De las tragedias griegas y el arte sacro a Halloween: ¿Por qué mirar películas de terror?
La última semana de octubre tapó la cartelera de cine de películas de miedo en la víspera del sábado 31.
Por Gastón González Napoli
ggnapoli
Los que no disfrutan el cine de terror suelen decir que no entienden por qué alguien querría hacerse eso. Por qué provocarse a sí mismo una sensación tan desagradable como el miedo. Por suerte para los que sí lo disfrutan, ese coro no hace el ruido suficiente: en esta semana, Movie organiza sus Horror Nights y Life Cinemas su Festival de Terror, Sangre y Pop. La cartelera desborda de películas, entre clásicos, estrenos y el reflote de alguna reciente. El miedo, a falta de una mejor palabra, garpa en octubre.
No es algo nuevo ni propio del cine.
Desde las vísceras
Busque una foto de la escultura romana del Laocoonte y sus hijos, datada entre los siglos I a.C. y d.C. Observe la agonía de esos rostros, cómo se contorsionan esos cuerpos.
Piense en la mitología griega: las violaciones que los dioses ejecutaban sin miramientos, las sirenas con su canto que hace perder la cabeza, Medusa, con su cabello de serpientes y su capacidad de convertir a los hombres en piedra. Piense en la literatura antigua: Medea matando a sus hijos en la tragedia de Eurípides, el gigante Polifemo cenando a los hombres de Ulises en la Odisea.
"La cabeza de Medusa" (1680), Godfried Maes
El arte sacro, ya en la cultura judeocristiana, tiene mucho de terrorífico. Véase el Juicio Final de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, con ese Cristo inclemente y las almas de los condenados debajo. 200 años antes que él, otro italiano, Giotto, pintó su propio Juicio Final en la Capilla de los Scrovegni en Padua, con una representación increíble de un diablo azulado.
La imaginería del cristianismo en sí tiene mucho de terrorífico, más todavía si uno no tuvo clases de catequesis. Lo tenemos muy normalizado pero la cruz era un instrumento de tortura, y el crucifijo tiene representado al pobre hombre con manos y pies clavados a la madera. Son incontables las representaciones de Jesús con la sangre cayéndole a chorros. Y ni entremos en la exposición de los cadáveres “incorruptos” de santos en iglesias varias.
El infierno dio terreno fértil en abundancia a artistas con ganas de asustar o perturbar. El Satanás de Dante Alighieri tiene tres bocas que mastican por la eternidad a Judas Iscariote y a los dos traidores de Julio César, Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto: dígame si esa no es una imagen horrenda. Cinco siglos más tarde, Gustave Doré dibujó al centro de ese infierno con un diablo casi aburrido, sus alas de murciélago monumentales a ambos lados, Dante y Virgilio mínimos en comparación. Ese hastío también atemoriza, el diablo casi como un burócrata de los de Hannah Arendt.
Canto XXXIV del Infierno por Gustave Doré
Hay un costado didáctico y moralista en el terror: si no te portás bien te van a pasar cosas malas. Por eso tanto del género actual sigue hundiendo sus raíces en la imaginería y la mitología cristianas, y por eso antes les interesó a los mecenas religiosos. Pero cuesta creer que a todos y cada uno de los artistas que eligieron inquietar durante milenios de humanidad solo les interesase para dictar cátedra. Que no apreciaran un valor artístico intrínseco. Que no entendieran que las emociones que comúnmente calificamos de “malas” son tan humanas como la alegría. Que explorar esa oscuridad ayuda a entendernos a nosotros y a nuestros monstruos. Y que también puede ser divertido asustarse: por algo se cuentan historias de miedo en el fogón.
Es en los siglos XVIII y XIX, luego de que la secularización de la Ilustración abriera la cancha, que el romanticismo —movimiento que ponderó la subjetividad por encima de todo— y la literatura gótica terminan de darle forma al terror como lo conocemos. Las pinturas negras de Goya, con su Aquelarre y su Saturno devorando a sus hijos, que él pintó en las paredes de su casa y sin aparente intención de mostrarlas, eran espejo de una mente ella misma pavorosa. Vaya si el Réquiem de Mozart no pinta una escena escalofriante. Y, por supuesto hay que mencionar a Mary Shelley y Frankenstein, o el moderno Prometeo, el científico ególatra fuera de control que juega a ser dios y crea a un monstruo.
