La fecha era 28 de diciembre de 1895 y el lugar el Gran Café de París. Por un franco, los asistentes podrían visualizar diez cortometrajes, proyectados desde el cinematógrafo Lumière, un invento patentado el 13 de febrero de ese mismo año y que los medios anunciaban como un antes y un después en materia audiovisual.

Un tren sería el protagonista. Un tren en movimiento que, al principio de la proyección, estaría a una distancia prudente. De manera paulatina, se acercaría lo suficiente para hacerle pensar al público que ya no existía un límite entre lo real y lo proyectado. La incertidumbre inicial le daría lugar al miedo. Culminaría con la huida de todos los presentes en lo que sería la primera proyección cinematográfica.  

“Nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir”, dijo Joan Didion. El ser humano vive de hazañas y consagra sus grandes logros a partir de mitos, relatos y cuentos. La épica es el condimento infaltable. Puede que ese 28 de diciembre de 1895 nadie haya huido de ese café, ni que La llegada del tren haya oficiado como una ilusión óptica que amenazaba con aplastarlos. No se trataba de un arma de destrucción, era uno de los primeros respiros que daba el séptimo arte, la nueva forma de contarnos historias.

La distancia de la cámara, el ángulo y el orden se convirtieron en estrategias comunicativas y, en conjunto, un lenguaje. Nacieron diferentes formas de concebir al cine y también se utilizó para alcanzar distintos objetivos. El expresionismo alemán, el impresionismo francés, el surrealismo, entre otros, se impondrían como vanguardias. Los integrantes de cúpulas de poder llegarían a la conclusión de que el cine podía utilizarse para el bien de sus intereses. Así fue como D.W. Griffith llegó a El nacimiento de una nación (1915).  

No obstante, mientras el mundo soñaba con lo que hoy es un medio establecido, los hermanos Lumiere eran los que menos fe le tenían. No creían que fuera una industria con un futuro prometedor, de hecho, Auguste perdió interés y continuó investigando en el ambito científico. Eventualmente, ambos abandonaron el mundo cinematográfico.  

Auguste falleció en 1954 y Louis en 1948. En 1929, se celebró la primera edición de los Premios Óscar y en 1940, un tal Alfred Hitchcock lanzaba Rebecca. Charles Chaplin ya se había convertido en un emblema. 

Bastó con un tren. Ese armatoste que, según el mito, amenazaba con pasarle por arriba a las aproximadamente cuarenta personas que observaban de manera atenta la proyección. Un vehículo que fue el responsable de abrirle camino a una nueva industria y a un nuevo arte. A toda velocidad, ese tren no pasó por arriba de nadie, pero trazó la trayectoria de una nueva forma de concebir y documentar la realidad.