El punto que lo abarca todo: vida y obra de Yayoi Kusama, fallecida a los 97 años
La artista japonesa, que se sintió copiada por Warhol, falleció como una de las artistas más codiciadas del mundo.
Por Sofía Lust
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La artista japonesa que pintó sus alucinaciones durante casi un siglo falleció el 14 de agosto de 2026 en Tokio. Tenía 97 años y no había soltado el pincel. Yayoi Kusama describió una imagen muchas veces a lo largo de su vida que funciona como clave de todo lo que vino después. Tenía diez, estaba mirando un mantel de flores rojas y de pronto las flores empezaron a moverse. Se extendieron por el techo, por las columnas, por las ventanas, por su propio cuerpo. La habitación entera quedó cubierta por el mismo motivo y ella, en el centro, dejó de poder distinguir dónde terminaba el mundo y dónde empezaba ella. No fue un momento de éxtasis, sino más bien de terror. Y sin embargo fue también, en algún sentido que tardaría décadas en articular, el origen de todo su arte.
Kusama nació el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, prefectura de Nagano, en el seno de una familia acomodada dedicada al cultivo de semillas. Creció rodeada de campos, de patrones naturales que se repetían, de formas que el ojo no puede abarcar en una sola vez. Desde niña experimentó alucinaciones en las que las plantas le hablaban y los objetos inanimados cobraban vida propia. Las flores se multiplicaban hasta cubrirlo todo. Los puntos se expandían. El mundo se borraba y se rehacía según una lógica que no obedecía a ninguna ley conocida. Eso que la medicina llamaría más tarde una forma de disociación, Kusama lo convirtió en su método. Dibujaba para salir de aquellas visiones. Pintaba para adelantarse a ellas, para neutralizarlas antes de que la desbordaran.
La infancia estuvo marcada además por la violencia doméstica. Su madre, autoritaria, fría, la enviaba a espiar las infidelidades de su padre, un hombre ausente y mujeriego. Esa exposición temprana a la sexualidad como algo asociado a la traición y la humillación dejó una huella que Kusama traduciría en las esculturas de su serie Accumulation: muebles y objetos cotidianos cubiertos de protuberancias fálicas en tela rellena, una exploración del miedo al cuerpo que sólo podía nombrarse desde la repetición y el exceso. Durante la Segunda Guerra Mundial, a los 16 años, trabajó en una fábrica de paracaídas aprendiendo a coser, técnica que usaría después en esas mismas esculturas. La guerra y las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki también la marcaron. El sentido de lo efímero, la conciencia de que el cuerpo puede desaparecer en un instante, recorre toda su obra.
Accumulation N°1 (1962) de Yayoi Kusama. Crédito: MoMA
Estudió Nihonga, el estilo tradicional de pintura japonesa, en la Escuela de Artes y Oficios de Kioto. Pero el formato la asfixiaba. Le interesaban la vanguardia americana y europea, las posibilidades que el arte japonés formal no le ofrecía. En 1955, sin haber salido de Japón, le escribió una carta a Georgia O'Keeffe, la pintora estadounidense que había descubierto en una librería de segunda mano. Le mandó algunas de sus acuarelas. O'Keeffe le respondió desde Nuevo México y la animó a ir a Nueva York.
En 1958, a los 27 años, Kusama fue la primera artista japonesa en instalarse en esa ciudad. Las alucinaciones, lejos de calmarse, se intensificaron. Años después escribiría que Nueva York le parecía entonces "un infierno en la Tierra": el insomnio, el frío, el hambre. Pintaba siempre lo mismo y seguía pintando más allá de la tela, sobre la mesa, sobre el suelo, sobre su propia ropa. Sus amigos le preguntaban si estaba bien. Fue en ese período cuando comenzó la serie Infinity Nets, grandes lienzos cubiertos de pequeños arcos repetidos hasta el límite de lo que el ojo puede procesar, patrones que no tienen principio ni fin, que parecen continuar más allá del borde de la tela. La serie le llevó meses de trabajo sobre superficies de varios metros de largo. Algunos de esos lienzos se pintaron en una sola sesión, sin dormir.
Infinity Nets (XAZ), 1999
La década de 1960 fue su gran período neoyorquino. En 1962 presentó sus esculturas de Accumulation en la Green Gallery junto a Robert Morris, Claes Oldenburg, James Rosenquist y Andy Warhol. Compartió espacio con Donald Judd, Frank Stella, Lucio Fontana, Eva Hesse, Yves Klein, Piero Manzoni. Fue pionera en formas que otros artistas adoptaron y se llevaron el crédito. Su relación con Warhol es uno de los episodios más documentados y más incómodos de esa época: Kusama le reprochó abiertamente haberle copiado ideas, y la historia le dio la razón, aunque esa razón llegó con décadas de retraso. La industria cultural de los 60 no estaba diseñada para que una mujer japonesa, inmigrante y sin red de contactos heredada, ocupara el lugar que le correspondía.
