Por Gastón González Napoli 

¿Cuáles son los límites biológicos del ser humano? Los Juegos Olímpicos los ponen a prueba cada cuatro años: cuán rápido se puede correr y nadar, cuán alto se puede saltar, cuán lejos se puede tirar esta bola. Los récords parecen irrompibles hasta que alguien los rompe. El entrenamiento al máximo nivel, con tecnología mejorada para monitorearse, empuja a los cuerpos ya anormales de gente como Michael Phelps, Usain Bolt, Simone Biles o “Mondo” Duplantis más lejos de lo que se creía posible.

¿Y si además les pusiéramos a esos súper atletas todos los químicos, esteroides, drogas, sin controles antidoping? ¿Si les permitiéramos convertirse en bestias? Si los convirtiéramos en más que humanos… ¿podríamos quebrar los límites de la biología?

Esas son las preguntas detrás de los Enhanced Games, los “Juegos Aumentados” que tuvieron lugar el domingo en Las Vegas (dónde más) y que ofrecían premios de 25 millones de dólares a quienes consiguieran sobrepasar los récords.

“Sabés que hay más” es su eslogan.

No casualmente, el evento contó con financiamiento de Peter Thiel: milmillonario tecnológico y una de las figuras del transhumanismo. También pusieron plata Donald Trump Jr. y el alemán Christian Angermayer, que hizo su fortuna en la biotecnología. Como comentarista estuvo Bryan Johnson, el ultra pálido capitalista de riesgo que invierte su tiempo y dinero en tratar de revertir su envejecimiento bajo la filosofía de don’t die: no mueras.

El domingo hubo competencias en nado —50 y 100 metros libres y mariposa—, velocidad —100 metros llanos— y levantamiento de pesas. Compitieron nombres conocidos, atletas olímpicos galardonados, como el nadador ucraniano Andriy Govorov, que ostenta el récord mundial de 50 metros mariposa (ambos sin dopaje), el strongman Thor Bjornsson, que hizo de La Montaña en Game of Thrones, y ex campeón mundial de 100 metros libres James Magnussen, que consumió tanto y entrenó tanto que su físico da miedo. El más conocido era el velocista estadounidense Fred Kerley, campeón del mundo en 100 metros en 2022, medalla de bronce en París 2024, pero inhabilitado de competir oficialmente por dos años luego de perderse tres controles de doping.

A los participantes se les habilitó a consumir anabólicos, testosterona, esteroides, hormonas de crecimiento, estimulantes como el Adderall (similar a la ritalina pero con anfetaminas). También se les permitió usar prendas prohibidas a nivel profesional. Se les ofreció acompañamiento médico en el proceso: aunque todas las drogas que pudieron consumir son legales, pueden aumentar riesgos cardiovasculares. Por eso entrenaron casi todos juntos en una locación especial en Abu Dabi. La Agencia Mundial Antidopaje advirtió que el experimento era “peligroso e irresponsable”, que las drogas podían provocar problemas a largo plazo. Varias asociaciones deportivas advirtieron que suspenderían a cualquiera que participase de los Enhanced Games. Precios a pagar para convertir a un súper atleta en un superhumano.

Enhanced, la compañía que organizó los juegos, también vende las drogas de mejora del rendimiento. En parte se marketean como una forma de frenar o posponer la vejez. ¿Una apuesta para hackear a la biología o una gigantesca vidriera publicitaria? Bueno, ¿por qué no ambas?

La postura de los organizadores es que los atletas de todas maneras hacen trampa y se dopan, por lo que mejor transparentar. Por supuesto que se abre un debate y que el Comité Olímpico Internacional ha sido muy crítico. Contesta que se rompe con el espíritu competitivo que guía a los Juegos Olímpicos desde hace más de un siglo.

A la vez, podríamos responder con una pregunta: ¿no nacen los Juegos Olímpicos en la Antigua Grecia? ¿Y no tenían los griegos aquellos dioses tan parecidos a superhéroes? Por respetar ese espíritu, ¿nos estamos amputando ver a Hermes encarnado, con championes en vez de las sandalias aladas?

Es dudoso que la gente de Enhanced tuviera estas cuestiones filosóficas en mente. Pero que las cuestiones están, están. Y hasta un amante del deporte amateur, con amor a la camiseta, puede entusiasmarse con lo que en última instancia es un show puntual que difícilmente vaya a dañar a los Juegos Olímpicos.

Ahora, a ver a nuestros dioses en Tierra…

El nadador griego —justo— Kristian Gkolomeev nadó los 50 metros libres más rápidos de la historia.

