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Contenido creado por Catalina Zabala
Literatura
Mayéutica del mundo

Diego Paseyro: “Creo que hay sentimientos muy bajos que en general solemos ocultar”

El autor conversó con LatidoBEAT sobre la premiada "Soledad", su última publicación, y reveló sus principales motivaciones creativas.

23.01.2026 12:58

Lectura: 16'

2026-01-23T12:58:00-03:00
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Por Rodrigo Bacigalupe
   rodri...@gmail.com

Hay novelas que se escriben para ocupar un lugar en el catálogo de una editorial. Otras parecen escritas para incomodar a ese mismo catálogo desde adentro, para poner en tela de juicio la propia noción de taxonomía. Soledad (2025), la novela con la que Diego Paseyro Carbone obtuvo el Primer Premio en el Concurso Nacional de Narradores de la Banda Oriental, pertenece claramente a este segundo linaje: el de los textos que no piden permiso y avanzan con una voz que no busca consenso, sino verdad.

Narrada en primera persona, representante furibunda del realismo eufórico nacional en el que hemos clasificado la respiración literaria de ciertos escritores contemporáneos de nuestro panorama literario, Soledad construye el retrato de una mujer que piensa sin anestesia, vertiginosamente, sin airbag. Que revisa su historia personal y sus vínculos con una lucidez que transita tanto por la lucidez, la ironía, y la feroz autocrítica. No hay en esta obra ni épica ni redención: hay pensamiento en acción, lengua viva a borbotones y una subjetividad que se expone sin maquillajes.

En continuidad y a la vez entrando en fricción con Her-man y los amos del universo (2022), su novela anterior, Paseyro ensaya ahora una forma de introspección narrativa donde la filosofía se filtra menos como sistema que como sudoración de la prosa. Su protagonista, epónima, se llama Soledad y está sola, como dice la canción. Por eso entreteje un monólogo que la lleva a transitar por la delgada línea de la cordura humana, encontrando regocijo en pequeños oasis cotidianos que le permiten mantener en eje, a duras penas, el yo que encarrila sus palabras.

En diálogo con el autor nos detenemos en la gestación de Soledad, en la decisión de escribir desde una voz femenina que no concede amabilidad al lector, y en la experiencia —siempre riesgosa— de dejar que la literatura avance, allí donde la corrección política suele llegar a la afonía. La conversación ilumina así no solo los pliegues de una novela premiada, sino también una concepción del acto de escribir como ejercicio de incomodidad necesaria.

Foto: Radio Lavalleja 

Foto: Radio Lavalleja 

Soledad es una novela que incomoda desde el título, pero sobre todo desde la voz narrativa. ¿Cuándo aparece esa voz por primera vez? ¿Fue un proyecto consciente o algo que se impuso con el devenir de la escritura?

Apareció de manera bastante intempestiva. No fue una decisión previa decir “voy a escribir con esta voz”, sino más bien escuchar algo que ya estaba ahí y que insistía. Al principio era apenas un tono, una forma de pensar las cosas, una manera de decir que no coincidía con otras voces que yo había trabajado antes. Con el tiempo entendí que no podía domesticarla demasiado sin traicionarla.

Da la sensación de que es una voz que no busca caer bien, que no se disculpa.

Exacto, Soledad no está escrita para agradar. Y creo que eso fue lo que más me costó aceptar durante el proceso: no suavizarla. Hay una tentación permanente de volver a un registro más empático, más “legible” en el sentido complaciente del término. Pero el personaje no funcionaba ahí. Su potencia estaba justamente en no negociar demasiado con el lector. La voz de Soledad es la de un personaje que va a un comité y se siente sola, lo mismo en el trabajo o con sus amigas. El autoflagelo no tiene descanso para ella.

En ese sentido, la novela parece trabajar con una incomodidad muy contemporánea: la de una subjetividad que piensa demasiado, que se piensa demasiado.

Sí, y también con una cierta fatiga de los discursos disponibles. Soledad no encuentra refugio ni en los relatos tradicionales ni en los nuevos. Hay algo de soledad real ahí, no solo emocional, sino discursiva. No sabe bien desde dónde hablar, pero aún así habla. Su ego habla tanto o más que su autoestima. La escritora Yanina Vidal, en el prólogo, advierte esa característica del personaje.

¿Se dio cuenta Vidal o el resto del jurado de que detrás de la narradora/protagonista había en realidad un hombre de pelo en pecho?

