Por Bruno Maciel Collazzo
Dani Umpi nunca construyó su obra desde un único lenguaje o soporte. Su retrospectiva en Galería Subte, Dani Umpi: obra reunida, lo deja en evidencia; una constante que no requiere de texto curatorial. Con dos años de planeamiento y trabajo, esta muestra disponible hasta el 4 de octubre fusiona sus diversos encares artísticos en una premisa primordial: el orden dentro del caos.
Esa licencia creativa, ignorar la necesidad de encasillarse en una sola forma de hacer o divulgar arte, lo llevó deliberadamente a lo inclasificable. Hay una pulsión por crear plasmada en un recorrido intencionalmente acrónico, visualmente intenso y atravesado por símbolos y recurrencias propios de su resignificación rioplatense del Arte Pop. Consultado para esta nota, Umpi recordó una época de preocupación por la necesidad de no desordenar su obra y encauzarse hacia un lado en concreto, pero que hace años resolvió esa tensión. Así agotó varios recursos: literatura, música, pintura, collage, fotografía, instalación, performance y escultura.
La muestra se organiza también alrededor del concepto del exceso y la contaminación. Entendida por Umpi como la presencia de la mezcla, de una obra dentro de otras. Aunque reconoce que la idea surgió durante el trabajo curatorial con Rodrigo Barcos, encontró un punto de apoyo en esa preocupación previa por el orden dentro del caos, concepto muy ligado a varias intenciones estéticas de su obra. Se contaminan unos a otros distintos lenguajes y períodos artísticos. La consecuencia es que Dani Umpi: obra reunida es una experiencia visual exigente; el ojo rara vez encuentra descanso y el visitante termina construyendo relaciones entre piezas alejadas en el tiempo antes que siguiendo una evolución lineal.
Esa saturación visual recuerda al concepto del horror vacui, una tendencia compositiva a ocupar el espacio visual hasta reducir al mínimo cualquier hueco de descanso para la mirada. En la muestra de Umpi no funciona como un recurso ornamental, sino como una estrategia de lectura, ya que las obras parecen empujarse constantemente unas sobre otras, y obligan a establecer conexiones entre imágenes, objetos y materiales. “A medida que armábamos la muestra con Rodrigo surgió mucho este concepto de la contaminación, el arte en movimiento, incluso hay contaminación con obras que no son mías”, señala Umpi, en referencia a trabajos de algunos de sus maestros, como Fernando López Lage. Otra observación suya es la necesidad de convertirlo en algo dinámico para que no sea una simple “sala de logros” ordenada cronológicamente: “Hay un momento de la muestra donde instalamos un recorrido de ropa intervenida con precios y productos de revistas, pero fue un proceso donde ya todo nos parecía divertido. Porque si no una retrospectiva, en ese afán de remover puede volverse un poco empantanante”. También destacó que la mirada no era solo hacia el pasado, ya que mientras nos presenta su viaje por su obra, se encuentra en la producción de su décimo cuarto disco.
Tal vez el contaminar no se agota solo a la intención curatorial de la muestra si se consideran las recurrencias simbólicas y estéticas de su trabajo. El rojo Lichtenstein reaparece una y otra vez junto a logos, golosinas, elementos farmacéuticos y tipografías que construyen una iconografía reconocible sin agotarse en la cita pop. La reiteración funciona como una gramática antes que como una colección de referencias.
Un destacado símbolo de su obra es el cono, muchas veces en ese rojo que varía entre lo lichtensteiniano y lo almodovariano. Umpi lo entiende como una manifestación primaria de lo tangible en el cuerpo y una forma primaria de proyección tridimensional: “El cono invade muchas veces mis obras o las infesta y para mí es de mis símbolos más persistentes e importantes, el cono rojo ya es una búsqueda paradigmática. Lo ligo siempre a materializar el cuerpo en la obra”.
La contaminación se concreta desde los propios soportes y sus mezclas. Una pintura deja de ser únicamente pintura cuando incorpora guantes, máscaras o pegotines. El collage deja de limitarse al papel o el formato digital cuando logos, precios y botellas invaden la composición. Los lenguajes dejan de sucederse y empiezan a convivir. También lo hacen los signos. Cada elemento conserva la memoria cultural de su procedencia y adquiere un nuevo significado al ingresar en la obra. En ese sentido, recuerda a la lectura propuesta por Roland Barthes sobre los mitos cotidianos: ninguno de ellos es inocuo, todos cargan significados producidos por la cultura y la sociedad. Umpi no los utiliza como un ornamento del lenguaje pop, sino como un vocabulario visual con el que reorganiza esos significados.
¿Se siente cómodo con esa etiqueta para su código estético? “Sí, me queda cómodo decir que hago pop, en la música es aún más claro porque ya desde el principio con Perfecto (2005) hago electropop, y después en mis lenguajes e inspiraciones plásticas también lo incorporo”.
La retrospectiva termina organizándose bajo esa misma lógica según sus distintas divisiones en la sala. En Pulsión de acumulación, la recolección obsesiva de remeras, chalecos, logos y objetos cotidianos vuelve visible un impulso de archivo de cero descarte, donde todo material puede transformarse en soporte artístico. En Territorio compartido, el procedimiento deja de producirse entre objetos y lo hace entre artistas: la obra de Fernando López Lage que se infiltra deliberadamente entre las de Umpi desdibuja los límites entre autoría e influencia visual.
