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Cine
Policía, astronomía, quesos

Daniel Hendler: “Una película merece ser hecha cuando no puede contarse de otra manera”

El actor y director estrenó "Un cabo suelto", una comedia policial que transcurre en la frontera entre Uruguay y Argentina.

11.04.2026 08:00

Lectura: 10'

2026-04-11T08:00:00-03:00
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Por Sofía Durand Fernández
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Fotos: Javier Noceti

Fotos: Javier Noceti

Un cabo suelto transcurre en la frontera entre Uruguay y Argentina. ¿Qué tanto influyó tu experiencia personal?

Supongo que mucho, pero no es algo que me haya planteado inicialmente. En el proceso me di cuenta de que probablemente algo de la experiencia estaba ahí. Pero es algo un poco arbitrario porque es una frontera muy amigable, es engorrosa y aburrida como casi todas las fronteras. Me parece que es algo más de lo que te pasa cuando atravesás cualquier frontera, cuando estás llegando a un lugar y hacés un cambio. Siempre se te plantea como un corte transversal de dónde estás parado en ese momento. Al menos a mí siempre me pasa, aunque sea de Buenos Aires a Montevideo o de Montevideo a Buenos Aires.

La película transcurre del lado uruguayo en su gran mayoría y podría ser un poco esto del personaje argentino refugiándose en Uruguay. Yo no sentí que me estaba refugiando de nada cuando me fui quedando más allá. Pero quizá algo hay.

Lo que resalta en la película son los vínculos que el protagonista va generando a lo largo de la trama. ¿Cómo se te fueron ocurriendo?

Debo decir que es una película que hice de manera bastante inconsciente. Puedo tener algún tipo de reflexión al respecto, tratando de entender el sentido. Pero en principio es una aventura y me fui dejando llevar por el personaje y por algunas escenas que me iban traccionando. Las experiencias anteriores de escritura no fueron así, fueron más estructuradas y tenía más claro el destino de la película que estaba queriendo escribir. En este caso es, más bien, un enamoramiento con estos personajes que empezaron a aparecer, dejándome llevar por ellos y descubriendo qué había detrás.

Es ponerme un poco en los zapatos del protagonista y pensar que cualquiera merece una segunda oportunidad más que un rechazo o un punitivismo inmediato. De hecho, en esa segunda oportunidad también hay una apuesta, casi una presión, para que devuelva ese favor. Esos personajes que se compadecen con el protagonista también lo están obligando a ser una mejor persona. Es un momento en el que está bueno contar algo así, la necesidad de mirar la humanidad del otro más que ser crueles de inmediato.

¿Se podría decir que el queso que aparece en varios momentos es una simbología de esto?

El queso aparece como una tríada de elementos inconexos, disonantes, que son: policía, astronomía, y quesos. Una especie de desafío en la que no parece haber relación alguna. Se parece a un juego que yo hacía con mi madre cuando era chico: ella me invitaba a pensar palabras que no se pudieran unir en una misma frase y al final siempre había una que pudiera albergar esas palabras. Era un ejercicio interesante, y me parece que esta película es como ese juego, cosas que en principio no parecerían poder ser parte de una misma película y al final pudieron.

¿Cuál fue la idea disparadora?

Es como un sueño, una escena que apareció y dije “a ver qué es esto”, sin saber por qué. Se parece un poco a esta idea de aquellos que escriben sabiendo qué es lo que quieren hacer y cuál es el objeto, y otros que, como decía Felisberto Hernández, ven un yuyito crecer, lo empiezan a observar para saber a dónde va y lo recortan, interrumpen su crecimiento orgánico. En este caso sería desde ese lugar: ver algo y tratar de entender qué es, pero a su vez dejarlo ser.

Es un poco lyncheano eso.

Sí, porque hay algo onírico y lo onírico siempre tiene a la pesadilla latente. Es algo que es un poco una fábula, un cuento, una aventura y al mismo tiempo está mezclado con elementos cotidianos. Lo épico y lo cotidiano, lo familiar y lo extraño, lo agradable y lo espeluznante.

Elegís una estructura narrativa no lineal, dejás que el espectador se vaya enterando.

Probablemente estemos acostumbrados a estructuras no lineales, y acá me parece que no estoy planteando una dificultad, simplemente se revelan distintas capas de la historia en estos despliegues temporales. En un momento estaba escribiendo y decía “uy, ahora quiero ir para atrás”.

¿Cuando te lanzaste a producción con ese guion te dio un poco de miedo o tenías mucha confianza en el libro?

Una mezcla. Por un lado, cuando me pongo a escribir algo y empiezo a pensar que es una posible película, que me voy a meter en el delirio de intentar hacerla, tiene que ver con que uno quiere ver esas imágenes, escuchar esos sonidos y que es algo que no sabe cómo describir sino a través de una película. Una película merece ser hecha cuando no puede contarse de otra manera.

Por otro lado, antes de hacerla hay diferentes instancias, como compartirlo con la productora, Micaela Solé, y que no le parezca un espanto; lo vas mostrando a amigos; lo presentás a concursos. Al momento de hacerlo, el proyecto ya tiene una serie de avales, intereses o inquietudes que ha despertado. No es que te alivie, porque siempre es un salto al vacío, pero te da cierta confianza de que puede ameritar hacer eso.

Fotos: Javier Noceti

Fotos: Javier Noceti

Hace poco también estrenaste 27 noches. ¿Cómo es llegar al final de esta recta de dos estrenos?

