Por Diego Paseyro | @dpasyero

Hay creadores que necesitan la red de contención de una mesa de edición blindada, un guion aprobado por tres comités de contenidos y un departamento de legales que les asegure que nadie va a ofenderse. Gaspar Prim Díaz pertenecía a otra estirpe. Su propuesta era tan elemental como peligrosa: él, un micrófono y una cámara en mano, saliendo a disputarle el sentido a la calle.

En un panorama saturado de streamers reaccionando a videos ajenos desde la comodidad de sus habitaciones iluminadas con luces LED, Gaspi devolvió el humor al barro del espacio público. A veces guionado, muchas veces no. Se puede compararlo con la época dorada de CQC o los sketches más disruptivos de VideoMatch. Sin embargo, esa analogía olvida el detalle fundamental: las corporaciones mediáticas. Detrás de los trajes negros de los noventa había productores ejecutivos, abogados, pauta publicitaria y una antena de televisión amparando la transgresión. Gaspi estaba solo. Era su cara, su cuerpo desafiando la física social del conurbano o el centro porteño, y su absoluto desprecio por las consecuencias inmediatas.