisión, El mejor infarto de mi vida (2025). Viví dos películas con dos meses de diferencia, y a mí la que más me pegó fue la segunda. Esta fue una historia muchísimo más de mi mamá, a la que yo no podía acceder de forma literaria porque ella no me permitió contarlo, entonces me despegué del asunto. Si no lo puedo contar, me olvido y ya está. Después, con el tiempo, unos cuántos años después, ella tomó la decisión de liberarme la historia para contarla.

¿Cómo fueron los años posteriores a ese suceso? Ella siguió en contacto con él.

Después de que pasó esto él se fue, tengo entendido que volvió al sur. Ahí hay algo que mi vieja no me contó hasta después de la muerte de él, que es que ella siguió en contacto permanente con él, aunque no en una relación de pareja ni de convivencia. Yo no lo supe eso, yo estaba convencido de que no, de que el chabón había desaparecido y nada más. Todo el tiempo que ella no me dejaba contarlo yo pensaba que era por vergüenza propia, por una cuestión de preservar su propia vida y nada que ver. No me lo estaba contando porque no quería involucrarlo a él en una cuestión legal. Él muere en pandemia, en 2020 o 2021, por ahí. Me libera la historia y me doy cuenta que era por eso, que habían seguido en contacto y habían tenido una relación. Ella había viajado un par de veces, se habían encontrado en Bariloche y qué sé yo. Nunca quise saber demasiado de esa segunda parte porque nunca estuve muy de acuerdo con esa relación.

¿Cómo hacés para darte cuenta de dónde hay una buena historia? En este caso es como un suceso muy particular, pero en el cuento original de "Canelones" contás un juego de chicos con bromas telefónicas y terminás logrando un relato muy bueno. ¿Cómo describirías ese radar que tenés para encontrar historias en lo cotidiano?

No es un radar. En el caso de "Canelones" no hay cuento, el cuento es la culpa. Yo no creo que lo haya escrito porque me haya parecido una buena historia. La primera vez que lo escribí —no la versión conocida— fue tres años después de haber hecho la broma. Ahí yo ya escribía unos editoriales para el diario de mi pueblo, Mercedes, viviendo yo todavía ahí. Tendría 19, por ahí. Me acuerdo que escribí una versión muy preliminar de esto en formato de perdón, sabiendo que la vieja esta seguramente compraba ese diario, porque era el único  en el pueblo. Yo nunca supe quién era esta señora ni nada, nunca tuve ninguna información. Entonces yo escribí la primera versión de este cuento como una forma de pedirle perdón a esta vieja. Y una vez que escribí esa primera versión supe que era una historia, porque pegó mucho en el pequeño círculo del pueblo. Cuando la hice para internet la hice de manera más profesional, viviendo en Barcelona, y cuando la recuperé sabía que era una historia muy poderosa, porque la había probado en el público de Mercedes. En general, cuando escribo algo es porque siento nostalgia, culpa, rabia, son resortes muchísimo más personales y no tanto marketineros. Es desde ese lugar.

Y cuando publicaste ese cuento en el diario de Mercedes, que en ese momento había pocos habitantes, ¿no llegó a vos la identidad de la señora?

¿Sabés que nunca? Nunca. En el cuento ya no, pero en ese diario sí aparece el nombre verdadero del hijo. En el cuento yo le puse Daniel, que no se llama Daniel, y en la película también le llamamos Daniel y le pusimos un apellido. Pero en el cuento inicial, que yo lo recuperé en una hemeroteca alguna vez —algún lector medio fanático me lo escaneó y me lo mandó, un viejo de Mercedes—, vi que ahí está la historia contada con el nombre real. Pero nunca jamás hubo ningún tipo de señal. Mucho tiempo después supimos que la vieja se había suicidado y que no había manera de que lo supieran, pero yo no lo sabía en ese momento.

Fundaste la organización de difusión cultural Orsai. ¿Vos elegís qué historias querés llevar a un formato audiovisual o distinto al literario?

Ahí ya hay un equipo que trabaja; un montón de guionistas, socios y la comunidad que también propone, no es una decisión mía. En Orsai, si bien yo fundé todo el conglomerado, me dedico mucho más a lo editorial que a lo audiovisual. En audiovisual hay otra gente que trabaja, que entiende del tema; yo no entiendo nada, no sé nada. Tengo más injerencia en lo editorial, en la parte de Escuela Orsai, en Teatro Orsai también me meto un poco, pero en audiovisual bastante menos. Igual los proyectos son consensuados y todo, en este caso eligieron un texto mío o el principio de algo mío, porque el guion de la película es de Christian Basilis y Josefina Licitra, pero parte de una historia personal y además funcionó como personaje.

Empezaste escribiendo en blogs y publicando en internet, y hoy en día el contenido en redes se multiplicó. ¿Cómo ves hoy en día ese ida y vuelta entre los escritores y las redes? ¿Qué les aconsejás a los escritores jóvenes?

Yo no sé si hubiera llegado algo si no hubiera sido por internet, porque tengo una personalidad muy poco dada al encuentro careta con un editor. Me cuesta mucho ir a lugares y conectarme. Cuando solamente tenía el material para entregar y no tenía ningún tipo de reconocimiento —al principio de mi carrera, que no existía internet todavía—, yo no le encontraba la vuelta. Nunca fui sociable; me invitaban a lugares y no iba, entonces todo el lugar en el que yo podía conectar con otro para ver si entregaba mi manuscrito no ocurría por culpa mía, por mi limitación. Internet lo que a mí me trajo fue la posibilidad de trabajar en pijama, de hacer todo desde mi casa y que se enterara directamente el usuario sin pasar por ese intermediario de la editorial. Eso a mí me ayudó un montón, y no sé si hubiera hecho algo si no hubiera sido por esa llegada absolutamente mágica de la red.