En realidad, más que a esa novela hay que explicar el contexto en el que su autora la escribió. Porque es una forma de entender el siguiente argumento: que el terror no solo bucea en emociones que muchos quieren evitar, también reflexiona sobre los tiempos corrientes con gran inmediatez.
El monstruo de papá
Con solo 16 años, la entonces Mary Godwin comenzó un romance con el poeta bad boy Percy B. Shelley, un hombre cinco años mayor, casado y seguidor de su padre, el escritor político William Godwin. Un paso previo: la madre de Mary era la teórica feminista Mary Wollstonecraft, una pionera absoluta que murió por complicaciones del parto. William se casó al tiempo con una vecina, y padre e hija tuvieron una relación tirante. Hay estudiosos de su obra que leen entonces en Frankenstein un relato sobre ese vínculo: un hijo monstruoso (pues ella había traído la muerte de su madre) desesperado por que su padre lo ame.
Retrato de Mary Shelley por Richard Rothwell
Los biógrafos de la Mary junior cuentan que ella visitaba a menudo la tumba de su madre, que incluso se llevaba libros para leer ahí. Era, diría el texto de una publicación en Instagram, su lugar en el mundo. Y fue a donde llevó a Shelley para declararle su amor. La leyenda (bastante aceptada) es que fue ahí, sobre la tumba de Wollstonecraft, que tuvieron por primera vez relaciones sexuales. Mary es la gótica por excelencia.
Shelley se la llevó de viaje por Europa, una travesía con cada vez menos plata que profundizó el distanciamiento de Mary con su padre. Volvió a Inglaterra embarazada, pero su hija nació prematura y murió pocos días después. Mary cayó en depresión, sentía que el fantasma de su bebé la perseguía.
En 1816 sucedió lo que nos importa. Percy y la Mary de 18 años, reciente madre de un nuevo bebé, pasaron unas vacaciones en Ginebra, Suiza, junto con otros dos escritores, Lord Byron y John William Polidori. 1816 se recuerda como el año sin verano: una erupción volcánica masiva en Indonesia hizo bajar las temperaturas del planeta, porque la cantidad de ceniza y gas en la atmósfera bloqueaba la luz del sol. Cultivos fracasaron, hubo faltante de comida, hambrunas. Un combo ideal para deprimirse. Mary escribió años después que la idea del viaje a Ginebra era disfrutar de los días cálidos, pero llovía mucho y se pasaban encerrados. El grupo de intelectuales aburridos se puso a contar historias de miedo para pasar el rato, y se planteó una competencia: cada uno debía inventarse una historia propia.
Byron y Polidori escribieron relatos de vampiros, considerados los primeros en mostrar la figura del chupasangre moderno (el de Byron, inconcluso, se conoce como “Fragmentos de una novela”; el de Polidori se publicó en 1919 como la novela El vampiro). Mary demoró días bloqueada, hasta que pensó en la teoría de Luigi Galvani según la que el cuerpo humano funcionaba con electricidad interna; en esa época experimentos de galvanismo conseguían que animales muertos movieran algunas extremidades y se especulaba con que así se pudiera reanimar un cadáver. Así unió sus fantasmas personales con esa tecnología, esa ciencia casi circense que permitía soñar con romper las leyes más básicas de la naturaleza, y vio en ello un exceso —volviendo a los griegos, una hybris— que redundaba en la destrucción de lo humano.
Primera edición de "Frankenstein"
Frankenstein, o el moderno Prometeo se publicó en 1818. Podríamos decir que el resto es historia. Edgar Allan Poe. Drácula. Horacio Quiroga. El surrealismo. H.P. Lovecraft. El grito de Munch. Screamin’ Jay Hawkins. El “Monster Mash”. Los cuadros rojos de Rothko. La tapa del disco debut de Black Sabbath. Stephen King. El death metal. Marilyn Manson. El manga de Ito Junji. Resident Evil. Mariana Enriquez. La realidad nunca dejó de proveer cosas de las que asustarse y que alimentaran a quienes quisieran producir arte y entretenimiento. Piense en los horrores tan terribles que ocurrieron tan solo en los últimos 100 años.
