Por Gastón González Napoli
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En los dos Antel Arena que llenó Jorge Drexler la semana pasada hubo un momento de tal intimidad que daba cosa cantar a coro, no fuera cosa que se interrumpiera la magia: el dueto de “Te llevo tatuada” entre él y una de las vocalistas que lo acompañaba, la única uruguaya, Flor Gamba.
Con luces bajas, ambos guitarra acústica en mano, mirándose de frente. “Tu voz, tu voz, tu voz en el oído”.
Vestida de blanco, esta canaria de 26 años recién cumplidos, que conoció a Drexler de casualidad en un bar madrileño, hizo olvidar que en la versión original del tema canta la estrella portorriqueña Young Miko.
Pero no solo es corista. Flor Gamba publicó en abril su disco debut, DOCE, en plena gira internacional. Es un álbum casi que completamente grabado en solitario a guitarra y voz, 12 canciones que compuso desde su preadolescencia hasta que se fue a probar suerte a España con 22 años. El cierre de una etapa con el objetivo de comenzar otra, una nueva Flor, antes de que termine el año.
Aprovechamos su visita relámpago para conversar y conocerla más.
Con Jorge Drexler en el Antel Arena. Cortesía de Flor Gamba
¿Cuánto estuviste acá? ¿Vinieron solo para el show?
Solo para el show. Sí, llegamos el jueves de noche, ensayamos el viernes, tocamos sábado y domingo, y el lunes ya nos vinimos para Madrid.
A full. ¿Te dio para ir a Canelones?
Me dio para ir tres horas [se ríe]. Fui en una Cita desde Tres Cruces, sin asiento, bien vivido.
Contame cómo conociste a Drexler.
El día que llegué a Madrid, fue increíble. Me fui a un hostel, yo no conocía a nadie en Madrid; o sea, ni a nadie ni nada. Fue un acto impulsivo de agarrar la guitarra y tomarme un avión. Y abajo de ese hostel, en la esquina, había una plaza y había un barcito que se llama Josealfredo. Fui y esa noche apareció Jorge de la más pura casualidad. Y me dijo: “Bienvenida a Madrid, que tengas toda la suerte”. Estaba con más músicos, que después me hice muy amiga de todos, fue como que me dieron la bienvenida. Colegas argentinos, unos músicos de acá de Madrid que se llaman Mr. Kilombo, Lola [Dolores Aguirre] de Perotá Chingó.
Estaba todo el mundo justo.
Un barcito que entran, como mucho, 30 personas.
¿Y ahí quedaste con el contacto?
Claro, y a partir de ahí empezás a habitar un circuito musical.
¿Cómo se dio tu participación en esta gira de Drexler?
Me llamó este verano, cuando estaban armando la banda yo estaba justo en Uruguay, estaba en el Polonio. Dice: “Flor, ¿cómo andás? ¿Te puedo llamar?”.
Y él andaría por Rocha también.
Estaba justo en la vuelta, filmando el videoclip de “¿Cómo se ama?”. Me dijo: “¿Qué planes tenés para este año? ¿Tenés disponibilidad?”, con una humildad… “Y, bueno, vamos” [se ríe].
Y entre medio sacaste el disco, en abril.
Sí, es un disco que yo grabé hace dos años. Me encerré en un estudio analógico, 100% analógico, de cinta, sin computadora, y dije: “Voy a grabar un disco que represente estos años que he tenido de composición”. En la guitarra, guitarra y voz, que eran los temas que yo tocaba en Uruguay.
El estudio se llama Brasil, está en Madrid. Es como grababan los Beatles en su momento. Y está buenísimo, entrás en la música y tenés que tocar de una, porque si te equivocás tenés que volver a empezar, no podés pinchar y copiar, ni agregar ni editar ni nada. Como viene al mundo, sale. También te da esa cosa del directo, de cuando tocás en vivo.
Y eran 12 años, porque la primera vez que compuse y que empecé a tocar fue a los 12. De los 12 a los 24, que justo cumplía 24 ese día, como un autorregalo así de cumpleaños. Un tema por año. Y cerraba con “Nona”, la canción de mi abuela. Entonces era como un regalo también para ella. No llegué a mostrárselo porque falleció… Me quedé sin poder digerirlo, y no pude volver a mezclarlo hasta un año más tarde. Y en el cumpleaños de mi abuela, el 21 de abril de este año, que justo estábamos de gira en Argentina, dije: “Me voy a animar”. Sin expectativa de nada, era como el antitodo lo que hay que hacer. ¿No tenés portada? No. ¿Y videoclip? Tampoco, y marketing menos. Era una foto familiar. El único objetivo era que existiera, por eso lo lancé. Como una lucha al ego también.
