Calle Soriano, Montevideo. En el arco central de la Sala Verdi, entre los bustos de Giuseppe Verdi y Richard Wagner, un cartel luminoso de color verde anuncia "teatro público".
En el hall de entrada próximamente habrá funciones e intervenciones escénicas. Debajo del escenario principal, además, se encuentra lo que ahora es el Estudio Verdi: una sala de ensayos que también funciona como espacio para obras. Allí se presentó Birdland, a principios de este año, y en octubre llegará Quiero que me susurres una canción para mi muerte, de Analía Torres.
Ocupar todos los espacios posibles, abrir la sala para que convivan ensayos, obras y procesos de creación, manejar un amplio abanico de posibilidades. Hacer que la sala respire y tenga vida propia.
Para Felipe Villarmarzo, director de la Sala Verdi desde septiembre de 2025, esto significa teatro público.
Villarmarzo proviene del mundo del cine, área en la que trabajó durante más de diez años. Le gustaba el teatro y lo vivía desde el lugar de espectador, hasta que una llamada de Gabriel Calderón cambió las cosas. Estaba buscando un productor para su gestión de la Comedia Nacional y pensó en él.
—Le dije que me encantaba la propuesta, pero que yo no sabía de teatro. Me contestó: “No te preocupes, de teatro ya sé yo, quiero a alguien que pueda manejar muchos proyectos a la vez y que tenga una cabeza más interdisciplinar”. Y ahí empecé.
Ahora, como director de la Verdi, sabe que ocupa una responsabilidad distinta. La idea, dice Villarmarzo, es que la Verdi no funcione solo durante las funciones. Este año habrá estrenos, residencias, conciertos y obras infantiles repartidas en distintos espacios de la sala.
Al momento de esta entrevista, la sala principal está ocupada por la escenografía y el equipo técnico de Ay—la miseria nos hará felices, el primer estreno de la programación. Caminan alrededor de las tablas, van tras bambalinas; alguno se sienta a supervisar desde el punto de vista de la audiencia. Para Felipe Villarmarzo, esa circulación constante es señal de que la sala está viva y de que las cosas van bien.
¿Por qué “Teatro público”?
Tiene que ver con la responsabilidad de las instituciones públicas y de los teatros en particular como equipamiento cultural. Tienen una tarea muy específica, que es dar las posibilidades que tienen que dar, ocupar ese lugar en el ecosistema, en diálogo con el teatro comercial e independiente y con nuestra principal comunidad, que son los artistas de la ciudad y el mundo. Como sala de teatro público y de creación local, tratamos de ser abiertos en el mayor de los sentidos.
Una cosa es ser productor ejecutivo y otra es ser director de una sala. ¿Qué desafíos creés que te esperan de acá en adelante?
Si bien Gabriel era muy generoso porque me dejaba estar en conversaciones y poder opinar, aunque las decisiones las tomara él, son trabajos distintos. Como director tengo la responsabilidad de la programación artística de la sala, de elegir a los artistas y de hacer un seguimiento artístico cuando yo no soy artista. Tengo que estar estudiando, aggiornado y mirando mucha cosa. Es distinta la responsabilidad, pero como tengo esa noción de que la sala es un ecosistema, me tengo que encargar de que esté vivo, y eso me va dando los indicadores de si va funcionando o no. Ver artistas por todos lados me hace darme cuenta de que la sala está funcionando: bajo y hay un montaje, de tarde vienen al taller, de noche hay una presentación de un libro.
En tus planes de gestión está la inclusión de dos espacios adicionales además del escenario principal, ¿cómo surgió esa idea?
El Estudio Verdi —donde hicimos Birdland a principio de año, donde ahora están ensayando cuatro espectáculos y donde va a ser el estreno de Analía Torres en octubre— previamente funcionaba como una sala más informal. Lo que hicimos fue ponerle equipamiento y un piso específico, calendarizarla; transformarla formalmente en una sala. En anteriores oportunidades se había hecho algún espectáculo ahí y, cuando yo llegué, se usaba como una sala de artes visuales. Descubrí que era un espacio justo abajo del escenario, con unos metros cuadrados interesantes para empezar a probar cosas. De hecho, todo el espectáculo de Calderón fue ensayado ahí. Con lo poco que tenemos, poner una sala a disposición del medio para poder ensayar es un recurso muy valioso.
Después el Hall Encendido es para tener una sala más pequeña, en diálogo con la calle y el público, donde podamos hacer cosas distintas: presentaciones de libros, algún concierto. Es una sala muy del siglo XIX que estamos llevando al siglo XXI; también tenemos poco espacio y queremos aprovecharlo. Cualquier excusa que tengamos la queremos poner a disposición para relacionarnos con artistas.
El programa de este año incluye música además de obras de teatro. ¿Qué interés hay por lo multidisciplinario?