Pero, claro, si hay un matrimonio exitoso con el terror es el del cine.
Scary Movie
Hubo cine de miedo desde bastante antes de la globalización de Hollywood: el Nosferatu del expresionismo alemán en los tempranos años 20 es el ejemplo obvio. Lo que nos trae la estética que pensamos al pensar en vampiros y en la criatura del Dr. Frankenstein, sin embargo, es la seguidilla de películas de monstruos del estudio Universal entre los años 30 y los 50: el Drácula de Bela Lugosi, el monstruo de Boris Karloff, el Hombre Lobo, la Momia, la cabellera icónica de la Novia de Frankenstein.
La caída en los años 60 del Código Hays, la autocensura que los estudios californianos se habían impuesto décadas antes, y la ruptura de estándares por parte de los cineastas del Nuevo Hollywood en los 70, elevaron las apuestas: la sangre, las vísceras, la maldad, el salir de la sala sintiéndose mal, ya sea por el estómago revuelto, por un final bajón o por la sensación de qué acabo de ver. La saga de Halloween (la primera de 1978), con su asesino Michael Myers, o El loco de la motosierra (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) con su ídem, o Jason Voorhees con su cuchillo y su máscara de hockey, traían peligros posibles y daban pie a subgénero: el slasher, repleto de adolescente asesinados uno a uno. Películas que no pueden separarse de la preponderancia en esos años de asesinos en serie muy mediáticos, como David Berkowitz (el “Hijo de Sam”) o el nunca atrapado Asesino del Zodíaco.
Michael Myers, el asesino de la saga "Halloween"
Otras exploraron lo sobrenatural: El exorcista (1973), La profecía (1976), Poltergeist (1982). También se dieron cruces: las Pesadilla (la primera, de 1984), en las que Freddy Krueger —el espíritu de un asesino de niños, con la piel quemada y cuchillos en los dedos— persigue y va matando jóvenes en sus sueños.
El miedo entró en la cabeza con el terror psicológico (no inaugura el subgénero pero un buen ejemplo es El silencio de los inocentes, 1991) y en el cuerpo con el body horror (a la David Cronenberg, con La mosca, 1986, como mayor hit). Salió al espacio con Alien (1979) y se permitió hacer comentarios sociales (como con la saga de los muertos vivos de George A. Romero).
El cine asiático ofreció muchísimo terror posteriormente. Algo hay en las idiosincrasias japonesa y coreana que hace que se les vaya la moto. En el animé y en la acción real. Pensemos en Ringu (1998), adaptada en EEUU como La llamada en 2002. Desde Europa, en tanto, salieron Polanski, Bava, Argento. Le pusieron, a la manera europea, más intelectualidad, más color, transgresiones de otro tipo. En Latinoamérica entraron en escena las mitologías de los pueblos originarios, las dictaduras, el terror que crece desde el pie en el medio rural (Cuando acecha la maldad, 2023; La casa muda, 2010).
¿Recuerda que dijimos que la realidad no cesó de dar material? Por algo a mediados de los 2000 se popularizó el torture porn: películas donde personajes eran torturados de maneras crecientemente retorcidas. La saga de El juego del miedo (2004) es la principal, pero luego están las Hostel (2005) o A Serbian Film (2010). Películas en las que uno mismo es torturado al atravesarlas, a veces doblemente cuando son malas. ¿Y qué pasó a principios de los 2000 que puede haber aumentado el interés por hablar y mostrar la tortura? Una pista: googlee Abu Ghraib.
Vinculado con la última ola del feminismo, los 2010 y 2020s trajeron películas que hurgan en miedos femeninos: que alguien te persiga por la calle (Te sigue, 2014), que quieras “mejorar” tu cuerpo y salga mal (La sustancia, 2024), que el embarazo o la maternidad salgan mal (como la actual Engendro, 2026), salir con un hombre que te cause daño (Fresh, 2022; en Te sigue la maldición se transmite por vía sexual y el hombre que se la pasa a la protagonista no le avisa).