Quizás ese sea uno de los méritos que creo puedo arrogarme con mayor satisfacción. Que los tres hayan pensado que realmente había una mujer detrás. Pero no hice esa confección del personaje. No me puse a pensar, por ejemplo, en qué edad tiene Soledad, con quién se lleva bien, con qué se lleva mal, qué piensa  o qué le gusta antes de empezar a escribir. No. Dejé que la propia narrativa me lo fuera sugiriendo, y me fue llevando exactamente a donde tenía que llegar. Pero volviendo al tema del jurado, ninguno de los miembros —dos de ellos mujeres— se dio cuenta de que el autor no era una mujer. Y quizás deba parte de ese logro a mi pareja, Laura, que supo darme su opinión y, con base en su experiencia, aconsejarme al respecto cuando algo hacía que se me viera el plumero, cuando mi visión exudaba a través de Soledad en exceso, sin camuflarse.

¿Qué te dejó a vos, como escritor, habitar en Soledad durante todo el proceso creativo?

Primeramente una desconfianza mayor hacia las fórmulas. Y, al mismo tiempo, una confirmación: que cuando una voz es auténtica —aunque sea incómoda, antipática o excesiva—, vale la pena sostenerla hasta el final.

Si bien la euforia característica de tu prosa ya está presente en tu primera novela, Her-man y los amos del universo, en Soledad lograste canalizarla, convertir la catarata en un torrente concentrado, y la pluralidad de voces en un monólogo.

La voz de una mujer como Soledad, “frisando los cuarenta años”, necesitaba otro tono. Necesitaba la potencia de una mujer y el poder hablar desde la voz femenina. Me di cuenta de las similitudes que tenemos los hombres y las mujeres. Fue muy didáctico y hasta terapéutico, te diría, en cierto punto. El desdoblamiento no es solo de la protagonista que transita entre el monólogo y el soliloquio, fue también del autor. Una especie de mayéutica autoaplicada en la que, a lo Machado, dialogo con la mujer “que siempre va conmigo”. No sé si por ser buena amiga, como dijo el poeta, o por ser mi revés, mi contraparte. Pero la novela le debe muchísimo a ese diálogo.

Foto: @ibenitezconte

Foto: @ibenitezconte

Hay también otro tipo de búsqueda que no es la de un interlocutor, sino la de un lugar que dé confort o calma a Soledad, quien emprende, “aunque la quiebre la vida”, como dice el tango, un “yiro” por Montevideo bastante peripatético. ¿Lo ves así?

Soledad, como los acompañantes de Aristóteles —su grupo de fans, digamos—, también recorre la ciudad intentando hacer de Montevideo un pinball para atracar, finalmente, en algún agujero, pero es una ciudad que le resulta hostil. No por ser Montevideo, sino por la propia organización del espacio urbano que no la reconforta —para usar tus palabras— y en donde no se siente cómoda porque en cada esquina ve un motivo para pelear y despotricar contra aquello que entiende, desde un idealismo casi ingenuo, terco, que está mal. Y se sabe incapaz de cambiar, empezando por ella misma.

Soledad se replantea todo, incluso el origen de su nombre, como se lee en el primer párrafo de la novela.

Necesitaba pensarlo desde el origen, desde la etimología, si se quiere. Porque Soledad es alguien que se replantea incluso lo elemental, sus propios cimientos. Por eso se pone en riesgo constantemente y se expone, ya sea que hablemos de parejas o de otro tipo de vínculos, incluso de su relación con ciertas sustancias o personas más nocivas que las drogas. No puede evitarlo porque es pura pulsión. Es muy crítica, no es políticamente correcta, no tiene un descanso, no puede dejar de pensar, denunciar ni criticar y, por eso mismo, de molestarse.

Contanos más de Soledad, tanto del libro como de su protagonista. Tu obra es pura experiencia de lectura, por lo que no hay spoiler que la perjudique.

Sí, se sostiene más en el cómo que en el qué, por decirlo de alguna manera. El argumento está en un segundo plano, aunque lo tiene, y la acción también, a pesar de que la hay en la novela. Soledad es una mujer enconada con el mundo y que no está dispuesta a negociar su visión poética —porque esta visión es incluso más poética que política—, ya que ella, aunque uno pensaría que no la está pasando bien, logra de alguna manera construir una visión poética del mundo para defenderse. Esa sería la otra cara de la luna de la novela, porque, aunque parece tan “padeciente” —como si fuera un libro de Rolón—, sin embargo se las arregla para no victimizarse. De repente empieza a encontrar regocijo en cosas muy privadas y muy solitarias en las que el gran ojo no se posa.

