Nació un 4 de enero en Montevideo, esa fecha en la que en todas partes de Uruguay hace mucho calor. Lo que le dijo su madre fue que llegó rápido, que no le dio trabajo, que fue a las siete de la mañana y que fue un parto muy fácil.
La primera casa en la que vivió era en La Aguada, la casa de sus sus abuelos donde vivían sus padres. Como a los cinco años, se mudaron a la calle Suárez y, a los ocho, se fueron a Bella Unión. Cuando volvieron, ella tenía once y se fueron a Punta Gorda y, después de ahí, a la calle Tapes, que es donde estuvo más tiempo, de niña y adolescente. Después se casó y mudó al Prado, pero volvería porque era una casa grande y, gracias a una reforma, quedaron tres apartamentos, uno para que viviera ella.
El primer recuerdo que tiene de toda su vida es cómo le picaba el cuerpo cuando, a los tres años, se agarró sarampión. Aunque la parte de su infancia que Estela Magnone recuerda como más importante fue allá, en Bella Unión. Su padre tenía un aserradero y, al principio, vivieron en lo que en aquel entonces era un pueblo y ahora es una ciudad. Más tarde, pasaron a vivir donde estaba la industria de su padre, a orillas del Río Cuareim.
“Vivir en el medio del campo, caballos, ir a la escuela en bicicleta, jugar con los los gurises cuyos padres trabajaban en la fábrica, era una barra bárbara”, recuerda Magnone.
Dentro de esas cosas que aparecen en su memoria, era estar todo el tiempo con sus hermanos, no tanto con sus padres. Lo que pasaba ahí era una cosa de mucha libertad: iban a la escuela, volvían, jugaban en el campo, trepaban a buscar mandarinas.
Esa Estela, que era niña, era tímida e insegura (también lo sería de adolescente y de adulta), así que pasaba por “buena”, porque nunca le daba problemas a sus padres. Sus hermanos, el más grande y el que le sigue, en cambio, “eran tremendos”. Tendría, en total, cuatro hermanos de sangre y dos medios hermanos.
“Yo no podía hacer las cosas mal, eso me pesó muchísimo en toda mi vida y creo que hace poco tiempo que he podido salir de una cosa de ser menos auto exigente. Me queda alguna parte, que creo que está bien, pero no esa cosa de sufrir”, dice.
Mudarse tantas veces en la infancia quiere decir cambiar muchas veces de escuela. Eso hace que no se acuerde de ninguno de sus compañeros de primaria, excepto uno que le pegó, en quinto. El otro recuerdo que tiene de la escuela es de la vez que un maestro le pidió que respondiera una pregunta, porque ella siempre sabía las respuestas, y no supo qué decir.
La música en la vida de Estela Magnone entra, incluso, antes de nacer. Sus padres eran músicos, los dos. Su padre, director de coro y, su madre, también dirigía coros, pero además cantaba y tocaba el piano. Su bisabuelo paterno tuvo una de las primeras escuelas de música del país. Una tía de su padre fue concertista de piano, era una niña prodigio, y su madre fue música también. De la familia Ibarburu, el apellido de su madre, salieron un montón de otros músicos que hoy están activos en la escena musical uruguaya. Aunque, dice Magnone, que la música venía también de su abuela materna, que conoció a su abuelo cuando empezó a darle clase de piano a las hermanas de él.
La música siempre fue natural. Todo el tiempo sonaba. “Mi padre tenía coros, ensayaban en casa, cantaban todo el tiempo. Nosotros cantábamos, teníamos un corito con mis hermanos, cantábamos a varias voces. Tengo una grabación de cuando éramos chiquitos, que le hicimos un regalo a mi padre porque a mi madre se le ocurrió grabar un disco con los nenes para regalarle a papá. Hicimos un disco, éramos los tres más grandes, me acuerdo mucho. Mi mamá tocaba el piano, ella nos acompañó, y grabamos un disquito, para nosotros era lo más natural”, comenta.
Y a cantar aprendió así, en su casa, de tanto escuchar. El primer instrumento que aprendió a tocar fue el piano. Primero, estudió con su madre y después pasó a estudiar con Reneé Bonnet.
Con el tiempo, Estela Magnone se convertiría en una de las músicas más importantes de Uruguay, colaborando con músicos como Jaime Roos y Fernando Cabrera, pero además formando tríos de mujeres y grabando discos que serían claves para la escena local. Se convertiría en un ícono de la música popular uruguaya.
Es, además, una de las tres protagonistas del disco Ni un minuto más de dolor, del trío femenino Travesía, (Mariana Ingold, Mayra Hugo, Estela Magnone) editado originalmente por el sello Ayuí en 1983. Es el primer álbum de la música popular uruguaya interpretado e integrado únicamente por mujeres. Ahora, volvió a editarse en vinilo por el sello Little Butterfly Récords y está disponible.
Exactamente en el año 1978 empezaste a interpretar música popular, ¿cuál fue el episodio que te llevó a interpretar música popular?
En público, porque yo hacía otras cosas en privado. No sé por qué. Yo tenía una onda de compartir cosas con una barra, por decirlo de alguna manera. Gente que andaba en la vuelta de la música popular y yo me arrojé ahí. Empecé a cantar y Fernando Cabrera me empezó a acompañar. En público, había cantado solamente en coros. Solamente una vez canté un bolero y una bossa nova en una fiesta de Juventus. Mi hemano Alberto me acompañaba en la Guitarra.
