Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose
Nació y creció en Cleveland, Ohio, aunque más precisamente en el suburbio industrial Mayfield Heights, donde el viento frío y el soul que salía de la radio de su madre no prometía un futuro que luego se volvería denso y pesado. Su familia lo arrastró a Los Ángeles cuando era adolescente. Desde entonces, David Arnoff no dejó de resentirlo, o al menos eso es lo que dice cuando le preguntan. Pero hay una contradicción evidente en ese resentimiento, porque fue precisamente ese desplazamiento forzado el que lo puso en el lugar correcto en el momento correcto. Siempre conservó esa sensibilidad más oscura del Rust Belt —"cinturón oxidado", como se le llama a la parte noroeste de Estados Unidos y que comprende a ciudades como Cleveland, Detroit, entre otras—, ese espíritu industrial del norte que no encajaba con la California soleada.
Esa tensión, esa incomodidad de origen es la que atraviesa a cada una de sus fotografías. Precisamente esa incomodidad, esa sensación de estar en un "no lugar" fue una suerte de motor creativo. En vez de adaptarse al sol californiano, a buscar su brillo afilado, buscó texturas ocultas: la luz como herramienta inversa, los espacios vacíos, personajes que luchan y viven al borde del encuadre.
Arnoff es fotógrafo autodidacta, y como ha de sospecharse, nunca estudió formalmente. En su última entrega para un proyecto académico armó un pequeño libro fotocopiado porque le pareció que quedaba bien, y su profesor se negó a creer que las fotos las había sacado él. Le exigió los negativos para probarlo, a lo que Arnoff respondió que le importaba poco si le creía o no, porque en una semana se graduaba de todas formas. Esa actitud —la de quien confía en su propio ojo antes que en cualquier institución— sería la constante de toda su carrera. Lo obligaría a tener que aprender a ser un eximio en el arte de ser un outsider, con todo lo que eso complica: trabas para presentar su trabajo, trabas para poder solventarse económicamente.
Al ser consultado por el sitio web Please Kill Me, Arnoff confiesa que un concierto de Patti Smith fue el punto de inflexión. Al verla presentarse en vivo con esa libertad y ese vómito poético que salía de su cabeza, sintió la inspiración abrazar su cuerpo. La primera vez que vio su nombre impreso en una publicación —nada más que en Back Door Man, que era poco más que un fanzine, una versión artesanal de Creem magazine—, algo hizo click. No era la fama lo que buscaba, sino la validación de que lo que estaba viendo valía la pena ser registrado. A partir de ahí, escenarios míticos como el Roxy, el Whisky a Go Go y el Masque se convirtieron en su territorio natural. Él es parte de una generación de fotógrafos —Ruby Ray, Jenny Lens, Ed Colver, Theresa Kereakes, entre otros— que capturaron esa escena con honestidad descarnada.
Nick Cave. Foto: David Arnoff
Un lienzo en blanco en Cherokee
Conoció a The Cramps después de su primer show en el Whisky, en el backstage. Así era el circuito: la actuación, el backstage, y al día o dos siguientes la sesión de fotos en el Tropicana. Cuando llegó el momento de fotografiar la portada de Songs The Lord Taught Us (1980), eligió una oficina vacía sobre la calle Cherokee, justo encima de la entrada trasera del Masque, el club que funcionaba en el sótano. Nada especial en el lugar, pero servía como lienzo en blanco. Y Arnoff necesitaba eso; el menor ruido visual posible para que sus sujetos emergieran desde la oscuridad.
Ivy Rorschach lo intimidaba cuando la conoció. No porque fuera hostil, sino porque era, como él mismo describió, intensamente callada. Esa tensión silenciosa es la que se siente en las mejores fotos que le sacó al grupo. Las sesiones íntimas con Lux Interior y Poison Ivy muestran la paradójica y socarrona complicidad que se escondía detrás de la bravura de la banda. Cuando la discográfica amenazó con usar otras fotos más pulidas —algo que Arnoff describió como parecido a una tapa de The Pretenders—, creyó que lo habían perdido todo, pero el grupo se mantuvo firme con él. Fue, en sus propias palabras, un alivio enorme y algo muy halagador. Podría haberse retirado ahí mismo.