Pero, ¿cómo un artista nacido en un Uruguay del interior previo a los ochentas se deja permear por lo popular en su conjunto y lo convierte en sensibilidad artística? Analizando la muestra, esta fue una de las preguntas más recurrentes para poder interpretar lo más pop de todo lo pop que su Arte Pop puede ofrecer: el dejarse atravesar por su cotidianidad y convertirlo en código estético. Con una cálida sonrisa, entre varias cosas recordó a Alf, Los Simpsons, el misterio de Twin Peaks que miraba con sus padres y su hermano luego del informativo, los artistas pop yanquis y el neoconcretismo brasilero de Oiticica y Clark, a quienes incluso ha referenciado de manera directa en su propio trabajo.
“También fui muy atravesado por lo kitsch y lo camp, esa mirada muy gay de la vida estuvo en todo. Cuando empecé a escribir cosas en quinto del liceo, todo era súper camp, un texto chorrete, cargado. También estuvo el cine de Almodóvar, la literatura de Manuel Puig y las novelas rosas, que configuraron mi sensibilidad”. Esa sensibilidad marica revalorizó la baja cultura. En lo cursi y seriado de la reproductibilidad kitsch y la intensidad abrumadora de lo camp, Umpi encontró un amor por lo precario manifestado principalmente en lo masivo. El acceso a lo nicho y la sofisticación intelectual eran privilegios para otros, pero para un gay de pueblo en los años ochentas y noventas, a él le tocó sentirse abrazado por un mundo más histriónico, hipersensible e hiperbólico. Materializado hoy en su imaginario estético al escribir.
La precariedad aparece como método. Nada parece esperar el material ideal o el buen estado. Cinta adhesiva, recortes, ropa, ganchitos, pelucas deshechas o elementos domésticos alcanzan para producir obra. “Siempre hice todo con lo que tenía a mano”, resume Umpi. Esa decisión dialoga con su fascinación por lo masivo y por aquello que la cultura suele considerar menor o inútil.
Con la mirada muy probablemente ya agotada si el visitante le presta la atención suficiente a la muestra, encontrará un momento de pausa. Una respiración.
Sobre la mitad de la sala, un living sobrevive vagamente al horror vacui. Un lenguaje universal reconocible para todo el mundo. Un espacio nacido con el nombre de Orden y caos.
La contaminación se abre paso ahora también sobre los espacios. La vista se abre, sobre la mitad de la sala se ve y se siente el hogar o el ritual. Entre paredes gigantes de papel, que varían en la gama del azul y el blanco y el rojo y el negro se encuentra un living mediando con todo el recorrido. Una sala de estar con sillas de mimbre, unas vasijas asiáticas intervenidas, zapatillas delimitando ese espacio, una hoguera de cajas de pasta de dientes al costado.
Se abre la sala y la visión. Fluctuando entre lo doméstico, lo ritualístico y lo escenográfico, uno no sabe si invade un hogar, si lo invitan a parar, a contenerse o reflexionar. La retrospectiva ya no organiza un recorrido, sino que propone el habitar un universo creativo dado por la figura de lo doméstico. ¿Respira la sala?
Lo curioso es analizar que tal vez esa respiración se contamina también, que es una sensación física dada por lo espacial mas no por lo conceptual. No hay excepción, se repite el sistema. Descansa el cuerpo mas no la cabeza.
¿Aprendió algo nuevo de sí o de su obra con el desarrollo de esta muestra? Umpi responde en forma casi inmediata: la muestra lo ayudó a ser más organizado, sobre todo cuando se encontró con sus primeras obras y el desafío de incluirlas. El mal estado de conservación de algunas lo llevó a curar su trabajo con más prolijidad. “Incluso algunos de mis collages estaban llenos de hongos y tuvimos que restaurarlos”.
Instalaciones de este tipo y artistas con un atrevimiento tan grande y con una experimentación tan amplia, pueden traer ciertas preguntas en torno a sus mecanismos de sensibilidad en las instancias creativas. Podría pensarse que esa diversidad responde a una imposibilidad de encontrar un lenguaje propio, o si un material le dejó de ofrecer suficiente y entonces decidió experimentar con tantas cosas. Fuera de la preocupación de decidirse, Umpi reconoce no haber sido ajeno a ninguno: “Yo conectaba con cada uno, no me quedaban cortos. Más bien fui armando mi movimiento. Solo o colaborando con otros artistas, pero entendiendo siempre que si no estás en movimiento no lográs nada”. La implementación fue parte del experimentar y aprender.
Obra reunida es un recorrido poético que abandona la premisa de encasillarse, e implementa el atrevimiento y la intención de crear por encima de las normas más esperadas al momento de la producción artística. Ordenar el caos parece más urgente que nunca pero no porque no se haya decidido por algo, sino porque se decidió por todo. Sobre esta premisa, Umpi concluye: “Yo creo que tengo esa cosa del artista romántico que va viendo, aprendiendo, se deja empapar y así va formando su camino”.