Hay canciones que sobreviven a sus propios autores, “Blue Moon” es una de ellas. La melodía aparece hoy como una pieza casi natural del paisaje cultural del siglo XX: la cantó Elvis, y la versionaron los Doo-wop, los crooners, los románticos de madrugada y hasta los hinchas de fútbol ingleses. Pero detrás de esa canción que parece haber existido siempre, hay una historia bastante menos luminosa. Su letrista, Lorenz Hart, fue una de las mentes más brillantes del teatro musical estadounidense, y mitad del dúo creativo Rodgers and Hart junto al compositor Richard Rodgers. También fue un hombre atormentado; alcohólico, profundamente inseguro y cada vez más desplazado por un mundo que empezaba a cambiar demasiado rápido.

Hart era un genio de la ironía. Sus letras podían ser sofisticadas, románticas y devastadoras al mismo tiempo. Pero esa inteligencia aguda convivía con una vida personal cada vez más frágil. Cuando Rodgers decidió seguir adelante con otro socio —Oscar Hammerstein II—, el teatro musical estadounidense entró en su edad dorada y Hart quedó al margen de su propia historia. La noche en la que transcurre Blue Moon (2025) condensa ese momento crepuscular: el instante en que un artista comprende que el mundo que ayudó a construir ya no necesariamente lo necesita.

Es exactamente el tipo de material que fascina a Richard Linklater. A lo largo de su carrera, el director texano ha demostrado una obsesión muy específica por filmar el paso del tiempo. Desde las conversaciones errantes de Before Sunrise (1995) y sus secuelas hasta el experimento generacional de Boyhood (2014), Linklater ha construido una filmografía que mira con curiosidad cómo las personas envejecen, se reinventan o simplemente quedan desfasadas respecto de su época. En ese sentido, la historia de Hart parece hecha a medida para su sensibilidad: un retrato íntimo de un artista brillante enfrentado al vértigo de volverse irrelevante.

Que Linklater haya decidido contar esta historia tampoco sorprende por otra razón; su cine siempre ha tenido una relación especial con la música y con la cultura pop estadounidense. Ahí están Dazed And Confused (1993), que convirtió a los 70 en una fiesta nostálgica, o School Of Rock (2003), donde el rock funciona casi como filosofía de vida. Blue Moon, en ese contexto, aparece como una extensión natural de ese interés. No tanto como una biografía tradicional, sino como un retrato emocional de un momento preciso en la vida de un artista.

Para interpretar a Hart, Linklater recurrió a su colaborador más cercano. A esta altura, la relación entre el director y Ethan Hawke es una de las sociedades creativas más fértiles del cine contemporáneo. Comenzó en 1995 con Before Sunrise y continuó con Before Sunset (2004) y Before Midnight (2013), tres películas que prácticamente redefinieron el romance moderno en pantalla. Entre medio hubo desvíos fascinantes como Tape (2001), el experimento rotoscópico de Waking Life (2001) y, nuevamente, la ambiciosa Boyhood, filmada a lo largo de 12 años. En cada una de ellas, Hawke fue creciendo frente a la cámara de Linklater: de joven inquieto a adulto reflexivo, de promesa indie a uno de los actores más respetados de su generación.

Por eso no sorprende que Hart haya terminado en sus manos. Hawke tiene una cualidad que pocos actores poseen, la capacidad de mostrar inteligencia y vulnerabilidad al mismo tiempo. Sus personajes suelen hablar mucho —a veces demasiado—, pero en esas palabras siempre hay una sensación de búsqueda, como si estuvieran intentando entender su propio lugar en el mundo. Es exactamente la tensión que define a Hart: un hombre brillante que podía escribir versos inolvidables sobre el amor mientras lidiaba con una soledad devastadora.

Blue Moon se concentra en esa sola noche: la fiesta de estreno del musical Oklahoma!, la primera colaboración entre Rodgers y Hammerstein. Mientras la industria celebra el nacimiento de una nueva era del teatro musical, Hart deambula por el bar del hotel intentando mantener su ingenio intacto, conversando con amigos, productores y fantasmas del pasado. A través de esas conversaciones —muchas de ellas cargadas de humor ácido— la película reconstruye la mente de un artista que sabe que está quedando fuera del escenario.