También en esa década organizó happenings que escandalizaron y fascinaron a partes iguales. Pintó lunares sobre cuerpos desnudos en Central Park y frente a la Bolsa de Nueva York, en protesta contra la guerra de Vietnam. Se autoproclamó "Gran Sacerdotisa de los Lunares" y ofició una boda entre dos hombres en una época en que eso equivalía a un acto de subversión legal. Fundó una "Iglesia de la Autodestrucción". Lanzó una línea de ropa. El concepto central que articulaba todo era la auto-obliteración: la disolución del yo en el patrón, la desaparición del individuo en la repetición. Si todo está cubierto de puntos, si el punto se multiplica hasta cubrir cada superficie incluyendo tu propio cuerpo, entonces el punto te absorbe y ya no hay ego, no hay diferencia, no hay separación. Es una idea que se acerca mucho al pensamiento budista pero también a sus traumas psiquiátricos.
En 1966 presentó Narcissus Garden en la Bienal de Venecia sin invitación oficial. Instaló 1.500 esferas de acero inoxidable en el jardín del pabellón italiano y las vendió a dos dólares cada una, con un cartel que decía "Tu narcisismo a la venta". Las autoridades de la Bienal la expulsaron al día siguiente por comerciar arte en un espacio público. La performance duró pocas horas pero la imagen quedó: esas esferas esparcidas por el pasto, cada una reflejando una versión distorsionada del mundo, funcionando como metáfora de la reproducción infinita y la banalidad de la autocontemplación. En 1993, Japón la eligió como su representante oficial en la misma Bienal. Fue la primera artista en tener una exposición individual en el pabellón japonés. El arco completo entre esas dos participaciones dice mucho sobre cómo el mundo del arte procesa a quienes llegan demasiado pronto.
En 1973 regresó a su país, agotada. La invisibilización sistemática, el esfuerzo de producir sin pausa, el peso de las alucinaciones que nunca cedieron del todo: todo se acumuló. En 1977 ingresó voluntariamente al Hospital Seiwa para Enfermos Mentales en Shinjuku, Tokio, frente a su estudio. Vivió allí el resto de su vida por decisión propia. Cada mañana cruzaba la calle hacia el estudio. Cada noche volvía al hospital. Pintaba. Escribía novelas y poesía. Decía que el arte era su medicina. Era literalmente la forma en que regulaba su estado mental.
Esos años en Japón fueron, para el mundo del arte occidental, años de olvido. Pero también fueron años de mucha producción. Las Infinity Mirror Rooms, las instalaciones de espejos y luces LED que se convertirían en la obra más reproducida en las redes sociales de toda la historia del arte contemporáneo, empezaron a desarrollarse en ese período. La primera sala de espejos la había creado en 1965, en Nueva York. Las fue refinando y expandiendo: habitaciones en las que el visitante entra solo o en pareja, durante 20 o 30 segundos, y queda rodeado de reflejos que se multiplican hasta el infinito. Los puntos de luz se repiten en todas las direcciones. El cuerpo desaparece. El espacio no tiene límite.
Infinity Mirror Rooms. Crédito: Yayoi Kusama / Guggenheim Bilbao
El reconocimiento global masivo llegó tarde y de golpe. En 2014, The Art Newspaper la nombró la artista más popular del mundo por asistencia a sus exposiciones. En 2017, la muestra organizada por el Hirshhorn Museum en Washington generó filas de largas horas y entradas agotadas en minutos. En 2023, el Museo Guggenheim Bilbao presentó la retrospectiva más completa de su obra hasta ese momento. En 2012, colaboró con Louis Vuitton en una colección que puso sus lunares en bolsos, vitrinas y fachadas de tiendas en todo el mundo, incluido un maniquí inflable de varios metros de altura asomado sobre los Campos Elíseos. La misma artista que había sido expulsada de la Bienal de Venecia por vender arte en la calle decoraba, cincuenta años después, los escaparates de la firma de lujo más reconocida del planeta.
En 2017, a los 88 años, inauguró su propio museo en Tokio: el Yayoi Kusama Museum, un edificio de cinco pisos en Shinjuku dedicado exclusivamente a su obra. Siguió pintando hasta el final. La serie My Eternal Soul, iniciada en 2009 y en producción hasta sus últimas semanas, suma más de 500 grandes lienzos de colores intensos y formas que combinan lo orgánico y lo geométrico: ojos, células, espirales, bocas, figuras que se repiten sin llegar a ser exactamente el mismo patrón. Es posiblemente la obra más libre que produjo en su vida. Y es la prueba de que el sistema que había encontrado a los diez años, pintar para salir de la visión, dibujar para sobrevivir, no dejó de funcionar nunca.
Yayoi Kusama falleció el 14 de agosto, pero su estudio hizo el anuncio 13 días después, con una declaración que decía que “nunca apartó el pincel” y que hasta el final exploró “el amor eterno y el alma perpetua”.
Fue precursora del arte pop, del minimalismo, del arte feminista, del arte inmersivo. Influyó en artistas que nunca la nombraron. Fue olvidada y redescubierta. Pintó dentro de un hospital psiquiátrico durante casi cincuenta años. Convirtió sus alucinaciones en el lenguaje visual más reproducido de las últimas décadas. Y lo hizo, desde el principio, porque no había otra opción.
El punto, en su obra, es una unidad mínima de existencia. Si todo puede reducirse a puntos y los puntos pueden multiplicarse hasta cubrir el universo, entonces nada está separado de nada. Eso que comenzó como terror en una habitación de Matsumoto terminó siendo, en las manos de Kusama, una propuesta sobre cómo habitar el mundo.
Por Sofía Lust
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