Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

Los Ángeles es una ciudad que suena antes de que uno la entienda. Una ciudad donde, en una misma noche, podés pasar de escuchar una banda de música del este europeo a una del norteño, de un set de chicha peruana a un bar de rockabilly del sur de California. Zac Sokolow, Jake Faulkner y Nicholas Baker crecieron en ese ruido, lo internalizaron, y en algún momento decidieron que no había razón para elegir solo uno de esos mundos.

La noche del domingo se abrió de brazos y no pudo hacerlo de otra manera que trayendo lluvia, frío y viento. Un domingo gris casi igual a todos. Pero lo cierto es que, entrada la tarde, el sol mostró sus dientes de metal y equilibró la temperatura haciendo que la copa de los árboles se iluminara mientras seguían con su vals, producto del viento. De todas maneras eso no impidió que, al caer la noche, el frío escupiera la helada que cala hasta en los huesos.

Abrieron puertas a las 20:00 e Infierno Verde, que originalmente es una fiesta donde las bases y los cimientos se encuentran en el vinilo, fueron los encargados de calentar los instantes previos a que el trío subiera al escenario. A cargo de DJ El Sicodelico y Sonido Superchango, se musicalizó la antesala con joyas de la música psicotropical y boleros que perfectamente podían estar escondidos en un cajón de frutas de la feria.

LA LOM — The Los Angeles League of Musicians — empezó en 2019 en el lobby del Hotel Roosevelt de Hollywood. Cinco noches por semana, sin red. Ahí, entre turistas y transeúntes, construyeron un sonido que nadie les había pedido: cumbia sonidera, chicha peruana, bolero, country de Bakersfield y el twang eléctrico de las guitarras del sur de California. La ciudad entraba por la puerta giratoria y ellos la convertían en música.

En agosto de 2024 lanzaron su disco debut homónimo a través de Verve Records, producido por Elliot Bergman y grabado en cinta, como se hacía antes. Algo que si se hace en estos tiempos es en búsqueda de una identidad, de un sonido que le escapa al vacío que puede llegar a producir si se graba con presets u overdubs innecesarios. 14 instrumentales que llevan nombres de calles y barrios: "Figueroa", "El Sereno", "Santee Alley". Un mapa sonoro de una ciudad que existe tanto en la realidad como en la memoria.

A medida que la noche se iba tornando azul y ventosa como un típico domingo en la capital, Infierno Verde vio cómo poco a poco el Montevideo Music Box se fue llenando, a base de vinilos y cumbias olvidadas. Con las bandejas apoyadas sobre una mesa con ruedas, facilitando su transporte, y mochilas donde cabía a la perfección un popurrí de singles de lo más interesantes de la movida tropical, la presencia de las guitarras se fue haciendo notar.

Pronto, el trío subió al escenario y comenzó su despliegue de chicha peruana, cumbia postpsicodélica y todas las etiquetas habidas y por haber. El balance era perfecto. Téngase en cuenta que era un recital de un trío instrumental que justamente en ningún momento hizo uso de las voces. Por eso, tenían que desplegar cartas que sostuvieran la duración de un show, y que este no se volviera monótono. Jake Faulkner arengaba al público haciendo rotar su contrabajo sobre su propio eje, de vez en cuando acercándose al micrófono para escupir una suerte de grito de guerra que despertaba los alaridos del público. Otras veces no se aguantaba y gritaba desde su lugar, al costado, sin ninguna amplificación vocal cerca.

Se movían, se miraban mucho. El ritmo acelerado se tornaba un tanto pesado por momentos, por lo que varios grupos de personas decidían olvidarse de que estaban presenciando un recital y se ponían a bailar entre ellos como si estuviesen, justamente, en un baile. A su vez, el trío parecía entender la necesidad de ampararse en ritmos mucho más tranquilos que aquellos, como "La Danza de los Mirlos" o "Juana la cubana". Es por eso que decidían mecharlos con versiones de Lucia y Lorena en las que por momentos atestiguamos instantes de soul y casi R&B. "Canciones de amor", como Zac Sokolow las llamó en un inglés casi perfecto. Fueron pocas las intervenciones del guitarrista, que se limitó a agradecer, saludar, expresar su alegría de pisar suelo uruguayo por primera vez, y luego se puso a hacer lo que había venido a hacer.