¿Cómo fue grabar en un estudio analógico?
Es muy romántico, tiene esa cosa mística, mágica. Y encima, Javier Ortiz, que es el dueño del estudio, es una persona bastante grande, muy tradicional, escucha música en Bandcamp, ¿entendés? Odia el AutoTune, es lo más anarco y lo más vieja escuela que hay. Entonces, aprendí mucho también.
Yo le dije: “Mirá, si yo quisiera hacer esto perfecto, llamaría a un ingeniero y un técnico. Pero como lo que quiero es probar y jugar, con todo el respeto y el permiso, te pido si me dejás tocar la máquina”. Y él me dejó. Yo veía que había momentos en que me mandaba cada cagada... De hecho se nota, hay temas que tienen pila de reverb, otro que quedó la voz re fuerte. Yo le decía: “Che, ¿vos decís que esto está bien?”. Y él me decía: “Yo no te quiero interferir”, como diciendo… Yo le hablaba y, de repente, me apoyaba así en la mesa de mezcla, y el tipo me decía: “¡No toques la mesa que tiene más de 50 años!”, y yo: “¡Perdón!”. Era increíble la experiencia. Un maestro, la verdad, un genio, y también es un acto de resistencia para él tener ese estudio dentro de un mercado que va por otro lado. Yo siempre hablo de ese estudio y siempre invito a las personas que, aunque hagan urbano, así, mainstream, que vivan la experiencia de estar en ese estudio, porque llegás ahí y es como ir al living de la casa de tu abuela, como ver que alguien te hace el café con la media. El sabor increíble, muy lindo.
Todo guitarra y voz, pero en “Me voy, me fui” tirás un AutoTune.
Me había olvidado. Yo tengo un pedal de voz, que tiene unos armonizadores y tiene un AutoTune. Y dije: “Che, me encantaría probar, a ver qué pasa”. Es un experimento de probar una cosa muy moderna en algo muy viejo. Para los dos, porque ni Javier sabía cómo iba a quedar ni yo menos, imaginate. No sabíamos qué micrófono usar, cómo meterlo en la mesa, si comprimirlo, si no, fue todo un hallazgo. Y él se quedó copado. Y, bueno, fue improvisado en el momento y así se vino, porque fue como dos mundos, capaz que hay 80 años de diferencia entre una cosa y otra.
Cortesía de Flor Gamba. Crédito: Silver Bunny
Empezaste a componer re gurisa, entonces. Doce años.
Grabé mi primer disco con doce, en el galpón de un amigo, un EP de algunas canciones. Esa primera que compuse no la grabé en este disco ahora porque tenía más, quise distribuirlas una por año.
¿Y cuándo empezaste a tocar?
Yo ya tocaba en la vuelta. La primera vez que toqué fue con 14 en Neptunia, que fui sola con dos guitarras porque tenía un delirio con las afinaciones. Me fui de Canelones a Montevideo con las dos guitarras —prestadas, obviamente, porque no tenía una guitarra buena— y me tomé de Canelones a Montevideo un bondi, de Montevideo a Neptunia otro, y me fui a las 12 del mediodía, pensando que no sé, encontrarme ahí con el Lollapalooza. Y cuando llegué me di cuenta de que el festival era en una escuelita divina, comunitaria, que hay ahí, y era de noche. Entonces estuve todo el día boyando en Neptunia, caminando. Dije: "Bueno, aprovecho el día y me saco 'La casa de al lado', de Cabrera". Y estuve todo el día practicando para tocarlo de noche.
En esos doce años de canciones igual hay como algunos hilos conductores. El café, ponele.
Algunos vicios. Con 15 años no podía parar de tomar café [se ríe].
Pero después en los sencillos que venías sacando o la estética que estás teniendo ahora, re choca con esas canciones. Tipo en tu tema “Liviano” jugás con otra instrumentación. Ahí sí, todo computadora.
Todo electrónico. De hecho bajé dos temas hace poco, cuando saqué DOCE; dos temas con terrible producción, pero una cosa que no era yo. Tuve una época de búsqueda que fue una gran escuela de producción, porque aprendí a producir mucho mainstream, y me encanta, me ponés un teclado y soy feliz, o sea, yo soy feliz haciendo música. Pero es cierto que empecé a… y esto con total honestidad, ¿no?
Sí, sí.