No tengo una respuesta porque es mi hábitat, no sé cómo hacerlo de otra manera que no sea esta. A mí me parece que es muchísimo mejor y fácil que de la otra manera, pero muchas veces me confundo esa facilidad con mi propia limitación personal, que estoy bastante incapacitado para ser sociable. Igual creo que los chicos ahora también tienen esa característica de ser muchísimo más lanzados en lo virtual y mucho más apocados en lo presencial. Me parece que es una enorme herramienta. Publicar ya no significa publicar un libro, es subir a Wattpad o a cualquier tipo de experiencia literaria. Si te gusta escribir un montón subís tus cosas, te encontrás con otros que suben cosas parecidas a tu género, o te gusta el fandom y entonces vas por ese lado y te encontrás con otros, y ahí vas armando tu mundo.

Me parece que vivimos en un río en donde la correntada es la comunidad que vos puedas crear o a la que puedas pertenecer. En mi caso me tocó crear comunidad, pero tranquilamente hubiera sido alguien que perteneciera a una comunidad si no hubiera creado ninguna. La había necesitado, y todo lo que hago hoy tiene que ver con eso, tanto en lo audiovisual como en lo editorial. Trabajo con miles de personas que pertenecen a la "comunidad Orsai", que es una comunidad muy numerosa y fervorosa de muchísima gente de habla hispana con la que hacemos un montón de cosas. Yo no sé si hubiera podido hacer algo tradicional, pero no por revolucionario.

En entrevistas previas hablamos sobre tu estilo literario, y nos contaste que escribís lo que te divierte, lo que te sale, sin prejuicios sobre qué pide el texto, una escritura sin ornamentos. ¿Cómo ves a los autores de tu país hoy en día? ¿Qué opinión crítica tenés?

Yo creo que también a raíz —iba a decir "gracias a", pero no, ni siquiera sé si es una ventaja—, de la tecnología el lector o el usuario está mucho más distraído. No es un usuario concentradísimo en lo que vos le vas a contar como creador de contenido. Está distraído y tiene muchísima oferta, muchísima. Entonces está difícil hoy ser barroco o ser demasiado alambicado en lo literario, tenés que ir más o menos a los papeles, porque si vos le das una página entera complicada, críptica, de esas que hay que entender de base, se te fue al carajo la mitad de la audiencia. Si no te importa eso, a mí me resulta espectacular un escritor que hoy se toma las cosas muy siglo XX en cuanto a la estética. Me encanta, no es que esté en contra.

Entiendo que va a funcionar menos, pero que las cosas funcionen no tiene que ser el resultado de todo, porque si no nos ponemos muy mercantilistas, muy de derecha y entonces solamente funciona lo que se vende, etc. Al mismo tiempo es muy difícil comunicarse cuando la mayoría del público al que vos querés acceder está tremendamente distraído y no te acepta ni una digresión, ni una lentitud, ni una descripción. Está jodido, ¿porque a quién le hablas? Cada vez le estás hablando a menos gente. Te convertís en un escritor de nicho, pequeño nicho, mininicho, micronicho. Y un día te levantás y estás vos solo ahí hablando. Entonces estamos viviendo una transición, eso es lo que está pasando.

Estamos viviendo una transición muy fuerte entre mundos, entre generaciones, entre formas de contar. El audiovisual está pegando muy fuerte, incluso con golpes bajos a la literatura tradicional. Es mucho más fácil poner una película que sentarse a leer un libro, por la cantidad de estímulos que requiere el libro. Requiere tu concentración, no podés estar haciendo dos cosas al mismo tiempo cuando estás leyendo, pero cuando estás viendo una película sí. Entonces pasan un montón de cosas en donde hay menos complejidad, etc. Yo vengo de un mundo personal en donde hace ya muchos años desistí de eso por mi propia limitación. A mí me gusta lo coloquial desde mucho antes de que funcione lo coloquial. A mí me gusta lo coloquial cuando el escritor de mi generación escribía alambicado. Pero nunca lo hice por marketing, mi ideal de escritura siempre fue que todo el mundo pudiera entender. Siempre lo fue. Simplemente porque nací en un blog de internet para público muy diverso de Hispanoamérica en donde tenía que intentar que el nicaragüense entendiera, el español, el mexicano, el uruguayo, el argentino, que todos entendiéramos más o menos la trama, entonces tenía que ir bajando un poco la particularidad del texto. Hoy está todo bastante más parecido a eso.

¿Y qué opinás de esta democratización, que se da en todas las ramas del arte? ¿Es un avance en cuanto al acceso o sentís que se pierde calidad?

Yo lo que más noto es que, independientemente de la calidad —que es tremendamente subjetiva y a mí me da miedo resbalar, y en vez de ser objetivo ser un viejo, que me parece que es una gran diferencia—, me parece que es muchísimo más fácil acceder a cualquier tipo de consumo. Vos te podés bajar la discografía completa de Caetano Veloso en 10 segundos, y la estás escuchando, pero al mismo tiempo también la podés desechar en 10 segundos. Vos podés bajar la obra completa de Mark Twain en 10 segundos, pero también la podés desechar en 10 segundos, y me parece que esa segunda etapa es la preocupante. El poco valor que tiene desechar. Quitar del disco rígido o del celular algo que no te ha costado nada conseguir y que en cambio al otro, a Mark Twain o a Caetano Veloso, le costó un montón crear. Eso a mí me asusta un poco. Todo lo demás es tremendamente subjetivo, pero esto que estoy diciendo es más objetivo. A mí me preocupa que las generaciones vayan perdiendo el valor del arte. La noción de valor en el arte.