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¿Virtual o presencial?

Eric Sadin analiza el “espectro digital” y propone reevaluar lo político

El filósofo francés nos pone de frente a lo que perdimos en el ciberespacio.

26.06.2026 16:33

Lectura: 6'

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Por Delfina Montagna | @delfi.montagna

El filósofo francés Eric Sadin es conocido por su postura crítica respecto de muchas de las tendencias del capitalismo digital, pero no se limita a la observación sino que también plantea alternativas e iniciativas para el cambio, con lo que adopta una postura a veces teórica, a veces programática. Con Anatomía del espectro digital (2023), la editorial chilena Saposcat expandió su colección Otra Ciencia con textos suyos, en línea con su misión de difundir ensayos que se dediquen a democratizar y repensar la investigación científica.

Sadin es, además de filósofo, un escritor que publica artículos en revistas online y medios de divulgación, y se dedica principalmente a reflexionar sobre el impacto del desarrollo tecnológico, tanto a nivel social como subjetivo.  

Este libro reúne crónicas y entrevistas, un salpicado amigable para acercarse a las elaboraciones más complejas de Sadin en otras de sus obras como La sociedad de la anticipación (2011), La siliconización del mundo (2016) o La era del individuo tirano (2020). Mechando, entonces, conversaciones y artículos periodísticos, vamos comprendiendo lo que Sadin encuentra en común de nuestra época con el premonitorio 1984 de Orwell (1949), la inversión de jerarquía que experimentamos al interactuar con la inteligencia artificial (no es una herramienta para el uso de los sujetos, sino que los sujetos son insumos y se someten a las instrucciones que la herramienta les da), los problemas que implica la disimetría entre palabra y acción y algunos ensayos sobre cómo la idea de colectividad se rompió, y cómo podemos volver a armarla.

El prólogo de Anatomía del espectro digital es de la doctora en Ciencias Sociales (también docente, traductora y escritora con trayectoria en el campo de análisis de la técnica) Margarita Martínez, y es una gran herramienta para adentrarse y familiarizarse con varios de los conceptos de Sadin. En sus 22 páginas ya atisbamos algunas de las críticas que el filósofo profundiza en las obras antes mencionadas. Aunque Martínez destaca sus análisis como frutos de la observación que escapan al binarismo de posiciones tecnofóbicas o tecnofílicas, cabe destacar que Sadin (al menos en este compilado de textos) rara vez señala la potencialidad del desarrollo tecnológico. Más bien, tiende a ponernos de frente a lo que perdimos en el ciberespacio.

Sadin señala un punto que de tan obvio casi se nos pasó por alto, como cuando se esconde algo frente a nuestras narices: con la pandemia y el confinamiento obligatorio en la mayoría de las ciudades del mundo aceptamos acríticamente y sin chistar la digitalización de la mayoría de las instancias de nuestra vida cotidiana. El primer paso fue, por supuesto, el teletrabajo: no tomó mucho tiempo reorganizar gran parte del ciclo productivo a través de las pantallas, como advierte en el capítulo “Teletrabajo: del acceso al exceso”.  Siguieron las clases, las consultas médicas, y así la ola de las videollamadas arrasó con todo, llegado el momento en que tenemos completamente naturalizado preguntar “¿virtual o presencial?”.

Tapa de “Anatomía del espectro digital”

Tapa de “Anatomía del espectro digital”

Al hablar de “siliconización”, como bien explica Martínez, Sadin retrata su convicción de que ese modelo (capitalista, liberal y digital) representa el horizonte insuperable de nuestro tiempo y que, por añadidura, encarna una “forma luminosa de capitalismo” que ofrece a todos las mismas oportunidades. Lo que esta falsa virtud sirve para ocultar, o al menos oscurecer, es la mercantilización integral de la vida que este sistema requiere e instaura, junto con la “organización automatizada de cada vez más sectores de la sociedad” (además de su presupuesto meritocrático).

Como ya advertía Van Dijk en La cultura de la conectividad (2013), pero observando una transformación más avasallante y, en apariencia, inoponible, Sadin señala que absolutamente todas las superficies están llamadas a conectarse: el cuerpo, el domicilio, el vehículo, el entorno urbano y laboral. “Esta arquitectura tecnológica”, advierte, “permite al tecnoliberalismo adaptarse a todos los instantes de la existencia e instaurar así una industria de la vida que saca beneficios de nuestros menores gestos”.

Para empezar ensayar algunas formas de retomar las riendas del destino social, el francés parte de una observación: la democracia, las campañas políticas y gran parte del andamiaje institucional sobre el que se erigen los estados también se vieron cooptados por las formas del capitalismo digital enfocado en el individuo, con candidatos que se presentan como “individuos libres” y exhiben un “festival de ideas personales, todas positivas, como si la negatividad no existiera”.

Ante esto, Sadin propone que reevaluemos qué significa lo político, regresando a una idea de philia y de obra común donde los ciudadanos se realizan, que debe integrar tanto la idea de conflicto (junto con la de su resolución), y la buena administración de las cosas. Lejos de quedarse en una abstracción de palabras de Grecia antigua, este programa y sus impedimentos se encarnan en los sucesivos textos con hechos tan específicos como la aparición de Airbnb, Uber, chatbots de IA, el uso de este tipo de herramientas y las transformaciones que implican una vez instauradas.

“Los estragos de la ideología de lo inexorable” es el antepenúltimo capítulo de este libro, y hay que dedicarle especial atención. Es una sección imprescindible en cualquier reflexión filosófica que se dedique a pensar el desarrollo tecnológico y su relación con nuestra vida cotidiana: el análisis y desmentimiento del  esencialismo tecnológico. La idea de que la tecnología nos determina a nosotros, los sujetos, nos deja en una posición políticamente inerte, y delega el devenir de las sociedades a los pocos que tienen el capital acumulado como para poder dirigir la evolución de la técnica. En palabras de Sadin, nos desligamos de lo colectivo al ser “conquistados por el sentimiento de no ser más actores sino espectadores de nuestras vidas”, presentando algunos procesos como algo tan inevitable que sería insólito intentar resistirlos.

La misma advertencia está presente en otros libros de divulgación científica que se dedicaron a este tema, como la Colección Filosófica editada por Penguin Uruguay con los académicos nacionales Miguel Pastorino, Javier Mazza y Natalia Costa Rugnitz, o la compilación Ok, Pandora (2024) de la editorial argentina El Gato y La Caja. Ante la pregunta sobre qué podemos hacer, Sadin responde que corrernos de esta posición de ciudadano-espectador es lo primero, y que es necesario dejar de pensar en el cambio como algo futuro para traerlo a la acción y al presente. Para esto, propone “reanudar el pacto colectivo” con nuestro poder de actuar, en lugar de expresar nuestro resentimiento en un máximo de 280 caracteres.