Y no mucho más.

19 de los 71 competidores “aumentados” superaron sus marcas personales, pero no pasaron los récords. El tan volanteado Fred Kerley logró un peor tiempo que su bronce en París, donde habría quedado último. La sonrisa de Usain Bolt se ve desde acá. Y Magnussen, la bestia con músculos dorsales que sobresalían de su malla, quedó último en las dos competencias de nado.

“Sabés que hay más” era el eslogan. ¿Lo había realmente?

Lo que había era muchísimo dinero. El griego Gkolomeev se embolsó 2.8 millones de dólares. El nadador británico Ben Proud, medalla de plata en 50 metros libres en París y campeón mundial en 2022, se fue de Las Vegas con medio millón de dólares. Proud, de 31 años y con problemas de rodillas, le había dicho a la BBC que como nadador olímpico no ganaba suficiente dinero como para jubilarse, ni tampoco entra en la constelación de las estrellas que pueden seguir levantándola en pala mecánica con publicidades. Gkolomeev, el del récord aumentado, dijo a Vanity Fair que nadó toda su vida y nunca hizo plata. Para los futboleros, este es el símil a cuando la joven promesa se va al fútbol árabe para hacer “la diferencia económica”. Para Proud, el “deporte tradicional” y el “aumentado” son cosas distintas y él no sentía estar traicionando la naturaleza de la natación, sino tratando de explorar otra “avenida”.

Angermayer, el empresario alemán adalid de los juegos, dijo al diario británico The Guardian que los Enhanced llegaron para quedarse y que próximamente apuntarán a deportistas de 40 y 50 años que quieran volver a la alta competencia.

El trasfondo: biohacking

Serán coloridos, pero lo importante detrás de los Enhanced Games es la tendencia en las esferas elevadas de la tecnología por el biohacking. Angermayer dijo a Vanity Fair que la intención de hackear la biología es eliminar “la restricción número uno en la vida”, que es el deterioro de la salud con la edad. Plantea el “aumento” biológico casi como una cuestión de soberanía sobre el propio cuerpo. Otro de los organizadores de los juegos, Aron D’Souza, dijo al mismo medio que estaba buscando financiamiento de cualquiera que creyera “en la superhumanidad”. ¿Marketing? Seguro. Pero también es una filosofía, crean realmente en ella o no.

Angermayer parece creer: lo único que no consume es alcohol, al que considera “espiritualmente el diablo”. Además de psicodélicos, de los que es un defensor aguerrido, toma testosterona, hormonas de crecimiento, péptidos para reparar las mitocondrias (!), GLP-1 (la droga del popular Ozempic), y terapia con luz roja, lo que sea que eso signifique.

Que la sede de los entrenamientos haya estado en Abu Dabi tampoco es casual: ahí está el Instituto para una Vida Más Saludable, al que el gobierno del emirato presenta como el primer centro de medicina de longevidad saludable del mundo, algo para lo que empleará recursos de inteligencia artificial. La World Biohacking Summit 2025 fue en Dubái, otro de los emiratos. No hay nada polémico con hablar de longevidad saludable. Pero la línea es fina con el transhumanismo: ir más allá de los límites del cuerpo. Hacer obsoleto al ser humano a través de la tecnología. Ahí sí que hay polémica.

El transhumanismo propone, entonces, que la vejez y la muerte son errores de diseño. Bugs en la programación que se pueden corregir con asistencia de Claude o GPT. “La muerte es un problema que puede ser resuelto”, dijo Peter Thiel a Business Insider mucho antes de hacerse conocido como operador político libertario y de comprarse una casa en Punta del Este. Thiel invierte desde hace años en investigación y startups vinculadas con la extensión de la vida.

Su involucramiento, el de los petrodólares árabes y el de Donald Trump Jr. hace pensar que los Enhanced Games tuvieron una inclinación ideológica hacia el trumpismo, y de hecho, según sus organizadores, durante la administración Biden les pusieron trabas que el gobierno actual levantó (no es menor que el vicepresidente J.D. Vance sea un aliado de Thiel).

Las preguntas emergen como si les inyectaran anabólicos. ¿Vamos a un futuro donde la tecnología esté disponible para extender la vida, pero caiga en la Grieta? ¿Vale la pena vencer a la muerte si supone vivir inyectándose todo tipo de drogas mientras no se puede ni tomar una copa de vino?

“Sabés que hay más”. Quizás lo haya. Estamos encaminados a descubrirlo.