¿Cómo llegas a Fernando Cabrera?
A Fernando Cabrera por la parte de los coros. Una vez fue con nosotros a un viaje a un festival de coros en Porto Alegre. Íbamos a ese festival con el Coro de Cámara del Crandon que dirigía mi padre. Eran todos ex alumnos del Crandon, todos muy jóvenes, y mi hermano Daniel y yo nos colamos ahí. Era maravilloso, nos divertíamos mucho, aprendíamos un montón. Fernando andaba en la vuelta de los coros, también.
Conociste a los músicos a través de la música.
Exactamente. Creo que, casi toda la gente que he conocido, importante, es a través de la música. Es imposible salirte de eso cuando sos músico.
¿Cómo es pasar a interpretar música popular, viniendo de una formación más clásica? Aunque dijiste que cantaste bossa nova y un bolero.
Mi padre hacía mucho repertorio popular en el coro. Hacía una parte académica y después ponía siempre música popular. Fue muy poca la música popular en mi casa hasta que llegaron los Beatles.
Cuando llegaron esos discos, atrás de eso entró todo. Me encantaban los tangos, me escondía en el auto a escuchar tango. Me sé millones de letras de tango, folklore, que no se ni cómo me las aprendí.
¿A esa altura ya componías cosas tuyas?
No, yo empecé a cantar en el ´78. Cantaba músicas de otros autores. Empecé a componer en el ´80, con Travesía. Los de esa barra, de todos los que andaban en la vuelta, íbamos a escuchar música, a ver cosas y discutir cosas de la música a lo de Coriún Aharonián, a aprender. Él tenía una discoteca alucinante. Siempre me acuerdo de que nos puso, una vez, la música de los pigmeos, que era una cosa rarísima. Cosas así. Escuchábamos de todo.
Entonces, a él se le ocurrió que le pusiéramos música a poemas. No era un taller de composición, era eso. A mí se me empezó a ocurrir música y de ahí empecé a componer otras cosas.
¿Cuáles son los primeros poemas que musicalizas?
El primero fue de Idea Vilariño, el que se llama “Ya no”. Ese fue el primero. Ya después me acuerdo de los que quedaron como canción.
¿Cómo se forma Travesía, tu primer trío de mujeres?
Éramos amigas, con Mayra (Hugo) y somos cuñadas, Mariana (Ingold) estaba en Europa, y Fernando nos empezó a dar manija, que por qué no nos juntábamos con Mariana y armábamos un grupo. Nos enroscamos, le escribimos a Mariana para ver si quería, volvió y así fue como pasó. Él fue el que nos dio el impulso. Nos pareció bárbaro y lo hicimos.
Me contaste un poquito de AGADU, pero también integraste el FONAM, ¿cómo fue, como música, participar desde ese otro lado?
En realidad, estuve desde el principio, cuando recién pensamos en que hubiera un fondo de música. Formamos una comisión para que saliera la ley que creo al FONAM.
Después se creó la ley, empezó el FONAM y yo estaba por AGADU. Cuando empezó a funcionar se creó una comisión administradora y ahí empecé. Tuve dos períodos enteros y estuve un tiempo más. Era lo que queríamos, habíamos trabajado pila para que saliera esa ley. No salió todo lo que queríamos, pero fue positivo.
Creo que fue muy positivo, el que no fue apoyado por el FONAM es porque casi que no presentó nada. En todos estos años fue muy importante. Yo tuve pila de apoyo para los discos y los videos. Me parece que fue un gran logro eso y esperamos que siga. Ahora, con el tema de la pandemia, no hay espectáculos extranjeros, que es uno de sus ingresos, no sé cómo habrán seguido en estas épocas, pero ahora empezará a repuntar.
A partir del 2015 sos una de las 12 artistas que homenajearon tanto el SODRE como AGADU. ¿Qué sentís que aportaste a la cultura uruguaya, a la música uruguaya?
Yo me tengo mucha fe en una cosa que es la composición. No soy una gran cantante, no soy una gran pianista, pero creo que hago buenas canciones y me parece que eso es lo que puede llegar a quedar en un futuro.
Vos componés con guitarra, pero te formaste como pianista, ¿por qué preferís la guitarra?
No sé, me fue resultando cómoda a lo largo de los años. Me inspiro más, es más cómoda si estoy en cualquier lado. Para la parte armónica me resulta cómoda la guitarra, los acordes me resultan más cómodos de armar en la guitarra que en el piano. Es curioso, siempre te dicen que en el piano tenés todo ahí, pero no es lo mismo.
¿Cuál fue el día más feliz de tu vida?
Tengo tres. El primero es el nacimiento de mi hija, los otros dos el nacimiento de mis dos nietas. Es muy simple.
¿Cuál fue el día más triste de tu vida?
Cuando se murieron mi padre y mi madre, los más tristes son esos.
¿Algo que la vida te haya hecho aprender a los golpes?
Yo creo que la confianza en mí misma.
¿En qué momento de tu vida sentiste mayor libertad?
Ahora.
¿Por qué?
Capaz porque no me importa nada. Me siento más confiada con la música. Creo que es eso, tengo más confianza en mí misma que lo que tuve siempre.
Teniendo en cuenta esto de forma conceptual, no real, si murieras hoy, ¿irías al cielo o al infierno?
Creo que iría al cielo, soy una buena persona. No veo por qué no iría al cielo.