Emmanuel Carrère y el arte de hacer de uno mismo una literatura
Con motivo de su visita a Uruguay en el marco de la Feria Internacional del Libro, una defensa de las acusaciones: narcisismo y autoficción.
Fernanda Kosak | @ferkosak
Cuando me enteré de la llegada del francés Emmanuel Carrère en el marco de la Feria Internacional del Libro, lo que para mí es la visita literaria del año, me sucedieron muchas cosas simultáneamente. Primero: se esfumaron mis esperanzas de verlo ya que las entradas gratuitas para asistir a la presentación de su último libro Koljós (2026), en el Teatro Solís a cargo del periodista Gabriel Peveroni, se agotaron en una hora. Segundo, confirmé que, efectivamente, era el autor más repetido de mi biblioteca. Tercero, me enteré de que existía entre lectores y escritores una masa de críticos y enojados con Carrère.
Es posible que haya pecado de desinformada, sí. Después de todo, soy una ignorante de las tendencias literarias y sus comidillas. Con el esfuerzo que tengo que hacer para vencer la tentación de la pantalla y volcarme al libro me doy por satisfecha. Así que cuando vi que una mesa de En Perspectiva se titulaba “¿Quién es Emmanuel Carrère y por qué su literatura genera tanta admiración y rechazo?”, me sorprendió. ¿Cómo es posible que este tipo que a mí me deslumbra hace años tenga haters? Nadie tiene la unanimidad del aplauso, pero solo puede titular una mesa de discusión alguien realmente polarizante. Así que creo que toca defenderlo; no porque él lo necesite, pero porque yo creo que más gente debería regalarse disfrutar de este autor. Empaparse en su obra sin prejuicios ajenos. Y, en especial, me surge salir en su defensa cuando, después de bucear en los dichos de sus detractores, me entero de que las cosas por las que se lo critica son las mismas por las que yo lo admiro. No es a pesar de sus defectos que me cautiva, si no por ellos.
Carrère, se quejan los míopes, es un narcisista incurable. Esa es la plataforma en la que se apoya toda su grandeza, en mi opinión. Sus libros más destacados son relatos que oscilan en la frontera de la autoficción y la crónica periodística con una exaltación del yo-narrador que es delicia de humanidad, algo que cada vez escasea más. Su manera de llevarte de la mano en sus coberturas (suena sucio decirle así a sus libros, pero eso son) es verdadera demostración de una verdad absoluta pero invisible: nada existe más que lo que construimos a través de nuestra mirada. Es la defensa a la primacía del punto de vista. Y si me parecía increíble cuando leí De vidas ajenas (2009) en el primer año de facultad, en 2014, ahora que la subjetividad explícita y exagerada está en peligro de extinción frente a la plaga robótica esto solo se enaltece más. Siempre voy a preferir un humano descaradamente interpelado por lo que narra que ese afán aséptico por camuflar la unicidad de la mirada (vicio terrible aunque a veces necesario del periodismo). A veces lo más universal es admitir que nada lo es.
También se lo acusa de vampirizar a todos a su alrededor. Especialmente a su madre y su exesposa, las dos Helenes, para sus libros. Está bien, acá puedo conceder algunos puntos de sentido común: el arte entra en conflicto con la vida personal y es posible que su proceder con sus vínculos fuese reprochable. Su madre no le habló por años tras hurgar demasiado en el pasado familiar en Una novela rusa (2007) y su exesposa lo acusó públicamente de mentir y de escribir “más de lo acordado” sobre ella en Yoga (2020). Pero como contrapunto ofrezco la pregunta: ¿debería importarnos como lectores? ¿Una obra si es nacida bajo un manto de inmoralidad la daña irremediablemente?
Quizá las cosas que lo hacen tan gran escritor lo hagan peor hijo o pareja. Puede que sea otro poeta torturado. Pero si como lectores vamos a leer libros con el sellito de “no testeado en familiares”, nos vamos a quedar sin literatura de calidad. Si vamos a reeditar el debate de solo tener que leer buenas personas, quizá el resto de esta defensa sea vana. Lo mismo con su “aprovechamiento” de tragedias humanitarias para escribir. Entiendo el impulso inicial de indignación, pero ¿preferimos que nadie narre los horrores? ¿Que un aristócrata francés solo hable de sus malestares burgueses? Porque eso también lo hace y, aunque también se vende muy bien, ¿acaso es tan significativo? Quizá lo sea.
Lo que cuenta Carrère es interesante de por sí, pero es imperdible porque él es interesante. El mundo está lleno de cosas curiosas, pero sus libros dejan la marca indeleble en uno porque es él quien lo cuenta, porque es él quien fagocita trozos de realidad y produce textos únicos. No hubiese querido presenciar el juicio de los atentados del Bataclan o el Stade de France a través de los ojos de más nadie, y no hubiese sido lo mismo conocer a Jean Claude Romand si no era de la mano de este autor. No me importaba quién era Limonov, me gustó que me lo contara él. No me importó que se peleara con su madre, me gustó que me llevara con él a Kotelnich. Su obra es expansiva y contractiva: va de grandes movimientos humanos, de la URSS, del imperialismo. Pasa por países, ciudades, familias, parejas, individuos y por uno mismo. Nada es muy grande o muy pequeño para su mirada imperfecta pero cementada y lúcida.
Cómo empezar a leerlo - lista antojadiza y no exhaustiva
El adversario (2000). Crónica carreriana del caso real de Jean-Claude Romand, un hombre que durante 18 años hizo creer a su familia y a todo su entorno que era médico de la OMS, mientras en realidad no tenía ningún título ni trabajo. Sostenía la mentira con dinero obtenido de estafas a sus propios padres y amigos. Al verse acorralado y cerca de ser descubierto, asesinó a su esposa, sus dos hijos y a sus padres. Carrère se contactó con Romand en prisión y construyó el libro como una investigación sobre cómo es posible vivir dentro de una mentira total, más que como una crónica policial.
V13 (2022). Otra crónica judicial, esta vez del juicio por los atentados terroristas de París del 13 de noviembre de 2015 (Bataclan, Estadio de Francia, bares y restaurantes), que se extendió durante nueve meses entre 2021 y 2022 y tuvo alrededor de 130 víctimas fatales. Carrère asistió a las audiencias como cronista y compone un relato coral: da lugar a los testimonios de las víctimas y sobrevivientes, a los acusados y a la maquinaria misma de la justicia intentando procesar un hecho de esa magnitud. Es espectacular porque también va expandiendo el contexto y preguntándose cómo alguien termina cometiendo estas atrocidades y no se limita a dejar a Francia como una víctima perfecta.
Una novela rusa (2007). El libro que le costó la relación con su madre. Entrelaza tres historias: la del abuelo materno, aristócrata georgiano que colaboró con los nazis en Francia y desapareció en 1945, probablemente asesinado por la Resistencia. Un viaje a un pueblo ruso para filmar un documental sobre un soldado húngaro varado ahí desde la Segunda Guerra Mundial, y una relación amorosa turbulenta con su pareja de ese momento, narrada con una franqueza exhibicionista.
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