Tuve una especie de crisis de identidad, de búsqueda, y apareció también más el ego de querer parecerme a ciertas cosas que, la verdad que no tenían nada que ver ni tienen nada que ver con lo que yo admiro, escucho, consumo, sigo, apoyo, trabajo, siento, me hace feliz, me alegra, me emociona, ¿entendés? Yo siempre había hecho música con el fin de hacer música, y con el fin de emocionarme y con el fin de expresarme. Y si mañana se me apaga la luz, yo no hago esas canciones que estaba haciendo. Me di cuenta en el camino. Venía trabajando en esa nueva Flor electrónica, ese intento de nueva Flor. Y me salió una oportunidad muy linda acá de telonear a un artista que yo admiraba desde Uruguay, desde que tenía 13 años, era mi referencia: The Kings of Convenience. Era mi escuela y yo componía y tocaba, era eso y el Príncipe. Una escuela de la canción. En esa crisis, me mandan un mensaje por Instagram para que telonee al cantante, que yo lo amaba, era el amor de mi vida. ¿Viste cuando te enamorás de un actor, una actriz?
Claro.
Yo dije: "¿Cómo?". No lo podía creer, no podía acreditar. Entonces, ahí inmediatamente me salió el “bueno, voy a hacer todo lo que estoy haciendo, me llevo las maquinitas”, porque me había armado un set, tenía una propuesta muy divertida, de tocar arriba de las bases, tocaba la guitarra, el piano, me tiraba la base... Y el día anterior el pedal que tengo me empezó a joder y se me desafinaba, y en un momento digo: “Pará, Flor, ¿qué estás haciendo? ¿Estás queriendo impresionar y demostrar qué? Si vos toda la vida anduviste con una guitarra de dos pesos colgada en la espalda haciendo canciones. ¿Qué querés hacer ahora?”. Y ahí dije: “Ta, no hago ni setlist. Me voy con la guitarra como Dios manda”.
En ese acto fue que dije: “Che, hace tiempo que no hago esto”, y me fui a ese estudio. Ahí volví a recuperar el vínculo, de a poco me fui dando cuenta de que eso había sido un período de mi vida, que fue una escuela de produ, pero que no era algo que yo quería comunicar. Y ahí, ta, abandoné ese disco, bajé dos temas.
¿Qué era? ¿Una onda más pop electrónico?
Las letras más que nada. Yo me copaba mucho con la música, y la letra, bueno, metía relleno de empanada. Tendencias. Al pedo, al pedo. Al contrario, “Liviano” sí tuvo un approach bastante electrónico, pero pasó por unos procesos espectaculares, y la letra sí que fue escrita desde la guitarra. Porque la verdad que había hecho cada cosa, y los videoclips ni te digo. Y lo que no saqué, que menos mal.
Justo uno de los temas que dejé afuera, que es superpopero, así, medio ochentoso, que está bueno, pero ta, el videoclip era un desastre, decía: “A veces quiero cambiar, pero me sale mal”. Ya algún día lo sacaré.
Cortesía de Flor Gamba - Crédito: Silver Bunny
¿Ahora estás más en esta línea también acústica, cantautora, o le vas a incorporar más de las cosas que hacías antes? ¿Cuál es la Flor de hoy?
Y es el resultado de todo eso. Va a ser bastante fusión. No lo quiero spoilear mucho, pero es un proyecto superlindo. Ya está todo muy pensado en el sentido de que lo principal es lo que comunico a través de la letra, lo que estoy diciendo, la canción, y hay elementos claves instrumentales: desde un arpa, un mellotrón, sobre todo instrumentos analógicos. El plan es en el proceso de composición no usar tanta máquina.
En Beat te hicimos una nota hace años, ahí hablabas del tema orquestal, como que era algo que te interesaba. Porque vos trabajás en música para audiovisual también. ¿Seguís con eso?
Me encanta, sí. Me vine como con ese motorcito también, siempre me gustó lo orquestal. Siempre me conectó con mi abuelo, mi abuela. Mi abuelo era director de orquesta en el Sodre. “Volar” habla del director de orquesta, de la varita mágica que es la batuta, esto de reencontrarme, “conocerte sin haberte conocido”, siempre tuve muy la orquesta en mi cabeza, y tiene que estar siempre en mi música, aunque sea desde solamente la voz a capela, pero siempre en mi cabeza suenan más cosas, siempre en esa estructura clásica.
El año pasado estuve a punto de irme a Budapest, que me habían hecho una propuesta de grabar “Volar” con una orquesta. Y ahora dije: “No me voy ir a Budapest, si algún día lo hago, le voy a hacer en Uruguay”.
Por Gastón González Napoli
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