Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

En 1964, un Bob Dylan de 23 años cantaba que los tiempos estaban cambiando. 42 años después, con la voz curtida por el frío de Newport, un accidente de motos, un volumen de crónicas, amoríos y desamores varios, tituló un disco Modern Times: los tiempos ya no cambiaban; habían cambiado. Y ahora tocaba vivir adentro de esa modernidad enlatada casi que a la fuerza. El 28 de agosto de 2006, el mismo día en que ese larga duración esperaba ansioso en las bateas de las disquerías (que fácilmente podrían haber sido las de Cheesecake Records), un bar de la Ciudad Vieja montevideana bajó la persiana por primera vez en cinco años. Un cartel enorme en la fachada anunciaba que Dylan lo había comprado. Los tiempos, ese día, cambiaron efectivamente para La Ronda, aunque no de la manera que el cartel prometía.

Un huracán no se lleva 20 años y lo que el viento se llevó fue otra cosa distinta a vinilos, historias, masticables, bloody marys y copas rotas. Esto empieza cuando la abuela de Felipe Reyes (alias el Galgo) le daba plata para comprar discos y hacer músculo en las maquinitas (cuando tenían una palanca en el costado y uno tenía que agarrarla y bajarla con fuerza para que sucedieran cosas en su pantalla). Los años no cambiaron pero sí pasaron, los discos siguieron girando y Reyes intentó estudiar administración de empresas para ver si podía manejar el presupuesto de una película. La cosa no funcionó así que se puso a trabajar como cadete y luego en una discoteca. Reyes más tarde compró ese bar en la esquina más ventosa de la Ciudad Vieja. La Ronda ya se llamaba La Ronda antes de que él llegara —el cartel de neón de la fachada sigue siendo el mismo— y lo único que hizo fue dejar la barra del medio exactamente donde estaba, según el consejo de su propia madre, Cleotilde (quien también tuvo una suerte de emprendimiento de catering para bandas, en el que Reyes daba una mano): que la gente se sentara de un lado o del otro, que quedara enfrentada, que esa barra fuera una suerte de invitación al encuentro, al cruce de miradas entre posibles desconocidos.

Con los años, esa barra se llenó de músicos —Daniel Melingo pasaba seguido, La Vela Puerca y No Te Va a Gustar almorzaban ahí antes de tocar, los Babasónicos también— y de habitués, amigos del Galgo como Tüssi Dematteis que frecuentaba el lugar al punto de tener su propia mesa (derecha, afuera) donde empinaba los ‘’hijos de Jaime’’ (como llamaba el Galgo a los Jameson). En paralelo, Reyes sostenía desde la radio un ritual propio, una extensión del mundo que había gestado en el bar: Segundo Intento, un programa en el que los discos giraban desde las 2 de la mañana hasta las 5 (se transmitía por El Espectador y de 7 a 10 por Urbana), armado sobre quince preguntas fijas que solo tenían sentido si se respondían temprano, porque después, según su propia teoría, la respuesta cambiaba. ¿Cuál fue el mejor sueño que te cortó el despertador? Si te levantás con amnesia, ¿a dónde suponés que vas a trabajar? Las respuestas, grabadas con un minidisc por distintos invitados clasificados en cuatro categorías propias —personas, personajes, estrellas y estrellados— se editaban con cuidado “como si cada bloque fuera una quinceañera”, según su propia descripción.

En 2006 llegó el quinto aniversario de La Ronda en un momento particular: acababa de morir Juan Pablo Rebella, codirector de 25 Watts y Whisky, que era cliente habitual del bar, y Reyes no andaba con muchas ganas de nada. Caminando por la calle Ciudadela se cruzó con el guitarrista de Astroboy que le tiró la idea al pasar: había que hacer algo con Dylan para el aniversario. Bastó esa frase suelta para que el Galgo la cazara en el aire y desarrollara una de sus ideas: mandó a imprimir mil afiches con la consigna “Dylan compró La Ronda”, tapizó la ciudad, consiguió que un par de bondis de Cutcsa llevaran el mensaje pintado en los laterales durante semanas, y el 28 de agosto, coincidiendo exactamente con la salida de Modern Times, cerró el bar y se fue a Francia. La ciudad se quedó suspendida, en tensión, sosteniendo sola una mentira que nadie se ocupó de desmentir ni mucho menos de verificar.

Esa joda tuvo consecuencias reales dos años después, cuando Dylan anunció una gira sudamericana. Reyes salió de Montevideo el 12 de marzo de 2008 y volvió el 21, después de haber ido a los cuatro shows del tramo rioplatense: Córdoba, Vélez, Rosario y, finalmente, el Conrad de Punta del Este, el 20 de marzo. Viajó en el Galgo —el viejo ómnibus de la extinta ONDA que él tenía parado en la puerta del bar o en la de La Trastienda o de gira por playas; un “motorbar” equipado con cocina, radio, sillones, cama matrimonial, baño y ducha, que comía gasoil como loco y no pasaba de los noventa por hora— junto con un grupo que fue mutando en cada parada: Sebastián y Wanda, que trabajaban en La Ronda, su entonces novia Josefina, su primo Pablo, dos choferes de nombre Cacho y Horacio, y varios amigos argentinos que se fueron sumando en el camino.