La sociedad se mueve a alta velocidad, los monstruos cambian con ella, y el cine de terror capta rápidamente las tensiones para explorar los miedos.
Aunque otras veces solo quiere entretener.
"Cuando acecha la maldad" (2023), Demian Rugna
Noches de octubre
La historia es conocida. En la Alta Edad Media, entre los cristianos de las islas británicas comenzó a celebrarse cada 1° de noviembre el Día de Todos los Santos, que mediante el imperio carolingio llegó a la Europa continental y fue aceptado por el Vaticano. En inglés, hallow es un sinónimo de holy, o sea “santo”: a la fecha, entonces, se la conoce como All Saints’ Day tanto como All Hallows’ Day. Y a la víspera, en la que algunos cristianos observantes ya comienzan la conmemoración, se le llama All Hallows’ Eve. ¿Ve a dónde estamos llegando? Agárrese: pasadas las décadas y los siglos y los cambios en el lenguaje, con influencia del dialecto germánico escocés, el nombre de esa vigilia se fue deformando y comprimiendo, y para 1786 el diccionario de Oxford ya recoge que se lo escribía de otra manera.
Halloween.
Pero decir que en el principio fue solo la palabra es quedarse corto. En la cultura celta, el calendario terminaba el 31 de octubre y se conmemoraba con el festival de Samhain. Marcaba el fin de la cosecha y el cambio hacia los días fríos, y era considerado un tiempo donde la frontera entre el mundo humano y el de los espíritus se borroneaba. En Samhain se hacían algunos ritos para evitar que esas fuerzas sobrenaturales —hadas, brujas, elfos— vinieran a causar problemas. Por ejemplo, se ponían velas dentro de vegetales ahuecados como un nabo. Cuando los migrantes irlandeses y escoceses llevaron sus costumbres a Norteamérica, eligieron un vegetal que tenían más a mano: la calabaza.
También llevaron del otro lado del Atlántico la costumbre de disfrazarse (una teoría para explicarlo es que el disfraz engañaría a los espíritus visitantes) y de que los niños fueran puerta a puerta pidiendo regalos. Esto último tiene un antecedente en la costumbre de que las personas pobres fueran puerta a puerta pidiendo comida a cambio de dedicarle oraciones a familiares muertos. Se cree que fue también en las islas británicas que en vez de ofrecer rezos los niños comenzaron a hacer bromas o cantar canciones.
Los yanquis adoptaron toda la tradición, la limpiaron, industrializaron, empaquetaron, y la exportaron al mundo como suelen hacer.
Disfraz de Halloween en Ontario, 1928. Crédito: Wikimedia Commons
Los que se quejan de los niños uruguayos disfrazados pidiendo caramelos, entonces, deberían pensar que estamos ante un ejemplo particularmente interesante de sincretismo: cultura celta, temores cristianos, migración, secularización, capitalismo.
Así llegamos de regreso a esta semana. Las Horror Nights del Movie y el Festival de Terror, Sangre y Pop del Life. Se van a proyectar el lunes El resplandor (1980), de Stanley Kubrick, otro hito en el terror psicológico; el jueves El exorcista; los clásicos modernos El descenso (2005), El sexto sentido (1999) y Los otros (2001) el lunes, el martes y el sábado respectivamente. La coreana Estación Zombie (Train to Busan, 2016) se proyectará por su décimo aniversario y la joya Una mujer poseída (Posession, 1981) por sus 45 años. Tendremos el estreno de la argentina La frecuencia Kirlian, de Cristian Ponce, y de El vengador tóxico, recuperación de un personaje de culto de los ‘80. También el animé Perfect Blue, thriller psicológico de Satoshi Kon.
Ya sea que el interés esté en entretenerse pasando un poco de miedo controlado o en apreciar el valor artístico y social del terror, hay que salir del desdén y la nariz arrugada cada vez que se asoma Halloween y alguien quiere volver a ver El conjuro y disfrazarse de monja sexy. Y octubre siempre es una gran oportunidad para animarse con un clásico al que se viene resistiendo. Es posible que abra una puerta a un nuevo placer.
Estación Zombie (2016), Yeon Sang-ho
Por Gastón González Napoli
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