Desentramando a Cecilia Brugnini: Romance Entre el Todo y la Nada en el MNAV
La muestra agrupa esculturas y principalmente tapices de la artista, pionera del arte textil uruguayo.
Bruno Maciel Collazzo | _brunoomaciel
Como parte de la nueva propuesta curatorial del equipo de Roxana Fabius, la actual directora del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) y las curadoras María Eugenia Grau y María Eugenia Méndez, nace Romance Entre el Todo y la Nada. La muestra invade suspendida en el espacio el inicio de la sala 2, antes de llevarnos a la muestra Somos Jugando. 16 tapices y 6 esculturas se presentan en este recorrido, evidenciando una sensibilidad y una narrativa conceptual y visual con absoluto poder en una evolución constante. Las 22 obras presentes muestran sus comienzos por las más claras y vistosas figuraciones hasta pasar a abstracciones donde el material toma su fuerza expresiva protagonizada por el volumen, su suavidad, el espacio vacío, el uso y dominio del color y el movimiento prácticamente imperceptible. Pionera, porque encontró un territorio vagamente explorado como lo era el tapiz, rompió el obstáculo y creó las condiciones, incluyó los cambios y amplió la mirada.
Su obra comienza a documentarse desde la década de 1960, a donde se remontan sus primeros aprendizajes que iniciaron desde el lenguaje del dibujo y la cerámica. Esta formación la llevó a cabo en el Hornsey College of Arts and Crafts en Londres, institución que destacó por su mirada altamente contemporánea y producción experimental de gran interés para los artistas como Brugnini, que abrazaban las prácticas artísticas de una manera disruptiva. En este primer año de formación artística, al ser invitada a estudiar en Londres, también entró en contacto con el tejido y el diseño de telas, ganando en 1960 un premio por sus diseños. En 1961 volvió a Montevideo a seguir formándose en cerámica junto al maestro Josep Collell en el taller que montó con su esposa Carmen Cano, y complementó esos aprendizajes con la formación de Duncan Quintela. Sobre 1964 comenzó a dedicarse al tapiz de manera autodidacta, y se abrió a su paso un mundo experimental fundamental para la artista. Mundo que la consagró con el paso de los años en una artista fundamental del textil contemporáneo en Uruguay.
Rumbo a Kruger Park (1978-79). Tapiz de lanas hiladas, algodón, seda y fibras sintéticas. 250 x 220 cm.
A niveles técnicos, su trabajo en telas se remonta a tradiciones milenarias principalmente como el gobelino y el kelim, ambas trabajadas sobre alto lizo (que es el posicionamiento del telar de manera vertical). Trabajar sobre alto lizo permite más detalle porque se puede trabajar de manera individual los hilos de la urdimbre; lo cual Brugnini aprovechó para trabajar con gran precisión pictórica las distintas criaturas de sus obras, así como los elementos que creó.
Para entrar en el plano estético y visual, sus primeras obras sirven como una libreta de apuntes íntimos; narra un mundo de ensueño y dulzura donde conviven criaturas de su propia ficción, o sirenas, unicornios. Hace a su vez gala a sus recuerdos de la infancia y sus nociones de comunidad. Se destaca además la presencia de mujeres y lo femenino expresado de diversas maneras más literales o conceptuales. No es una obra ingenua o naif, porque Brugnini presenta una enorme precisión técnica. La experimentación no es ingenuidad, y la autoconciencia de su lenguaje estético denota que no fue probando sobre la marcha.
Tu mirada celeste, tu corazón de oro (1982). Tapiz. 130 x 140 cm.
Antes de analizar su paso conceptual a la abstracción, es conveniente rescatar un análisis de las esculturas blandas de su producción. Presentes entre los tapices, acercándose la mayoría a la obra que le da nombre a la exposición, el mundo de ensueño y sus criaturas salen de la bidimensionalidad del tapiz para habitar el espacio de una manera teatral e igual de mágica y enigmática. Comenzando con un Parkinson que dificultaría su producción a pequeña y precisa escala, encuentra en las esculturas blandas una capacidad suficiente para seguir generando fuerza expresiva. En 1999, se le concedió el Premio Figari por su obra cumbre: La nave de la vida, con 104 personajes y un tapiz de dimensiones cercanas a los siete metros de largo.
Si bien ya está dicho que su mundo es reconfortante, encantador y de ensueño, también existen obras que dedican un espacio a la memoria y se juegan un pequeño lugar en el dolor. María Eugenia Méndez, una de las curadoras del MNAV habla de la obra de Brugnini como romántica y reconfortante. “Incluso hacia el plano de la memoria hay una actividad de consuelo”, agrega la curadora. En diálogo, María Eugenia Grau, la otra curadora del Museo complementa el análisis con la selección de una de las obras presentes en la muestra.
Unicornio echado (1998). Escultura envuelta en lúrex. 49 x 125 x 25 cm.
Homenaje a mis ausentes podría representar con gran fidelidad esa operación. “Es una obra evocadora de la memoria, que piensa en quienes ya no están”, agrega Grau. La lógica narrativa no es de dolor, es de consuelo. Se mantiene un mundo visual dulce y de encanto, las sillas flotan suspendidas en el espacio. El uso de las sillas tiene un significado muy profundo. Objeto cotidiano, que cobra sentido cuando un cuerpo se posa sobre él. Con patas y respaldo, contienen a un cuerpo, ubican a una persona en el espacio. En este caso, el espacio es la memoria. Incluso cuando la silla está vacía, insinúa la postura, la presencia, la espera de alguien. Brugnini no representó en sí a sus ausentes, sino el lugar que dejaron o el que ocuparon. Narrado por la hija de Cecilia Brugnini, la artista coleccionaba sillas, como el sillón de su abuelo, o la silla preferida de su padre o de algunos de sus amigos. Muchas son físicamente el mismo espacio que alguna vez ocuparon estos ausentes.