En Rosario consiguió entrada con la producción del show y vio el concierto desde la quinta fila, bien de cerca como para notar que Dylan tomaba sorbos de algo que parecía whisky entre canción y canción, y que llevaba puesto el Oscar que había ganado por la canción “Things Have Changed”, que hizo para el soundtrack de Loco fin de semana (Wonder Boys, 2000) con su particular y simpático videoclip. El viaje fue una expedición impulsada, podemos llegar a pensar, por una devoción absoluta, pero en Buenos Aires Reyes hizo dos paradas para visitar en el hospital y después despedir a la pareja de su madre, que murió durante esos mismos días. El Galgo lo esperó estacionado frente al cementerio para retomar la gira apenas terminó el entierro. Lo que años más tarde también terminaría enterrado (pero en este caso en la arena) es aquel Galgo de la ONDA.

Para el tramo final de la gira, hacia Punta del Este, se sumó un segundo ómnibus, y la caravana llegó a reunir 19 personas. Cerca del Conrad, la tripulación completa repartió volantes que decían “After Dylan” entre la gente que salía del show, por si el propio Dylan decidía salir caminando (al revés de como había hecho en el Cilindro en 1991, cuando se bajó del auto unas cuadras antes y entró a pie). Reyes usó una antena de la radio pensando que quizás Dylan iba a sintonizar desde el hotel o, si venía en taxi, le pedía al conductor que moviera el dial para ver si sonaba alguna canción suya. Pero Dylan no apareció. Lo que sí hubo fue una fiesta en el parador La Olla de la Playa Brava, que se extendió hasta las seis de la mañana, con la waflera saltando la térmica cada vez que alguien intentaba enchufarla y el mismo tema dando vueltas entre los asistentes: cómo había sido el show que acababa de terminar.

De ese cruce entre el bar, la radio y el ómnibus itinerante nació, con los años, Galgomundo: el programa que Reyes conduce y opera, como si se tratase del Howard Stern uruguayo, transmitiendo por Radiomundo de lunes a viernes desde las 13:13, los sábados desde las 14:04 y los domingos desde las 18:00. Es, en sus palabras “una expedición en busca de historias de carretera, sin ningún locutor que hable de más ni aburra explicando lo que sabe de un disco o un artista”. Discos que giran a 33 o 45 revoluciones, canciones nuevas que nadie escuchó antes por radio, los viejos temas de aquel primer Segundo Intento, y todo lo que alguna vez sonó en La Ronda —Neil Young, Tom Waits, por supuesto que el “insoportable” Dylan, Lou Reed, y Leonard Cohen— dando vueltas otra vez.

Esa misma lógica radial la traslada al papel cuando escribe en medios como el semanario Brecha (donde entrevistó a Mark Lanegan, Juana Molina, escribió sobre John Cale y por supuesto de Dylan), La Diaria (se destacan artículos sobre Fernando Cabrera y Paul McCartney) o acá en Montevideo Portal: una prosa asociativa, torrencial y digresiva, llena de derivaciones inesperadas, preguntas de lectores que por primera vez se topan frente a algo que los saca de su comodidad, guiños melómanos que se agarran al vuelo o pasan desapercibidos y un cataclismo urbano entrañable. Su escritura funciona exactamente como un viaje de carretera impredecible: a toda velocidad, entre notas al pie interminables, saltos temporales, referencias enigmáticas y algún frenazo seco a mitad del camino, partiendo de la premisa de que nunca hay un plan perfecto salvo el que dejó pendiente cuando administró Los Cardos en la ruta Interbalnearia. Si el camino se pierde, siempre se puede volver a encontrar.

Ya no tiene La Ronda ni el ómnibus, que hace pocos años quedó estacionado entre los iglús de Big Bang Nature Stays en Maldonado. Pero la excusa para regresar a esos días apareció en una charla a principios de este agosto, en una función de Don’t Look Back, el documental de D.A. Pennebaker sobre la gira de Bob por Inglaterra en 1965 aquel que cuenta con escenas divertidas donde se lo ve a un Dylan enfurecido queriendo saber quién fue el que tiró un vaso a la calle o su pica insufrible con Donovan. La proyección fue organizada por Pervanche Cine Club como parte de un ciclo en la Destilería Capicúa, al que bautizaron como “Pervanche Sónico”, en el que las proyecciones tienen extensiones, instancias por fuera de la película, charlas con invitados especiales para la ocasión. Para Don’t Look Back invitaron al Galgo, y de la conversación posterior salió la idea de retomar la vieja consigna, celebrar 20 años de una deuda que Robert Allen Zimmerman nunca saldó, la plata nunca la giró, o al menos esa guita nunca entró a la cuenta.

Todo ese acumulado de dos décadas —el bar, la radio, los dos ómnibus, la mentira disfrazada, como si se tratase de folclore propio— confluye este viernes 28 de agosto en la Casa del Galgo. Con una edición especial de La Voz del Galgo, se anuncia una fiesta con una estética que emula un diario de época: tipografía gótica, foto en blanco y negro del edificio donde alguna vez se vio aquella gigantografía con la inscripción “Dylan compró La Ronda”. Emulando aquel afiche original con la noticia, que en lugar de decir La Voz Del Galgo decía Cheescake Records, la disquería que estaba situada justo al costado de La Ronda, como una extensión de su propio universo.

Una fiesta organizada en conjunto por el Galgo y Pervanche. Habrá discos girando desde las 20:30, “comestibles” (símil de los clásicos “masticables” de La Ronda), una barra y una casa de cambio propia, donde la moneda para pagar tragos y comida es el Galgo, la divisa local que Reyes inventó hace años para sus propios eventos. La entrada general cuesta 100 Galgos (1 galgo equivale a 2 pesos uruguayos), y la dirección se consigue solo por mensaje directo contactando la cuenta de Instagram de @galgomundo o @pervanchecineclub.