El resultado es una de las obras más íntimas de Linklater en años. Rodada casi como una pieza teatral pero con el ritmo conversacional que caracteriza al director, Blue Moon funciona menos como biopic que como estudio de personaje. Hawke compone a Hart con una mezcla de arrogancia, fragilidad y lucidez que evita cualquier tentación de caricatura. El actor entiende que el verdadero drama del personaje no es solo su decadencia personal, sino el hecho de que sigue siendo brillante incluso cuando el mundo ya no sabe qué hacer con esa brillantez.

La apuesta resultó. El trabajo de Hawke fue recibido con entusiasmo inmediato por la crítica y rápidamente se convirtió en uno de los nombres recurrentes de la temporada de premios. Esta semana su interpretación de Lorenz Hart está nominada a los Óscar, consolidando un recorrido que también incluyó menciones en los Globos de Oro, los BAFTA y los Critics Choice Awards.

En medio de ese recorrido, Hawke conversó en exclusiva con LatidoBEAT sobre el proceso de interpretar a Hart, su relación creativa con Linklater y el extraño privilegio de encarnar a un artista que entendió demasiado bien lo que significa ver cómo el mundo cambia debajo de los pies.

Ya trabajaste con Richard Linklater en alrededor de 10 proyectos. Cuando te acercó esta nueva película, ¿qué hubo en ese vínculo creativo que te hizo querer volver?

Estaba absolutamente enamorado del guion, ni siquiera fue una pregunta. Es muy raro en mi vida encontrarme con un texto de este calibre. Hay un puñado de guiones que me dejaron sin palabras la primera vez que los leí: Gattaca (1997), First Reformed (2017)… algunos que se me vienen a la cabeza. Esos textos que leés y pensás nunca haber leído algo así. Al ver que Linklater —a quien admiro tanto y con quien siempre espero trabajar en un set— estaba interesado en este personaje supe que quería interpretarlo. No tuve ninguna duda.

Como artista, ¿te identificaste con esa presión de seguir siendo relevante en un mundo que cambia constantemente que atraviesa al personaje?

Claro. Es un desafío intentar seguir creciendo, seguir cambiando, mantener cierta consistencia y al mismo tiempo ser fiel a uno mismo. Es una contradicción, creo que cualquier mayor de 40 lo entiende perfectamente, porque el mundo cambia debajo de tus pies.

¿Recordás la primera vez que escuchaste “Blue Moon”? ¿Qué impresión te dejó?

Creo que la primera versión de “Blue Moon” que escuché fue la de Elvis. Fue curioso, porque en realidad no conocí demasiado la música de Rodgers y Hart hasta que interpreté a Chet Baker. Él grabó muchas canciones de Rodgers y Hart, y fue entonces cuando empecé a prestarles verdadera atención.

Ni siquiera entendía que Rodgers y Hart y Rodgers y Hammerstein compartieran al mismo Rodgers. No lo sabía hasta leer el guion y pensar: “Ah, wow, este tipo es un peso pesado”. Tuvo dos carreras dignas del Salón de la Fama.

A menudo se describe a Lorenz Hart como un letrista brillante cuya genialidad escondía profundas inseguridades y soledad. ¿Cómo trabajaste esa dualidad entre la figura pública ingeniosa y la intimidad más frágil?

Esa es la verdadera diversión de ser actor, los seres humanos reales siempre son multidimensionales. Algunas de las personas más arrogantes son también las más inseguras. Es fascinante cómo la verdad de quiénes somos puede contener tantos opuestos. Un gran texto puede desbloquear eso y hacer que tenga sentido, conectar esos opuestos. Para mí ahí estuvo realmente la alegría de interpretarlo.

¿Este papel te hizo reflexionar sobre tu propio recorrido o tu legado como actor?

Personalmente trato de no pensar en cosas como el legado. Ya es bastante difícil vivir en el presente y no obsesionarse con el pasado o el futuro. Pero esta película sí me hizo pensar en el valor de las colaboraciones artísticas; interpretar a Rodgers y Hart, que tuvieron una colaboración de 25 años, mientras trabajo con Linklater, con quien también tengo una colaboración de toda la vida. Eso me hizo pensar en los peligros y las ventajas de ese tipo de vínculos, hubo mucho de personal en ese sentido. Pero cosas como el legado, creo que son una pérdida de tiempo.