Grace es madre, devota y vecina ejemplar de Uz, un pueblo en el que reina la fe. Para Gabriela Iribarren, la actriz que la interpreta, el proceso de ver cómo se desdibuja y pierde la cabeza es placentero y liberador.
Un día, al igual que a Abraham en la Biblia, Dios le pide a Grace una prueba: debe matar a uno de sus hijos. No puede decirlo, y tiene que elegir entre dos de sus pilares: la familia y la religión. Como bien dice el dicho, "pueblo chico, infierno grande": quienes la rodean comenzarán a observar y juzgar.
Uz: el pueblo combina la crítica con la comedia negra, algo que Iribarren considera importante. A su vez, entiende a la obra como una muy necesaria para los tiempos que corren. La pregunta central del texto escrito por Gabriel Calderón es: ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar en nombre de nuestras creencias?
Habrá funciones de Uz: el pueblo hasta el 14 de junio. Las entradas se pueden adquirir aquí.
¿Cómo fue el proceso de construcción de personaje para Grace?
Fue un poco tratar de cazar la cabeza del director. Estás haciendo un personaje dentro de un contexto mayor, que es la obra, pero también dentro de la visión de la dirección. A partir de ese concepto, hubo que crear a partir de lo que surge del texto, de lo que los demás personajes dicen de ella. Cada actriz crea su propio personaje, siempre va a ser diferente. No solo hay distintas lecturas, sino que también las propuestas exigen distintos requerimientos. En este caso hay un tema rítmico muy marcado por el director. Es un ritmo vertiginoso; en función de eso hay una manera de hablar, de comportarse, de pensar, de corporalidad. Es la creación de una persona que tiene que ser coherente con ese universo y código. Como estamos en una farsa, en los límites del absurdo atravesados por el humor, esos componentes se tienen que combinar en esa personalidad que tiene que ser verosímil para el espectador.
¿Qué fue lo que más te interpeló a nivel personal?
Para mí, el personaje está atravesado por una fe ciega. Eso habla también de una cierta ingenuidad, cualquiera sea la creencia. El responder a un mandato divino y lo que eso implica en cuanto a su moral: una madre de familia ejemplar, ama de casa, sostén de un modelo familiar idílico, con una mirada conservadora sobre el sexo y un respeto al poder divino. A su vez, en esa creación habitan todas las contradicciones. Lo que me interpela como actriz es eso.
El dilema principal, el hecho de matar a tu hijo por mandato de Dios, es bíblico. ¿Cómo fue ponerse en el lugar de Grace como madre?
No fue tan pesado porque, como madre, no suscribo a esa idealización de la maternidad. Es algo que no lo vivo cercano, está lejos de mi modo de verlo. No me conflictúa, comprendo esa manera de vivirla, me parece válida. El ojo del autor está puesto en la crítica de esa maternidad sagrada que se ve interpelada por el mandato del propio Dios. A ella le resulta absolutamente aberrante. Aun cuando sabe que tiene que hacer algo por un mandato superior, siente la contradicción hasta que entra en una vorágine de locura donde todas sus perversiones salen a flote.
De alguna manera, lo que desentraña la obra es cómo, por debajo de esa cáscara de perfección, empiezan a salir todas las miserias que esos seres tienen reprimidas por estar metidos en un molde que no les permite ser. En este caso, vinculado a la religión, pero también puede referirse a otros dogmas igual de enajenantes.
Fotos: Javier Noceti
No es la primera vez que interpretás a una madre de un texto de Calderón. También lo hiciste en Ana contra la muerte.
Ahí sí adhiero a esa mirada de Gabriel sobre el amor incondicional y sobre cómo uno, por amor a un hijo, puede hacer lo que sea. Una cosa es el mandato social de la maternidad, totalmente exenta de sentimientos negativos o contradicciones; otra es el amor profundo y un vínculo muy arraigado en la existencia de una mujer que es madre. Adhiero a la fortaleza del vínculo de Ana.
¿Qué te gustó de trabajar con Damián Barrera?
La eficacia, la eficiencia y la exigencia son tres componentes de una dirección que tiene bien claro lo que quiere. Me gustó la lectura de Damián, de poner esta obra con reminiscencias de los años 50, del sueño americano y todas esas producciones de personajes naif, previo a la desestructuración de los años 60, y cómo ese modelo también se exportó al mundo occidental. También pone el mecanismo de entradas y salidas, como de sitcom americana, en un lugar principal y, de pronto, si leés la obra con las acotaciones del autor, no va tanto por ahí.
La necesidad del director de que, con ese lenguaje y puesta, se pueda reflexionar sobre el hoy: un mundo donde las visiones hiperconservadoras e intolerantes están creciendo y atacan a todas las llamadas minorías. La religión como institución —más allá de las creencias, que son todas respetables— y lo dogmático, lo que es un centro de poder y cómo eso impacta sobre las personas que siguen esas líneas.
También me gustó trabajar lo que puede pasar en una comunidad pequeña, en la que los roles están prefijados y hay muy poca movilidad. Rascás y empieza a aparecer todo: una cultura muy represiva, de vivir a través de los otros, de juzgar y vivir por los otros. Me parece que está bien plasmado tanto en la obra, como en la puesta en escena. Si bien Grace lleva un peso importante en el avance del drama, es una obra muy coral donde cada personaje tiene que ser justo.
Fotos: Javier Noceti
¿Qué sentís que recibe el público de UZ?
La pasan bien, eso es lo importante del humor. Nos hemos desacostumbrado a reírnos del horror, estamos en unos tiempos donde hay que ser políticamente correctos. La incorrección es muy importante para poder criticar algo.
¿Cómo entra el humor en cuestiones tan complejas?
Lo ves desde otro lugar, te distanciás. En algún momento perdés sensibilidad frente a eso, lo ves como un objeto de estudio. El personaje de Grace pasa por momentos dramáticos, donde está sumergida en un drama hasta que se va desmadrando. El disfrute está en hacer eso porque lo estás criticando, no tiene el mismo valor para el que lo recibe. Para vos tiene un sentido positivo.
¿Es un ejercicio catártico interpretar una debacle mental?
Es divino el progreso hacia ese lugar. Empezar algo pintado y que, poco a poco, se vaya volviendo un bicho. Pasar por esos momentos es placentero y es liberador.
¿Cómo dejás ir a los personajes que interpretás?
Los personajes te quedan para siempre. Los dejás porque no los vas a hacer más, pero son parte de la galería que te acompaña. Una aprende mucho de los personajes que interpreta, también hacen a tu proceso vital. Vas comprendiendo e investigando distintos aspectos. Para el espectador también: lo divino del teatro es que, si tenés una buena experiencia y algo te marca, te queda para toda la vida.