Soledad no reconoce importancia a los grandes logros de la sociedad capitalista, productivista, eso no le interesa. Ella libra batallas solitarias; es más, se jacta de que sean anónimas, de que nadie se entere de sus lides. Y después están las otras voces que la interpelan todo el tiempo, que son las voces de la sociedad, de su madre, de su super-yo, que en todo momento la están tratando de traer a los marcos de su mundo —el de ellos—. Pero sí, Soledad va con su grupo de amigas y no se halla, no se identifica, se siente distinta. Va con su familia y le pasa lo mismo, en su ambiente laboral lo mismo. No se permite tener mascotas porque le parece denigrante domesticar a un gato o un perro.

Charlemos un poco más de esa categoría que una vez te adjudiqué, sin intención de encasillarte, sino como un modo de denominar esa respiración que tiene tu prosa: el "realismo eufórico".

Antes de escribir Soledad, yo venía de leer a una autora argentina que recién había descubierto y con la que quizas hoy en día no comulgo, al menos políticamente. Ariana Harwicz. En su primera novela, Matate amor (2012), pidió que no se tocara nada. Así nació esa novela, y, si vos la leés desde un punto de vista gramaticalmente correcto, dirías “acá vendría un punto y aparte, acá vendría una coma, acá vendría un punto y una coma”. Pero no, ella pidió dejarla así para que no perdiera ese impulso vital, el "élan vital" del que hablaba Bergson, y así lograr que fuera más visceral. Sin duda Soledad le debe a esa y otras lecturas, no sé si hubiera nacido si yo hubiera leído un par de novelas de Harwicz.

En consonancia con tu primera novela, pero de un modo muy diferente —quizás de manera colateral— en Soledad también aparece el humor. ¿De qué manera o con qué propósito?

Sí, es cierto, aparece el humor. No sé si fue tan voluntario incluso. Cuando transitás tan obsesivamente tantas denuncias y alternás entre lo más profundo y lo más frívolo, ese mismo contraste propicia la aparición del humor. Soledad se puede lamentar profundamente de que se pasó de azúcar en el café o de la pobreza en el mundo a la misma vez, y derramar las mismas lágrimas. No es que yo me hice una lista de 10 chistes. Pero sí, efectivamente, es cierto que por momentos el tono es medio hilarante por lo absurdo. Porque hay situaciones cotidianas que solo se dejan describir a través del absurdo, y es esa la mejor tradición literaria para describirlas: la de un Beckett, un Ionesco o, más acá, un Dragún, ya ubicados en el Río de la Plata. Son esas situaciones que, de tan absurdas, de tan simples, de tan cotidianas, se vuelven extremadamente complejas. Encuentro en ese registro la forma más adecuada por lo natural, paradójicamente, de narrarlas.

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El personaje se define siempre por oposición a sí misma, a su otra u otras caras, a sus padres, a su hermana. 

Sí, en ese sentido es reactiva. Por ejemplo, en el caso de su hermana, es menor que ella y encarna todo lo que el sistema quiere: una mujer casada, aplicada, madre, orgullosa de ser todo lo que es, de jactarse ser todo lo que es, exitosa en su trabajo, y no parece tener ninguna fisura. Es como que ella siempre se muestra resuelta, completa, y eso la enerva. Por eso compite con ella. No lo oculta tampoco. Yo creo que hay sentimientos muy bajos que en general solemos ocultar, porque existe el mantra de que no hay que tener resentimiento porque uno se envenena con el veneno, con su propia pus, se dice mucho eso. Hay una suerte de mantras metafísicos que circulan en la sociedad como si fueran enlatados de Seneca, y Soledad los abraza para parodiarlos: “Soy resentida y me gusta serlo. Siento odio, siento malestar, pero no lo trato de disimular”. No es falsamente humilde.

Y sin embargo, son muchas las obras que se han escrito con el empuje del motor del resentimiento. Son muchos los autores que han logrado construir una obra potente a partir de ese dolor y esa exigencia. ¿Qué otros motores encuentra el lector para hacer combustión en Soledad?

Otro motor puede ser el que se encuentre frente al espejo. Aunque el lector no necesariamente empatiza con ella, por más que diga cosas que uno pueda pensar. No es que yo pretenda, necesariamente, que el lector sea otra Soledad. No es la buena de la historia, pero tampoco creo que genere un rechazo absoluto. Como hablábamos, el tema del espejo siempre da de sí. Uno puede decir: “Esas miserias también son mías”. Soledad no es querible, pero tampoco es odiable. No es querible porque ella por momentos hace defensas de la resignación, por ejemplo, piensa: “¿Para qué seguirlo intentando si es todo en vano?” Cuando se llama a la renuncia universal, es difícil de empatizar.