Nuestro relacionamiento con artistas tiene que ver desde el sumum, que puede ser producir un espectáculo o hacer una obra, hasta la mínima fracción, que puede ser que un artista de cine pida grabar un videoclip en la sala. No tenés que dirigir teatro para relacionarte con una sala, hay muchas formas.
La idea de que sea una sala de creación es central para pensarnos. El hecho de poder crear y acoger procesos de creación —que ojalá tengan un ciclo de vida largo y exitoso y, si no lo tienen, bien también—. Como trabajé en audiovisual, tengo muchos amigos cineastas que me dicen que no son tan del teatro y yo les contesto que piensen en alguna idea que quieran hacer. ¿Por qué no llamar a un director potente de audiovisual para hacer unos videos de teatro? Hay cosas muy valiosas en la multidisciplinariedad, partiendo de la base de que lo mejor que sabe hacer la sala es teatro.
¿Qué valor tiene la comunicación en tu gestión?
Para mí, lo más importante de la comunicación de un teatro es su programación. Comunicamos, primero que nada, teniendo una programación y artistas potentes. Después, se desdobla en un montón de satélites, que son las redes sociales, la página web, la prensa y todos los fractales que podamos inventar y que son todos bienvenidos. En ese ámbito, los videos son importantes, las redes también, y tratamos de que los artistas contengan esa parte también. Estamos trabajando con dos diseñadoras fantásticas que son artistas. Tenemos un equipo de comunicación que estamos tratando de robustecer para que la programación permee nuestra estrategia de comunicación.
Durante su gestión, Gustavo Zidan resaltó la importancia de tener programaciones más largas. Vos también. ¿Por qué creés que es importante?
Es un sentir que identifico como vigente en la ciudad. Pienso principalmente en los artistas que están dos o tres años creando un espectáculo y después hacen diez funciones. Creo que a las obras hay que darles más funciones. Está bueno que después de estar creando tanto tiempo, puedas proyectarte en una sala que te ofrezca estar todo el año programado en mayor o menor medida.
Entiendo el tiempo como un recurso muy valioso, queremos dar tres, cuatro o cinco meses de ensayo para los procesos que están en la sala para que puedan habitarlos y equivocarse. El tiempo de la creación y el tiempo para la programación son dos claves en las que nos recostamos para trabajar con artistas.
Has tenido la oportunidad de visitar distintas partes del mundo. ¿Qué puntos fuertes sentís que tiene el teatro uruguayo a diferencia de otros?
He vivido en varios países y en mi período con la Comedia Nacional viajamos un montón. Hicimos muchas giras y eso me permitió ver muchas cosas desde el lugar de productor de teatro. Creo que el valor que tenemos acá, que es una cosa buena y mala a la vez, es que no necesitamos tanta infraestructura ni detalle de cómo vamos a hacer las cosas para llevarlas adelante. Acá el teatro independiente tiene una pulsión de hacer que es arrolladora e impresionante de ver. Vos vas a Alemania y nadie se mueve a hacer una obra de teatro si no tiene toda la financiación y todas las garantías. Nosotros tendríamos que trabajar para acercarnos hacia ahí, pero que eso no nos limite es un valor. Esa fuerza creadora que tiene Uruguay, y Montevideo como ciudad con gran tradición teatral, hace que el teatro te manche.
Hacer mucho con poco.
Hacer mucho con poco y a pesar de lo difícil que es. Por la cantidad de ciudadanos que somos, por las características que tenemos como sociedad, por un montón de cosas que han hecho que sea casi que un contrasentido hacer teatro y, sin embargo, se hace mucho, muy bueno y con una potencia que no es tan fácil de ver.
Hay obras de esta temporada que aún están en proceso de escritura. Imagino que esto requiere tener confianza en los artistas.
A mí me interesa el proyecto final, pero lo que más me interesa es relacionarme con los artistas que llevan adelante los proyectos. Me interesa Ay—la miseria nos hará felices, pero más me interesan Levón, Margarita Musto, Dahiana Méndez, Rogelio Gracia y su equipo de diseñadores. Me interesa Mi amiga fantasma, pero más me interesa que estén Camila Ferrari y Gustavo Kreiman codirigiendo y coescribiendo un espectáculo por primera vez. Me interesa Quiero que me susurres una canción para mi muerte, pero más me interesa Analía Torres creando un proyecto específico para el Estudio Verdi. Me interesa Mosquitos, de Lucy Kirkwood, pero más me interesa que Josefina Trías sea una artista de la casa y que, junto a Vachi Gutiérrez, vengan a hacer un proceso de ensayo y se copen convocando gente. Me interesan más los artistas que los resultados finales.
¿Es una posibilidad contar con artistas residentes?