Uno aprende a transitar esos momentos de vacío después de los estrenos. Como actor pasa mucho y es una adrenalina muy fuerte. Uno ensaya mucho tiempo una obra de teatro y después de esos nervios, de la idea de que todo puede salir mal y finalmente sale bien, volvés a tu casa con la mochilita. Al principio, esa sensación es rara, después uno se va acostumbrando y casi que hasta lo disfrutás. En las películas pasa mucho eso, es muy intenso, sobre todo el rodaje, y después hay que acostumbrarse a reacomodarse. En mi caso, como trabajo también de actor, me agarro de eso.

Venías de un largo periodo de tiempo de no dirigir nada, ¿sentís que vas a volver a poner en el cajón la dirección o estás con ganas de hacer más?

No, ahora no, no siento la urgencia. Pero es como los enamoramientos: no responde a lógicas. Uno puede estar con ganas de enamorarse, pero si no pasa, no pasa y a la inversa. Con las películas me ha pasado eso. Pretendería que siga siendo así. Me daría pena que no me vuelva a interesar hacer una película porque más allá de las dificultades son experiencias interesantes.

¿Cómo te picó el bichito de volver a dirigir?

27 noches me llegó como una propuesta y me interesó el desafío. Entre El candidato (2016) y Un cabo suelto hice algunas series web y escribí algunas series para otros, entonces no me di cuenta de que estuve tanto tiempo sin dirigir. Pero llevaba un par de años pensando en algunos proyectos hasta que irrumpió Un cabo suelto y me llevó puesto.

En Un cabo suelto se nota tu humor. Con Pilar Gamboa trabajaste anteriormente en División Palermo y es parte de este elenco. No tiene el mismo tipo de humor que vos y sin embargo se adaptó. ¿Por qué la elegiste para Un cabo suelto?

Estaría bueno que esa pregunta la respondiera ella también, porque según ella fui muy represor con el tema del humor. Hay algo de su inteligencia, más allá del tipo de humor, cuando hay una actriz así, que conecta con ese estilo de mirada, que quiere trabajar y ver qué surge de ese encuentro. Con Pilar pasó eso. No es que necesariamente la veía en Un cabo suelto, sino que tenía ganas de trabajar con una persona así. Fue la primera que surgió con nombre propio en el elenco porque van apareciendo ideas, caras y en un momento aparece la primera, que fue ella.

¿Hay alguna gran sorpresa en el elenco?

Me parece que claramente es Mandrake Wolf. Fue inesperado para mí también. Me encanta trabajar con actores y puedo decir que he tenido el privilegio de trabajar con actores sensacionales. Además, tuve la libertad de pensar para cada personaje el actor que más me gusta sin especular cuál conviene. También he tenido la suerte de que, en general, siempre se han copado. En el caso de Mandrake, creo que es la primera vez que trabajo con un no actor. Eso trae muchas dificultades, pero también es algo indudablemente interesante. A veces los actores nos proponemos desaprender algunas cosas para estar inocentes ante la cámara, permitir que la cámara nos robe algo y no ser nosotros los que lo diseñamos o controlamos. Inevitablemente después se pierde, pero a veces, cuando es la persona adecuada y en el momento adecuado, sucede esa magia. Con Mandrake pasó. Después hubo algunas dificultades como estar ante cámara, aprenderte cosas, repetir movimientos. Fueron dificultades que supimos sortear y apareció un personaje.

Un cabo suelto inauguró el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay. Además, fue la primera vez que se proyectó la película acá. ¿Cuál fue la recepción?

Para mí fue un honor porque es un festival al que fui mucho de adolescente y si estoy acá, trato de no perdérmelo porque es una oportunidad brutal para ver películas que difícilmente lleguen de otra manera. La función fue muy emocionante porque había cosas que en otros países generaban conexión, gracia, pero acá había un nivel de complicidad a otro nivel. Hay chistes tontos con el tema del mate que en otros países se entienden, pero se ríen de otra cosa que pasa entre los personajes.

¿Presentar tus películas en Uruguay es como jugar de local?

Sí, pero también tiene su parte peligrosa, te pueden castigar más.

Sos una de las caras más conocidas del cine uruguayo, ¿cuál es la importancia de que Uruguay tenga una industria cinematográfica?

Hay que dividir entre dos cosas distintas: la pata cultural y la industrial. Ambas se pueden defender de diferentes maneras. Para mí, es importante que se promueva y se fomente la cultura, a veces no nos damos cuenta de lo importante que es y cómo nos discute y nos espeja. También nos da respiros. Por otro lado, está la industria, que también es importante tenerla y que se autosustente, no siempre desde la rentabilidad directa, también por rentabilidades indirectas. El cine, por su forma de producción, es una industria que moviliza pequeños sectores. Por algo todos los países con intención de desarrollo invierten en el cine no solo como cultura sino también como industria, empezando por Estados Unidos, que muchas veces se ve como el ejemplo del cine liberal y en realidad han sido los más proteccionistas. Además, invierten mucho en exenciones impositivas. Sin ir a un caso tan extremo, todos los países en general tienen cine.

Un cabo suelto es una coproducción entre Uruguay y Argentina.

Sí, una coproducción que ahora está un poco amenazada porque la pata argentina está muy debilitada por la falta de apoyos de políticas públicas. Pero ha sido históricamente una alianza muy rica.

Imagino que cuando uno estrena algo se da cuenta de que tiene vida propia y que ya no le pertenece. ¿Qué vida esperás que siga teniendo Un cabo suelto de ahora en adelante?

En principio, una vida digna, que es la de envejecer bien. Hay películas que envejecen mejor que otras, hay películas que uno vio en la infancia y en la adolescencia y ahora las ves y decís “¿qué es este espanto?”. Por el contrario, otras que siguen estando buenas o incluso mejores. Ojalá haya algo que trascienda la discusión del momento, el lenguaje, la moda o la agenda y que sea linda de ver en un futuro.

Por Sofía Durand Fernández
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