¿Pero cuántas veces nos hemos sentido así también? Con ganas de dejarlo todo. No somos militantes 24/7. Hay veces que no tenemos ganas. Pero, por eso mismo, es que aparecen otras voces a las que yo mismo necesité darles cabida para que contrarrestaran un poco con la de la protagonista. Porque esas voces son las que constantemente le piden a Soledad que vuelva, que le dicen "¡Basta, Soledad!" Basta con hacer la revolución, basta con creerte la oveja negra. Siempre hay un momento en que basta con ver para dónde sopla el viento y caminar para el otro lado. Eso también, quizás, yo mismo lo necesité alguna vez.

¿Cuánto de Paseyro tiene Soledad?

Es imposible que vos te despegues. Está el autor, sí, pero no sé si atribuirle otra plenitud. No sé si está el yo, no sé si están sus creencias, sus valores. Esa es una discusión interesante. ¿Hasta qué punto yo defiendo, suscribo todo lo que se está diciendo en el libro? En teoría indicaría que no. Pero, por otra parte, estoy también ahí. Yo soy ese maremágnum de cosas, esa arcilla. Pero el problema está en la cantidad: ¿hasta qué punto soy eso? ¿Es un "soy" con minúscula? ¿Con mayúscula? Tampoco es que Soledad represente o sea el lado femenino ni masculino de Diego Paseyro.

Es ficción.

Exacto, es otra cosa. Es esa virtualidad del yo o los yoes que tiene una creación ficcional. Soy legión, decían las Escrituras, ¿no?

¿Hay muchas soledades en tu entorno, en la vida, en estos tiempos que corren?

Qué buena pregunta esa. Creo en la soledad de este momento vital —de las personas, me refiero—, y creo que también Soledad se inspira mucho en eso. Yo comencé hablando de la soledad en el nombre, pero le pasa también al concepto de soledad. Se me ocurrió jugar con eso porque creo que la mayor soledad que uno puede tener es abrazar una idea, un sentimiento, lo que sea, y sentir que mira para el costado y no hay resonancia. Es ir a un comité y estar solo. La novela iba a tener otro nombre y ahí apareció mi lectora fantasma, mi pareja, y no le gustó. Entonces empecé a repensar el paratexto para ponernos técnicos, y dije: “Se tiene que llamar Soledad”. Aunque parezca medio obvio, incluso, no sé si hay otro nombre mejor. Está perfecto para mí.

¿Qué pasaría si te la encontraras de compañera trabajo o de excursión? Te puede amargar el viaje, ¿no?

Te amarga el viaje, sin dudas. El torrente de sus verdades te puede amargar el viaje. Siempre está rompiendo la cuarta pared, te saca del idilio, de la ficción, paradójicamente. Para empezar, si Soledad está en un viaje de esa índole, pongamos como ejemplo un crucero, para darle otra magnitud, estaría ahí porque le han regalado el pasaje y tuvo que ir casi obligada, para no despreciar. Ella sabe que no lo va a disfrutar. Un poco como un personaje de Woody Allen. 

¿Y cómo sigue el viaje de la otra Soledad, la de las estanterías?

Bueno, Soledad ahora está recorriendo las librerías, todavía pero aún no he tenido una sensación térmica de cómo está siendo la recepción, aunque ya me han hecho algunas entrevistas. Hace unos días estuve con la gente de Librería El Virrey, antes con Jaime Clara en Radio Sarandí. También en algunas radios del interior como Radiolugares.net, y creo que Soledad sigue su periplo, poco a poco. El mercado editorial uruguayo es muy abundante, por suerte, en cantidad de sellos y títulos para la potencial cantidad de lectores que puede haber. Y el obtener un reconocimiento siempre ayuda. Banda Oriental, con su Club de lectores, llega a un número impensable que por mi cuenta no hubiera logrado. Eso es surrealista.

Mi primera novela tomó el camino de la autoedición y fue un viaje totalmente distinto. Hice 300 ejemplares y tengo 100 en casa. Banda Oriental hizo 3.000 que llegaron a todos los hogares de los suscriptores. Por otra parte, una vez escrito, hay una sensación de ajenidad que va creciendo y que es la misma que va permitiendo que se geste otra pregunta: ¿qué tengo para decir ahora? A partir de esa premisa es que continúo escribiendo. Por eso mismo, Soledad está conmigo, pero ya voy pensando en lo que sigue. En cuál es la próxima pregunta que puedo contestar o simplemente proponer a través de la escritura.

Por Rodrigo Bacigalupe
   rodri...@gmail.com