50 años antes de que Bad Bunny llenara el medio tiempo del Super Bowl de casitas, cañaverales y escenas de barrio en español, Puerto Rico ya era una frontera simbólica entre América Latina y Estados Unidos.
“La isla del encanto” no es un punto cualquiera en el mapa cultural. Es un lugar en el que músicas, cuerpos, lenguas y espectáculos llegan, brillan y siguen viaje. Una marquesina en la que el sur segregado de Estados Unidos y el conurbano bonaerense compartieron luz antes de que la globalización supiera qué nombre ponerle a ese cruce.
Apenas dos fotos sobreviven como registro de aquel encuentro del 20 de febrero de 1976. En una de ellas, Muhammad Ali sostiene un micrófono como si estuviese entrevistando a Sandro. En la otra, el ídolo latino mira cruzado de brazos al campeón del mundo mientras es entrevistado por un periodista.
Yo quiero vivir como las aves
Que no pueden atraparse, ni alcanzarse
Hay olor a linimento en el camarín del Coliseo Roberto Clemente. Un gigante que ha sabido volar como una mariposa y picar como una abeja va a noquear en el quinto round al ignoto belga Jean-Pierre Coopman. El circo ambulante del campeón es todo un éxito: más de 600 personas pagaron 5 dólares todos los días para verlo entrenar en su hotel y más de 11.000 llenaron el estadio pese a las entradas carísimas. La pelea es aburrida, pero la isla entera está rendida al espectáculo total del hombre al que Norman Mailer definió como el mayor ego de Norteamérica, el mismísimo espíritu del siglo XX y príncipe del hombre masa. Mezcla de atleta, actor y profeta, en 1976 es —pese a su notorio declive deportivo— la persona más famosa del planeta.
En agosto de ese año, sentado frente a Mirtha Legrand en un estudio de televisión todavía en blanco y negro, confesará que ya no sabe quién es quién entre Roberto Sánchez y Sandro. El hombre que baja un kilo ochocientos por show, casi lo mismo que Ali en cada pelea, también carga con el peso de su propio mito.
Yo quiero volar por el mundo
y recorrer libre, y sin pensar
que tendré que volver otra vez
No es solo un efímero crossover de famosos. Entre esos dos egos peso pesado, que entienden como nadie el poder del magnetismo y construyeron un personaje más grande que el nombre de la partida de nacimiento, hay trayectorias en paralelo.
Ambos habían mudado de piel en 1967, redefiniendo quiénes eran ante los ojos del mundo. Sandro grabando "Ave de paso" y abandonando definitivamente el rock para convertirse en el cantante romántico que conquistaría América. Muhammad Ali negándose a ser reclutado para Vietnam semanas más tarde de la defensa de su título ante Ernie Terrell.
También eran hijos de una misma generación: la primera que creció con televisión, escuchó música dirigida exclusivamente a los jóvenes y vivió la rebeldía como una cuestión estética y corporal, no solo política. Por esos años, la adolescencia se convertía en un sujeto social, cultural y de mercado.
Cuando Cassius Marcellus Clay Jr. —nacido en 1942— y Roberto Sánchez Ocampo —en 1945— atravesaron el camino de la niñez a la adultez, fueron parte de un colectivo que entendió que la juventud se podía habitar no aceptando el guion heredado.
Mucho antes de ese camarín en Puerto Rico, algo ya los había unido sin que lo supieran. Ambos habían crecido entendiendo que uno podía elegir el escenario en el que decir quién era, ya fuera un ring o un micrófono. A los dos, esa lección se la había dado el mismo hombre, sin necesidad de globalización, MTV o internet.
Ali tenía 15 años cuando lo vio por primera vez en la televisión y quiso ser como él. Sandro tenía 12 cuando empezó a imitar sus movimientos en un escenario escolar. Era el mismo año, 1957, cuando Elvis Presley se convirtió en fuente de inspiración para un muchacho negro de Louisville, Kentucky, criado en un contexto de segregación racial brutal y para un pibe de Valentín Alsina, hijo de inmigrantes de clase media baja, bien al sur de América.
No se conocían, pero habían entendido lo mismo. Llevarían esa chispa hacia una cultura común, apenas con matices de idioma.
Años más tarde, sin saberlo, sus rutas volverían a rozarse. En noviembre de 1971, ya convertido en una estrella consolidada, Sandro ocupaba una butaca en primera fila para ver a Elvis en el Boston Garden. En Lanús, a pocos kilómetros de la casa natal del cantante, Muhammad Ali comía un asado en una fábrica con sindicalistas argentinos. Unas horas antes del humo, el barrio y el vino, había hecho una pelea de exhibición en el estadio de Atlanta.
Ave de paso, me llamarás
Seguro acertarás
Pues yo no sé
Si alguna vez me atraparán
De vuelta en aquel vestuario, el autoproclamado Elvis del boxeo y su equivalente argentino ocupan el centro de la escena.
Al mismo tiempo, Elvis está a miles de kilómetros de distancia sin enterarse de la convención. ¿Habrán hablado de él? ¿Tendrán idea de que en ese momento está tomando su jet privado de Graceland a Denver y de vuelta en una sola noche, solo porque se le antojó un sándwich de 8.000 calorías, con pan ahuecado, un frasco entero de mantequilla de maní, mermelada y medio kilo de tocino?
Aquellos jóvenes que querían ser como él, que fueron al cine a ver todas sus películas y encontraron la inspiración en sus movimientos están ahora en sus treinta. Brillan por sí solos, aunque ya no son del todo ellos mismos.
Sus mitologías se miran a los ojos. Las fotos, como cápsula de ese tránsito, sobreviven al tiempo, a las adolescencias compartidas a miles de kilómetros, a los movimientos aprendidos frente al espejo y a la fugacidad de un flash. En ellas, parecen viejos conocidos, aunque apenas se hayan cruzado una vez en la vida. No hay registro de diálogo, ni falta que hace. Basta mirar sus rostros: Ali reluciente, carismático, expansivo; Sandro elegante, seguro, magnético. Dos hombres que entendieron que el escenario es un lugar para inventarse y que el misterio es parte del pacto.
Afuera, el Caribe hierve. Adentro, se mezclan mundos: las piñas recientes en una pelea sin alma todavía vibrando en el aire, la salsa escapándose desde algún salón contiguo, el bullicio boricua que va y viene entre San Juan y Nuevayol, promotores, prensa, trajes brillosos. La americanidad en todas sus versiones: la del ring, la de la balada, la del espectáculo. Incluso la de la bruja puertorriqueña que predijo una victoria de Coopman, un adversario de poca monta que confesó haberse mojado los labios con champagne entre rounds para envalentonarse.
Como aves de paso, dos coestrellas improbables comparten una luz fugaz antes de volver a sus mundos. Ali a sus defensas, sus frases inmortales y sus causas; Sandro a sus giras, sus películas, sus baladas. A una exitosa presentación en ese mismo estadio, en 1982.
En ese instante se cruzan públicos y leyendas, el amor coreado por multitudes, el brillo como lenguaje común. Tal vez Ali le contó a Sandro, traductor mediante, sobre cuando conoció a su ídolo en febrero de 1973, en Las Vegas, le regaló unos guantes firmados y recibió a cambio una bata con la inscripción “The People’s Champion” en piedras preciosas.
Cincuenta años antes de que el mundo coreara canciones en español en el Super Bowl, dos herederos del Rey del Rock compartieron un camarín en San Juan de Puerto Rico. Quizá DeBIeron TiRAR MáS FOToS.