Su rostro es un mapa de las bifurcaciones que lo convirtieron en este poeta que canta sus versos. Contesta a los aplausos con un “gracias, muy amables”, como si siguiera ganándose la vida en el London Underground y viviendo de prestado. El madrileño por adopción que personifica la definición de Don Juan —sin importar el paso de los años— y cuyas letras lo confirman. Con su bombín signatura y sentado de piernas cruzadas despliega aires elegantes, pero sin perder la osadía.
“Ni rey de los suburbios, ni flor del precipicio. Ni cantante de orquesta, ni el Dylan español”. Pongamos que hablamos, entonces, del trovador de Tirso de Molina.
Joaquín Sabina volvió a presentarse en el Estadio Centenario en la noche de ayer. La última vez había sido en abril de 2023. Con un setlist de 20 canciones, se aseguró de darle a su grupo de devotos —integrado por diferentes generaciones— un recorrido por su carrera. Haciendo alusión a las promesas incumplidas de retirarse en ocasiones anteriores, afirmó que esta es “de verdad” su última gira.
El espíritu de despedida se mantuvo durante las dos horas de espectáculo. En un principio, y pasadas las 21 horas, cuando abrió con el videoclip de “Un último vals”, en el que las apariciones de Joan Manuel Serrat y Ricardo Darín fueron ovacionadas por el público. A continuación, con “Lágrimas de mármol” y “Lo niego todo”, que ambientaron un confesionario a cielo abierto.
En sus presentaciones, es común que el español aproveche para darle paso a sus compañeros mientras descansa y cambia de vestuario. Sin embargo, la primera pausa fue abrupta. En "Más de cien mentiras", cuando presentaba a su banda, advirtió que no volvería a cantar hasta que se resolvieran los problemas técnicos. Después de unos segundos de incertidumbre en la oscuridad, Mara Barros se adueñó del escenario con "Camas vacías" y Jaime Asúa, guitarrista, siguió con "Pacto entre caballeros". Antes de que finalizara esta última, Joaquín retornó, dejando atrás el saco azul con detalles bordó y sombrero beige para darle paso a una camisa polkadot y el bombín negro. El enojo había quedado atrás para él, y también para sus fanáticos, que aceptaron las disculpas.
El trío integrado por "Donde habita el olvido", "Peces de ciudad" y "Una canción para la Magdalena" hizo que la calidad lírica, característica de Sabina, se luciera. Las imágenes proyectadas en las pantallas, evocando las pinturas de Edward Hopper, junto con su traslado desde el taburete en el centro del escenario —donde pasó gran parte del espectáculo— hasta una mesa con dos sillas, aportaron la dosis de intimidad a la noche.
“Me imagino que saben quién fue Chavela Vargas”, soltó y volvió a recordar que su vida y obra le han dado el lujo de codearse con los grandes nombres. El concepto de despedida emergía, una vez más, en forma de recuerdos. Pero, además, le dio el crédito por la idea de “Por el bulevar de los sueños rotos” antes de cantarla, rindiéndole así un homenaje.
Cuando sonó "Y, sin embargo" junto al enganche de "Noches de boda" con "Y nos dieron las diez", el público en el Estadio Centenario alcanzó un grado de calidez que se reflejaba en personas levantadas de sus asientos, balanceándose de un lado a otro, abrazados con quién tuvieran al lado o cantando a los gritos.
Podría haber sido el final de la velada. De hecho, Joaquín reunió a su banda en el centro del escenario y, en un gesto de admiración y respeto, se quitó el sombrero.
Pero "La canción más hermosa del mundo", interpretada por Antúan, el director musical, "Tan joven y tan viejo", "Contigo" y "Princesa" —acompañadas de otro cambio de look, ahora con un blazer bordó— dieron el broche de oro a la presunta "última" presentación de Joaquín Sabina en Uruguay.
Si bien las promesas de hombres como este trovador deben ser tomadas con pinzas, la emoción en sus ojos una vez que el show llegó a su fin delataba lo certero de su despedida. Aún más que el tono rasposo de la voz, que fue tomando cada vez más lugar con el correr de los años y que, curiosamente, es más notorio cuando habla que cuando canta o el hecho de que haya pasado gran parte del show sentado, alternando entre tocar la guitarra y solo cantar, acompañando sus versos con gestos.
El sonido de Madrid. Las canciones de amor y, sobre todo, las de desamor. Pedir disculpas, pero nunca permiso. El ingenio de boliche y su lengua afiladísima. Todo eso resiste al tiempo. Joaquín Sabina no perdió el pelo ni las mañas. Será por eso que su público siempre vuelve a él, sin cuestionar si será o no la última vez.