Es por eso que el elemento de la silla tiene gran fuerza para hablar de la despedida o la muerte sin evocarla de manera directa. En el espacio de la memoria, las sillas los devuelve de cierta manera a la realidad, pueden plantear incluso la espera del reencuentro. No hay quietud ni dolor, el fondo fluye en una vastedad de fucsias, y sillas distintas retratan distintas épocas, cuerpos y personas, sobre el centro el tapiz parece estar más contenido, ser suave, para luego abrirse en color.
Al frente, la escultura blanda Mujer, pez, con brazos y gran expectativa (1998). Detrás, el tapiz Janayna (1977/78)
Otra operación interesante desde la curaduría, es observar que esta obra media con la gran mayoría de los tapices abstractos presentes en la exposición. Todavía reconocemos la figuración pero ya no tiene una intención conectada con la realidad cotidiana; vemos sillas reales como objeto reconocible, pero en un mundo que se presenta como imposible.
El espacio de disputa conceptual y poético más sobresaliente de Brugnini es su paso a la abstracción, donde la bidimensionalidad en algunos tapices también es abandonada y su tejido se despliega hacia el espacio. Volúmenes, técnicas como el wrapping, lanas hiladas, terminaciones no tradicionales o espacios vacíos forman parte del universo habitable en sus trabajos. El salvajismo contemporáneo que abraza Brugnini en esta etapa de producción, explotó absolutamente las capacidades expresivas dotadas al material de trabajo. Pionera. Pionera en todo momento porque encontró un territorio pobremente explorado como lo era el tapiz, rompió el obstáculo y creó las condiciones.
Homenaje a mis ausentes (2008-2009). Gobelino en fibras sintéticas, lana y algodón. 192 x 160 cm.
Con profunda agudeza, esta etapa refleja además con mucha fidelidad un acto de liberación del color y que se sale de la lógica habitual del mismo. Notoriamente aparecen en varias ocasiones colores opuestos- complementarios jugándose en la composición. A su vez la luz, y la forma acompañan la narración y guían la mirada y el ritmo. El movimiento casi imperceptible a los ojos integra parte de su paisaje visual y teatraliza la presencia de las obras ante el espectador.
Pero una obra va a quedar en la memoria del espectador casi accidentalmente. Sobre el final, Romance entre el todo y la nada, la obra que da nombre a toda la exposición. Creado en 2009, este tapiz combina dos grandes zonas, una negra y una clara. El contraste no está solo en el color sino en el carácter de la materia. La parte negra es sobria, bidimensional y contenida. Debajo, la clara. Tridimensional, sobrecargada y desbordada hacia el espacio. Cargada de pura teatralidad por los hilos que cuelgan. Estos hilos dotan de volumen y carácter al tapiz. Casi fusionados estos planos, una leve línea terracota los delimita, pero no es más que un leve trazo en la vastedad de la obra.
Un bosque para Alejandra (1968). Tapiz. 190 x 110 cm.
Ahí el título dialoga con nuestros ojos. Brugnini ayuda al espectador mediante los títulos de las obras y con ellos se ayuda a reforzar los mensajes y dirigir las intenciones. Este título empieza a tomar otra dimensión. El “todo” y la “nada” son extremos unidos por la material pero no parecieran concretar su romance debido a esa ligera división. La nada tiene cuerpo delimitado. El todo, en cambio, parece incapaz de contenerse de tanta abundancia, de tanta “todedad”.
La palabra “romance” también resulta significativa. Brugnini escapa a solo retratar una contradicción. La misma implica una relación de partes. El encuentro ocurre en el límite donde una superficie contenida comienza a desbordarse. El tapiz parece estar, al mismo tiempo, tejido y deshecho. ¿Pero qué sería el romance? ¿Es la conjunción de los opuestos frente a nuestros ojos o es el punto de encuentro entre oposiciones? ¿Es ese rojizo límite que tensiona el encuentro de las mismas?
Romance entre el todo y la nada (2009). Tapiz kilim y wrapping. Algodón, lana hilada. 220 x 86 cm.
Según ha declarado Brugnini en entrevistas, todos parecemos fluctuar entre el todo y la nada, nuestra relación con este romance no es para nada de extrañeza.
La riqueza táctil en el todo sugiere el deseo de encontrarse con la nada, ese cuerpo casi vivo con intenciones visibles, se desprende y se despedaza hacia el suelo. El romance entonces tal vez se encuentra ahí, cuando la presencia de una modifica la existencia de la otra. La relación va en que ninguna abandona su propia cualidad y conviven. La línea terracota hace aún más peculiar este romance. El insignificante límite se vuelve parte del romance, su no- encuentro no es el problema para que se concrete el vínculo, sino que tal vez es el motivo de que el mismo no se dé.
Leer a Brugnini, sobre todo en el onirismo de su última etapa productiva, nos implica desentramar relaciones entre imagen, materia y espacio. El mundo presente en sus obras nos enseña posibilidades narrativas, de construcción de la memoria y de expansión de la materia. Con Romance entre el todo y la nada queda abierta la pregunta sobre dónde algo empieza y termina. Esta conjunción de etapas productivas intensamente exploratorias dota de un sentido extra al concepto del romance.
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