Por Delfina Montagna | @delfi.montagna

Hablar de cuánto predijeron los libros de ciencia ficción es un lugar común. Ya existen las aspiradoras robot y las luces que se prenden con una orden como se imaginaba Bradbury en Crónicas marcianas (1950), y los chatbots y LLMs no se alejan tanto de los androides de Philip Dick, aunque sus ficciones no se trataran tanto de los artefactos sino de las pulsiones y fantasmas inconscientes de su época.

Ballard, que ahora se unió con Crash (1973) a Dick y Bradbury en la colección de la editorial Minotauro, no imaginó ningún dispositivo inexistente para su tiempo. Con un imaginario nuevo alrededor de algo tan cotidiano como un auto, captó fuerzas psíquicas y sociales latentes. Quizás por eso su novela de 1973 y tantas frases de su prólogo de los 90 son tan vigentes hoy como al momento de su redacción.

Con un protagonista tocayo del escritor, vemos a Ballard y Catherine. Un matrimonio que usa el sexo casual con extraños para mitigar el tedio. Después de una colisión frontal con una mujer y su esposo, Ballard empieza a conectar lentamente con una libido que reacciona al metal retorcido y a las astillas de parabrisas. Atrapados en esta lógica, James y Catherine Ballard descubren que su antigua rutina de sexo compulsivo era solo el preludio de algo más oscuro. Esto los conecta con Vaughan, una especie de líder de secta que muere en la primera página de la novela en su choque soñado: estrellándose contra un Rolls- Royce que traslada a la actriz Elizabeth Taylor.

En el libro La cultura de los problemas públicos (1981), Joseph Gusfield narra una historia apócrifa sobre el curso de ética del filósofo Morris Raphael Cohen. Según cuenta la anécdota, él preguntaba a sus alumnos qué pasaría si un ángel bajara del cielo y prometiera al pueblo —estadounidense— un invento que simplificaría sus vidas, que acercaría a los amigos y familiares, que permitiría que los heridos recibieran tratamiento rápido y que haría del día a día algo mucho más fácil, cómodo y conveniente. Pero a cambio, cada año, exigiría que 5.000 estadounidenses fueran condenados a muerte. Después de que los alumnos debatieran entre estas opciones un buen rato, el profesor señaló que cada año morían más de 5.000 ciudadanos en accidentes de tránsito.

Crash nos pone de frente al horror de nuestras propias invenciones con la mera observación y el impulso de encontrarse con lo horrible. Una necesidad de sumergirse en la pesadilla y un erotismo de cuerpos destruidos. “¿Podemos ver en el accidente de tránsito un siniestro presagio del matrimonio de pesadilla entre el sexo y la tecnología?”, se pregunta el escritor. Y con esto, nos pone ante un sujeto que no es en absoluto racional, que no está en control ni de la mitad de las cosas que le pasan. Hay una fórmula que Joan Didion utiliza para describir a The Doors y que aplica perfectamente para la trama de Ballard: insiste en que el amor es el sexo y que el sexo es la muerte y que en él está la salvación —o, en este caso, el final definitivo—.

Él sitúa con las bombas nucleares un momento en el que se borra cualquier límite entre las distinciones temporales: “También el futuro deja de existir, fagocitado por el voraz presente”. Y aunque hable tan aterrado como fascinado por las primeras experiencias publicitarias y de comercialización en masa —algo que suena tan antiguo en un momento en el que la mayoría de nuestras interacciones están mediadas por lo digital—, todavía tiene razón en advertir que “vivimos en un mundo regido por ficciones de todo tipo”, señalando al “dominio de la pantalla por encima de cualquier respuesta original fruto de la experiencia”. El germen de todo aquel gran engranaje tecnológico en el que aún vivimos ya lo llevaba a sentenciar, en 1995, que “vivimos inmersos en una gran novela”.

Su estilo es el de la mesa de disección: no solo sus descripciones y sus acciones, sino que hasta sus personajes son mecánicos, opacos y fríos. En el libro Archipiélagos (2025), donde Mariana Enriquez cuenta sobre los libros que la marcaron y sus hábitos de lectura, hay un capítulo titulado “El cirujano descarriado”. Como Ballard estudió durante dos años Medicina, muchos adjudican este proceder quirúrgico a aquella vocación abandonada. Algunos, advierte Enriquez, confunden su sencillez con un rasgo periodístico, que en sus palabras “es solo una impresión dada por la transparencia del lenguaje”. Luego de abandonar sus estudios médicos en la Universidad de Cambridge, el escritor se desempeñó como redactor en un diario técnico y, más tarde, trabajó en la dirección de una revista científica.

¿Puede tener que ver esta forma de escribir con su filiación inglesa o, efectivamente, con los años en los que estudió Medicina? En una línea más oscura: ¿su tiempo transcurrido en un campo de concentración japonés lo puso en contacto con una crudeza a la que no todos tenemos acceso, o le dio unos anteojos negros a través de los cuales solo él puede mirar?

Crash empieza ya con el accidente soñado de Vaughan: embestir un Rolls- Royce que transporte a la estrella de cine Elizabeth Taylor. Enriquez también destaca que su operación —de filiación hitchcockiana que rompe el contrato con el espectador al matar al protagonista desde un inicio— ya instala al texto “en un mundo y un futuro imposibles”, convirtiéndolo así en “la más importante entrada a esa literatura del gótico actual, el de las ruinas del capitalismo”.

Su adaptación al cine puso la polémica en primera plana, de manera literal en algunos diarios. David Cronenberg estuvo a la altura de la circunstancia, obteniendo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1996. Con sus colores fríos y planos cenitales de autopistas, el director canadiense tangibilizó aquel sistema circulatorio de las ciudades que el escritor de padres ingleses ejecutó tan pulcramente en su redacción. El largometraje tuvo que vencer a una campaña feroz que buscaba prohibir su estreno, en la que incluso se involucraron figuras gubernamentales como la secretaria de Patrimonio Cultural, Virginia Bottomley. En el Reino Unido, el diario Daily Mail lideró las peticiones para que se prohibiera la película con un titular en su portada que decía: “Ban This Car Crash Sex Film” (prohíban esta película de sexo y accidentes de tráfico).

Mucho más allá del alboroto visual y la difusión que puede tener una película, esta escandalización surge ante una historia que reconoce que nuestra relación con la técnica es una forma de consumo carnal. Como el propio autor señalaba, “en cierto sentido, la pornografía es la forma más política de la ficción, porque trata de cómo usamos y explotamos al otro del modo más urgente y despiadado”. En Crash, el prójimo deja de ser un ciudadano para convertirse en una superficie de impacto.

En ese apocalipsis poscapitalista, Ballard también fue pionero en introducir el imaginario cyborg, donde las prótesis, las cicatrices y toda mezcla de lo tecnológico y lo orgánico es motivo de excitación. Sin embargo, este despliegue de erotismo tecnológico no es una celebración gratuita: “Ni que decir tiene que la función última de Crash es advertir, prevenir contra ese brutal, erótico y estridente dominio que se nos acerca, cada vez más persuasivo, desde los márgenes del paisaje tecnológico”. Con un futuro que ya nos alcanzó, el diagnóstico de Ballard nos devuelve un reflejo de lo que opera en nuestro devenir técnico que no por espantoso es menos fiel.