Sus imágenes en blanco y negro —tanto las espontáneas como las posadas— son, según la revista Hi- Fructose, "fotografías empapadas de emocionalidad que transmiten espontaneidad e improvisación basadas en una confianza absoluta hacia el fotógrafo, una intimidad ilícita raramente capturada".
Blondie. Foto: David Arnoff
Lo que no se fotografía
Hay algo que distingue a Arnoff de la mayoría de los fotógrafos de su generación, y es tan simple que casi resulta obvio cuando uno lo piensa: nunca fotografió bandas que no le gustaban. En un medio donde el encargo manda y el acceso se cotiza, esa postura es casi subversiva. Su consejo para los fotógrafos jóvenes parte de ahí; ser honesto con uno mismo, no sacar fotos de casamientos o cumpleaños si no tenés ganas. Hay que fotografiar lo que te inspira, porque solo así la imagen va a parecer algo especial en vez de una linda foto. Eso, sin dudas, lo dice alguien que renegó de réditos económicos durante toda su vida. Y cuando la moneda escaseaba, prefería el hambre y la abstinencia de nicotina a tener que sacar fotos en una fiesta.
Esa integridad explica la coherencia de su archivo. Los artistas a los que ha decidido inmortalizar, pidiéndoles que posaran para la eternidad o captándolos en situaciones aleatorias, van desde los Ramones, The Damned, los Buzzcocks, Nico, Patti Smith, The Stray Cats, Johnny Thunders, Blondie, Dead Kennedys, Gang Of Four, Dead Boys, The Gun Club, Nick Cave, Devo, The Slits, Siouxsie And The Banshees a The Specials. No resulta una lista construida por conveniencia o por agenda de publicaciones, sino que actúa como un mapa de una obsesión.
Lydia Lunch, la condesa del no wave, lo definió como "un inadaptado renegado del Rust Belt que fotografía a los marginados que se congregan de un gueto al otro en busca de otros delincuentes con quienes hacer travesuras". Nick Cave, por su parte, dijo algo que Arnoff consideró tan gracioso que decidió poner en la contratapa de su libro: que era un arrogante, pero buen fotógrafo. Cave lo dijo a sus espaldas, hablando con otra persona, para llamarle la atención. Arnoff lo escuchó, lo anotó mentalmente y décadas después lo inmortalizó como epígrafe. Es el tipo de humor negro que solo puede permitirse quien tiene el trabajo sustancioso y trascendente para respaldarlo.
Misfits. Foto: David Arnoff
El libro, el exilio, los zorros
En 2015, Sympathetic Press —el sello editorial de Sympathy for the Record Industry— publicó Shot in the Dark: The Collected Photography of David Arnoff, un libro con foco en el período que va de mediados de los 70 a mediados de los 80. Tuvo ediciones en varios países y cuenta con una de la editorial Liburuak de España, cuyos ejemplares llegan a territorio uruguayo. Esas fotos donde prima el flash y la oscuridad integran las colecciones del Grammy Museum de Los Ángeles, el Punk Rock Museum de Las Vegas y el MoMA de Nueva York. Alcanzó a tener exposiciones individuales en Berlín, Londres, Tokio, La Haya y Los Ángeles, además de muestras colectivas en Paris y ciudades de Estados Unidos.
Arnoff lleva más de 35 años viviendo en Londres. Hoy es el hombre enojado más viejo de Chiswick, en el oeste londinense. Cuando le preguntan qué fotografía ahora que la escena que lo formó ya no existe de la misma manera, responde que pasa más tiempo registrando lápidas y zorros. Y aunque pareciese ser una broma inteligente, sarcástica e incluso irónica de alguien que ya no se lo toma tan en serio, es la continuación lógica de alguien que siempre fotografió lo que estaba al margen. Lo que la mayoría prefería no ver o no nombrar. La oscuridad no era un recurso estético para Arnoff: era el único idioma en el que sabía hablar.
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