Un cabo suelto transcurre en la frontera entre Uruguay y Argentina. ¿Qué tanto influyó tu experiencia personal?
Supongo que mucho, pero no es algo que me haya planteado inicialmente. En el proceso me di cuenta de que probablemente algo de la experiencia estaba ahí. Pero es algo un poco arbitrario porque es una frontera muy amigable, es engorrosa y aburrida como casi todas las fronteras. Me parece que es algo más de lo que te pasa cuando atravesás cualquier frontera, cuando estás llegando a un lugar y hacés un cambio. Siempre se te plantea como un corte transversal de dónde estás parado en ese momento. Al menos a mí siempre me pasa, aunque sea de Buenos Aires a Montevideo o de Montevideo a Buenos Aires.
La película transcurre del lado uruguayo en su gran mayoría y podría ser un poco esto del personaje argentino refugiándose en Uruguay. Yo no sentí que me estaba refugiando de nada cuando me fui quedando más allá. Pero quizá algo hay.
Lo que resalta en la película son los vínculos que el protagonista va generando a lo largo de la trama. ¿Cómo se te fueron ocurriendo?
Debo decir que es una película que hice de manera bastante inconsciente. Puedo tener algún tipo de reflexión al respecto, tratando de entender el sentido. Pero en principio es una aventura y me fui dejando llevar por el personaje y por algunas escenas que me iban traccionando. Las experiencias anteriores de escritura no fueron así, fueron más estructuradas y tenía más claro el destino de la película que estaba queriendo escribir. En este caso es, más bien, un enamoramiento con estos personajes que empezaron a aparecer, dejándome llevar por ellos y descubriendo qué había detrás.
Es ponerme un poco en los zapatos del protagonista y pensar que cualquiera merece una segunda oportunidad más que un rechazo o un punitivismo inmediato. De hecho, en esa segunda oportunidad también hay una apuesta, casi una presión, para que devuelva ese favor. Esos personajes que se compadecen con el protagonista también lo están obligando a ser una mejor persona. Es un momento en el que está bueno contar algo así, la necesidad de mirar la humanidad del otro más que ser crueles de inmediato.
Sos una de las caras más conocidas del cine uruguayo, ¿cuál es la importancia de que Uruguay tenga una industria cinematográfica?
Hay que dividir entre dos cosas distintas: la pata cultural y la industrial. Ambas se pueden defender de diferentes maneras. Para mí, es importante que se promueva y se fomente la cultura, a veces no nos damos cuenta de lo importante que es y cómo nos discute y nos espeja. También nos da respiros. Por otro lado, está la industria, que también es importante tenerla y que se autosustente, no siempre desde la rentabilidad directa, también por rentabilidades indirectas. El cine, por su forma de producción, es una industria que moviliza pequeños sectores. Por algo todos los países con intención de desarrollo invierten en el cine no solo como cultura sino también como industria, empezando por Estados Unidos, que muchas veces se ve como el ejemplo del cine liberal y en realidad han sido los más proteccionistas. Además, invierten mucho en exenciones impositivas. Sin ir a un caso tan extremo, todos los países en general tienen cine.
Un cabo suelto es una coproducción entre Uruguay y Argentina.
Sí, una coproducción que ahora está un poco amenazada porque la pata argentina está muy debilitada por la falta de apoyos de políticas públicas. Pero ha sido históricamente una alianza muy rica.
Imagino que cuando uno estrena algo se da cuenta de que tiene vida propia y que ya no le pertenece. ¿Qué vida esperás que siga teniendo Un cabo suelto de ahora en adelante?
En principio, una vida digna, que es la de envejecer bien. Hay películas que envejecen mejor que otras, hay películas que uno vio en la infancia y en la adolescencia y ahora las ves y decís “¿qué es este espanto?”. Por el contrario, otras que siguen estando buenas o incluso mejores. Ojalá haya algo que trascienda la discusión del momento, el lenguaje, la moda o la agenda y que sea linda de ver en un futuro.