Por Sofía Lust
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Hay algo en Jim Jarmusch que genera una incomodidad atractiva, una mezcla de distancia y deseo de cercanía. Intimida un poco, pero dan ganas de sentarse a escucharlo hablar durante horas. De seguirle el hilo a sus asociaciones, a sus silencios, a esas ideas que parecen simples pero en realidad están cargadas de mundo. A sus 73 años, Jarmusch sigue siendo ese cineasta norteamericano genuino que, desde principios de los 80, viene desarmando expectativas con una constancia admirable. Fiel a una ética personal, roquera y obstinada, eligió siempre el bajo presupuesto, el rodeo, la deriva y el detalle mínimo. Filma como escribe y como escucha música, siguiendo su propio ritmo, explorando zonas que otros pasan de largo y construyendo una obra que no se adapta ni pide aprobación.
Nació en Cuyahoga Falls, Ohio, un entorno que no parecía especialmente fértil para el tipo de cine que iba a hacer después. Creció en el paisaje industrial del Medio Oeste, lejos de cualquier idea romántica de bohemia. Sin embargo, el cine ya estaba ahí, casi de forma doméstica. Su madre, Betty Jarmusch, escribía sobre cine antes de que él naciera, para el Akron Beacon Journal. En su memoria, el cine infantil aparece como doble función de matiné, monstruos, serie B, sin duda un entretenimiento que deja rastros. De niño aprende ritmo, aprende atmósfera. Aprende que una película puede ser, ante todo, un estado
A los 17 años se va a Nueva York. La ciudad de finales de los 70 estaba rota, barata, peligrosa y llena de energía. Cortes de luz, incendios, clubes nocturnos, bandas armadas llenas de actitud. Jarmusch llegó a ese ecosistema y encajó sin esfuerzo. Estudió literatura en Columbia, pasó por París con un programa de intercambio y ahí se produjo un quiebre decisivo. La Cinemathèque lo absorbió. Descubrió a Ozu, Bresson, Dreyer. Aprendió que una película podía sostenerse en lo mínimo y que el tiempo podía ser un material narrativo.
"Stranger Than Paradise" (1984), Jim Jarmusch
De regreso en Estados Unidos, completó sus estudios en la NYU y empezó a filmar. Permanent Vacation (1980), su ópera prima, ya contenía casi todo: deriva urbana, personajes que caminaban sin rumbo claro, diálogos que no buscaban rematar en chiste, una cámara más interesada en observar que en imponer. La confirmación llegó con Stranger Than Paradise (1984), filmada con una austeridad muy obstinada. Con ella convirtió la falta de recursos en estilo. Planos largos, humor seco, un ritmo que se permitía el vacío. La película no explicaba su gracia, la dejaba aparecer. Ese gesto marcó el resto de su obra.
Jarmusch nunca se sintió cómodo con la idea de “carrera”. No hay progresión clásica en su filmografía ni ascenso hacia presupuestos más grandes. Down By Law (1986), Mystery Train (1989) y Night On Earth (1991) funcionan como variaciones sobre un mismo interés: qué pasa cuando dos o más personas comparten un espacio durante un tiempo determinado. Una celda, un taxi, una ciudad. Lo importante está en lo que se dice de costado, en lo que no se resuelve, en la incomodidad que queda flotando.
Hay otra constante que define su obra: el círculo de colaboradores que siempre vuelven. Actores, músicos, fotógrafos, amistades que terminan siendo parte del lenguaje. El ejemplo más obvio es Tom Waits, amigo de décadas, presencia fundamental desde Down By Law hasta el primer segmento de Father Mother Sister Brother (2025). Hay otros; John Lurie, Bill Murray, Tilda Swinton, Roberto Benigni, Adam Driver, Cate Blanchett. Actores de primer nivel que no entran a su cine para lucirse ni para cumplir un rol esperado. Entran para caminar con él, para sostener un tono en el cual creen.
"Dawn By Law" (1986), Jim Jarmusch
Dead Man (1995) es uno de sus puntos más altos. Un western filmado como una elegía, en blanco y negro, protagonizado por Johnny Depp y con la aparición del gran Robert Mitschum. Ni que hablar de las guitarras de Neil Young, que acompañan la trama a la perfección. Jarmusch toma un género fundacional del cine estadounidense y lo desarma. Después llega Ghost Dog (1999), donde mezcla samuráis, rap, mafia y filosofía con total impunidad. Es su forma de pensar el mundo como cruce constante de códigos.
Coffee And Cigarettes (2003) condensa su amor por el ritual. Conversaciones aparentemente triviales que se cargan de tensión por el ritmo y por las pausas. Broken Flowers (2005), con Bill Murray, parece un relato de detective cansado, pero es otra cosa: un inventario emocional, un paseo por decisiones pasadas que ya no se pueden corregir. Jarmusch no juzga a sus personajes, los observa con una mezcla de ironía y ternura.
Su relación con la música también es fundamental. Antes de ser cineasta tocó en bandas como The Del-Byzanteens, se movió en el circuito downtown, entendió la lógica del ensayo, del error, del vivo. Más tarde formó SQU¨RL, compuso, improvisó, giró. También dirigió documentales musicales donde la mirada no es la del fan ni la del historiador, sino la de alguien que entiende el pulso interno de una banda. En su cine, la música no acompaña la imagen, la organiza. A veces está al frente, otras se retira, pero siempre define el ritmo.
"Dead Man" (1995)
Jarmusch también trabaja con collage visual. Publicó libros, expuso obras hechas con recortes de diarios, tipografías, imágenes encontradas. Es la misma lógica que aplica al cine y a la escritura: juntar fragmentos, dejar que la fricción genere sentido. El collage es, a fin de cuentas, un montaje sin cámara, edición pura.
Only Lovers Left Alive (2013) lo convirtió en una especie de referente pop para una nueva generación. Vampiros melancólicos, ciudades nocturnas, vinilos, libros, guitarras. Más allá de la estética, la película es una reflexión sobre la acumulación cultural, sobre el cansancio de haber visto todo y aun así seguir teniendo curiosidad. Paterson llevó su minimalismo a un punto más radical. Un chofer de ómnibus que escribe poesía, días que se repiten, pequeñas variaciones. Una película que demanda demasiada atención para los tiempos que corren.
Incluso cuando se permite un juego más explícito, como en The Dead Don’t Die (2019), Jarmusch no abandona su eje. Los zombis funcionan como metáfora del automatismo, del consumo, de la repetición sin conciencia. El humor aparece, pero nunca tapa la idea.
"Father Mother Sister Brother" (2025), Jim Jarmusch
En su obra más reciente, Father Mother Sister Brother, vuelve al núcleo de siempre: relaciones humanas observadas sin juicio. Tres segmentos, tres geografías, vínculos familiares tensos, silencios largos.
A esta altura, su condición de outsider ya no necesita ser proclamada. Es un idioma. Se reconoce en el tempo, en la forma en que la cámara espera. Jarmusch eligió siempre el control creativo, el final cut, los equipos que entienden su ritmo. Hizo cine para existir según sus propias reglas.
Celebrar a Jim Jarmusch hoy implica volver a mirar su obra y recordar que el séptimo arte puede caminar, detenerse, escuchar. Que no todo necesita clímax. Que el tiempo, bien usado, sigue siendo uno de los materiales más potentes que tiene una película.
Por Sofía Lust
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