Tantos años de trabajar juntos tocando en lobbys de hoteles, rincones soleados y calurosos, les dan a los músicos una química que solo el tiempo puede otorgar. ¿De qué sirve esto? Las canciones pueden tornarse infinitas, pueden tener instantes improvisados y se miden con la energía que el público les devuelve. Faltaban dos vueltas para cerrar la canción, pero la gente no parecía querer soltarla. Entre ellos solo se miraron y entendieron que había que darle varias vueltas más. Lo mismo sucedió en el caso contrario: si la gente no conseguía conectar con cierto ritmo o canción en particular, se cortaba antes de llegar al final. La dinámica se convirtió entonces en un constante ida y vuelta entre los músicos y el público. Los reels de Instagram fueron parte clave del éxito repentino del trío, esos pequeños recortes donde se los ve tocando cumbia tropical liderada por una guitarra eléctrica. Con una estética muy marcada desde las vestimentas y los filtros que se utilizan, una parte fundamental del universo LA LOM, amasan millones de reproducciones.

Muchas de las canciones del disco debut nacieron en esos años de tocar constantemente por la ciudad — calles, barrios, lugares que terminaron siendo títulos de canciones. Los Ángeles entonces funciona como una herramienta compositiva —al menos en ese disco debut— buscando retratar a Los Ángeles con una versión más nostálgica e imaginada. La cumbia y los ritmos de América Latina y Central se mezclan en su música con el bluegrass y el country. Esos mundos conviven y se sienten naturales juntos como si no hubiese una tensión constante, pendiente por resolver. Un sonido que se fue construyendo en momentos particulares. Un disco que fue grabado en cinta, todos en la misma sala tocando en vivo, a la manera analógica de los años 70 y 80.

El show se trató de casi una hora y media de canciones originales y covers. Incluso se dieron el lujo de presentar una versión de "Por una cabeza", tango de Gardel y Le Pera. Prepararon para la gira una versión que sacudió al público del Río de la Plata —ya que la habían presentado en la otra orilla la noche anterior— de "La resaka" de Supermerk2. Jake gritaba y giraba el dedo en círculos, algo que generaba confusión, ya que no se entendía si quería que el público empezara a dar vueltas o simplemente era su manera de agitar los brazos, como quien va a la cancha un sábado a la tarde. Todo esto mientras Zac se concentraba en tocar las notas justas, con los ojos clavados en su instrumento y gesticulando a más no poder, mientras se desplazaba por el mástil de la guitarra como un mago o un gurú de la cumbia tropical.

Por su parte, Nicholas tocaba la caja con una maraca aportando texturas, y golpeaba los tambores y los platillos con las manos con tal fuerza que parecía no necesitar baquetas. Despertó los cuchicheos de la gente, que por lo bajo decía: "Traigan hielo para esas manos". Si Jake y Zac eran la parte más jocosa y divertida del espectáculo, Nicholas miraba el despliegue y los bailes de sus compañeros que se movían por el escenario. A veces, Jake pegaba saltos y jugueteaba con la primera fila del Montevideo Music Box. Cada tanto Nicholas esbozaba una sonrisa que dejaba entrever un jolgorio latente, aunque la mayor parte del tiempo se lo veía estoico.

Buscaron despedirse, lanzando besos a la gente y tocándose el corazón en señal de agradecimiento, pero no lo consiguieron. Rápidamente el público vitoreó y volvieron, abrazados por las luces y una pantalla roja con una serpiente intentando devorarse las siglas de LA LOM, para hacer una magistral versión de "El Cascabel". Una canción popular mexicana que fue suficiente para arrastrarnos al norte, para que luego pudiéramos enfrentarnos al frío y oscuro cruce de avenidas que saluda a la salida del recinto.