Hay que ver cómo se implementa el concepto de residencia. Me gusta la idea de trabajar en relaciones a largo plazo y que un artista haya trabajado en la sala no significa que no pueda volver a trabajar, no creo mucho en esa lógica. De hecho, el año pasado —durante la gestión anterior— Gustavo Kreiman estrenó Díptico de los padres y este año, además de reestrenarlo, hace un espectáculo junto a Camila Ferrari. Nos interesa el seguimiento del artista, vamos viendo cómo nos relacionamos y cuál es la proyección, si los artistas tienen ganas de seguir en la Verdi, si tienen una idea. No tengo nada en contra de que los artistas repitan, le da cierta dinámica y músculo para seguir creciendo. A mí me gustaría que los artistas que estrenen en la Verdi en un futuro puedan dirigir la Comedia Nacional, llegar al Solís, viajar.
Queremos ser una sala de creación, que los espectáculos nazcan acá y tengan una vida útil por fuera de la Verdi. Es el primer año, estamos aprendiendo mucho, pero ya vamos viendo artistas que tienen ideas y traen grandes procesos creativos. También me gustan las sinergias: hay artistas que este año están trabajando en roles más secundarios, como ayudante de dirección o diseñador, y que el año que viene podrían venir a dirigir con todo lo aprendido este año.
¿Qué espíritu debe tener una obra para que forme parte de la programación de la sala?
Tienen que poder defenderse en un escenario, porque la Sala Verdi es una sala de teatro con un escenario de 10 x 10. Por fuera de eso, podemos inventar lo que queramos, pero tiene que ser un espectáculo que funcione ahí y que haya ganas de hacerlo funcionar ahí. Desde ahí creamos, nos recostamos en la tradición teatral y musical que tiene la sala, que originalmente fue un auditorio de música. Desde ahí comienzan las dinámicas en las que cada artista esté trabajando específicamente. Gabriel viene a cerrar su pentalogía; Analía está en este proyecto de trabajar en espacios no convencionales; Josefina estaba con ganas, desde hace tiempo, de dirigir, entonces le pedí que proponga un texto que le interese y ahí surgió la idea de hacer Lucy Kirkwood. Gustavo y Camila venían con ganas de hacer algo y me trajeron este proyecto, que es un teatro canción.
Tengo una reunión por día con un artista distinto para estar siempre atento a qué están creando, si lo que traen es para la sala. Mucha gente me trae cosas más en plan programación, que para mí la programación está bien, pero tiene que estar en diálogo con la creación. Si vos traés ese espectáculo y pensamos una idea de creación y ese año te comunicamos así, sí.
La parte de la programación de obras invitadas incluye Terrorismo emocional, de Josefina Trías, y Díptico de los padres, de Gustavo Kreiman, dos de los artistas que estrenan en 2026. ¿La idea es que la programación sirva como una especie de bitácora previa al estreno?
Josefina estrena a fin de año Mosquitos con Vachi Gutiérrez. Para hacer un calentamiento, para irnos entrenando con esa directora, hacemos cuatro funciones de Terrorismo emocional. Es para entender de dónde venimos y hacia dónde vamos. Exhibir con el sentido de la creación. Por ejemplo, creo que hay un público que todavía no vio Terrorismo emocional. No es un estreno, pero Josefina es una artista que está estrenando acá y está bueno ir conociendo su obra.
¿Qué rol ocupa el presupuesto?
El presupuesto me ocupa mucho, lo que pasa es que no puede ser una limitante para hacer cosas. Somos un país con presupuesto limitado, la cultura, a nivel mundial, está sentada en la mesa chica siempre; no por eso quiero que no nos animemos a soñar en cosas grandes. Dicho esto, eventualmente puede ser una limitante. No lo es en este contexto ni en el de la Sala Verdi, en donde, si bien es acotado, nuestras posibilidades son grandes. No me gusta que el presupuesto sea el primer, segundo o tercer "no". Tenemos que seguir creciendo presupuestalmente, pero no es una pelea para dar ahora. Ahora hay que mostrar que hay ideas que están buenas.
¿Qué objetivos tienen que lograrse para que el balance de este primer año de gestión sea positivo?
El primer objetivo es que la sala esté posicionada como sala de creación de la ciudad y que ese lugar lo ocupe en el ecosistema de las salas públicas y de los teatros de la ciudad. Para eso también tenemos que ordenarnos con el resto de las salas de la Intendencia y entender qué lugar ocupa cada una en este ecosistema, entendiendo que somos todos aliados y tenemos que contribuir.
Luego, tener la programación de 2027 con gran anticipación. Está casi todo confirmado, en cualquier momento nos podemos poner a pensar en la de 2028. Establecer estas lógicas de programación a largo plazo para poder tenerlas cerradas, poder trabajar con artistas que tengan esa frecuencia y ya sepamos lo que vamos a programar. Todos los teatros del mundo trabajan con gran anticipación y nosotros tenemos que tratar de ser así. Nos da más margen de maniobra, de equivocarnos y mejorar nuestros errores.
También me gustaría que la sala tenga baños y entrada accesibles para poder seguir desarrollando sus posibilidades.