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Contenido creado por Catalina Zabala
Literatura
Como un demonio

Fernanda Trías vuelve al relato breve con “Miembro fantasma”, su nuevo libro de cuentos

Tras ganar nuevamente el premio Sor Juana Inés de la Cruz por “El monte de las furias” (2025), la escritora uruguaya regresa al género.

16.02.2026 13:46

Lectura: 7'

2026-02-16T13:46:00-03:00
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Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

Miembro fantasma es lo que los médicos llaman al engaño que hace el cerebro tras una amputación. Pueden quitarte un pie, pero no pueden sacarte el dolor. Se trata de una red de nervios que sigue enviando señales de algo que ya no existe.

Fernanda Trías vive en Colombia desde 2015, donde además de dedicarse a la escritura también se dedica a la enseñanza. Es profesora de la Maestría de Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo, e incluso el libro que nos reúne hoy aquí es “el resultado de un proyecto de investigación-creación de la línea de investigación en escritura creativa del Instituto Caro y Cuervo”.

Con Mugre rosa (2020), la escritora uruguaya abrazó un amplio reconocimiento que venía percibiéndose desde la salida de su primera novela, La azotea (2001). Una novela cruda que anticiparía una de las mejores características de la prosa —por momentos— y de los ambientes que genera Trías: la asfixia.

El Premio Nacional de Literatura y el premio Bartolomé Hidalgo son solo algunos de los reconocimientos que la autora obtuvo de un tiempo a esta parte. Vale recordar, además, su nominación a los National Book Awards en Estados Unidos.

"Personaje en construcción" es el título del primer cuento de Miembro fantasma (2016). La puerta de entrada a un libro que ostenta una de sus grandes virtudes: mantiene un hilo narrativo a través de los cuentos. Sostiene un clima y una intención a lo largo de sus 10 relatos.

Foto: Carlos Escobar 

Foto: Carlos Escobar 

Lo cierto es que, como puerta de entrada, "Personaje en construcción" no cumple con su función. Es como si el título sugiriese lo que a continuación vamos a atestiguar como lectores: un cuento en construcción, que no conduce a otro lugar que no sea la nada misma. Un escritor que quiere convertirse en uno que no se estanque en un solo género o en una sola línea temática, sino que anhela moverse por un espectro mucho más rico de temas que el que maneja. Un escritor que solo escribe sobre treintañeros con vidas insatisfechas que hacen lagartijas junto a la medida de whisky.

¿Podría ser esto una crítica a la autoficción, al realismo sucio como un género prácticamente agotado, por no decir ultrajado?

El amague hacia esa dirección se palpa en el aire, como una gresca que no sucedió pero que está a punto de estallar. Como un globo lleno de agua cuyo tamaño no deja de aumentar. Pero esto rápidamente es destronado por una decisión determinante, repentina y, sobre todo, brusca. Esto no quiere decir que produzca sorpresa, como si fuese una suerte de giro drástico —esto de que "el cuento debe ganar por knock-out”, como llegó a decir Cortázar—. Más bien desnortea y confunde, dejando al lector reculando sobre la atmósfera, sobre el ritmo y sobre la historia en sí misma. En su recta final, la nebulosa se disipa y deja entrever la verdadera historia, pero no consigue desprenderse de sus anteriores ropajes.

Los personajes deambulan con dolores que quedan en lo más profundo; perdidos en la memoria, en su amplio espacio desconocido, como una colilla de cigarrillo aplastada y enterrada en la arena.

La cosa no mejora en el segundo cuento, "El orador". Un relato sobre una reunión de adictos en recuperación. La narradora no quiere estar en ese lugar, escuchando la historia del orador y de cómo estuvo internado en una clínica tras haber conocido su fondo. Pero no puede abandonar el lugar: le había prometido a Maite, su hermana, que iría. Y como eran vecinas, sabía que estaría atenta al reloj, al sonido de la llave, a los pasos en la escalera.

Foto: Fernanda Montoro

Foto: Fernanda Montoro

Si bien la narradora profesa un sentimiento particular que pareciese ser una nimiedad pero que adquiere una profundidad interesante —la negación completa o parcial a la sobriedad, como si existiese una imposibilidad de habitar el mundo de esa manera—, "El orador" no parece llegar a ningún lugar. Es un cuento perdido, como los personajes, que baila entre oraciones inteligentes pero que se detiene cuando el semáforo cambia de luz.

Otro factor importante dentro del compendio de cuentos es la figura o la representación del calor. Es, al fin y al cabo, un hilo. Retrata esta asfixia que tan bien consigue Trías.

Sin embargo, "Ciclón" debería haber sido la verdadera puerta de entrada al libro.

Myriam ya es abuela. Pasaron muchos años, siglos —como le dijo a su nieta, que no sabía cuál era el significado de esa palabra—. Muchos años desde aquel ciclón en el Campamento Artigas. Ana María o Úrsula, como era su nombre artístico, escribió un libro sobre aquel suceso. Un libro que la hizo aparecer en radio, en televisión e incluso tener una asistente.

Myriam dice que lo que Ana María relata en el libro no es cierto. Que ellas no se besaron, que no había ningún vínculo amoroso entre ellas, que nada de lo que la tinta marca en esas hojas de papel es verídico. A medida que avanzamos por este territorio extraño y austero que significa explorar la memoria y los recuerdos de una persona, la historia va tomando formas redondas y significativas. Los saltos temporales no resultan exagerados, no son de relleno. Lo que en principio pensábamos de Myriam se desmorona: se delata a sí misma al querer borrar a Ana María, su amiga de la infancia, quien la trataba, al final de la secundaria, con resentimiento anquilosado. Fue por su indiferencia.

Por su parte, el cuento que le da título al libro impacta. Un cuento sobre la época de la dictadura, con coordenadas, con calles y delimitaciones. Un hombre que ve cómo su barrio, su ciudad, empieza a desaparecer. Lo mismo sus compañeros de cuadra, su padre, él mismo. Todo se lo cuenta a un hombre en un bar. El narrador paga las vueltas; el otro escucha, empinando el codo, atestiguando las anécdotas y la vida de este hombre, entre ginebras y chistes que se pueden escuchar en cualquier bar de la avenida Rivera. Lo que no sabe el oyente es que él también forma parte de esa historia. El alcohol es el mejor psicólogo, dice el narrador, que vivía en Chaná 2025. El invita al psicoanálisis, el otro pone la resaca.

Al igual que "El orador", "Si el mundo parara de hacer lo que hace" también trata el dolor como un demonio que relame la oreja desde el punto de vista de la adicción. Pero hay ciertos momentos de redención.

Miembro fantasma es la vuelta al cuento de Trías. Desde No soñarás flores (2016), la escritora uruguaya se había concentrado en la novela, en la fuerza que podía alcanzar en las historias largas y sostenidas. Hay revelaciones y desnudamientos que son íntimos, como verse llorar a uno mismo en el espejo. Persecuciones, personas que corren detrás de un recuerdo, de un recorte de diario, intentando buscar algo que ya no existe. Porque a los lugares donde uno ha sido feliz, no debería tratar de regresar. El tiempo habrá hecho sus destrozos.